Amigas, bilogía completa Capítulo 12
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Capítulo 12

AbrIL

M e levanté temprano porque tenía mucho que preparar antes de que Tomás se despertara esa mañana. Salí de la habitación que compartía con Natalia; entre sus ronquidos y mis nervios, no había conseguido descansar prácticamente nada.

Entré en la cocina y me puse a preparar el desayuno y todo lo necesario para pasar un día fuera: bocadillos, fruta, unas botellas de agua...

A mí no me iba mucho ese rollo, pero a Tomás le encantaba salir de camping y las actividades al aire libre.

Me habría encantado ponerme un vestido bonito, arreglarme el pelo y prepararme como si fuese una cita de verdad, pero tenía que recordarme que no lo era, era una distracción para que Alberto y Natalia terminasen de prepararlo todo.

En un principio era Alberto el que debía encargarse de este día, pero sugirió que yo tenía más posibilidades de mantener a Tomás fuera de la casa, no sé porque pensaba esto si ellos dos ya se habían pasado los días desde su llegada dando vueltas por toda la isla.

Posiblemente, Alberto se había quedado sin ideas y me había pasado el muerto; además, yo no conocía a ninguno de sus amigos de la universidad. A ver, no es que me quejara; para mí, un día entero con Tomás no era un sacrificio, era lo que deseaba desde que habían llegado.

Entré en el cuarto de baño y me di una ducha rápida, mi pelo estaba bastante limpio por lo que prescindí de lavármelo, ya lo haría al volver; en este momento solo necesitaba sujetármelo en una coleta alta.

Me vestí con una camiseta de tirantes y unos leggins negros de Nike que me había enviado mi madre por correo en Navidad y que todavía no había estrenado.

En silencio, salí de casa para meter en el coche una manta gordita, unas toallas y la nevera portátil en la que había puesto la comida y todo lo necesario para el día.

Con todo listo, me acerqué a la habitación de María y llamé a la puerta un par de veces.

Como no obtenía respuesta, la abrí despacio y entré en la habitación.

Mi vista tardó unos segundos en adaptarse a la oscuridad, me acerqué a la cama y vi que Tomás seguía dormido.

Tenía la habitación un poco desordenada, María lo mataría si viese así su cuarto, con la ropa tirada por el suelo y las puertas de los armarios abiertas.

Tomás estaba tumbado boca abajo, con las sábanas enroscadas en los pies y los brazos metidos por debajo de la almohada.

Al verlo, en lugar de despertarlo, lo que más apetecía era acurrucarme a su lado y dormir un poquito más, pero era su cumpleaños y me moría de la emoción por pasar el día con él.

Además, Natalia y Alberto habían insistido en que me lo llevase cagando leches lo antes posible, el avión llegaba temprano y no queríamos arriesgarnos a que se encontrase con algún conocido, sería imposible de explicar.

Me acerqué a la cama y me incliné muy cerca para susurrarle al oído.

—Buenos días, dormilón. Feliz cumpleaños.

Se giró para colocarse boca arriba y en el trayecto me agarró por la cintura y me tiró sobre la cama a su lado. Todavía tenía los ojos cerrados, pero la sonrisa que podía ver en su cara, a pesar de la oscuridad, me decía que no estaba dormido.

—Sé que estás despierto, perezoso.

Me acercó más a su cuerpo y apoyó la nariz sobre mi cabeza.

—Me despertó tu pelo.

—¿Mi pelo?

—Mmm... sí. Me hiciste cosquillas. Eso y que te olí en cuanto entraste en la habitación.

—Entonces no fueron las cosquillas.

Me encantaba la sensación de estar tumbada junto a él. Natalia era mi mejor amiga, pero cuando éramos más pequeños y me sentía intranquila o echaba de menos a cualquiera de mis padres, siempre era en Tomás en quien me refugiaba y siempre me había dejado dormir con él. Hacía años de eso.

—Me encanta estar entre tus brazos. —Me incorporé avergonzada por lo que acaba de decir—. Pero tenemos un día por delante que aprovechar. Vamos, levántate.

—Será mejor que te adelantes —dijo, dándose la vuelta—, yo aún necesito unos minutos.

—¿Por qué?

—Hazme caso.

Salí de la habitación rumbo a la cocina cuando me sobresaltó una voz socarrona.

—Haciendo el pasillo de la vergüenza, ¿eh? —dijo Alberto— Me voy a poner celoso.

Nerviosa, me di la vuelta. Mis mofletes estaban tan calientes que sabía que mi cara debía estar más colorada que mis adoradas Pink Lady.

—¿Por qué dices eso? Solo fui a despertar a Tomás.

—Ya... me lo imagino —dijo sonriente—, como una buena «hermana».

—No soy su hermana —puntualicé.

—Creo que eso lo sabemos todos, menos él.

No quería seguir hablando con Alberto de Tomás, me di la vuelta y continué mi camino hasta llegar a la cocina, donde el desayuno se estaba enfriando.

TOMÁS

El olor a violetas y plátano del perfume de Abril seguía siendo tal y como lo recordaba.

Podría encontrarla en un estadio de fútbol con los ojos cerrados.

Me gustaba, tenerla cerca siempre me relajaba.

Bueno, no siempre, porque desde que había vuelto este verano me provocaba todo lo contrario.

Tenerla cerca me tensaba el cuerpo, me aceleraba el corazón y me atraía como un imán, era como si ella fuese la tierra y su fuerza de gravedad me atrajera.

Solo se había tumbado un par de minutos, pero ahora toda la cama olía a ella. Oler la almohada me hacía pensar en sus ojos verdes, en su cabello claro como el centeno y otras partes de su cuerpo en las que no debería estar pensando.

«¿Qué te está pasando, Tomás? Eres un cabrón, un jodido cabrón, deja de pensar en tu mejor amiga», pensé.

Durante los últimos días había intentado mantenerme alejado de ella y por eso se me hacía insufrible pasar el día con Alberto, era mi amigo, pero...

en el fondo sabía que solo le estaba haciendo de guía turístico para no hacer ninguna tontería.

Como estaba mañana, ¿por qué la había tirado en la cama?

Quería tumbarla a mi lado, olerla, acariciarla...

«Se supone que no haces esas cosas con tus hermanas. Aunque ella no es realmente mi hermana», me dije. Mierda, Tomás, deja de pensar así.

Me levanté furioso conmigo mismo y me fui de cabeza a la ducha, tenía que darme una bien fría.

Y tenía que dejar de mentirme: la forma en la que veía a Abril estaba cambiando.

Alberto tenía razón. No sabía por qué, ni cómo, ni cuándo había empezado, pero estaba cambiando.

Me gustaba y quería algo más que una amistad.

Algo que no podía tener porque no podía permitirme perder lo que habíamos construido con nuestra amistad, nada era más importante para mí.

En menudo lío me había metido yo solito.

Salí del cuarto con unas bermudas y una camiseta con la frase «PENSAR ESTÁ SObrEVALORADO» escrita. Siempre me había parecido muy graciosa, aunque creía que solo me pasaba a mí.

Cuando entré en la cocina, ya estaban todos ahí. Abril y yo éramos los únicos que no estábamos en pijama. Antes me había sido imposible ver lo que se había puesto, menos mal. Alberto también parecía encantado con las vistas y yo le habría estampado la cabeza contra la mesa encantado también.

Cuando me vio, Natalia se levantó de la silla de un salto y se lanzó a mi cuello para felicitarme y tirarme de las orejas.

—¿Es cosa mía —dijo Alberto, señalándonos a Abril y a mí—, o vosotros habéis hecho planes sin nosotros?

—Déjalos —dijo Natalia—, lo hacen desde pequeños. A veces se escapaban sin decirnos nada ni a Cámeron ni a mí.

Vaya, ¿Natalia tenía razón? Supongo que sí. Cuando era pequeño, Abril parecía más triste que los demás, algo normal si tenemos en cuenta su situación, así que me gustaba hacerla sentir especial. ¿O es que ya la quería para mí? No, qué tontería, solo éramos unos críos.

—No es que por aquí tuviesen mucho por donde esconderse —continuó mi hermana—, claro. Pero los dejábamos solos —se rio—. Abril era tan bonita que los niños de nuestra clase se ponían celosos y le lanzaban piedras a Tomás.

—¿Era por eso? —pregunté perplejo. Recordaba las piedras, pero nunca había sabido el motivo, pensaba que solo era un juego de niños.

—Pues, claro, idiota. Todos querían llamar su atención y tú no dejabas acercarse a ninguno. —Me miró con una sonrisa maliciosa—. Menos mal que te fuiste, o nuestra Abril seguiría para vestir santos.

Me atraganté con las palabras de mi hermana, ¿qué estaba insinuando?

— Ejem, ejem... ¿Podéis dejar de hablar como si no estuviese delante?

Todos nos giramos hacia ella, estaba nerviosa y colorada como un tomate, algo totalmente comprensible, por otro lado.

—Nat —dijo—, no creo que mi vida sexual merezca ser vox populi , ¿o quieres que yo le diga a tu hermano que...?

—¡Cállate, cállate, cállate...! —Saltó de la silla para taparle la boca a Abril—. Ven conmigo y lo hablamos.

Las dos salieron apuradas de la cocina y ninguna parecía contenta.

Con todo, al final me había olvidado de preguntarle qué pasaba entre Natalia y Cámeron. De hoy no pasaba, o acabaría dando rienda suelta a mi imaginación, seguro que la realidad era una mejor opción.

—¡Eh, tío! —dijo Alberto chasqueando los dedos delante de mis ojos para llamar mi atención—. ¿En qué planeta estás? Porque yo estoy en el planeta Abril; no, espera, sería el «Paraíso Abril⁠ 1 », como esa canción que le gusta, ¿lo pillas?

Le di un manotazo para apartar sus dedos sucios de mi cara. Era lo que me faltaba, ya era malo aguantar todas las cosas sucias que se me pasaban por la cabeza como para escuchar las suyas. Y ya de paso los celos que me provocaban.

—... es que mira esos labios, te juro que un día de estos le voy a comer la boca y después no va a recordar ni cómo se llama.

—Estas soñando —contesté—, Abril no te besaría ni para hacerte el boca a boca. Antes te lo hago yo.

—Tío... —dijo levantando de la mesa—. Eres un puto egoísta. No la quieres para ti, pero tampoco nos la dejas al resto.

—¿Ya estás otra vez? —pregunté irritado.

—Sí, joder. Porque me gusta mucho. Y no me refiero solo a lo físico, toda ella es...

increíble, ¿sabes? —Dio vueltas por la cocina despeinándose la cabeza con las manos—.

Pero tú eres mi amigo y no quiero joder nuestra amistad —bufó—.

Te respeto, tío, y solo te pido una cosa, creo que me lo merezco.

Lo miré en silencio, indicándole con un gesto de la mano que continuase antes de que volviesen las chicas.

—Quiero, necesito, que te aclares. Si te gusta, dímelo y me apartaré, comprendo mi desventaja, pero si no te interesa, apártate y déjame intentarlo.

¿Qué podía decirle? ¿Que yo también quería comerle la boca?

¿Qué me acababa de dar cuenta? ¿Que todas las veces que le había insistido en que era como una hermana eran tonterías?

Si ahora le decía eso no me iba a creer, pensaría que solo era otro intento por protegerla y aislarla de cualquier otro chico.

Me odiaría, como los niños de las piedras.

—Está bien —dije de mala gana—, inténtalo si quieres, pero luego no digas que no te avisé. No eres su tipo.

No lo era, ¿verdad? Una angustia repentina se apoderó de mí, me costaba respirar y las tripas se me retorcían.

El desayuno peleaba por salir con la misma rapidez con la que había entrado.

¿Y si al final lo conseguía? ¿Y si a Abril sí le gustaba?

Mi cabeza se llenó de imágenes de los dos abrazados, comiéndose los morros y metiéndose mano por todas las esquinas de la casa. Me entraron ganas de vomitar.

—Tomi, ¿estás bien? —dijo una voz a mi espalda.

Era Natalia, las dos chicas de mi vida habían vuelto a entrar en la cocina y estaban muy cerca, mirándome preocupadas.

—Estás muy blanco —dijo Abril—, ¿posponemos nuestra salida? Podemos dejarlo para otro día.

Puso su delicada mano sobre mi frente para tomarme la temperatura y yo, por instinto, la agarré y la acerqué más a mí, abrazándome a su cintura.

—Mmm... Estoy bien, es solo que... Me he mareado un poco —me excusé—. No es nada.

Todos me miraban sorprendidos, no era para menos, me estaba comportando como un energúmeno. No podía continuar en la cocina como si nada, así que solté a Abril sin poder mirarla a la cara y salí al jardín.

1   Juego de palabras que hace referencia a la canción Paraíso Andrés, del grupo de música español Dvicio.