Amigas, bilogía completa Capítulo 2
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Capítulo 2

TOMÁS

E n cuanto el avión tomó tierra le di un codazo a Alberto, que se había quedado dormido en su asiento. Yo ya estaba listo para salir de aquella lata.

—Despierta —le dije y comencé a caminar—, quiero estar fuera lo antes posible.

—¡Espera, tío! —contestó, mientras se peleaba con el resto de pasajeros que abarrotaban el pasillo recogiendo sus maletas del compartimento superior del avión.

Cuando por fin llegamos a la salida, localicé a mi madre que me esperaba en el rincón de siempre y corrí a abrazarla.

—¡Cariño! —. Me devolvió el abrazo—. No te imaginas cuánto te hemos echado de menos.

—¿Quiénes? —pregunté, aunque ya sabía a quién se refería.

—Menuda pregunta... tu hermana, Abril y yo. Estoy segura de que incluso Aksel ha notado tu ausencia.

Aksel era nuestro vecino, el padre de Abril. Mi madre había hecho de canguro de Abril cuando se habían mudado a la casa de al lado y al final habíamos terminado siendo una especie de familia postiza para ella.

—Buenos días, señora —Alberto se acercó a mi madre y la saludó—. Espero no resultar una molestia para su familia.

Mi madre, que nunca ha sido de dar mucho la mano, se acercó a él y lo abrazó.

—No digas tonterías, cualquier amigo de mi hijo es bienvenido en mi casa.

Conduje todo el camino a casa y cuanto más cerca estábamos, más impaciente me sentía. Me moría por llegar y abrazar a Natalia.

Alberto y mi madre hablaban sobre la isla y el calor que hacía durante los meses de verano.

Era la primera vez que Alberto visitaba Mallorca y mi madre le indicaba la suerte que tenía de pasar todo el verano sin buscar alojamiento, ya que el turismo no estaba pensado para periodos tan largos.

Por lo menos, si no querías dejarte los ahorros para la pensión que, según ella, tal y como iba el país, nunca llegaríamos a cobrar.

—Puedes quedarte en la habitación de Tomás todo el tiempo que quieras. Las chicas y yo hemos instalado una cama supletoria y también despejamos un poco de espacio en el armario para tus cosas...

—Espera un momento —la interrumpí—, ¿habéis estado hurgando en mi habitación?

—Pues, claro, hijo —contestó, inocente—, ¿cómo, si no, esperabas que preparásemos la habitación para tu amigo?

—Pensaba acomodarlo en el sofá, la verdad.

—Gracias, tío —contestó Alberto—, tú sí que eres un amigo.

Mi madre me reprendió, ella jamás dejaría a nadie dormir en ese sofá.

—... además, no tienes nada de qué preocuparte, si tenías algo que no quisieras que viese tu madre, Natalia y Abril ya se encargaron de esconderlo. Por lo menos yo no he visto nada.

No, eso no ayudaba.

—¿Y tú, Alberto? —preguntó mamá— ¿Tienes hermanos?

—No, señora —contestó—. Somos solo mis padres y yo.

—Por favor, no me llames señora. Llámame María.

Llegamos a casa a las dos y media y no se veía a ninguna de las dos merodeando por las ventanas.

Normalmente habrían salido por la puerta corriendo como los dos tornados que eran.

Pero últimamente las había notado más calmadas.

Supongo que ya se habían acostumbrado a mi ausencia y eso me hacía sentir desplazado. Ya no me echaban tanto de menos.

Salimos del coche y cogimos el equipaje camino de la puerta de entrada, estábamos a punto de entrar en casa cuando mamá se detuvo en seco, entonces, se dirigió a Alberto.

—Una cosa quiero advertirte, chico.

La sonrisa se le había borrado por completo de la cara y Alberto se había quedado blanco como el papel.

—Dentro de esta casa están las dos jovencitas más bonitas de la isla, dos tesoros nacionales, ¿entiendes por dónde voy?

Mi madre era una exagerada y se sentía madre por partida doble.

—Sí, señora, quiero decir, María. Tomás ya me advirtió de ello. —Levantó la mano derecha—. Prometo respetar su casa más que la mía misma.

—Bien —contestó ella—, espero no tener que arrepentirme de abrirte las puertas de mi casa.

Entré último en casa esperando un gran recibimiento, pero cuál fue mi decepción cuando vi que tampoco esperaban al otro lado de la puerta. Sin embargo, los ruidos y el aroma que llegaban desde la cocina me decían dónde podía encontrarlas y que, además, sí me esperaban.

Por el aroma a ternera y guisantes, intuía que Abril había cocinado kjottkaker ⁠ 1 , un plato típico de su tierra que me volvía loco.

Dejé mis cosas tiradas en cualquier esquina y me fui directo a la cocina.

Entré como un elefante en una chatarrería. Mamá y Alberto ya eran el centro de su atención, pero, en cuanto me vieron, las dos los dejaron de lado y se lanzaron sobre mí, abrazándome hasta arrancarme el aliento.

No puedo decir que hubiesen crecido nada desde la última vez que las había visto, pero sin duda sí había algo diferente en ellas, solo que todavía no podía ver el qué.

1   Son albóndigas noruegas de carne de ternera picada y frita que se suele acompañar con puré de guisantes y patatas cocidas.