Amigas, bilogía completa Capítulo 7
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Capítulo 7

AbrIL

N o voy a negar que me había hecho ilusiones de tener a Tomás todo el día para mí, por lo menos la mayor parte del tiempo, y traer a Alberto me había desilusionado un poco. El chico no parecía malo, pero no me interesaba.

Pensaba que, como eran amigos, Tomás estaría pendiente de él, que haría de anfitrión y yo me quedaría detrás de ellos, como pasaba cuando éramos niños y Cámeron estaba en el medio.

Sin embargo, empezaba a notar que, cuanto más me acercaba a Alberto, más se acercaba Tomás.

Quizás Natalia tenía razón y este podía ser mi verano.

Tenía que espabilar e intentar sacar provecho de este descubrimiento. Ahora o nunca.

Cuando salimos del Aquarium, hicimos un pequeño parón en los servicios (este chico tenía la vejiga más pequeña que un niño de cinco años) y después continuamos nuestra visita por las diferentes áreas del parque.

Tomás y yo las conocíamos de memoria, era uno de nuestros sitios favoritos, pero era nuevo para Alberto, así que aproveché para explicarle todo lo que sabía sobre los pingüinos, los pájaros y los leones marinos que íbamos pasando.

—¿Tienes hambre? —le pregunté a Alberto, colgándome de su brazo—. Podemos ir a comer al restaurante, no es que sea una maravilla, pero tampoco está mal.

—Me parece genial —contestó encantado—. ¿Te apuntas? —preguntó a Tomás—. ¿O prefieres estar un poco a tu aire?

—Pues claro que voy —contestó de mala gana y comenzó a caminar a paso rápido con las manos en los bolsillos.

Los chicos fueron más rápidos que yo en escoger su comida y ya estaban sentados a la mesa mientras yo elegía el postre.

Cuando me senté con ellos, ninguno de los dos parecía contento.

—¿Está todo bien, chicos?

—Sí, claro —contestó Tomás—. ¿Por qué lo preguntas?

Miré a Alberto.

—¿Seguro? —volví a preguntar—. Porque parece que os hayan salido almorranas.

—No, tranquila. Aquí, nuestro amigo —dijo señalando a Tomás—, que no quiere admitir...

—¿Quieres cerrar la puta boca? —le cortó Tomás—. Sigue por ahí y te juro que esta tarde el tiburón va a tener un aperitivo improvisado.

—Vale, vale, ya me callo.

Me sentía bastante mal por haber propiciado esta situación, no creía que tensar más la cuerda entre estos dos fuese una buena idea.

Las mujeres nos llevamos la fama, pero los hombres son igual o más complicados. Estaba tan inmersa en mis pensamientos que no percibí que Tomás se había inclinado hacia mí para susurrarme al oído hasta que sentí su aliento en mi oreja.

—¿Estás bien?

Me giré hacia él sin alejarme y contesté.

—Sí, claro. —Señalé a Alberto, que estaba ocupado mirando el correo en su teléfono—. ¿Y vosotros? Porque tengo la sensación de que os pasa algo y no quiero ser la culpable.

—¿Nosotros? —se rio—. No te preocupes. Somos amigos, los amigos a veces tienen algún roce, alguna pelea, pero al final lo solucionamos. —Me acarició la mejilla—. Y no te preocupes que tú no tienes ninguna culpa.

Asentí y me levanté de la mesa, lista para continuar con la visita.

—¡Arriba, chicos, tenemos un espectáculo que ver!

Nos dirigimos al recinto donde hacían los espectáculos y tomamos asiento en mi zona favorita, ni demasiado cerca ni demasiado lejos, como en el cine. Todavía faltaba un poco para el comienzo y Alberto lo aprovechó para seguir preguntándome todo tipo de cosas.

—Este sitio tiene buena pinta, pero ¿no estás en contra de los animales en cautiverio?

Lo medité durante un momento. Él tenía razón y era algo que me había planteado muchas veces. Me gustaba mucho este sitio, pero también pensaba que tanto los delfines como el resto de los animales deberían estar en libertad, era una incoherencia por mi parte.

—Tienes razón —contesté, agachando la cabeza—. Debes pensar que soy una persona horrible. —Cuando mi madre nos abandonó y tuvimos que mudarnos, todo fue... repentino—. Este fue el primer sitio al que me trajo mi padre que me hizo sentir bien.

Tomás, que sabía cuánto me costaba hablar de esa parte de mi vida, desvió la atención hacia la pista donde ya aparecían los delfines con sus cuidadores.

—Ya empiezan —dijo—, dejen la charla para más tarde.

Le sonreí en agradecimiento y me acerqué a él, que me envolvió en sus brazos, permanecimos así durante el tiempo que duró el espectáculo.

Después, no me sentía con muchos ánimos, si sumamos el madrugón y que no había dormido nada bien a las preguntas de Alberto, el cansancio que acarreaba era tanto físico como emocional y me estaba pasando factura.

Estábamos a punto de marcharnos cuando Alberto insistió en que quería pasar por la tienda de regalos. Tomás y yo decidimos esperar en frente del recinto de los flamencos, no queríamos comprar nada.

—¿Estás bien?

—Sí, es solo que... no recordaba por qué me gustaba venir aquí. Supongo que la mayoría viene una vez y punto. —Lo miré a los ojos—. Gracias por traerme tantas veces. Para ti debe ser una tortura. Lo siento, no lo había pensado.

Tomás me giró hacia él y me agarró por la cabeza, mirándome a los ojos.

—No digas tonterías, todos tenemos nuestras cosas, rutinas o tradiciones que nos hacen sentir bien aunque sepamos que están mal.

—¿Cómo el borracho de «El Principito»? —Que bebía para olvidar que se avergonzaba de tener que beber. Sí, son cosas que nos ayudan a superar los baches del pasado y que nos duelen. Te traeré todas las veces que hagan falta, qué digo, podemos acampar en la puerta si quieres.

Lo abracé y hundí la cara en su pecho para tratar de ahogar el sollozo que luchaba por salir de lo más profundo del mío. No funcionó. Se agachó y depositó un beso en mi coronilla.

—Lo siento, no lo culpes. Él no sabe nada de ti ni de tu madre, si no, no te habría preguntado nada.

No me apetecía hablar, por lo que me limité a asentir y a refugiarme en sus brazos. Deseaba llenarme los pulmones con su olor, seguía pensando que esa colonia la habían fabricado pensando en él.

Todavía no nos habíamos separado cuando apareció Alberto, traía una bolsa de la tienda y parecía a punto de decir algo; fuese lo que fuese, se perdió cuando Tomás se separó de mí y me cogió de la mano mirando a su amigo con una advertencia muda de la que hasta yo me di cuenta.

—Se está haciendo tarde, será mejor que nos vayamos.

El camino hasta casa se hizo largo debido al incómodo silencio que se había instaurado entre los tres, roto simplemente por la música que salía de los altavoces del vehículo.

Cuando llegamos a casa, me incliné sobre Tomás para darle un beso en la mejilla y, tras una despedida rápida, bajé del coche y entré algo abatida. No pensaba volver a salir de casa en lo que quedaba de día, me puse el pijama y le mandé un mensaje a Natalia para preguntarle si quería cenar conmigo.

Natalia tardó media hora en llegar, se la veía feliz. Cámeron y ella hacían una bonita pareja y yo me alegraba por ellos.

—¿Qué tal tu día? —preguntó.

—Por lo que veo, peor que el tuyo —contesté con una sonrisa.

Se acercó y me dio un gran abrazo, o abrazo de oso, como ella los llamaba.

—Cuéntamelo todo. —Se sentó en frente de mí y comenzamos a cenar unos sándwiches vegetales que acababa de preparar—. Perdóname por fallarte hoy, me siento fatal, pero Cámeron tenía el día libre y yo la casa y… lo siento.

—No te preocupes, no pasa nada. —Seguí comiendo como si nada—. Estuvo bien.

—Venga, Abril, eres mi hermana, a mí no me engañas.

—No, de verdad —le aseguré—. Tomás estuvo muy atento, ¿sabes una cosa? Creo que no le gusta verme con Alberto, no sé si son celos o que cree que me tiene que proteger de él, pero se enfada y se vuelve... posesivo. Sí, creo que posesivo es la palabra adecuada.

Natalia se puso a dar saltitos de alegría.

—¡Pues, claro! Son celos, seguro, y tenemos que aprovecharnos de esa información. Te lo digo yo, que mi hermano este verano cae. Si se muere por tus huesos desde siempre, es solo que todavía no se ha dado cuenta.