Capítulo 14
AbrIL
E l calor era sofocante, aunque también podía ser cosa mía y no del tiempo.
Tomás no parecía tan acalorado. Menos mal que en el último momento me había decidido por ponerme un bikini en lugar de ropa interior, así que, cuando terminamos de comer, me desvestí y me tumbé boca abajo junto a Tomás, que estaba ojeando algo en el móvil.
—¡Qué calor hace! —exclamé para llamar su atención.
Me miró y pude ver en el brillo de sus ojos que le gustaba lo que miraba.
—¿Cómo se te ocurrió venir aquí? —preguntó, echando un vistazo al resto de la playa—. ¿Cómo puede estar casi vacía en pleno mes de julio? ¿Lo sabías?
—Hemos tenido suerte —le quité importancia—. No es la playa más bonita y cómoda —dije, agarrando un puñado de piedrecitas en la mano.
Tomás dejó el móvil y se tumbó, estiró el brazo y me atrajo contra su cuerpo. Hacía un calor de morirse, pero yo me sentía en el cielo.
—A mí me parece preciosa.
Después de un rato charlando y haciendo un repaso por nuestras canciones favoritas, decidimos que ya era hora de darnos un baño.
Frente a la playa había un pequeño islote al que se podía llegar a nado o incluso a pie si conocías la zona menos profunda.
Desde donde estábamos, los dos sabíamos que no nos costaría nada llegar hasta allí a nado, por lo que, tras llevar todas nuestras cosas de vuelta al coche de mi padre, nos metimos en el agua para una de nuestras competiciones.
Y sí, como siempre, perdí frente a las grandes brazadas de Tomás.
El pequeño islote de Alcanada es un sitio con mucho encanto, es una maravilla de bonito y estar ahí sola con él era como si nos hubiésemos perdido en una isla desierta y el resto del mundo hubiese desaparecido.
Estaba perdida en mis pensamientos cuando de repente noté cómo me abrazaba por la cintura y me acercaba a su cuerpo bajo el agua.
—¿Se puede saber qué está pasando por esa cabecita tuya? —dijo, apoyando la frente en mi hombro.
El contacto físico era algo normal entre nosotros, como con cualquier otro amigo: juegos, empujones, abrazos que consuelan en los malos momentos... Pero este gesto era diferente, se sentía mucho más íntimo y hacía que toneladas de mariposas recorriesen mi cuerpo. Me estremecí y Tomás lo notó.
—¿Tienes frío? —preguntó—. ¿En qué piensas tan callada?
No sabía qué contestar y su abrazo me había dado alas.
Una parte de mí, que no era el cerebro, se hizo con el control de mi cuerpo e hizo lo más absurdo, y valiente al mismo tiempo, que he hecho jamás.
Despacio, me giré entre sus brazos, disfruté del roce de su cuerpo contra el mío, tomé su cara entre mis manos y lo besé.
No fue un beso largo, pero fue tierno, y aproveché los segundos en los que compartimos el mismo aire como un regalo.
—Feliz cumpleaños, Tomi —dije, mirándolo a la cara cuando me separé de él.
Sus ojos estaban muy abiertos, no me respondió y comencé a angustiarme, comprendí que había cometido un error porque no me había devuelto el beso, se había quedado allí, estático como una estatua.
En ese momento, me sentí tonta y humillada, ¿qué había hecho? No supe qué decir o hacer para salvar la situación. La cobarde que había dentro de mí tomó las riendas de la situación e hice lo que mejor sabía, comencé a nadar de vuelta a la playa.
Mientras nadaba de vuelta, lo más rápido que me permitían los brazos, el único pensamiento que se repetía en mi cabeza una vez tras otra fue lo que le grité a Natalia tan pronto llegué al coche y localicé mi teléfono móvil.
—¡La he cagado, Nat! ¡He metido la pata hasta el fondo!
—¿Nos has fastidiado la sorpresa? —preguntó alarmada.
—¿Qué? —Vigilé el sendero por si venía Tomás—. ¡No! Lo he besado, Nat. Lo he besado y no ha pasado nada.
—Cálmate, ¿qué quieres decir con que no ha pasado nada?
—Pues eso, que se ha quedado plantado como una estatua, no me ha devuelto el beso y tampoco ha dicho nada.
—Vaya... Abs... Me debes un hermano. Un besito y me lo dejas catatónico...
— ¡Nat! —le grité—. No te burles de mí. ¿Qué hago?
—¿Dónde estáis?
—En Alcudia, en la playa de Alcanada. Yo estoy en el coche y Tomás... No sé, estábamos nadando, al lado del islote y yo he vuelto, él se quedó allí quieto.
—¿Lo has dejado solo en el mar? ¿Y catatónico?
—¡Deja de repetir esa palabra!
—Vale... tranquila... Tampoco hace falta que me ladres.
—Nat, esto es serio, no sé qué hacer ahora o cómo comportarme.
—Tranquila. Conozco a mi hermano. Seguramente lo sorprendiste. En un momento seguro que lo tienes por ahí comportándose como si nada.
—¿Como si nada?
—Confía en mí. Seguramente necesita un tiempo para digerirlo. Cuando esté listo, hablará contigo.
—Eso espero.
—Claro que sí, tranquila. Hablamos cuando lleguéis. Aquí está todo listo.
Colgué el teléfono y lo dejé sobre la consola central del coche, no sabía cuánto tardaría Tomás en regresar, lo había dejado solo el mar, ¿estaría bien?
TOMÁS
Me besó.
Abril me besó. Fue breve pero tierno y me bastó para notar la suavidad de sus labios presionándose contra los míos.
Y yo no hice nada.
Maldito imbécil.
Necesitaba hablar con ella, saber por qué lo había hecho. ¿Significaba algo aquel beso? ¿O había sido una locura provocada por el momento?
Mierda, ¿qué estaba haciendo? Me había quedado aquí clavado y la había dejado irse nadando, sola.
Tenía que estar cansada del camino hasta aquí y la había dejado volver sola. Preocupado, miré hacia el mar, por todas partes, pero ya no la veía.
A lo lejos vi un hombre que pasaba cerca con una pequeña lancha, lo llamé e hice gestos con los brazos para pedirle ayuda. Podía volver nadando, pero todavía estaba bastante impresionado por la situación y necesitaba hacer el camino de vuelta lo antes posible.
—¡Hola, amigo! ¿Se encuentra bien? —dijo con un profundo acento, debía tratarse de un turista inglés o americano, los acentos nunca se me habían dado nada bien y su vestimenta veraniega no ayudaba.
—Sí, gracias. Pero me preguntaba si me podría acercar a la playa, necesito llegar lo antes posible.
—¡Claro, amigo! No hay ningún problemo . —Me tendió la mano y me ayudé de su fuerza para subir a la embarcación.
—¿Cómo llegó hasta tan lejos?
—Nadando —contesté.
—¿ Smimming ? Wow, es un largo camino para eyo. ¿No es peligroso hacer tanta..., como se dice, distancia, solo? —El hombre se esforzaba por hablar en mi idioma, y lo hacía muy bien.
—No estaba solo —contesté—, mi mejor amiga —dudé— me acompañaba.
El hombre me miraba extrañado.
—¿Y dónde está ahora?
—Creo que se ha enfadado conmigo y ha vuelto sin mí —contesté, avergonzado.
—¿ Swimming ? Debe ser una gran nadadora.
—Sí, lo es. Pero aun así estoy preocupado y por eso me urge llegar cuanto antes.
El hombre hizo un gesto afirmativo con la cabeza y aceleró la lancha hacia la playa.
—Ustedes, los españoles, están locos. Por cierto, me llamo Paul —se presentó y me tendió la mano.
Le di un apretón fuerte.
—Tomás —contesté.
Paul se frotó la mandíbula con la mano libre mientras con la otra dirigía el timón. Sin apartar la mirada del camino, comentó:
—Hay algo que no entiendo. ¿Le hiciste algo a tu amiga para que se enfadara tanto que... se fue sola?
Vacilé un poco antes de contestar, yo tampoco estaba seguro de cuál era el motivo por el que Abril había salido corriendo. No me había dado tiempo a reaccionar.
—No estoy seguro —contesté, sacudiéndome el agua del pelo con las manos.
Cuando estuvimos lo suficientemente cerca de la playa, le agradecí el viaje y salté de la barca para terminar el camino a nado y así mi nuevo amigo podía retomar su camino.
En la playa no había ni rastro de Abril, pero me quedé más tranquilo cuando fui al escondite donde habíamos dejado una pequeña bolsa con las llaves del coche y un teléfono móvil; no estaban, eso quería decir que ella había llegado a la playa sin problemas.
¿Cuánto tiempo me había quedado traspuesto?
Yo había tomado una lancha para volver, ella lo había hecho a nado y había llegado antes que yo.
Volví por el camino hasta donde habíamos aparcado el coche de su padre. Me acerqué despacio, quería verla antes de acercarme, no sabía cómo abordar la situación.
Me escondí detrás de un Seat León de alquiler y lo rodeé, agachado para no ser visto, hasta quedar en una posición en la que alcanzaba a ver el coche sin quedar expuesto. La vi sentada al volante con el móvil en la mano.
Estaba agitada, aunque no podía distinguir sus palabras, era evidente que le gritaba a la persona al otro lado de la línea. Cuando colgó, distinguí como se frotaba las mejillas y apoyaba las manos sobre el volante. Cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia atrás respirando profundamente.
Todavía no sabía cómo afrontar este momento, pero no podía quedarme allí agachado por mucho más tiempo o algún turista me acusaría de acosador y no me apetecía tener que explicar la situación a ningún policía enfadado.
Tomé la decisión de salir de mi escondite para aclarar las cosas; éramos amigos, no podía salir mal.
Cuando entré en el coche, esperaba encontrarme a mi mejor amiga callada y esquiva. En lugar de eso, me miró con una gran sonrisa.
—Te gané —dijo—, ¿qué te pasó? Ni siquiera intentaste alcanzarme.
La esperanza de hablar del beso se esfumó en ese mismo instante, estaba claro que ella no quería abrir la caja de Pandora. Ignorando sus ojos enrojecidos, contesté:
—Solo te di algo de ventaja.