Amigas, bilogía completa Capítulo 13
18%

Capítulo 13

AbrIL

E l día había comenzado de lo más extraño, ¿habría luna llena? Primero Tomás empujándome sobre la cama, después las constantes insinuaciones de Alberto mientras esperábamos en la cocina y, por último, Natalia haciendo alusiones a mi vida sexual.

—¿A qué ha venido eso? —le exigí cuando salimos de la cocina para encerrarnos en el baño.

Me miró como quien mira a un niño que acaba de descubrir que la luna es redonda.

—¿A ti qué te parece? —dijo, dándose toquecitos en la sien con el dedo índice—. Intento que cambie la forma en la que te ve. Si todavía te ve como una niña, habrá que hacer que te vea como una mujer. Además, también nos sirve para calibrar sus reacciones, ¿no has visto su cara?

—Buff... Me vas a matar, Nat. Casi me muero de vergüenza. Me has puesto como si, no sé, parece que me he desmadrado en su ausencia. Ala, venga: Tomás ya no está, acercaros a tiraros a Abril que ya no la vigilan.

Natalia comenzó a partirse de risa.

—Estás paranoica. Tomás nunca pensaría eso de ti. Pero necesita una patada en la cara. —Me cogió de la mano—. Estoy segura de que siente algo por ti. No insistiría tanto si no pensase que sois tal para mal. Siempre lo habéis sido.

—No sé, Nat —dije desanimada—. Ya sabes que me gustaría creerte, pero...

—Nada de peros. Te lo vas a llevar y vais a pasar un día de puta madre.

—Me puso de cara al espejo—. Te vas a olvidar de todo menos de que eres una tía genial, divertida y preciosa.

Vas a coquetear descaradamente con él y ya verás.

—Tiró de la cadena de mi cuello y sacó la rosa de dentro de mi camiseta—. ¿Sabes lo que creo?

Negué con la cabeza.

—Que te regaló la cadena tan larga para poder mirarte las tetas y fingir que mira el collar.

Las dos nos echamos a reír esta vez. Natalia tenía las ideas más locas del mundo.

—Eres una pervertida.

Cuando volvimos a la cocina, Tomás estaba blanco como un cadáver; nunca había visto ninguno, pero era como me los imaginaba. Nos acercamos para ver si estaba bien y me abrazó con tanta fuerza que pensé que se me iban a salir los ojos, pero no protesté porque se lo veía bastante afectado.

Se excusó diciendo que necesitaba salir a respirar algo de aire y ninguno se lo impidió.

—¿Se puede saber qué ha pasado? —preguntó Natalia a Alberto, que se había quedado apoyado en la encimera mirando por donde se había ido Tomas con una ceja levantada.

—No lo sé, pero creo que me hago una idea.

Sin decir nada más, se incorporó y salió molesto de la cocina rumbo al cuarto que habían compartido.

Natalia y yo nos miramos perplejas y continuamos con lo nuestro, ultimando detalles sobre mi casa.

Como yo iba a estar todo el día fuera, no podría recibir a los amigos de Tomás y de Alberto que se iban a alojar allí, así que Natalia se había ofrecido por mí para poner todo en marcha y explicarles las normas.

—¿Lo tienes todo listo? —le pregunté—. ¿Te acuerdas de todo?

—Sí, también he comprobado que tanto tu habitación como la de tu padre están cerradas con llave. Hay toallas a mansalva en los dos baños y algo de comida en la despensa. —Me frotó los hombros para relajarme—. Todo va a salir bien, no te preocupes. Además, son sus amigos, ¿qué problema puede haber?

Natalia tenía razón. Aunque era la primera vez que escogíamos a los inquilinos, ya habíamos hecho esto muchas veces.

—Si te soy sincera, creo que estoy más nerviosa por pasar todo el día con él. ¿Y si lo aburro? ¿Y si ya no le gustan las mismas cosas de antes?

Natalia me abrazó.

—Tonta, quítate los miedos absurdos. Cuando estás con alguien que quieres, el dónde es lo menos importante.

Haciendo caso de las palabras de Natalia, me fui en busca de Tomás. Lo encontré en el jardín, tirado en una tumbona con los cascos puestos y un cojín sobre la cara. No sabía qué mosca le había picado, por la mañana me había parecido contento, pero después del desayuno ya no estaba tan segura.

—No sé lo que te pasa —le dije quitándole el cojín y los cascos—, pero tú y yo tenemos planes.

Tenía la música tan alta que podía escuchar la melodía inconfundible de «Corazón de mármol» de Alice Wonder⁠ 1 desde donde estaba.

—Levanta tu culo de ahí, tenemos unos cuarenta minutos en coche por delante.

Sin esperar respuesta, me di la vuelta y me dirigí hacia el coche e hice un gesto a Natalia para indicarle que tenían el camino despejado para continuar con los preparativos.

Esta vez nos subimos al Hyundai Tucson de mi padre, yo me puse al volante.

—Si me dices a dónde vamos puedo conducir yo —se ofreció.

Lo rechacé y arranqué el motor 1.6 TGDI de 177CV de cambio manual rumbo a Manacor.

A mí no me gustaba conducir y siempre que podía relegaba la función en cualquiera al que no le importase llevarme, pero hoy quería hacerlo.

Quería que Tomás dejase de verme como a una niña y comenzase a verme como a una igual, aunque entre él y yo hubiese cuatro años de diferencia, él estuviese terminando sus estudios y yo no supiese todavía lo que quería hacer. Tenía que espabilar.

—Estás muy callada —rompió el silencio.

Lo miré algo aturdida. Lo tenía a mi lado, me miraba fijamente con sus grandes ojos azules, qué guapo era.

—Lo siento, no me había dado cuenta. —Le sonreí y encendí la radio del coche para hacer el viaje más ameno.

—¿Me vas a decir a dónde vamos tan temprano?

—Se estiró en los asientos y la camiseta se le subió un poco dejando a la vista una franja de vello que bajaba desde su ombligo y se perdía en las bermudas—.

Es muy cruel levantar a alguien tan temprano, sobre todo cuando se encuentra de vacaciones y no decirle por qué.

—Sabes por qué, lo que no sabes es dónde.

Todavía me miraba fijamente, aunque yo no lo miraba a él, podía notarlo.

Me estaba poniendo nerviosa y yo, nerviosa, conduciendo...

era una mala combinación. Necesitaba retomar el control de la situación, era yo la que llevaba las riendas esta mañana.

Como diría Natalia: «Pelea por lo que quieres, no te conformes con menos».

—Oye, ¿qué está sonando?

—Es De Press ⁠ 2 . Un grupo que le gusta a mi padre.

—Pues ya que me ibas a secuestrar todo el día, habría estado bien una playlist personalizada, ¿no?

Lo miré con cara de indignación fingida, con ceja levantada y todo.

—A ver —dije—, que si tú estás de acuerdo, no es secuestro. Abre la guantera, hay una memoria USB con «música de tu gusto», o eso espero.

TOMÁS

Nos dirigíamos hacia Manacor por la MA-4015, todavía no estaba seguro de los planes de Abril, pero me los iba imaginando.

Hacía un calor terrible para montar en bici así que dudaba que fuésemos a completar la Vía verde Manacor-Artá, pero suponía que podríamos dar un paseo hasta una zona tranquila en la costa y descansar allí.

—Sé que no te voy a dar ninguna sorpresa con esto —dijo Abril—, solo quería retomar una vieja rutina.

—No te sigo —dije, fingiendo no saber a dónde nos dirigíamos.

Me miró con sus enormes ojos entornados, sabía que mentía, nos conocíamos demasiado bien. ¿Puedes realmente conocer tanto a alguien cuya sangre no compartes? Le dediqué una sonrisa de complicidad.

—Estas muy pensativo. ¿No te gusta mi idea? —De repente sonaba preocupada—. Ya sé que no es nada original. Si hubiese tenido más tiempo, te habría secuestrado de verdad y te habría llevado lejos, a algún sitio nuevo.

—Ah, ¿sí? ¿A dónde?

Lo pensó durante unos segundos antes de contestar.

—Pues tengo varias ideas en mente: te llevaría a ver el atardecer en los templos de Angkor en Camboya.

—Me gusta la idea, continúa.

—¿Qué te parece la Gran Muralla? Un cachito, claro.

—Esa no me convence, demasiada gente.

—Entonces el Taj Mahal también lo descartamos, ¿no?

—Sí, quizá sea lo mejor. ¿Alguna otra idea?

—Buff, por supuesto. Miles: Egipto, Marraquech, Tanzania, Indonesia... Prométeme que algún día iremos a Indonesia juntos. —Sonaba emocionada.

—Ja, ja, ja —no podía evitar reírme, con Abril los días eran perfectos—. No sé si puedo prometer eso, suena muy caro.

Me miró con cara de súplica y arrugó su labio inferior. Como me habría gustado mordérselo en ese mismo instante.

—Vale, vale, te lo prometo. Aunque tenga que vender un riñón.

Ella sonrió de oreja a oreja. Cuando estaba feliz, tenía un brillo especial en la mirada, quizá fuera cosa mía, ¿quién sabe?

Estábamos en la MA-15, a unos veinte minutos, más o menos, y el día era extremadamente caluroso, tendríamos una buena noche para cenar en el jardín, pero para dormir...

no, dormir iba a ser imposible sin aire acondicionado, menos mal que no tendría que compartir habitación con Alberto y que la habitación de mamá tenía balcón.

Abril conducía tranquilamente tarareando «Demons», de Imaging Dragons, posiblemente de forma inconsciente.

Y yo la miraba embobado como un crío que acaba de conocer a una superestrella porque, joder, lo parecía.

Era perfecta, no tenía nada que envidiar a esas actrices o modelos que llenan sus cuentas de Instagram con fotos, pero sin filtros, ella no necesitaba filtros.

¿Cuándo se había vuelto tan bonita? Este verano me estaba trastornando.

—¿Qué has hecho con mi Abril?

—¿Qué? —dijo con cara de sorpresa.

«Mierda», pensé, ¿lo había dicho en alto?

—¿Qué? —dije disimuladamente, mirando por la ventana.

—¿Me has preguntado algo?

—No, eh... solo era un pensamiento.

Abril me miró entornando una ceja, estoy seguro de que me había escuchado, pero fingió no hacerlo y continuó cantando.

Algo me estaba pasando y no lo podría negar por mucho tiempo, no a mí mismo.

Seguro que era todo culpa de Alberto y sus ideas, sus insinuaciones, tanto hacia mí como hacia ella.

Alberto, empeñado en hacerme ver que estaba, ¿cómo lo diría él?

, enchochado por ella, por una chica que siempre había sido como una hermana, ridículo... Y confuso.

—¿Te gusta Alberto?

Ella paró y apagó el coche, había estado tan sumido en mis pensamientos que no me había dado cuenta de que ya habíamos llegado. Abril se desabrochó el cinturón y se giró hacia mí sin quitar las manos del volante.

—¿Por qué me preguntas eso?

—No lo sé, supongo que... porque a él sí le gustas y me gustaría saber a qué atenerme. Ya sabes...

—No, no sé.

—Bueno. —Me froté el pelo con la mano y apoyé el brazo sobre el marco de la ventana—. Si un día os encuentro... juntos —dije con una mueca de desagrado—, me gustaría estar prevenido. No me gustaría —añadí—, pero lo respeto.

—Tomi —dijo mordisqueándose el labio inferior—, ¿por qué no te gustaría?

«Buena pregunta, campeón. Una para la que no tienes respuesta», pensé. ¿Y por qué me lo preguntaba ella? ¿Quería decir eso que sí le gustaba Alberto y estaba preocupada por si no lo aprobaba? Mierda, me estaba agobiando, necesitaba salir del coche y respirar.

—Nada, déjalo, no he dicho nada. Es el calor que me hace decir tonterías.

Salí del coche y comencé a caminar sin esperar a ver si Abril me seguía.

Entonces, me di cuenta de que nos habíamos desviado del camino, pero mucho y mucho tiempo.

No sé cómo habíamos acabado en la playa de Alcanada.

Abril llegó unos segundos después con una mochila a la espalda y una manta en los brazos.

—¿Qué haces cargando con eso? Hace demasiado calor.

—No te preocupes, estoy acostumbrada. Pero puedes llevar esto —dijo, tendiéndome la manta.

Hice el amago de quitarle la pesada mochila, pero me lo prohibió alegando que era mi cumpleaños y que ella no era una damisela desvalida. Por supuesto que no lo era, ella era una de las chicas más capaces que había conocido, dentro y fuera en la isla.

—¿Qué hacemos aquí?

Abril me cogió de la mano y tiró de mí hacia la playa.

—Pensaste que íbamos a hacer la ruta de Artá, ¿verdad?

—Sí.

—Y es verdad, a eso íbamos, pero me di cuenta de que no era una idea muy original, ni divertida, y con este calor... —dijo con un suspiro.

La atraje hacia mí y deposité un beso en su cabeza aprovechando para aspirar su olor.

—Estar contigo siempre es divertido.

—No lo es. —Me soltó y continuamos caminando separados—. Solo lo dices porque eres mi amigo y quieres que me sienta mejor por estropear tu día.

Me detuve en medio del camino y la miré, ella continuó caminando distraída mientras se enroscaba un mechón de la coleta con un dedo. De repente parecía algo abatida y no entendía el motivo. Di unas cuantas zancadas para salvar la distancia que había entre nosotros y la detuve.

—¿Por qué piensas eso?

—Te pedí que lo pasaras conmigo y no te pregunté qué querías tú. Lo siento, he sido una egoísta otra vez.

—¿Qué te hace pensar que no quería pasar el día aquí contigo?

Me miró y después contestó:

—Pues tú. Has estado muy raro desde que nos levantamos. Y en el coche casi no hemos hablado. ¿Te das cuenta de que hemos atravesado la isla y no hemos hablado más de diez minutos?

Abril tenía razón en todo. El camino hasta aquí había sido largo y extraño en nosotros. Pero era mi culpa, no la suya, y era importante que lo comprendiese.

Cuando llegamos a la playa, extendí la manta cerca de unos pinos en la arena, si es que se le podía llamar así al montón de guijarros que conformaban la superficie de la playa.

El mar estaba calmado pero un poco turbio, era menos claro que en otras zonas de la isla por la proliferación de las algas.

Esto tenía una ventaja: apenas venían turistas.

Intenté tomar nuevamente la mochila de Abril, pero ella no quería soltarla.

Desistí y me limité a tumbarme en la manta haciendo una señal con la mano para que se sentase a mi lado; en lugar de eso, sacó un pequeño altavoz de batería de la mochila y lo encendió, después lo sincronizó con su teléfono móvil y Dvicio comenzó a sonar.

—El camino en coche se ha comido gran parte de la mañana —dijo—, ¿te apetece comer algo?

Sin esperar mi respuesta, continuó sacando todo lo que había metido en la mochila para un picnic nada improvisado.

—Como no lo comamos ya, no aguantará mucho tiempo frío.

—No deja de sorprenderme la cantidad de comida que puedes llegar a ingerir y aun así lo delgada que estás.

—Ya, ya... Y lo que me cuesta —contestó—, a ver si te crees que todo el ejercicio que hago no tiene sus recompensas.

Joder si lo sabía, Abril era un espectáculo digno de la portada del Sports Illustrated. Era imposible tenerla cerca y no mirarla.

Me incorporé y me senté con las piernas cruzadas para disimular lo que su cercanía provocaba en mi cuerpo traicionero. Agarré un bocadillo de salchichón e intenté llevar mis pensamientos por terrenos más seguros, pero Abril no me lo estaba poniendo fácil.

1   Alice Wonder, nombre artístico de Alicia Climent Barriuso, es una cantante y compositora española de música alternativa e indie.

2   Banda de rock polaco-noruega fundada en Oslo en 1980.