Capítulo 11
TOMÁS
N uestras casas se habían convertido en un hervidero, la de Abril porque había que prepararla para los futuros inquilinos y la nuestra... porque mamá nunca había pasado tanto tiempo fuera.
—Tranquila, mamá —dijo Natalia mientras correteaba a su alrededor como una campanilla moderna—, no vamos a incendiar la casa.
—No es eso lo que me preocupa.
Natalia se acercó a ella y apoyó las manos en sus hombros.
—Si lo dices por las drogas y las orgías, tampoco tienes que preocuparte, siempre somos muy discretos.
—¡Natalia! —protestó mamá.
—Solo bromea, mamá —interrumpí, antes de que cambiase de planes por las tonterías de mi hermana.
—Ya sé que bromea —contestó mamá mirando a Natalia nada convencida.
—Mamá, ¿te importa si duermo en tu cuarto mientras no estás? —pregunté—. Alberto ronca más que un Mazda 787B.
—Entones prueba a dormir con Nat.
Me giré hacia la puerta del jardín, Abril acababa de entrar cargando con una maleta pequeña.
—¿Por qué dices eso? —le preguntó mi hermana.
—Porque no creo que ronque más que tú.
—¡Eso no es verdad! —contestó Natalia indignada—. Lo mío es un problema de salud.
—Chicas —interrumpió mi madre—, haya paz por favor. Tomás, claro que puedes dormir en mi cuarto, si a Alberto no le parece mal que lo abandones, recuerda que...
—... es mi invitado —terminé la frase por ella—. Lo sé, lo sé. Créeme, no le importará.
Abril se acercó a la mesa de la cocina y cogió una de las manzanas Pink Lady que había comprado esta mañana en la tienda de la señora Carmen. Desde que estaba en casa, procuraba que nunca le faltasen.
—Chicos, os voy a echar mucho de menos —dijo mamá—. Nunca os he dejado solos tanto tiempo, pero creo que os vendrá bien.
Tras prometerle que íbamos a cuidar bien la casa, mantenerla limpia y no molestar a los vecinos, por fin recogió las dos maletas que había preparado para el viaje y salió por la puerta.
Natalia y Abril se fueron a organizar su habitación, yo hice otro tanto con la de mi madre, Alberto había salido temprano a explorar solo los alrededores y todavía no sabía nada de él.
Y, sinceramente, mientras no me llamase la policía para notificarme que habían encontrado su cadáver en medio del mar, no me importaba si tardaba cuatro horas más.
Cuando llegó el mediodía ya teníamos la casa organizada, a ninguno nos apetecía cocinar y, además, hacía demasiado calor para estar fuera, así que decidimos acercarnos hasta Palmas Pizzería para comer algo.
—Le mandé un mensaje a Cámeron —dijo Natalia— para que se una a nosotros y venga a comer.
—Pensé que tenía que trabajar —dije, mirando a mi hermana por el retrovisor—. No sabía que estabais en contacto.
—Si tú le prestases algo de atención a tu mejor amigo no lo tendría que hacer yo —contestó a la defensiva—. Tiene unos días libres. Deberías saberlo.
Me giré un momento y la miré sorprendido.
Quería replicar, pero ella tenía bastante razón.
Aunque Abril le restaba importancia, desde hacía un tiempo Cámeron y yo estábamos algo distanciados, estudiábamos en provincias diferentes y durante el verano él trabajaba.
Nuestra amistad no estaba en su mejor momento y, con Alberto aquí, ¿pensaría que lo estaba remplazando?
No, me deshice de esa idea al momento, ¿por qué iba a pensar eso?
Cámeron era mi mejor amigo de toda la vida.
—Gracias —le dije a mi hermana—, tienes razón. Intentaré estar más pendiente. La verdad es que últimamente no hablamos mucho. ¿Sabes si está saliendo con alguien? He intentado hablar con él, pero está un poco esquivo.
A Abril, que iba de copiloto, se le escapó una risa que intentó disimular con una tos fingida.
—¡Yo no sé nada! ¿Por qué me iba Cámeron a contar con quién sale o deja de salir? Además, tampoco hace falta que lo agobies, hombre. Solo era un decir.
Me gustaría decir que el resto del camino fue tranquilo, pero con Alberto en el coche eso era imposible, se pasó el resto del camino dándonos la chapa sobre datos absurdos de la isla que había buscado por internet, al final se le iba a dar bien dedicarse al mundo del turismo.
La pizzería estaba llena cuando llegamos, era temporada alta y eso limitaba los espacios en el interior, bajo el abrigo del aire acondicionado.
Por suerte para nosotros, el negocio, antaño propiedad de una pareja de alemanes que habían decidido volver a su país natal, era ahora regentado por Alejandro, un antiguo compañero del instituto, y le habíamos avisado para que nos reservara un sitio bien fresco.
Tan pronto nos vio entrar, se acercó para recibirnos con un abrazo.
—Tomás, cuánto tiempo sin verte. Me alegro un montón de teneros por aquí.
—Gracias. —Le devolví el abrazo—. Nosotros nos alegramos de tenerte para guardarnos el mejor sitio.
—Qué bueno, tío. Pero no lo hago por ti —se dirigió a Abril y a Natalia—, sino por estas encantadoras criaturas que te acompañan siempre.
Ellas lo saludaron con abrazos y besos como era costumbre y Alberto se presentó con un apretón de manos.
—Ale —dijo Abril—, Cámeron también viene. Perdona por no decírtelo con más tiempo.
—No hay problema, pequeña. Donde caben cuatro, caben cinco.
«¿Pequeña?» me pregunté, ¿desde cuándo tenían tanta confianza estos dos?
—Es donde comen dos, comen tres, pero también sirve —contestó ella entre risas.
Una sensación extraña se estaba asentando en mi estómago, estaba hambriento y quería sentarme bajo el aire acondicionado; para acelerar las cosas, puse una mano en la espalda de Abril y nos dirigimos hacia donde nos había indicado Alejandro.
El reservado estaba compuesto por una mesa de madera rectangular cubierta con un mantel de cuadros blancos y rojos y dos bancos, también de madera, a cada lado. Nos sentamos de forma que las chicas quedaban a un lado y nosotros, al otro.
Cámeron llegó justo cuando Alejandro nos entregaba las cartas y nos preguntaba por las bebidas.
—Justo a tiempo —dijo Natalia saludándolo con un abrazo, ¿era más largo de lo habitual o solo me lo parecía a mí? —, ¿qué vas a beber?
—Tráeme un agua —le dijo a Alejandro que ya se alejaba con la nota de nuestras bebidas y nos saludó al resto.
Cámeron se sentó al lado de Natalia a pesar de que había un sitio libre a mi lado.
—Oye, tío, ¿por qué no te sientas aquí?
Cámeron me miró como si hubiese cometido un crimen y yo lo acabase de descubrir. Abrió la boca para contestar, pero Abril lo hizo en su lugar.
—Tomi, no seas plasta. Nosotras ocupamos menos, aquí tiene más sitio.
Empezaba notar que allí pasaba algo y que Abril lo sabía. Como no me parecía el momento adecuado, la abordaría más tarde para pedirle información.
—Chicas, ¿ya sabéis lo que vais a hacer después del verano? ¿Os habéis matriculado en la universidad? —preguntó Alberto.
—Todavía no tenemos nada claro —dijo Natalia—. Además, yo todavía tengo que aprobar.
—Natalia debería estudiar moda —dijo Abril—, se le da de maravilla, siempre sabe lo que se lleva. La mayoría de las veces es ella la que compra mi ropa y me dice cómo y cuándo ponérmela. Yo soy un desastre.
—Sí, eso es verdad. Si fuese por ella iría siempre con uno de esos vestidos camiseros que tanto le gustan.
—No veo dónde está el problema —dijo Alberto—, a mí también me gustan.
Por instinto protector de buen hermano postizo, mi codo salió disparado hasta las costillas de Alberto. Este dio un respingo en el asiento y se llevó las manos al lugar donde había recibido el golpe.
—Vale, vale... perdona. Que solo era una broma, joder.
—Pues esas bromas te las guardas —le susurré para que las chicas no escuchasen.
—¿Y tú, Abril? —pregunté yo esta vez—. ¿Qué quieres hacer?
—Todavía no estoy segura. He pensado varias cosas, desde quedarme aquí y trabajar en algo hasta irme a la Península o incluso he pensado en la universidad a distancia.
—Yo voto por esa última opción —dijo Natalia—, es perfecta para ti.
Alejandro trajo las pizzas y las devoramos más rápido de lo que habían tardado en hacerse.
—¡Qué buenas están! —exclamó Alberto—. Donde vivimos no hay nada así.
—No exageres —dijo Cámeron—, Galicia es famosa por su gastronomía. Seguro que hay cosas mejores.
Después de comer nos preparábamos para irnos cuando Abril se disculpó para ir al servicio un momento.
Pagamos la cuenta y salimos. Alberto estaba listo para entrar en el coche, pero viendo que Natalia se iba con Cámeron hacia el suyo, con la excusa de estaba mejor climatizado, decidió que no quería pasar calor y me dejó tirado esperando por Abril.
Exasperado porque esta parecía haberse quedado encerrada en el cuarto de baño, entré de nuevo en el local y la encontré al lado de la barra, le estaba preguntando algo a Alejandro, que contestó afirmativamente con un gesto de cabeza y los dos se abrazaron.
AbrIL
Me levanté de la mesa con la excusa de ir al servicio. Bueno, no era una excusa porque tenía que hacer pis, pero al terminar, en lugar de volver con los demás a la mesa, me dirigí a la barra, donde estaba Alejandro, para invitarlo a la fiesta de Tomás.
Habían sido buenos amigos en el instituto, pero se habían distanciado bastante y pensé que la fiesta podía ser un buen motivo para que retomasen esa amistad.
Alejandro aceptó la invitación de muy buena gana y yo lo abracé contenta por ello.
Cuando vi hacia la puerta que daba a la calle me llevé un susto porque Tomás estaba allí, con cara de pocos amigos.
No creía que desde donde estaba nos hubiese escuchado. Pero si lo había hecho y me había cargado la sorpresa, me iba a sentir fatal (y Alberto se iba a enfadar), así que disimulé y salí del local detrás de él como si nada.
Tomás era mucho más alto que yo, por lo que se acercaba al coche a mucha velocidad y yo apuraba el paso todo lo posible para no quedar rezagada. Cuando estábamos a punto de llegar, frenó en seco y yo me estampé contra su espalda.
—Perdona, ¿por qué paras de golpe?
Se dio la vuelta y me miró con el ceño fruncido.
—No sabía que fueses tan amiga de Alejandro.
Vale, sí, nos había visto y no merecía la pena disimular, pero si nos hubiese escuchado, no me estaría preguntando por Alejandro sino por la fiesta, así que...
—Bueno...—No tenía ni idea de cómo salir del paso—.
Nat y yo vamos mucho su local, así que...
Siempre hablamos un poco de esto y de lo otro...
y... —Lo cierto era que Alejandro y yo habíamos salido durante un tiempo, y no había funcionado.
Como no creía que le pudiese importar a Tomás, mentí como una bellaca—.
Yo no diría que somos amigos, más bien conocidos que se caen bien, ya sabes...
No, ni yo sabía lo que estaba diciendo, pero tenía que salvar la situación de alguna manera.
—Ya veo.
Abrió la boca para decir algo más, pero en el último momento cambió de idea y volvió a caminar hasta llegar a la puerta del coche y entrar en el sitio del conductor.
Normalmente, antes de entrar en el coche me abría la puerta del copiloto, era así de caballeroso, pero esta vez no lo había hecho.
Eso solo podía significar una cosa, estaba enfadado y yo no sabía por qué.
Decidí dejarlo pasar y que fuese él quien sacase el tema.
Volvimos a casa con las ventanas abiertas, el coche de Tomás no tenía aire acondicionado.
Ya estaba bastante viejo, pero Tomás no lo cambiaría hasta que se cayera a pedazos.
Había pertenecido a su padre y su madre lo había conservado escondido hasta que Tomás cumplió los dieciocho y se lo regaló.
Nunca olvidaré su cara, fue la única vez que lo vi llorar.
—¿En qué piensas? —preguntó Tomás interrumpiendo mis pensamientos.
Lo miré y después hice un repaso de todo el coche señalándolo con la mano, aunque él no apartó la vista de la carretera ni por un momento.
—Estaba recordando cuando te lo regaló tu madre.
La expresión de Tomás se suavizó, ya no parecía enfadado sino alegre.
—Fue toda una sorpresa, siempre pensé que lo había vendido tras la muerte de papá.
Una de las cosas que tenía que hacer era distraer a Tomás la tarde de su cumpleaños mientras Alberto y Natalia organizaban y decoraban la casa para recibir a los invitados.
—Tu cumpleaños es en dos días. —Lo miré de reojo—. ¿Has pensado en celebrarlo? ¿Tienes alguna idea?
Tomás paró el coche en frente de la puerta de casa y me miró girando la cara ligeramente hacia un lado.
—No lo sé —se encogió de hombros—, ¿tú qué propones?
—¿Yo? —dije sorprendida—. Supongo que podemos hacer algo pequeño, ya sabes, nosotros cuatro y Cámeron y después podemos salir por ahí y eso.
—Y eso... No pareces convencida.
No me gustaba salir por las noches y él lo sabía.
—¿Y si me quedo con la parte de la cena tranquila en casa y después seguimos en casa? —dijo con una sonrisa—. No me apetece pasarme la noche de mi cumpleaños saliendo para terminar haciendo de chofer de Alberto y de mi hermana.
—Si quieres beber puedo conducir yo. Total, no lo voy a hacer de todos modos. Ya sabes cómo me pongo con el alcohol.
—Ja, ja, ja. No, por favor, tú ni gota. Todavía recuerdo la última.
Le di un golpe con el bolso entre risas.
—Cállate, no fue para tanto.
—No, qué va.
—Bueno, da igual. De todos modos, quería preguntarte una cosa—me armé de valor—, ¿me reservarías unas cuantas horas ese día? Me gustaría... llevarte a un sitio.
—Pues, claro, pequeña. —Se acercó un poco más y me agarró la mano, estaba agarrando el colgante con forma de rosa que me había regalado—. Lo agarras tan fuerte que al final lo vas a romper.
—No me había dado cuenta —dije, mirando nuestras manos.
Tomás me soltó y cogió el colgante con cuidado.
—Cuando salimos de la pizzería... —dijo inseguro—. Me pareció...
—¿Sí? —pregunté preocupada, si nos había escuchado podía echar toda la sorpresa por el suelo.
—Nada, da igual.
Abrí la boca para poner cualquier excusa, pero no hizo falta porque justo en ese momento, Alberto golpeó la ventana de mi lado.
—Tortolitos —dijo con sarna—, ¿pensáis pasaros todo el día ahí metidos?
Tomás bufó y contestó para sí mismo:
—No me importaría.