Amigas, bilogía completa Capítulo 4
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Capítulo 4

TOMÁS

M e aparté de Abril tan pronto escuché la voz de mi hermana, aunque no sabía por qué lo había hecho. Para mí era natural estar junto a ella, incluso tocarla. No había nada malo en ello.

Mientras acompañaba a Natalia hasta la casa vi cómo Abril nos seguía, agarrando su collar, se la veía feliz y una sensación de orgullo me llenó el pecho. Me gustaba estar en casa.

Cámeron estaba en el jardín, le estaba hablando a Alberto de todas las cosas que tenía que visitar durante su estancia: los acantilados de Formentor, las cascadas de Es Salt des Freu en Serra de Tramuntana y, sobre todo, no podía dejar de visitar y deleitarse de la gastronomía de pueblos como Soller, su favorito.

Cuando llegué hasta ellos, dejó de hablar para saludarme con un abrazo.

—¿Como va todo, tío? —preguntó. Tras separarse, señaló a Alberto—: Estaba conociendo a mi sustituto.

—¡Venga ya! Tú eres insustituible. ¿Os traigo algo de beber?

—Una cerveza, si tienes.

Natalia y Abril salieron de casa en ese momento. Se habían cambiado de ropa y ahora las dos estaban en traje de baño. Era un poco incómodo verlas así con Cámeron y Alberto ahí, pues quedaba claro que ya no eran ningunas niñas.

—¿Qué hay, rubia? —dijo Cámeron tirando de uno de los mechones de Abril—. ¿Se están portando bien estos dos?

—Dales tiempo, acaban de llegar —contestó entre risas.

Me fui a la cocina en busca de las cervezas y Alberto entró detrás de mí.

—¡Tío! Sabía que eran guapas, pero... ¡Joder! ¿Sabes? Ahora te entiendo mejor.

—¿Qué? —No lo entendía—. ¿Qué es lo que entiendes?

—Pues esa inmunidad tuya ante las mujeres bonitas.

—Perdona, ¿qué? —No sabía si la conversación me hacía gracia o me incomodaba.

—Pues... —Señaló al jardín donde estaban ellas—. Crecer con semejantes monumentos te ha jodido, tío. Míralas.

—Ya sé cómo son, Alberto. No necesito mirarlas.

—¿Qué mujer puede superar eso? Tu hermana es increíble, perdóname que lo diga, no estoy ciego. Pero la rubia...

Vale, definitivamente la conversación me incomodaba.

Miré hacia el jardín. Alberto me estaba enfadando, aunque podía entender su punto de vista.

Abril estaba de pie junto a Natalia, llevaba el pelo tan largo que casi le rozaba la cadera, siempre había sido una niña delgada pero ahora tenía curvas, ¿cuándo le habían salido? ¿Y por qué estaba yo mirándola?

Alberto me golpeó en el brazo.

—¿Me estás escuchando?

Sentí la necesidad de justificarme.

—Nunca las he visto de esa manera. —Bebí un sorbo de mi cerveza—. Además, Natalia es mi hermana, joder. Lo que estás diciendo es enfermizo.

Alberto se cruzó de brazos y continuó mirando por las puertas correderas que daban al jardín.

—Lo sé, tío, lo siento. No quería insinuar nada depravado.

Asentí con la cabeza.

—Entiendo que tú y yo no veamos lo mismo —continuó mirando hacia el jardín—.

Mira, no me voy a acercar a tu hermana. Primero —acompañó sus palabras alzando el dedo índice—, por respeto a tu familia, y segundo —repitió el gesto con el dedo corazón—, porque creo que tiene los ojos puestos en otra parte —señaló a Cámeron, que seguía hablando con las chicas.

—Te equivocas, ahí no hay nada.

—No sé yo. De todos modos, no me importa. Lo que quería decirte es que me gusta la rubia.

«¡Oh, no! Ni de coña», pensé. No iba a permitir que se acercase a ella.

—Mira, tío, ahora me toca a mí. Primero —levanté el dedo índice—, se llama Abril, no «rubia», y segundo —levanté un segundo dedo—, «respetar» a mi familia incluye a Abril en el paquete y, por último —levanté un tercer dedo—, todavía es una niña.

—¿Niña? —preguntó sorprendido—. ¿En qué parte del camino te has quedado? Siento abrirte los ojos amigo, pero... ninguna de las dos tiene nada de niña. Deja que decida ella.

Nos quedamos callados durante un momento, ninguno quería continuar con una conversación que podía terminar mal. Alberto cogió una manzana del frutero y salió de la cocina.

Estaba tan enfadado con él que no quería salir así, por lo que cogí una bandeja y comencé a llenarla con bebidas para los cinco, necesitaba hacer un poco de tiempo.

Mi madre había salido después de comer y no volvería a casa hasta la cena.

Todavía quedaban muchas horas de luz y hacía buen día para estar fuera, aunque pasar el rato con Alberto, en ese momento, me apetecía tanto como someterme a una colonoscopia.

Acabábamos de llegar y ya me estaba arrepintiendo de la invitación.

Después de unos minutos, salí al jardín más calmado.

Natalia y Cámeron hablaban sentados en una tumbona al fondo y Abril conversaba con Alberto mientras daba un bocado a la manzana que este había cogido hacía un momento.

El muy cabrón le miraba la boca y se la comía con los ojos.

De repente, me sentía fuera de lugar y tuve la necesidad de salir de allí.

Dejé la bandeja encima de la mesa de piedra y me fui de casa por la puerta principal.

Si se dieron cuenta, no lo sé. Ninguno vino detrás de mí.