Capítulo 15
AbrIL
L os esfuerzos de Natalia por tranquilizarme habían hecho efecto, hasta que Tomás entró en el coche.
Ya me arrepentía de lo que había hecho y ahora quería un Tomás alegre y desenfadado, que actuase como si nunca lo hubiese besado. En vez de eso, lo que tenía era un chico imponente que me pedía explicaciones con la mirada porque no se atrevía a hacerlo con palabras.
Lo que hubiera pasado con nosotros si en ese momento me llegaba a sincerar con él, nunca lo sabremos, porque todo el ramalazo de valentía se me había esfumado y ahora lo único que podía hacer era esconder la cabeza como un avestruz.
Por suerte para mí, me conocía y comprendió que no quería hablar del tema.
El camino a casa fue de lo más extraño, aunque los dos fingíamos que no pasaba nada. No parecíamos nosotros. Cada uno estaba inmerso en sus pensamientos y apenas hablábamos durante el trayecto, solo algún comentario tonto del tipo: parece que va a ser una buena noche.
Cuando por fin llegamos a casa, la necesidad de salir de aquel espacio tan reducido era apremiante.
—Abril... —Tomás comenzó a hablar.
Ahí estaba, ahora, Tomás quería hablar del tema, pero yo no estaba preparada, así que lo interrumpí con una sonrisa desenfadada.
—Tenemos que entrar a cambiarnos. Se nos ha hecho un poco tarde.
—Pero... Abril, yo quería...
Puse un dedo sobre sus labios y me incliné sobre él para besarle la mejilla.
—Ahora no. Tenemos que celebrar tu cumpleaños en condiciones. —Miré nuestro vestuario—. No vamos vestidos para la ocasión y Natalia me matará si no ayudo con la cena.
Sin esperar una respuesta por su parte salí del coche.
—Abril, espera. Tenemos que hablar.
Sin dejar de caminar, me di la vuelta y le pedí, para entretenerlo, más que nada:
—¿Puedes sacar las cosas del coche, por favor?
Me miró y se detuvo.
—Claro —contestó, rendido, dejando caer los brazos a los lados.
No volví la vista atrás, salí derecha y entré en casa. Natalia apareció tan pronto escuchó cerrarse la puerta principal.
—¡Dios! ¿Cómo habéis llegado tan pronto? —Me agarró por el codo y me empujó hasta su habitación—. ¿Te ha dicho algo? ¿Que habéis hablado de camino?
—Nada.
—¿Qué?
—Que no me ha dicho nada. Y tampoco hemos hablado por el camino.
—¿Bromeas? —Se sentó sobre su cama con la boca abierta—. Son como... ¿cuántos? ¿Setenta kilómetros? ¿Y me estás diciendo que no habéis hablado? ¿Vosotros?
Negué con la cabeza.
—Fue como dijiste. Llegó de la playa y se sentó en el coche como si nada. —Natalia me miró, como si acabase de darse cuenta, después de mucho rato, que todavía estaba en bikini. —. ¿Habéis venido en traje de baño todo el camino?
—Sí. ¿Hay algún problema?
—A ver, no soy una experta, pero creo que no es muy legal.
—Pues no lo pensé, la verdad es que solo quería llegar a casa lo antes posible.
Natalia me dio un abrazo y acarició mi pelo.
—Quizá no sea el mejor momento para decirte esto, pero... ¿Recuerdas a la compañera de clase de mi hermano?
—¿La que salía en el video de mi cumpleaños?
Asintió con la cabeza.
—Alberto la invitó a la fiesta. Está en tu casa ahora mismo.
Genial, esto era simplemente genial. Si ya iba todo mal, ahora la rubia de intercambio estaba más cerca que nunca.
¡Y encima había dejado que se metiera en mi casa!
—No me lo puedo creer, ¿cuándo se nos ocurrió toda esta mierda?
Me dejé caer sobre la cama y abracé la almohada. Natalia se acercó al armario y sacó una bolsa de papel que me tiró a la cara diciendo:
—Ya está bien, deja de compadecerte que me estás dando vergüenza ajena. ¿Sabes lo que creo?
—¿Qué?
—Has besado a mi hermano, vale. Pero te conozco y estoy segura de que fue un beso tan recatado que igual ni se enteró.
Me levanté y lancé la almohada a la cara.
—¿Estás de broma?
—Para nada, no es muy espabilado. Todos sabemos que esa cualidad solo la tengo yo. —Me miró con una sonrisa de medio lado—. ¿Le metiste la lengua?
—¡No! ¿Estás loca?
—Pues eso refuerza mi teoría.
Comencé a juguetear con el colgante que me había regalado.
—¿No vas a ver lo que hay en la bolsa?
Miré a mi mejor amiga y la bolsa que señalaba con la mano. La cogí y saqué un vestido de seda con un estampado tropical. Era precioso. Y minúsculo.
—¿Dónde está el resto?
—¡Qué graciosa! No hay más, es perfecto.
—Pero si es enano —dije, vistiéndomelo por encima del bikini que ya estaba seco—, ¿te has fijado en el escote? —Me señalé el escote haciendo una v con las manos—. Falta la tela de toda esta zona.
—Pues claro que me fijé, por eso te lo compré. ¿Recuerdas mi teoría sobre ese colgante? El escote es perfecto para que lo luzcas. Venga, quítate el bikini.
Intenté negarme, pero me amenazó con quitármelo ella si no obedecía.
—Tienes un pecho perfecto, aprovéchalo antes de que la gravedad te lo quite. —Se alejó un poco para contemplar su obra—. Estás increíble, un poco de maquillaje y listo.
—Pero el pelo… —dije, señalándome los rizos marcados por el salitre—. Tengo que lavármelo.
—El pelo, ¿qué? Tienes ondas surferas y hueles a mar. ¿Qué más quieres? Ni que llevases una semana sin ducharte, tú, que pasas más tiempo dentro del agua que una sirena.
Natalia era positiva hasta decir basta, y yo era feliz de tenerla de mi lado.
Cuando salí de la habitación, me sentía confiada y guapa. Y estaba lista para coger el toro por los cuernos, acercarme a Tomás y soltar todo lo que llevaba dentro. Todo cambió en cuanto salí de casa y llegué a un jardín lleno de desconocidos, mayores que yo.
Tomás ya estaba entre ellos, saludando y aceptando las felicitaciones de todos esos amigos que representaban una parte de su vida a la que ni su hermana ni yo pertenecíamos.
—Vaya... hoy estás increíble —me sorprendió una voz a la espalda—, no es que otros días... bueno, ya me entiendes.
Alejandro estaba a mi espalda, sonriendo con una bebida en la mano.
—Hola —lo saludé con un beso en la mejilla—, me alegro de que al final hayas venido.
—Bueno, me lo pediste tú. Aún no puedo decirte que no —sonrió—, aunque Tomás no parece muy contento de tenerme aquí. ¿Él sabe...?
—¿Lo nuestro? —pregunté sonrojándome—. No creo, de todos modos, creo que es conmigo con quien está molesto.
Alejandro se rio y contestó.
—Eso es imposible, Tomás te adora.
TOMÁS
Cuando entré a casa, Abril ya no estaba por ninguna parte.
Supuse que se habría escondido en la habitación con mi hermana para contarle lo que fuera que hubiese pasado esta tarde, pues yo todavía no lo tenía claro.
Y desde luego que necesitaba saberlo, porque durante todo el camino a casa, y ahora, me había sido imposible quitarme sus labios de la cabeza.
Decidido a no dejarlo pasar, me encaminé hacia la puerta de su cuarto y estaba a punto de llamar a la puerta cuando Alberto apareció corriendo por el pasillo.
—¡Eh, tío! Por fin habéis llegado. Tienes que venir al jardín...
—¿No puede esperar? —Lo interrumpí molesto—. Primero tengo que hablar con Abril.
—¿Con Abril? ¡Pero si llevas todo el día con ella! —dijo, tirando de mi mano sin darme más opción.
Decidí que, si ella se había escapado tan rápido, tal vez no estaba preparada para hablar del tema, por lo que sería mejor dejarle un poco de margen y hacerle caso al pesado de Alberto, no sin antes pasar por mi cuarto a cambiarme de ropa.
Abril y yo tendríamos que dejarlo para más tarde.
—Vale, supongo que puede esperar —dije y seguí a Alberto por el pasillo—. Pero que sea rápido.
No me esperaba lo que me tenían preparado.
Cuando salí al jardín, había un montón de gente.
Todos conocidos: antiguos compañeros del instituto con los que apenas tenía contacto, amigos de la universidad, tanto de la de la isla como de la de Galicia e incluso algún antiguo compañero de los pocos trabajos de verano que había tenido.
Era una locura y más después de prometerle a mi madre que no haríamos nada de esto.
—¿Estás loco? —pregunté a Alberto—. ¿Qué hace toda esta gente aquí? No podemos tener problemas con los vecinos.
—Tranquilo, tu hermana ya se ha encargado de ese asunto. Puede ser encantadora. Les ha explicado que es tu cumpleaños y que íbamos a hacer una fiesta sorpresa.
—¿Y ninguno se ha quejado?
—Bueno... esos viejos carcamales son en realidad unos viejos verdes —se rio, yo no—. Es broma, tío. Están de vacaciones y también han sido jóvenes. Tal vez alguno se pase a saludar.
—¿Y los inquilinos de Abril? —pregunté señalando la casa.
Alberto me agarró por un hombro y señaló a toda la gente y la cancela que separaba las dos propiedades con la mano abierta.
—¿No es obvio? Algunos se alojan en la casa. Era imposible meterlos a todos, claro, otros están repartidos por los hoteles de la zona. Aunque dudo de que esta noche se vayan muy lejos.
Me froté la cabeza con ambas manos. Adiós a mi noche tranquila, yo solo quería pasar una velada en casa con las chicas y Cámeron. No quería nada de esto.
—Entonces, ellas están implicadas en todo esto, ¿verdad?
—Bueno... Abril creía que era una mala idea, que querrías algo más «tranquilo».
«Esa es mi chica», pensé.
—Pero creo que era más por ella que por ti, ya sabes... —Me dio un par de codazos en el brazo—. Ven a saludar a la peña, vamos. Todavía falta la sorpresa más importante.
Me pasé los siguientes diez minutos saludando, recibiendo golpes en la espalda y abrazos de gente con la que apenas tenía relación y que seguramente estaban allí por la playa y la bebida (unas vacaciones de puta madre) más que por mí.
Muestra de ello es que la mayoría habían acudido acompañados: Antonio (al que llamábamos bragueta suelta en el instituto, no creo que haga falta especificar el motivo) estaba acompañado, nada más y nada menos que por su prometida, Susana (pobre chica); Penélope, alías la peluda, aprovechó para presentarme a su hermana Elsa, si pensábamos que Penélope era la peluda de la familia...
Después estaba el chapón de la clase: Rafael, el «Pulpillo», ¿por qué cojones habían invitado a este tío?
El cabrón no era el típico chapón que miras en las series americanas, este era atractivo y aun por encima, rico.
Pero era un maleducado y un follonero de cojones, nadie que no fuese su amigo de verdad lo invitaría.
—¿Qué cojones hace aquí «Pulpillo»?
—Pues verás... Yo no lo invité —dijo con las manos alzadas y las palmas abiertas—, te lo juro. Se enteró de la fiesta por otra persona y se ofreció a pagarle el billete de avión a alguno que otro...
—Comprendo.
El aludido se acercó y me dio y un abrazo como si fuéramos amigos. De todo se ha visto en este mundo. Como si no se hubiese pasado los últimos meses del curso tratando de levantarme a Anya.
—¿Qué tal, máquina?
—Bien, bien. Gracias por venir —dije y me alejé antes de que pudiese seguir hablando.
Las únicas caras amigables con las que me encontré fueron las de Cámeron y Natalia, que estaban algo alejados sirviendo bebidas en una mesa preparada para hacer la función de barra.
Continué con la ceremonia de saludar y aceptar felicitaciones hasta que la vi salir de casa.
Estaba anocheciendo y era como si ella concentrase todos los rayos de sol que se estaban poniendo por el océano.
Llevaba un vestido minúsculo que apenas cubría sus muslos y el escote le llegaba casi hasta el ombligo, demasiado pronunciado para mi gusto, pero cómo le quedaba.
Sentí la necesidad de correr hacia ella y taparla para que nadie más pudiese verla.
Traté de disimular, me había quedado sin palabras y ya no prestaba atención a los que me rodeaban, nadie en esa fiesta brillaba más que Abril.
Ahora, más que nunca, sentía que teníamos que hablar de lo que nos había pasado en la playa, tenía que saber el porqué de aquel beso o explotaría.
Estaba a punto de mandar a todo el mundo al carajo y acercarme a ella como fuera cuando lo vi a él acercarse por detrás. Alejandro. Otro al que mi instinto me decía que no quería ver aquí.
Después de ver la familiaridad con la que se habían tratado en su pizzería no me sentía cómodo con él revoloteándole cerca. Los dos parecían compenetrarse requetebién y yo era un gilipollas que se había puesto celoso. Eso reforzó mi idea de cogerla en volandas y abandonar la fiesta.
—¿Estás preparado para la sorpresa? —Alberto me cogió por el cuello y me arrastró en dirección contraria.
—Pensaba que la fiesta era la sorpresa.
Se rio y me empujó hacia la verja que separaba mi jardín del de Abril.
—No, tío, lo mejor te espera en la piscina de Abril.