Capítulo 8
TOMÁS
N o estaba de humor. El día, que había empezado de puta madre, terminó convirtiéndose en todo un despropósito.
Pretendía compensar a Abril por faltar a su cumpleaños, era la primera vez desde que éramos amigos, muchos años, que me lo perdía.
Puse los estudios como excusa, pero la verdad era que me había quedado con Anya a pasar el fin de semana.
Y, encima, había arrastrado con nosotros al gilipollas que Alberto, que la hizo llorar.
¿Me sentía tan mal por mentir o era algo más?
Frustrado, entré en la cocina y tomé una cerveza de la nevera, salí al jardín y me tumbé en la hamaca en busca de un poco de tranquilidad. Cogí mi móvil para escuchar algo de música, «Llegará» fue lo primero que acerté en reproducir.
Los abrazos que hablan
Momentos que marcan
La vida, la calma y yo estaré
Muy cerca de tus pasos
Para que no te caigas
Muy cerca y muy callado
Y así me vas contando
Llegará, llegará.
Con cada palabra, Antonio Orozco me traía la imagen de Abril a la mente.
Son aquellas cosas que nos cuentan de qué va
Esta historia nuestra
Que es tan nuestra que verás
Que juntos es posible
Que juntos llegará
Los abrazos que hablan
Momentos que marcan
La vida, la calma y yo estaré
Recuerdos de una Abril increíble que nunca perdía la sonrisa delante de los demás, pero también los de una chica que a veces se rompía y necesitaba, como todos, los brazos reconfortantes de un amigo en los que llorar.
Con las manos al aire
No hay penas que bailen
La vida, la calma y yo estaré
Muy cerca de tus pasos
Para que no te caigas
Muy cerca y muy callado
Y así me vas contando
Llegará
Llegará
[…]
Así seguí durante un buen rato, cada canción que sonaba me traía una imagen o algún recuerdo de ella: Abril enfadada, triste, bailando y sonriendo. Recuerdos vividos y creo que hasta algunos inventados, fantasías sin sentido.
—¿Qué haces, hermanito?
La voz de Natalia me sacó de mis pensamientos. Le enseñé la cerveza a medio beber.
—Pasar el rato, ¿y tú?
—Voy a casa de Abril, me ha invitado a cenar y ya llego tarde. ¿Quieres venir?
Estaba a punto de decir que sí, pero recordé la actitud decaída y la tristeza que había empañado el final de nuestra excursión. No me había invitado a mí, sino a Natalia, su mejor amiga, seguramente eso era lo que necesitaba en ese momento.
—No, seguramente necesita un momento de chicas, ya sabes.
Natalia se sentó a mi lado con la cara iluminada.
—¿Y eso por qué? ¿Ha pasado algo? —preguntó, parecía emocionada.
Le di un trago a mi cerveza antes de contestar.
—Alberto hizo un mal comentario y ella... su madre, ya sabes.
A Natalia se le borró la sonrisa de la cara de un plumazo.
—Ese amigo tuyo no sabe mantener la boca cerrada.
Con eso se levantó y se encaminó hacia la pequeña cancela que separaba ambas propiedades.
Abril se había pasado gran parte del día hablando con Alberto y parecía que congeniaban. A pesar de que, conociéndola, sabía que solo trataba de ser hospitalaria (más de lo que yo lo había sido hasta el momento), por un momento incluso me había sentido excluido.
—¿Molesto? —preguntó Alberto, tumbándose en la hamaca de al lado.
—No. Lo siento, estaba pensando en que no he sido un gran anfitrión desde que llegamos.
—No pasa nada, tío —dijo a la vez que se encogía de hombros—. Llevo un rato comiéndome el coco. Sé que la cagué de alguna manera, pero no sé cómo.
Suspiré y dejé el botellín vacío en el suelo, me senté y lo tranquilicé.
—No es que hicieses nada, lo que pasa es que la pregunta que le hiciste sobre que los animales deberían estar libres…
es complicado. Ella no es una defensora del cautiverio ni de que los animales deban ser utilizados para el entretenimiento humano, pero sí que es un sitio especial para ella y la hiciste recordar por qué seguimos yendo allí.
—No lo entiendo —dijo con un suspiro.
—La madre de Abril los abandonó a ella y a su padre cuando tenía cinco años.
Abril nació en Noruega. Ella y su padre...
lo pasaron muy mal. Él necesitaba alejarse y su empresa decidió abrir una sucursal aquí, la lleva él al completo.
Se mudaron y empezaron de cero: aprender el idioma, cambiar de colegio, hacer nuevos amigos…
» El primer día que la vi tenía ocho años, casi nueve, y me pareció la niña más bonita del mundo, incluso más que Natalia.
—Me lo imagino —me interrumpió.
—Natalia se puso loca de felicidad porque por fin había una niña de su edad en la puerta de al lado, se hicieron inseparables en poco tiempo. Al principio me celaba de ellas, qué tontería, yo tenía a Cámeron, pero Natalia, ella no tuvo una amiga de verdad hasta que vino Abril.
» Aksel siempre ha viajado mucho y mi madre se ofrecía a cuidar de Abril para no trastocarle más la vida, le cogió cariño enseguida. Nosotros habíamos perdido a papá, pero a ella la había abandonado su madre. Y así hasta hoy, nos convertimos en familia.
—Joder —dijo tomándose un trago de mi cerveza—, no me imagino cómo debe ser que tu madre te deje. ¿Ahora se hablan?
—No mucho. Ha ido alguna vez a visitarla, pero más por obligación que otra cosa.
—La he cagado bien.
—No le des más importancia, se le pasará.
Nos quedamos en silencio durante un buen rato, por mi cabeza pasaban cientos de pensamientos agolpados y sin sentido, desconecté los auriculares de mi teléfono móvil y los dos continuamos escuchando música, no era distracción suficiente.
Mientras sonaba «More than Friends», de Inna, retomé la conversación.
—¿Y tú? ¿Te lo pasaste bien?
—Sí —contestó con una sonrisa—. Aunque si te soy sincero, creo que no tengo muchas posibilidades con ella.
Lo miré esperando que continuara. Cuando se dio cuenta, lo hizo.
—Es amable conmigo, pero se nota que hay alguien en su cabeza.
—¿Por qué lo dices? —pregunté, incorporándome de un salto.
—¿En serio no te has dado cuenta? —Me miró esperando una respuesta.
—No sé de qué hablas. Si Abril estuviese con alguien, lo sabría.
—Ya, como tu hermana, ¿no? —contestó sin molestarse en ocultar el sarcasmo en su voz.
—¿Qué insinúas?
—Nada, nada... Lince... ¿Y tú eres el listo de los dos? —susurró, pensando que no lo escuchaba.
El teléfono de Alberto sonó poniendo fin a la conversación.
—Es un mensaje de Anya, me pregunta si nos ha pasado algo porque, y cito sus palabras: no la has llamado, no le coges el teléfono y ni siquiera contestas sus mensajes.
Mierda, me había olvidado de ella por completo.
—Buff, me olvidé. Dile que lo siento, que cuando estoy aquí dejo el teléfono en mi cuarto y desconecto.
—¿Y nada más? —preguntó algo sorprendido—. No me lo puedo creer. Lleváis juntos todo el curso y tú... llegas aquí y en dos días... Si te he visto no me acuerdo. —Me tendió su móvil—. Por lo menos ten la decencia de llamarla. Y luego me prohíbes a mí acercarme a la vecina.
—Eso no es cierto —protesté—. Anya y yo no estamos juntos y nunca lo hemos estado.
—Pero te la follas —contestó—. ¿Eso no es estar con ella? Y te repito, que después vas de moralista, que a mí me juzgas por querer hacer lo mismo.
—¿Quieres acostarte con Anya? —pregunté desconcertado—. Adelante, toda tuya.
En lugar de contestar, Alberto se levantó y entró de nuevo en la casa, dejándome solo con su teléfono.
Entró un nuevo mensaje, era Anya otra vez, le preguntaba si estaba pasando de ella.
¿No era obvio? Estaba aprovechando el distanciamiento.
Me estaba comportando como un cabrón, lo sabía.
Apagué el teléfono y me fui a mi cuarto, aún era temprano, pero tenía tanto sueño acumulado que me quedé dormido tan pronto me apoyé en la almohada.