Capítulo 18
TOMÁS
N o paré hasta que llegamos al cuarto de mi madre. Una vez dentro, cerré la puerta de un golpe y la dejé en el suelo. Me miró sorprendida.
—¿Cómo he llegado hasta aquí? —preguntó entre risas, al tiempo que me acariciaba la camiseta.
Tenía los ojos vidriosos y se le trababa la lengua. Lánguidamente se balanceaba de un lado a otro.
—¿Rafael? —Se acercó hacia mi cara entornando los ojos—. Creo que tengo alucinaciones. —Me acarició la cara—. No sé qué mierda me has dado pe-pero ahora mismo te pareces muuuuucho a Tomás.
—Abril... —la interrumpí.
Se tapó la cara con las manos.
—¡Madre mía! Ja, ja, ja. Si hasta suenas como él. ¡Ay, Tomás! —Me dio un golpe en el hombro—. ¿Por qué está con esa...? Buff...
Se alejó de mí, tambaleante.
—Abril, cariño... —La agarré para evitar que acabase cayendo al suelo y le aparté las manos de la cara—. Soy yo, Tomás. Estoy aquí, contigo.
Me acerqué más a ella y la abracé, intentaba que se quedase quieta un momento. Deposité un beso en su frente y le acaricié un poco el pelo, quería calmarla y darle tiempo para que se le bajase un poco el subidón.
—No, no, no. —Movió la cabeza de izquierda a derecha varias veces—.
Estás haciendo trampas, no puedes ser él.
Tomás está con ella en el jardín, lo vi cuando todavía no estaba borracha.
—Me empujó suavemente y volvió a alejarse de mis brazos.
Se acercó tambaleante al espejo de cuerpo entero que tenía mi madre al lado de la puerta del baño privado—. No me extraña que le guste más que yo.
Me acerqué a ella por detrás. Desde donde estaba podía vernos reflejados, había cerrado los ojos y agarraba el colgante con forma de rosa que le había regalado por su cumpleaños, no pude evitar hacer un repaso a todo su cuerpo.
—No entiendo lo que dices. —La agarré por la cintura y estoy seguro de que mi voz nunca había estado tan ronca.
—¿Te cuento una tontería? —Supongo que no esperaba una respuesta porque no me dio tiempo a contestar—. Nat, ti-tiene una teoría bastante tonta sobre este colgante —dijo arrastrando las palabras.
La animé a continuar, a pesar de que me importaba una mierda la opinión de mi hermana. Abril se giró y, poniendo distancia entre los dos, volvió sobre sus pasos hacia la cama. Se sentó y alzó el colgante hasta situarlo enfrente a sus ojos.
—Ella cree que la cadena es asííí de larga —jugaba con la cadena mientras hablaba— para que llegue hasta aquí abajo. —Se acarició la franja de piel que quedaba entre sus pechos—. Y poder ver mis pechos dissimuladammente .
No era cierto, ese colgante me había costado una pequeña fortuna, era una pieza de plata que había encontrado en una tienda de antigüedades en la zona antigua de Santiago de Compostela un fin de semana que había pasado allí con Anya.
Estaba seguro de que pensaba que lo había comprado para ella, pero tan pronto lo vi, pensé en Abril y en cómo le quedaría.
Nunca me imaginé que la cadena tendría un tamaño tan sugerente.
—Está loca, ¿para qué iba a querer eso? —Para mi asombro, se llevó las manos a los pechos y los apretó—. ¡Míralos! —Y vaya si los miré—. ¡Pero si son enanos! Ja, ja, ja. Comparados con los de esa tispe 1 .
Abril soltó sus pechos y se levantó de la cama acercándose nuevamente al espejo y a mí. Estaba muy inquieta, lo más probable es que fuese un efecto secundario de lo que se había tomado.
—Por eso me compró este vestido.
Intentó dar una vuelta sobre sí misma, pero tuve que agarrarla por el codo para ayudarla a mantener el equilibrio. Sus ojos estaban cada vez más apagados y le costaba más hablar.
—¿Quién?
—Nat, ¿te gusta?
—Me encanta ese vestido.
—¿Estás seguro? Porque mno lo parece. —Hizo un puchero de lo más infantil—. Tenías que ver la cara con la que me miraste cuando salí al jardín... Te has enfadado conmigo. Es mejor que me lo quite.
Sin más, agarró el bajo del vestido y comenzó a deslizarlo hacia arriba por sus caderas hasta llegar la cintura, dejando a la vista unas diminutas braguitas de encaje negro.
Joder, no era la primera vez que la veía en ropa interior, pero la última vez su cuerpo todavía no marcaba curvas y ahora…
me faltaban palabras para describir lo que tenía delante.
La visión me había dejado tan patidifuso que no pude reaccionar a tiempo de detenerla, cuando quise darme cuenta ya se estaba sacando el vestido por la cabeza y el pelo le caía en cascada sobre los hombros.
Debería haberla detenido y taparla en ese mismo instante, habría sido lo correcto, pero creo que no lo habría hecho ni aunque hubiese sido capaz de reaccionar.
—¿Te parezco bonita, Rafael?
¿Rafael? Mierda, joder… ¿otra vez? Ella creía que seguía con él, pensaba que ya se había dado cuenta de que estaba conmigo. No saber si se había desnudado pensando que estaba delante de mí o de otro me devolvió a la realidad y me llenó de ira. Ella se acercó más a mí.
—Claro que sí, la más bonita —contesté, disimulando que me sentía como si me hubiese dado una patada en las pelotas.
Quería sacarla de su engaño, agitarla y devolverla a la realidad, pero asumí que eso todavía era imposible. En cuanto consiguiese que se tumbase a descansar, iba a matar a ese hijo de puta.
—Ella lo es más. Lo es todo más que yo.
Por su voz compungida y triste me di cuenta de que ya no estaba alegre y saltarina. Ahora se tapaba con los brazos y había pasado a la segunda fase de la ebriedad, la autocompasión.
La tomé entre mis brazos y la apreté fuertemente contra mi pecho.
—¿Qué es todo? —pregunté, frotándole la espalda, quería reconfortarla.
—Más guapa, más rubia, más alta… —Levantó la vista y me miró con una falsa sonrisa que no se reflejaba en sus ojos.
Cansado de escucharla decir tantas tonterías sobre sí misma, la agarré por la cabeza y enredé mis dedos en su melena.
Era consciente de que ella no estaba en condiciones y que, a ratos, seguía sin darse cuenta de que era yo el que la estaba sujetando, pero era tan fácil dejarse llevar en ese momento, sería tan fácil robarle un beso que...
Sin pensar en las consecuencias, di un paso adelante y lo hice, la besé.
Al principio, fue un beso delicado, apenas un roce de mis labios con los suyos, como el que ella me había dado en la playa. A diferencia de mi reacción, ella sí correspondió ejerciendo más presión contra mi boca.
Sus labios eran suaves como los pétalos de las flores que tanto le gustaban.
Deslicé la mano por su pelo y los dedos se tensaron sobre su nuca.
Suave. Con ternura, mordí su labio inferior y un leve gemido escapó entre sus labios.
Me volvía loco. En cuanto abrió la boca para rozar su lengua con la mía, comprendí que mi mundo había dado un giro de ciento ochenta grados del que no podría volver atrás.
Saboreé los restos de ron que todavía permanecían en su boca mientras deslizaba las manos hasta la parte baja de su espalda y la apreté más fuerte contra mí.
Ella me rodeó el cuello con los brazos. Nuestros cuerpos se amoldaban a la perfección, señal de que estábamos en el lugar correcto, aunque no en el momento adecuado.
—Abril —interrumpí el beso—, Abril. Tenemos que parar, cariño.
—No —gimoteó sin apartar su boca de la mía.
Deslizó su mano por mi pecho e inclinó la cabeza hacia atrás. Daba igual lo que dijese, no estaba en condiciones.
La separé de mí y la ayudé a sentarse en la cama. Me quité la camiseta y se la cedí, necesitaba que se tapase mientras aún tenía fuerzas para alejarme de ella.
Viendo que no la tomaba, me agaché y la ayudé a ponérsela.
—Necesito que te pongas esto, necesito que te tapes o me voy a volver loco.
Medio desvanecida, levantó los brazos para que yo pudiese terminar la labor, después le di un pequeño beso en la frente y la ayudé a tumbarse en la cama.
La vigilé hasta que se quedó dormida, después, salí de la habitación en busca del hijo de puta que le había hecho eso.
1 Insulto en noruego, se puede traducir como ramera.