Capítulo 3
AbrIL
L os nervios por ver a Tomás me estaban destrozando por dentro. ¿Cuánto tiempo necesitaban para salir del coche y entrar en casa?
—Parece que está a punto de darte un infarto —señaló Nat.
—Es posible, ¿qué están haciendo ahí fuera?
—Mamá le estará leyendo la cartilla a Alberto antes de dejar que ponga un pie dentro de casa.
Me reí, eso era lo más probable. Hice el amago de levantarme de la silla en la que esperaba para echar un vistazo, pero Natalia me detuvo.
—Para, piensa en lo que hablamos, no te muestres demasiado ansiosa. Queremos que sufra un poco por abandonarnos tanto tiempo. —Me apartó un mechón de la cara—. Deja que sea él quien te busque.
No tuve tiempo de contestar, María estaba entrando por la puerta y alguien venía detrás de ella.
Salí disparada para lanzarme a los brazos de Tomás.
Sí, ya lo sé, las recomendaciones de Natalia habían caído en un saco roto.
De todos modos, me detuve en seco, porque no era Tomás sino un chico un poco más alto y corpulento al que no había visto jamás.
—Chicas, este es Alberto, el...
María comenzó a decir algo, pero ninguna de las dos le prestamos atención, Tomás estaba entrando en la cocina en ese mismo instante.
Natalia fue la primera en lanzarse sobre él, del placaje casi lo lanza al suelo. Habíamos quedado en que yo tenía que ser menos efusiva. Sí él se dio cuenta... no lo pareció. Y para ser sinceros, yo tampoco.
Tomás me envolvió en sus brazos por unos segundos y yo me dejé envolver en su aroma. Utilizaba una fragancia de Hugo Boss que me volvía loca, el aroma a olivo y vainilla con notas de canela y manzana eran un complemento perfecto para su olor natural.
—Hueles diferente —acoté.
—¿Huelo mal?
—No, idiota, solo diferente. Te falta... te falta el olor a mar. —Lo miré—. ¿Es que no nadas en Galicia?
Tomás se rio.
—No tanto como aquí, el agua allí está mucho más fría.
Me separé de sus brazos a regañadientes.
—¿Cómo estás, pequeña? —me preguntó, mientras colocaba un brazo sobre mis hombros y me acercaba a él.
«¿Pequeña?», pensé. Después de tantos meses sin vernos, ¿eso era lo primero que me decía?
—No me llames así —respondí, apartándome de él—. Ya no soy pequeña.
Me molestaba su actitud. Me giré para observar a su amigo que todavía no había dicho nada.
—¿No piensas presentarnos a tu amigo? —pregunté con picardía, desviando la mirada con una sonrisa.
Siguió mi mirada hacia el otro chico y nos lo presentó a regañadientes.
—Chicas, este es Alberto, un amigo de la facultad.
Alberto, algo incómodo, nos sonrió y nos dirigió un escueto saludo con la mano. Tomás prosiguió:
—Ella —señaló a Natalia— es mi hermana. Y esta pequeña de aquí —otra vez puso su brazo sobre mis hombros— es Abril, nuestra mejor amiga. Prácticamente vive aquí y es como de la familia.
Como de la familia no estaba mal, solo que yo quería ser otro tipo de familia.
Volví a zafarme del brazo de Tomás, que no parecía nada contento por la mirada que le lanzaba a su amigo, y me acerqué a Alberto para presentarme.
—Encantada de conocerte. —Le di dos besos, demorándome más tiempo del necesario.
—El encantado soy yo. Tomás habla mucho de vosotras.
—Espero que bien —contestó Natalia, que hasta ahora se había quedado en una esquina contemplando la escena.
—Claro que sí.
Comimos todos juntos mientras Tomás y Alberto hablaban sobre los estudios, cómo era la zona en la que vivían y la familia de Alberto, que se había marchado a Portugal a pasar el verano.
—¿Y tú por qué no has ido con ellos? —preguntó Natalia.
—Natalia —la reprendió su madre—, eso no es de nuestra incumbencia.
Alberto le restó importancia.
—No pasa nada —contestó con la boca llena—, no me apetecía tirarme dos meses en la aldea con mi abuela.
Que no es que no la quiera, de verdad, pero...
Una visita de vez en cuando está bien, pero dos meses enteros...
pues eso. —Sonrió mientras se servía un poco más de carne—.
Iba a quedarme solo en Abrera, cerca de Barcelona, mis padres tienen una casa rural en Camino del Castell de Voltrera, pero cuando Tomás me ofreció venir con él, no tuve mucho que pensar.
Después de comer, aproveché que los chicos se habían ofrecido a recoger la mesa y salí al jardín trasero.
Nuestras casas estaban comunicadas por una pequeña cancela de paso entre ambos jardines.
Una pequeña obra que papá y María se habían puesto de acuerdo en realizar para que pudiésemos pasar de una casa a la otra sin salir a la carretera.
Ambas casas daban a una pequeña cala a través de un sendero empedrado.
No era una cala privada, eso era imposible, pero sí era bastante desconocida por los turistas, lo que la hacía poco concurrida.
Bajé por el camino hasta un grupo de piedras que hacía algunas veces de trampolín para los más atrevidos y me senté para contemplar el mar.
Era uno de mis pasatiempos favoritos junto con la preparación de perfumes artesanales.
Ese día el mar estaba un poco revuelto y la brisa era cálida, pero la temperatura era fantástica.
—Echaba de menos esa piedra —dijo Tomás a mi espalda.
Me giré y lo vi de pie detrás de mí. Se había cambiado el pantalón vaquero y la camisa por un bañador y una camiseta más cómodos.
—¿Ya habéis terminado? —pregunté—. Sí que sois rápidos.
—No, qué va. Natalia se ha ofrecido para dejarme libre. —Frunció el entrecejo— ¿Crees que le gusta Alberto?
¿Alberto? Qué va, espera a que te enteres de lo de Cámeron, pero no iba a ser yo quien soltara esa bomba.
—No, no es su tipo. No creo que tengas que preocuparte por él.
Se sentó a mi lado.
—Menos mal —dijo relajado—, Alberto no es un mal amigo, pero... no es... no sé, no es suficientemente bueno para ella.
—¿Alguien lo es?
—Supongo que no —sonrió—. ¿Y Natalia tiene algún tipo de chico? Pensaba que para ella todos éramos unos brutos con mal olor corporal.
No pude evitar soltar una carcajada.
—Ella nunca ha pensado eso de los chicos, esa solo era la descripción que utilizaba para Pedro, un niño muy pesado que nos levantaba la falda en primaria. Y claro que tiene un tipo de chico, ¿qué esperabas? Va a cumplir diecinueve. ¿Ya te has olvidado de los tuyos?
—Mierda —contestó—, sí que habéis crecido. Eso me recuerda que tengo algo para ti.
—¿Para mí? —pregunté sorprendida.
Sacó una pequeña cajita del bolsillo y me la tendió.
—Feliz cumpleaños. Siento habérmelo perdido. Los diecinueve solo se cumplen una vez.
Abrí la caja y se me aceleró el corazón. Dentro había un sencillo cordón de plata con una rosa diminuta de color rojo.
—Lo vi y me pareció perfecto para ti. Te he echado mucho de menos, pequeña.
—Gracias —contesté—. Me… me encanta. Me has dejado sin palabras.
Me lancé a sus brazos y le di un beso en la mejilla.
—Pues eso sí tiene mérito.
—Te perdono porque me gusta mucho. ¿Me lo pones?
Me giré y recogí la melena rubia, dejando el cuello y la espalda al descubierto.
Después de abrochar el cierre del colgante y dejarlo caer, Tomás acarició la parte más alta de mi columna donde la camiseta dejaba entrever una parte del tatuaje que me había hecho.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me puso la piel de gallina mientras deslizaba mi camiseta hacia abajo para poder ver el tatuaje al completo.
—¿Cuándo te has hecho esto?
Me giré y lo miré a los ojos. En ellos no pude ver si se había dado cuenta del estremecimiento que me había provocado sentir sus manos sobre mi cuerpo.
—Hace casi tres meses, ¿te gusta? A mi padre le horroriza.
—Sí, es bonito. ¿Qué significa?
—Es un vegvísir, un símbolo mágico utilizado por los vikingos como guía cuando navegaban con mal tiempo, como una brújula. Representa la fuerza y la protección que necesitamos cuando estamos perdidos.
—Me gusta, ¿te importa si te copio la idea?
—Tengo otro, por si quieres copiarlo también.
No sé si tenía intención de preguntar porque Natalia apareció gritando por el camino acabando con toda opción.
—Tomás, vuelve a casa. Cámeron ha venido a verte.