Amigas, bilogía completa Capítulo 9
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Capítulo 9

AbrIL

E l resto de la semana pasó sin pena ni gloria.

Me levantaba temprano y salía a nadar. Natalia me acompañaba en alguna ocasión, pero la mayoría de las veces se escapaba con la excusa de que en casa no podía estudiar.

Mi padre y María apenas paraban por casa y Tomás estaba ocupado con Alberto; al parecer, se estaba tomando más en serio su papel de anfitrión y le hacía de guía turístico por la isla.

El domingo no me apetecía nadar así que aproveché para remolonear un poco en la cama, a todos nos viene bien de vez en cuando. Tras una ducha, más larga de lo habitual, me puse una camisa larga de estilo bohemio que utilizaba de vestido y bajé a desayunar.

—Claro, papá —contesté dándole un beso en la mejilla—, me parece una gran idea.

—¿Puedes encargarte de la comida?

Asentí y me senté a su lado, estaba hambrienta.

—Iré a decírselo a María. Prepararé el salmón y unas ensaladas.

—Me parece estupendo —dijo, levantándose de la mesa. Llevó su taza al fregadero y la lavó. Papá no soportaba dejar nada en el fregadero—. Ahora tengo que ir al despacho para concretar unos detalles del viaje, pero estaré aquí a tiempo para poder ayudarte.

Preparé la comida con ayuda de Natalia y pusimos la mesa en el jardín. Alberto preparó una playlist como música de fondo mientras Tomás se dedicaba a pasar el recoge-hojas por la piscina.

—Anoche, cuando volví de tu casa, estuve hablando con Alberto —dijo Natalia mientras colocábamos los platos.

—¿Sobre qué? ¿Te dijo alguna tontería de las suyas?

—No, en realidad fue bastante amable. No es mal chico. Solo un poco... ¿boca-chancla?

—¿Boca-chancla? —pregunté—. Yo creo que más que una boca tiene un buzón.

—Ya, bueno... A lo que iba. Dice que Tomás está raro.

—¿Raro? —pregunté. Para mí era el mismo de siempre.

Ella asintió con la cabeza.

—A mí tampoco me lo parece, pero quizás el Tomás que nosotras conocemos solo exista aquí, con nosotras, quiero decir. Al parecer es diferente cuando está en la uni.

—¿Diferente? Eso es una tontería, no podemos cambiar según donde estemos.

—¡Claro que cambiamos! —insistió—. Constantemente. Todos somos diferentes según el ambiente en el que nos encontremos.

Terminamos con la mesa y volvimos a la cocina, donde aún quedaban cosas por hacer.

—Explícate mejor —exigí.

—Pues es fácil, yo no soy igual contigo que con mi madre, por ejemplo, porque contigo soy más libre.

—Tu madre sabe bien cómo eres —interrumpí.

—Ya lo sé, no se trata de eso. Lo que quiero decir es que... —lo pensó por un segundo— a ti te puedo contar cómo la tiene Cámeron y a mi madre jamás se me ocurriría.

—Puff, ¡ni lo intentes! Yo tampoco quiero saber eso.

Natalia comenzó a reírse hasta que se le cayó al suelo el plátano que había cogido del frutero para acompañar su explicación.

Estaba a punto de contestarle alguna burrada cuando mi padre y María entraron muy animados en la cocina.

No me había dado cuenta de que ya estaban en casa, esperaba que no hubiesen escuchado nuestra conversación, a Natalia no le iba a resultar nada fácil inventarse un motivo por el cual pudiese conocer el tamaño de ciertos aspectos de la anatomía del mejor amigo de su hermano mayor.

Cuando todo estuvo listo, nos sentamos, nuestros padres presidían la mesa alegremente. Tomás se sentó a mi derecha en frente de Natalia y al lado de su madre. Lo que dejó libre para Alberto el asiento frente a mí.

Comenzamos a comer en silencio con la playlist de Alberto como acompañamiento hasta que mi padre rompió el silencio.

—Bueno, chicos —comenzó mi padre—. Como ya sabéis, en dos días me marcho de viaje. No me canso de decir lo agradecido que me siento por teneros en nuestras vidas. —Me miró—. Sin vosotros, las cosas habrían sido mucho más difíciles para mi hija y para mí.

—Aksel, no tienes nada que agradecer —dijo María.

—No, sí que tengo —continuó—, gracias a vosotros, siempre, he podido trabajar con libertad porque puedo irme tranquilo. No podría dejar a mi hija en mejores manos.

—Señor Abels —interrumpió Alberto—, como sabe, Tomás y yo estamos terminando la carrera y… bueno, me preguntaba si el año que viene podría conseguir algún trabajo, como becario, por supuesto, en su empresa.

Papá miró a Alberto como si fuera la primera vez, quizá fuera así, o quizá solo fuera la primera vez que le prestaba atención.

—Perdóname, pero... ¿nos han presentado?

—Eh... —contestó rojo como un tomate—. Sí. Poco después de llegar, usted tenía prisa, pero Tomás —señaló a su amigo— nos presentó.

Mi padre dejó la servilleta sobre la mesa y se aclaró la garganta.

—Vaya, lo siento mucho. Lo había olvidado. Qué descortés por mi parte. Y dime...

—Alberto, Alberto Méndez —dijo, tendiendo una mano, que mi padre estrechó.

—¿Por qué querrías trabajar en el sector turístico? Si estudias con Tomás, esto no tiene nada que ver con lo vuestro.

—Lo sé, pero es que yo estudio por mis padres. Ellos me buscaron la carrera, a mí no me llama nada, prefiero viajar.

—Vaya... —contestó papá—. Es una lástima dedicar tanto tiempo a algo que no te gusta. No puedo prometerte nada, llámame cuando termines y veré si puedo hacer algo.

—Muchas gracias, señor —contestó satisfecho.

—Bueno —dijo papá—, me gustaría retomar el tema de antes. —Me miró—. Cariño, voy a estar fuera bastante tiempo, prácticamente lo que queda de verano. Me gustaría que esta vez te ocupes de la gestión de la casa. Creo que es hora de que... tomes alguna responsabilidad.

—Papá, eso ya lo he hecho mil veces. Siempre que estás fuera me encargo de los inquilinos.

—Lo sé, yo me refiero a todo el proceso. Decidir un precio, poner el anuncio, preparar la casa...

—¿Estás seguro? —contesté algo nerviosa.

Papá asintió con la cabeza.

—Ya va siendo hora de que tomes más responsabilidades y madures un poco, financieramente hablando. De hecho, una vez restados los gastos y la parte que le corresponde a María, podrás quedarte todo el beneficio.

—¿Estás seguro? —repetí.

—Sí, así podrás disponer de un pequeño colchón financiero con el que decidir lo que quieres hacer de ahora en adelante.

—Abril —dijo María—, estoy de acuerdo con tu padre. Me parece una gran idea y, por eso, este año también voy a renunciar a mi parte.

—No puedes hacer eso —contesté—, si renuncias no podré quedarme con vosotros.

María sonrió.

—Claro que puedes —dijeron Tomás y Natalia a la vez.

—Mis hijos tienen razón. Tú siempre tendrás cabida en nuestra casa, eres de la familia. Ni tú necesitas una niñera ni yo cobrar por ello.

—¡Genial! —gritó Natalia. Soltó los cubiertos sobre el plato—. Déjame ayudarte, tenemos que sacar fotos nuevas de la casa para renovar el anuncio y lo pondremos en un montón de páginas: Hometogo, Airbnb, Key el año pasado había tomado unas clases de repostería. Les había sacado mucho provecho porque todo lo que hacía estaba buenísimo. Natalia y yo fuimos las encargadas de recoger la mesa y Tomás y Alberto de fregar los platos.

—Estaba pensando que en las fotos del anuncio podemos salir nosotras —dijo Natalia posando como una modelo—, ya sabes, como cuando enseñan las casas en la revista Hola.

La miré divertida, Nat siempre tenía ideas descabelladas para pasarlo bien, como cuando asustaba a los turistas que estaba tan tranquilos tomando el sol al grito de «Tiburón» con un megáfono desde el balcón de su casa.

—No sé si será buena idea.

Cuando terminamos los trabajos en la cocina salimos al jardín, nos encontramos con Alberto que contemplaba las vistas maravillado. No se veía a Tomás por ninguna parte. Al vernos, se acercó sonriendo. Alberto siempre sonreía.

—Chicas —dijo mirando hacia la puerta de casa—, quería comentaros algo. Antes de que salga Tomás.

—¿Dónde está? —pregunté.

—Dentro, está hablando con su madre. Bueno —siguió haciendo aspavientos con los brazos—, a lo que iba. ¿Qué os parece si le hacemos una fiesta a Tomás por su cumpleaños?

Nos miramos.

—¿Una fiesta? ¿Para Tomás? —pregunté— No me parece buena idea. A él no le van las fiestas.

—¿Estás de broma? Si no se pierde una.

Lo miramos con la boca abierta.

—No te creo —siguió Natalia—, hace años que no quiere nada especial por su cumpleaños. Bueno, quizá tengas razón, igual ha cambiado —dijo dirigiéndose a mí.

—¿Qué dices? —protesté—. Nadie lo conoce más que nosotras. Sabes que no le gustaría.

Me giré hacia Alberto, nos gustase o no, él había pasado más tiempo con Tomás que nosotras.

Y podía ser que Tomás, al estar lejos, se hubiera sentido libre de nosotras.

Nos quería, pero ¿habríamos sido una carga para él todos estos años?

Sabía que Natalia había llegado a las mismas conclusiones que yo porque podía ver cierto dolor en su expresión.

—Está bien —le dije a Alberto—, ¿tienes algo en mente?

—¿Cuánta gente puedes meter en tu casa?

Lo pensé. Teníamos cinco habitaciones, pero solo alquilábamos tres, tanto la de mi padre como la mía quedaban cerradas con llave. Entre las tres restantes, había cinco camas y en el salón teníamos un sofá cama doble.

—Supongo que unas ocho personas, si cuatro comparten cama.

—Estupendo —contestó animado—, podemos alquilarla a nuestros colegas de la uni y organizar una macro-fiesta en el jardín. Con estas vistas y la playa de ahí... Será brutal.

—Vale, pero vuestros colegas tienen que cuidar la casa —le advertí—, es la primera vez que me la dejan y es muy importante. Si hay cualquier desperfecto voy a tener que pagarlo yo y mi padre no confiará más en mí.

Alberto puso su mano en el corazón y me miró a los ojos para contestar.

—Te doy mi palabra de que tu casa está a salvo con nosotros. Joder, van a flipar, Tomás nunca nos dijo que viviese en un sitio así.

1   Significa gatita en noruego.