Amigas, bilogía completa Capítulo 5
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Capítulo 5

AbrIL

T omás había desaparecido, sin más. Su amigo se me pegó como una lapa el resto de la tarde. No quiero decir que fuera mal tipo, pero yo quería estar con Tomás. Era como esperar una Dolce & Gabbana y recibir un Dolce & Banana en su lugar.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —me dijo Alberto cuando entramos en casa para preparar la cena.

—Sí —respondí distraída.

—¿Tomás siempre es tan protector?

—¿Protector? —Miré a Natalia que aprovechaba la ausencia de su hermano para centrarse en Cámeron sin importarle la presencia del otro chico—. ¿Te refieres a ellos? No, él no sabe lo suyo, pero por favor, no se lo digas. Tiene que hacerlo ella.

Alberto los miró y luego soltó una carcajada.

—¿De verdad que no lo sabe?

—No. Así que no digas nada —insistí.

—Tranquila, mi boca está cerrada —contestó, cerrando sus labios con una cremallera invisible—. De todos modos, me refería a ti. ¿Contigo es igual?

Lo pensé un momento antes de contestar.

—No lo creo. Supongo que sí se preocupa, pero no tanto como con Nat. Yo no soy su hermana.

—Supongo que tienes razón —dijo, no muy convencido.

Tomás no vino a cenar y yo estaba cansada y algo enfadada por su falta de interés en pasar más tiempo con nosotros.

Esa mañana me había levantado llena de excitación por verlo, y el poco tiempo que habíamos pasado juntos me había caído encima como una jarra de agua fría.

La decepción es como un catarro mal curado, se te agarra al pecho y no hay forma de expulsarlo.

—Chicos —me disculpé—, perdónenme, pero me voy a casa.

—¿Tan pronto? —preguntó Natalia—. Íbamos a ver una peli, ¿por qué no te quedas?

—No, no, lo siento. Estoy algo cansada. Además, papá tiene un viaje programado y quiero pasar algo de tiempo con él antes de que se vaya.

Natalia me acompañó hasta la pequeña cancela que separaba nuestros jardines.

—¿Seguro que todo va bien? —preguntó mientras me cogía la mano.

Asentí con la cabeza.

—Sí, no te preocupes, solo estoy un poco decepcionada de que se haya marchado.

—Es extraño. ¿Viste la cara que tenía antes de irse? Estaba enfadado. Creo que ese amigo suyo le dijo algo. Quizá se pelearon. —Se encogió de hombros como si aquello no fuese importante.

Agarró la rosa que colgaba de mi cuello.

—¿Y esto? ¿Te lo regaló Tomás? —sonrió—. ¡Qué suerte! A mí no me ha traído nada.

—No quiere decir nada —dije, restando importancia al asunto—, solo es un regalo de cumpleaños atrasado.

—Pues lo dicho, a mí no me regaló nada.

—Claro que sí, estuvo aquí.

En cuanto entré por la puerta, escuché un par de voces que venían de la cocina. Me sintieron llegar porque escuché a mi padre llamándome para que me uniese a ellos.

—Hija, ven a la cocina. Estamos aquí.

Me sorprendí al encontrarme allí a los dos. Tomás y mi padre estaban cenando juntos y estaba claro que las cervezas no se habían quedado cortas.

—Tomás y yo nos estamos poniendo al día. Le estaba diciendo que sentía mucho no haber estado esta mañana para recibirlo.

—No pasa nada, Aksel —dijo Tomás—, tenemos todo el verano.

Mi padre suspiró.

—En realidad, no, hijo. Este verano tengo muchísimo trabajo. Lo más probable es que ponga esta casa para alquilar en Airbnb para periodos largos. Siempre y cuando no os estorbe mi hija. Ya sé que tenéis un invitado y no quiero abusar de vuestra hospitalidad después de tantos años.

Tomás me miró con sus increíbles ojos azules y después sonrió a mi padre.

—Abril jamás será un incordio en nuestra casa.

Nos quedamos un rato en la cocina hablando de cosas sin importancia hasta que mi padre se disculpó, alegando que al día siguiente tenía que madrugar y se fue a su cuarto, dejándonos solos.

Miré a Tomás y le pregunté:

—¿A dónde fuiste? Apenas acabas de llegar y nos dejas plantados.

Tomás se examinó las uñas de las manos y dejó pasar unos segundos antes de contestar.

—Fui a dar un paseo. Nada más.

—Parecías enfadado.

Tomás me miró y contestó sin mayor importancia.

—Sí, bueno, una pequeña discusión con Alberto. Nada del otro mundo.

—¿Y… puedo preguntar el motivo?

—Mejor no —dijo con una sonrisa fingida.

Todavía era temprano y ahora que por fin lo tenía para mí sola no quería que se marchara, así que le propuse preparar unas palomitas y quedarnos en el salón para mirar alguna película de Netflix.

Mientras las hacía y Tomás encendía la televisión, aproveché para enviarle un mensaje a Natalia por si quería unirse al plan.

Lo rechazó de inmediato para darnos intimidad.

Cuando volví al salón, Tomás me hizo un hueco a su lado en el sofá y nos acurrucamos con las palomitas en mi regazo, como tantas veces en el pasado.

—¿Y bien? —pregunté— ¿Qué tostón quieres poner esta vez?

A Tomás le gustaba el cine de acción y policiaco, cuanto más sanguinario más le gustaba. Y aunque yo era más de Ciencia Ficción, miraría lo que fuera por quedarme a su lado.

Puso su brazo por encima de mis hombros y me acercó más a él.

—Ninguno —señaló la televisión que estaba sintonizada en Discovery Channel—, prefiero ver un poco la tele y hablar. Todavía no hemos tenido tiempo.

Miré al frente y tragué saliva, un poco nerviosa.

—¿No estás cansado del viaje?

—No. —Se apartó un poco y me miró—. ¿Y tú? ¿Te estoy molestando? Porque puedo marcharme si quieres.

—No, no —contesté—. Yo estoy bien... También quería pasar algo de tiempo contigo. —Noté cómo se me subían los colores—. Para hablar y eso, ya sabes.

Tomás alcanzó una manta que había tirada de mala manera sobre la otra esquina del sofá y nos tapó a los dos.

—Bien, hablemos pues. ¿Qué hay de Natalia y de ti? ¿Qué habéis hecho estos meses? ¿Los estudios y eso? Mamá está un poco nerviosa con la actitud de Natalia, dice que no se esfuerza lo suficiente.

Me relajé a su lado y comencé a relatarle cómo habíamos terminado las clases, que Natalia no estaba convencida de ir a la Universidad y que todo había sido muy aburrido sin él. Hablamos también de su traslado y de cuánto le faltaba para terminar la carrera.

—¿Sabes si mi hermana está saliendo con alguien?

Tragué saliva, claro que lo sabía. Odiaba mentir a Tomás, pero no podía traicionar a mi mejor amiga.

—Pues... no lo sé con certeza. Lo mejor es que se lo preguntes a ella.

Tomás se rio.

—Eso es que sí. Pero no me dirás nada, ¿verdad?

—No, no, te equivocas. De todos modos, no tienes que preocuparte. Ya no somos unas niñas, Tomi. Ni siquiera es la primera vez que Nat sale con alguien.

Tomás expulsó el aire de sus pulmones.

—Quieres decir que vosotras salís con chicos... ¿en plural?

—¡Ay, Tomás! —Lo miré—. Dicho así suena fatal. Pero sí. Salimos con chicos y eso. ¿Qué esperabas?

Ahora estaba un poco molesta. ¿Quería hablar conmigo de los novios de su hermana? Pues iba a ser que no.

—¿Tú también?

TOMÁS

Abril estaba apoyada sobre mi pecho y la apretaba contra mí, abrazándola por los hombros.

Aproveché la cercanía para oler su pelo, el perfume a sandía de su champú no conseguía enmascarar el olor a sol y a mar de su piel.

Era suave y tan blanca que tendía a quemarse con facilidad en lugar de ponerse moreno como yo.

Una sensación de familiaridad me recorrió entero, me sentía en casa.

Siempre habíamos estado unidos, era reconfortante.

Pero esta vez sentía algo diferente y era jodidamente extraño.

—Sí —contestó de modo cortante—. Claro que he salido con chicos. Y me lo he pasado bien, muy bien.

—¿Muy bien? —pregunté alarmado.

—Nada serio —se apuró a contestar—, quiero decir... Mejor déjalo.

«Afortunados», pensé y quedé perturbado, mirando sus labios, llenos y carnosos, ¿desde cuándo eran tan bonitos y quién habría sido el afortunado en probarlos?

Tenía que alejar mis pensamientos. «Solo es curiosidad», me decía.

—¿Todavía sales a nadar por las mañanas? —cambié el tema de la conversación hacia aguas más seguras.

—Sí, siempre que puedo. ¿Te apetece acompañarme?

—Solo si saltas desde la piedra conmigo.

Abril resopló.

—Buff. Sabes que me da mucho miedo.

—Los miedos hay que soltarlos. —Acaricié su pelo.

—¿Me cogerás de la mano?

—Como siempre —la tranquilicé.

Seguimos hablando sobre el mar. Ella mantenía que podía nadar más que yo, y yo, que eso era imposible. Siempre había sido un gran nadador y, aunque estaba un poco desentrenado, estaba seguro de que todavía podía ganar. Abril marcó el itinerario y cerramos el trato con un apretón de manos.

—Si yo gano me llevarás a ver los delfines. Los dos solos.

—Vale —contesté—, ¿y si gano yo?

—Pide lo que quieras. Para lo que te va a servir...

—Déjame pensarlo y mañana te lo digo.

Cuando me di cuenta, el reloj ya había marcado las tres de la mañana y los dos nos habíamos quedado dormidos.

Me levanté despacio para no despertarla y la tumbé despacio sobre el sofá.

Levanté sus piernas desnudas con cuidado y la tapé con la manta que nos había arropado hasta entonces.

Me sabía un poco mal dejarla ahí, esperaba que pudiese dormir bien, pero si intentaba llevarla hasta su habitación terminaría despertándola.

Cuando volví a casa, todas las luces estaban apagadas.

Tras salir por la tarde, había estirado el paseo todo lo posible.

Encontrarme con Aksel justo al llegar había sido una suerte.

Y después, con la llegada de Abril, la noche había mejorado, quién mejor para pasar el rato.

Pero ahora tenía que compartir la habitación con Alberto, debí dejar que se quedase solo en Barcelona.

Acabábamos de llegar, pero intuía que nuestra amistad se iba a resentir este verano.

Entré a la habitación esperando encontrarlo dormido. Me desvestí y me metí en la cama supletoria que había instalado mi madre, porque el muy cabrón se había metido en la mía.

—Tío, ¿de dónde coño vienes a estas horas?

No dormía.

—No te importa —contesté—, ¿y por qué estás en mi cama?

—Ah, perdona. Es que como no venías pensé que te daría igual. Tu madre me dijo que me sintiese como en casa.

—Ya, claro, eso incluye mi cama, ¿no? También te dijo que no te acercases a las chicas.

Alberto soltó un resoplido. La habitación estaba a oscuras, pero pude notar cómo se erguía sobre los hombros.

—Te prometo que no voy a hacer nada malo. Sabes que soy un buen tipo. Pero si a ella le gusto, tampoco voy a ser un santo. ¿Lo puedes entender?

«Pues no», pensé.

—Puedes quedarte mi cama si quieres, pero te advierto, como le toques un pelo a cualquiera de ellas, te echo a patadas. No te acerques a mis chicas.

—¿Tus chicas? —se rio—. ¿Te estás escuchando?

¿Me estaba escuchando? No, solo estaba cansado, me dije. Ellas no eran propiedad de nadie, pero tenía que cuidarlas. Cuando murió papá, me prometí que siempre iba a estar ahí para Natalia y, cuando llegó Abril, simplemente la añadí al paquete.

—Duérmete ya.