Amigas, bilogía completa Capítulo 6
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Capítulo 6

AbrIL

L os ojos negros de Patitas me observaban desde la mesa auxiliar situada frente al sofá, tardé un poco en ubicarme, me había despertado y tenía un dolor de cuello brutal. Vi el reloj y era tardísimo, me había dormido e iba a llegar tarde a nuestra carrera.

Subí a toda prisa las escaleras hasta mi habitación. Como me había quedado dormida con el bikini, ahora me dolía el cuello, por lo que busqué en el armario el trikini de tirantes granate de River Island que me había regalado mi padre por mi cumpleaños y me cambié.

Por encima me puse un sencillo vestido blanco y salí corriendo de casa tras asegurarme de que las necesidades vitales de mi pequeño conejo estuvieran cubiertas.

Cuando llegué a la roca, Tomás ya estaba ahí. Me esperaba sentado mirando el paisaje.

—Perdona —lo saludé agitada por la carrera—. Me quedé dormida.

—Lo que pasa es que te has cagado —contestó con esa sonrisa suya que me quitaba el aliento y me despertaba por las noches.

—De eso, nada. Vas a morder el polvo.

Me saqué el vestido. Tomás no solía desviar la mirada cuando Nat o yo nos desvestíamos a su alrededor, pero en esta ocasión se volvió antes de quitarse la camiseta sin decir nada.

Yo no aparté la mirada de su espalda, tenía que aprovechar la ocasión.

Dejamos la ropa en el suelo y le pusimos una piedra encima para evitar que saliese volando.

Me acerqué nerviosa al borde de la roca, las alturas me aterraban y la distancia de unos cuatro metros hasta el mar me erizaba los pelos de la piel.

Tomás me cogió la mano y con la otra agarró la rosa del colgante que me había regalado.

—¿De verdad te gusta?

Le sonreí y contesté con un gesto afirmativo de cabeza.

—Me encanta. No me lo voy a quitar nunca.

Volví a mirar nerviosa al mar.

—¿Confías en mí?

—Siempre.

Y saltamos cogidos de la mano y gritando a pleno pulmón.

Nadamos siguiendo la ruta establecida la noche anterior, los dos llevábamos buen ritmo. Era un poco peligroso, pero a estas horas sería raro encontrarse con algún barco.

Tomás era más rápido que yo, por más que me fastidiara en mis entrenamientos diarios: la falta de los suyos no me daba ventaja. Toqué playa apenas unos segundos después que él, lo suficiente para que no quedase duda: había perdido.

—Te lo dije —se mofó mientras se sacudía el agua del pelo.

Nos sentamos en la arena a descansar.

—Vale, lo admito. Sigues siendo más rápido. Pero es que juegas con ventaja, tus brazos son más largos. Mira los míos. —Los estiré haciendo una cruz.

Tomás sonrió levemente, pensé que se iba a burlar de mi tamaño, pero en lugar de ello me miró pensativo.

—¿Y bien? He perdido. ¿Qué tengo que pagar?

Colocó su brazo sobre mis hombros y me besó en la frente, fue un beso dulce y fraternal, qué suerte la mía.

—Vamos a ver esos delfines.

Recogimos nuestras ropas y nos fuimos a prepararnos. Cuando llegué a casa, papá ya no estaba, subí corriendo las escaleras dejando todo lleno de arenas a mi paso, ya lo limpiaría más tarde. Cuando salí de la ducha, Natalia estaba sentada sobre mi cama sonriendo como una preciosa Dríada ⁠ 1 .

—¿Quién ha ganado?

—Como si no lo supieras. Siempre me gana.

—Me lo imaginaba, pero sería una mala amiga si no te diera un voto de confianza —repuso, subiendo y bajando los hombros.

Se levantó de la cama y se acercó a mi armario. Rebuscó entre mis prendas y sacó un top de seda negro sin mangas y unos vaqueros pitillos.

—Toma, ponte esto. No sé a dónde vais, pero seguro que le gusta.

—Vamos a Marineland⁠ 2 . Se suponía que iríamos si yo ganaba, pero me va a llevar de todos modos —le expliqué, dando saltos de la alegría.

Me vestí y me senté en la cama delante suyo mientras me cepillaba el pelo húmedo.

—Nat, ¿tú qué opinas? ¿Crees que...? —negué con la cabeza—. No sé, ¿lo ves diferente? ¿Crees que tengo alguna posibilidad? ¿O solo es más de lo mismo?

—No lo sé, cariño. Quiero pensar que sí.

Creo que te mira de otra manera, algo he notado, y Cámeron piensa igual.

Pero él cree que simplemente se está dando cuenta de que ya no somos unas crías.

—Dejó el cepillo sobre el edredón—. Pero bueno, no te preocupes demasiado por eso ahora.

Tú solo piensa en lo que vais a hacer hoy.

Tenía razón, tenía todo el día y pensaba aprovecharlo.

Terminé de arreglarme, un poco de máscara de pestañas y brillo en los labios, me colgué las gafas de sol en el borde de la camiseta y salimos de la casa.

Tomás ya estaba fuera, apoyado en el coche al lado de Alberto. No parecía contento. Se suponía que ellos dos debían ser buenos amigos, si no Tomás jamás lo habría invitado a pasar el verano en casa, sin embargo, no daban esa sensación. Había demasiado roce entre ellos.

—Hola, chicos —saludé con un beso en la mejilla a cada uno—. ¿Nos vamos? —pregunté a Tomás.

—Sí, vamos —contestó Alberto.

Miré a Tomás con la boca abierta. Él, entendiendo mi pregunta no formulada, se acercó y me dijo al oído:

—Lo siento, mamá insistió. Se supone que es mi invitado y tengo que enseñarle la isla. Te lo compensaré otro día. Te lo prometo.

Asentí con la cabeza y me acerqué para susurrarle sin que Alberto pudiese escuchar:

—No te preocupes. Al fin y al cabo, perdí la apuesta, ¿recuerdas?

Mi día a solas con Tomás se había ido al garete, pero todavía íbamos a estar juntos, así que no estaba todo perdido y yo pensaba aprovecharlo con o sin Alberto.

—Nat, ¿tu vienes también? —pregunté esperanzada.

—No. Yo me voy a quedar a estudiar. Ya sabes que me ha quedado una para septiembre y quiero aprovechar que me quedo sola.

—Claro —dije con una ironía disimulada para que solo ella pudiese darse cuenta de que no le creía—, aprovecha mucho la casa vacía.

A Natalia no le había quedado ninguna asignatura pendiente y María confiaba tanto en sus hijos que no le había pedido el boletín del instituto.

Lo había aprobado todo y con mejores notas que las mías.

Pero esa era su excusa para cuando quería quedar a solas con Cámeron: si Natalia decía que iría a la biblioteca significaba que Cámeron estaba solo en casa.

Por contra, cuando quería quedarse en casa a estudiar, pues eso, que la casa se quedaba vacía y era Cámeron quien iba.

Alberto, Tomás y yo nos subimos en el Seat Ibiza de Tomás. Yo iba de copiloto y Alberto se sentó en el centro de los asientos traseros para poder ver bien la carretera entre nuestras cabezas.

Tomás me pasó una bolsa de tela.

—Toma, te he traído algo de comer. Seguro que no has desayunado nada. Y con el ejercicio que has hecho buena falta te hace.

—Gracias —contesté y abrí la bolsa para ver el contenido.

En la bolsa había dos manzanas Pink Lady , mis favoritas, un par de ensaimadas y dos botellas de cristal con zumo natural de naranja.

—No tenías que molestarte, Tomás.

—No es molestia, me acerqué a la tienda de la señora Carmen mientras te esperaba. —Señaló a Alberto con un ademán de cabeza—. Al volver me pilló mi madre.

—No te preocupes —dije, poniendo mi mano sobre la suya—, nos lo pasaremos igual de bien.

Tomás miró mi mano y yo la aparté de golpe sonrojada, lo había hecho sin darme cuenta. Para disimular los nervios me puse las gafas de sol y comencé a recoger mi pelo, que había empezado a secarse, en una trenza desenfadada.

—¿No comes nada? —preguntó Tomás, mirando la bolsa que continuaba intacta.

—La verdad... —comencé a contestar, pero Alberto me interrumpió.

—Dame algo, yo sí estoy hambriento. —Se inclinó hacia adelante entre los dos asientos y alargó la mano en busca de una de las ensaimadas que había en la bolsa.

—Estas cosas están de vicio.

—¡Tío! —lo reprendió Tomás—. No lo compré para ti. Tú ya has desayunado como un cerdo.

Me reí y le pasé la ensaimada solicitada y cogí una manzana para mí.

—Recuérdeme que le lleve unas cosas de estas a mis padres cuando vuelva a casa, están buenísimas.

TOMÁS

Esa mañana, después de separamos, entré a casa a darme una ducha; esperaba que todavía fuese lo suficiente temprano para pillar a Natalia y Alberto dormidos. No tuve suerte con ninguno de los dos, que estaban sentados a la mesa de la cocina desayunando.

—¿De dónde vienes a estas horas? —preguntó Alberto—. Joder, tío, eres como un ninja, estaba tan sobado que ni me enteré cuando te levantaste.

—Qué te ibas a enterar, si roncas como un cerdo.

Alberto, en lugar de contestar a mi grosería, se limitó a soltar una carcajada y siguió comiendo.

—¿Fuiste a nadar? —preguntó mi hermana—. ¿Ya estáis compitiendo otra vez?

—¿Competir? —preguntó Alberto—. ¿Quieres?

—Aquí —me señaló—, este y Abril que se creen Michael Phelps ⁠ 3 y Mireia Belmonte⁠ 4 y se pican a ver quién nada más rápido. —Me miró—. Ni dos días, macho... No podéis dejarlo ni dos días. Acabarás robándomela todo el verano.

—No te la voy a robar.

—Ya veremos...

—Si tanto miedo tienes, madruga más y ven a nadar con nosotros —dije, cogiendo la taza de café que me había preparado.

—Ten, desayuna, anda. Y por supuesto le habrás dado una paliza.

—No, qué va. Está en forma —contesté, recordando cómo se veía en traje de baño—, ha debido practicar mucho. ¿Sabes si practica algún otro deporte?

—Deporte no sé —contestó Alberto—, pero si me deja yo la pongo fina.

Me acerqué a él, le di un empujón.

—¡Tío, me estás cansando!

—Tranquilo —contestó, levantando las manos en son de paz—, no hace falta que te enfades, solo era una broma.

Además, ¿qué piensas? ¿Que la vas a tener ahí, para vestir santos?

Esa tía ni es virgen ni santa, ni lo va a ser solo porque tú lo quieras.

¡Que no es tu mascota, macho! —Miró hacia mi hermana, que se estaba levantando para fregar los platos del desayuno—. ¿Me equivoco?

—A mí no me metáis en vuestras peleas, «gallitos». —Me miró—. Pero en eso tiene razón, Abril es mayor de edad, es joven, guapa... Joder, si hasta tenía un puto club de fans en el instituto.

—¡Me declaro presidente de ese club! —interrumpió Alberto.

—Calla, tampoco te pases —le dijo ella y volvió a dirigirse a mí—.

Ella es muy buena niña y no se va con cualquiera, y desde luego que no es una chica fácil, pero...

no se va a quedar para vestir santos porque tú —dijo haciendo hincapié en ese tú— no quieras abrir los ojos y verla de una vez como es.

Confuso y de mal humor, salí de la cocina y subí a darme esa ducha rápida. Una vez cambiado, no me apetecía volver a discutir sobre Abril ni sobre nada más, así que salí a la tienda más cercana para comprar algo que llevar por el camino.

Ahora íbamos los tres camino de Marineland.

Alberto se dedicaba a parlotear sobre el paisaje, que si todo estaba lejos, que si podíamos vivir más cerca de Palma, que si hacía mucho calor.

Era exasperante. Abril, ajena del todo, comía una manzana mientras miraba por la ventana, qué obsesión por las manzanas.

¿Qué querría decir Natalia con que no la veía? Yo creía que la veía perfectamente.

En la radio comenzó a sonar «Paraíso», de Dvicio, su grupo favorito.

Por inercia, los dos acercamos una mano al regulador del volumen de la radio, de modo que nuestros dedos se rozaron.

Solo fue un segundo, porque ella apartó la mano de golpe y giró la cara de vuelta hacia su ventana, pero me pareció ver cómo sus mejillas se teñían de un tenue color sonrosado. Estaba preciosa, como siempre.

—¿Cuánto falta para llegar? —preguntó Alberto.

—Unos cien kilómetros, aproximadamente —mentí.

—Pues vas a tener que parar antes —dijo, tocándome un hombro, señal de que realmente era urgente—. ¿No hay ninguna gasolinera cerca? Porque me estoy meando, tío.

Lo miré a través del espejo retrovisor.

—Lo siento, pero... —dijo Abril—. Por aquí nada...

La miré disimuladamente y ella me correspondió con una sonrisa cómplice.

—No, vas a tener que mear de campo.

—Joder, tío. Eso no mola nada.

—Se siente —dije.

—Está bien, está bien. Para en algún sitio donde pueda esconderme un poco, por lo menos.

Estuve a punto de hacerlo, detener el coche y dejarlo que se buscase la vida, pero me apiadé de él y continué hasta la gasolinera, estábamos a dos minutos.

Tan pronto detuve el coche, Alberto salió disparado hacia la tienda.

—Qué fino es tu amigo que no puede mear de campo, ¿no?

—¡Qué va! —contesté, echándome a reír—. Este no quería mear. Le habrá sentado mal la ensaimada.

Abril se echó a reír a pleno pulmón, las lágrimas se le escapaban y le faltaba el aliento.

—Pobrecito —dijo, buscándolo con la mirada.

Y a mí se me pasaron las ganas de reír.

—Lo siento —le dije, cogiendo su mano.

Ella dejó de reír también y miró nuestras manos con ojos de sorpresa.

—¿Por qué?

—Por él —dije, señalando con la cabeza la puerta del establecimiento—. Me habías pedido ir los dos solos y al final he tenido que cargar con el paquete.

Se inclinó hacia mí por encima de los asientos y me dio un beso en la mejilla.

—No pasa nada. Ya te dije que perdí la carrera, da igual lo que yo quiera.

La puerta del coche se abrió y un acalorado Alberto entró aliviado.

—Buff... Gracias, chicos, no podía más. Joder, qué calor hace ahí fuera. Tío, ¿por qué no te compras un coche con aire acondicionado?

—Que te den —contesté sin más y arranqué el coche, salí de la gasolinera y me incorporé al tráfico.

El resto del viaje transcurrió sin más percances, Alberto siguió con su charla, a la que Abril prestó más atención, esta vez hablaba sobre Galicia, la Universidad de Vigo, donde estudiábamos, y sobre Barcelona y de cómo le había ofrecido que me acompañase en las vacaciones.

Cuando llegamos a Marineland, nos acercamos a las taquillas y Alberto insistió en pagar las de los tres.

—No te preocupes y paga la tuya —dijo Abril—, nosotros tenemos bono anual.

—Yo no —contesté—, este año no lo renové. Puedes pagar la mía.

Cuando entramos, vimos los horarios y programamos nuestra ruta, en realidad fue Abril quien lo hizo. Primero fuimos a ver los flamencos. Conociéndola, volveríamos por allí antes de salir. Después, un rápido vistazo a las carpas antes de entrar en el Aquarium.

—Joder —dijo Alberto, acercándose demasiado a Abril—, este sitio es muy chulo.

Abriéndome paso entre los dos, lo aparté a una distancia prudencial y puse mi brazo sobre los hombros de ella mientras contemplábamos juntos la pecera gigante.

La luz era tenue allí dentro, supuse que para la comodidad de los peces.

Con la oscuridad, y sintiendo tan cerca el calor de su cuerpo junto al mío, me sentía en casa.

Pena del paquete de noventa kilos que llevaba pegado al culo.

1   Ninfa de los bosques, cuya vida duraba el mismo tiempo que la del árbol al que se suponía unida.

2   Parque de atracciones familiar con espectáculos de delfines y leones marinos. Situado en Mallorca, posee acuarios con tiburones además de otras especies animales.

3   Michael Frederic Phelps II es un exnadador de competición estadounidense. Es el deportista olímpico más condecorado de todos los tiempos con un total de 28 medallas. Está retirado desde 2016.

4   Mireia Belmonte García es una nadadora española, campeona olímpica, mundial y europea. Compite en las categorías de estilos mariposa y libre.