Amigas, bilogía completa
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Capítulo 1
AbrIL
V i a Natalia en la cocina a través de las puertas francesas del jardín. Estaba sentada en su silla favorita, con un tazón enorme lleno de cereales Cap´n Crunch. Los había descubierto en un viaje a EE. UU. y ahora hacía que se los mandasen por transporte dos veces al año.
—Hola, Nat —saludé.
—Mño-la —contestó con la boca llena.
—Tranquila, no pares por mí —respondí alegre, mientras le daba un beso en la mejilla y me sentaba a su lado.
Cogí una manzana del frutero y, disimuladamente, comencé a ojear la puerta de entrada a través del pasillo.
—Todavía no han llegado.
—¿Quién? —pregunté, dando un mordisco a la manzana.
—El hombre del saco... Mi hermano, ¿a quién más podrías estar esperando? Todavía no llegó, el vuelo viene con retraso.
—Bueno, ¿qué más da? Para el caso que me hace.
Tomás y Natalia eran mis mejores amigos, los había conocido hacía catorce años, cuando mi padre y yo nos mudamos a España tras el abandono de mi madre.
Sí, mi madre nos había abandonado por un cocinero galés que había conocido una noche en una fiesta de trabajo. Triste, ¿verdad? Amor a primera vista, así lo describió mi padre cuando me dijo que mamá no viviría más con nosotros.
Mi padre aceptó una oferta de empleo en una empresa de turismo superimportante.
El trabajo consistía en organizar las vacaciones a gente mega rica con poco tiempo o ganas para hacerlo ellos mismos.
Y cuando digo organizar me refiero a todo: estancia, transporte, visitas y conseguir los caprichos y excentricidades que se les pudiesen ocurrir durante su estancia.
Era un buen trabajo y, como era el mejor, se lo pagaban muy bien.
Lo malo, que pasaba más tiempo fuera de casa que en ella.
Cuando llegamos a la isla, yo solo tenía cinco años y no me podía dejar sola, pero tampoco me podía llevar con él.
Así que empecé a quedarme en casa de Nat.
Dormíamos juntas, íbamos juntas al colegio y comenzamos a compartirlo todo.
Incluso a Tomás, su hermano. Con el tiempo se convirtieron en mi nueva familia.
Tomás es cuatro años mayor que nosotras y, a mi pesar, hace dos pidió el traslado a la Universidad de Vigo en Galicia para estudiar en la Facultad de Filología y Traducción.
—¿En qué piensas? —Nat interrumpió mis pensamientos.
—En nada —contesté mientras tiraba los restos de mi manzana a la basura—. ¿Dónde está tu madre?
—Ha ido a buscarlos al aeropuerto, llamó hace cinco minutos para decirme que llegarán para la hora de comer.
—Ajá.
—Este verano no viene solo —acotó Nat.
Esas palabras me cayeron como un puñetazo en el estómago.
Tomás no había estado para mi cumpleaños, sí para el de Nat, pero claro, el mío no era tan importante como el de su hermana.
Me había enviado un video para felicitarme, en el que salía estu-diando para los exámenes finales con una estudiante de intercambio.
Se llamaba Anya y era impresionante, metro ochenta y cuerpo de modelo...
igualita que yo, vamos. Nat insistía en que lo suyo no era nada serio, pero yo lo sentía como un alambre de espinos incrustado en el corazón.
Sí, quizás, solo quizás, estaba siendo un poco dramática.
—Relaja esa cara. No es lo que estás pensando.
Levanté la vista hacia Natalia disimulando la angustia que sentía.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué no es lo que parece? ¿Que solo la trae para enseñarle la isla?
Nat me sonrió y se levantó para empezar a recoger la cocina.
—Lo que digo es que no viene con ella. Viene con Alberto.
Alberto era el compañero de piso de Tomás. Lo habíamos visto en algunas fotografías, pero no sabíamos nada más de él.
—No pensaba que fueran tan amigos. —Cogí la escoba del armario y comencé a barrer la cocina. Luego añadí—: Tomás no habla mucho de él.
—Tomás no habla mucho de nadie —resopló—. Como sea, vamos a tener a ese chico por aquí por un tiempo. Algo sobre que su familia tenía no sé qué y a él no le apetecía ir... —Hizo un gesto con los hombros—. No presté mucha atención.
Después de recoger la cocina, cogimos nuestras cosas y nos fuimos hasta la playa. Aquí el sol era muy madrugador, así que era la mejor hora del día; todavía era temprano para los turistas que venían a disfrutar de sus vacaciones y se recuperaban de la fiesta de la noche anterior.
—¿Sabes lo que creo? —inquirió Natalia mientras nos tostábamos en la arena.
Me lo imaginaba, pero pregunté igualmente.
—Creo que en el fondo mi hermano está tan colado de ti como lo estás tú de él.
—Ya, pero todavía no se ha dado cuenta, ¿verdad? —suspiré.
Ya sé lo que piensas. Me lo recuerdas continuamente —contesté, alargando las sílabas de la última palabra.
Natalia ha sido una defensora fiel de mi amor por Tomás desde que éramos niñas y tenía más fe que yo, ya sea dicho, en que algún día se me obraría el milagro y las dos terminaríamos siendo hermanas de verdad. Se levantó de su toalla y me arrastró hasta la orilla mientras continuaba parloteando.
—... te lo garantizo. Abril, ¿me estás escuchando?
—Que sí, que me gusta mucho tu optimismo y esa fe ciega, pero yo no lo creo.
—Te estoy diciendo que este es tu momento.
—¿Mi momento para qué?
—Para todo —respondió convencida—. Tienes que deslumbrarle, que cambie la forma en la que te mira. ¡Ya sé! Tenemos que aprovecharnos de Alberto.
La miré con los ojos como platos.
—¿Qué estás diciendo?
—Que lo pongas celoso. No me mires así, tú no tienes que hacer nada. A ese chico se le van a caer los ojos tan pronto te vea. Tú... solo tienes que sonreír y hablar con él.
—Creo que se te va la pinza. Son mayores que nosotras, seguro que conocen un montón de universitarias. No tengo nada que hacer. Además, Tomás tiene novia, ¿lo recuerdas?
Natalia no hizo caso de mis palabras y continuó.
—Cámeron tiene su edad y míranos a nosotros.
Cámeron era el mejor amigo de Tomás y Natalia y él llevaban unos meses saliendo en serio, y en secreto. Ninguno de los dos se atrevía a contárselo a Tomás por miedo a cómo pudiese reaccionar. Tomás era muy protector con su hermana pequeña.
—Hablando de Cámeron, ¿cuándo se lo vas a contar a tu hermano?
Vaciló mientras caminábamos de vuelta hacia nuestras toallas después de chapotear un poco en el agua.
—Todavía es pronto. No quiero que se enfade antes de tiempo.
—No veo porqué se tendría que enfadar, Cámeron es un gran chico y se ve que te quiere.
Nos quedamos en la playa tomando el sol hasta las doce ya que queríamos aprovechar el tiempo para, siguiendo el descabellado plan de Natalia, prepararle un buen recibimiento a Tomás, pero, sobre todo, a su amigo.
A Tomás le encantaba la carne marinada y a mí se me daba de miedo cocinarla. Desde que se había mudado, siempre que venía de visita le preparaba alguna receta especial.
Después de dejar todo arreglado en la cocina, volví a mi casa.
Me di una ducha y me arreglé un poco más de lo habitual, quizá demasiado para estar en casa; empezaba a ponerme nerviosa. A Tomás no le gustaban las chicas arregladas en exceso y mi subconsciente traicionero me gritaba que estaba haciendo el ridículo.
Me delineé los ojos y me apliqué máscara, me pinté los labios de un llamativo rojo Heartbreaker de Sleek, un color fresa con tintes rosas y corales que quedaba espectacular (decían que es clon del Impassioned de Mac, solo que más barato).
Por último, me planché el pelo y listo, bueno, casi, ahora tenía que ponerme algo de ropa encima, y estaba tan nerviosa que no sabía cómo vestirme, ¿qué le gustaría a Tomás?
Quería verme madura y guapa, y eliminar de una vez por todas la imagen de niña que tenía de mí, quería que dejase de tratarme como tal, quería, quería... quería demasiadas cosas.
Toc, toc, toc. Llamaron a mi puerta.
—Adelante —contesté, cerrando el albornoz que llevaba puesto, nunca se sabe quién puede estar al otro lado de la puerta.
Era Natalia. Sin decir palabra, se acercó a mi armario y tras mirarme sacó un pantalón corto de tiro alto y un top marinero de cuello barco.
—Con el pelo liso las rayas te quedan de miedo —dijo, orgullosa con su elección. Me vestí a toda velocidad y me miré al espejo, girándome de un lado a otro para verme mejor. Me gustaba el resultado, Natalia tenía un ojo increíble para la moda; era una pena que no quisiera dedicarse a ello.
Pusimos la mesa para cinco (mi padre no podía venir) y esperamos asomadas a la ventana del salón.
Diez minutos más tarde, vimos el coche de María aparcar en frente de la casa y nos escapamos corriendo entre gritos y risas a la cocina, donde esperamos a que entrasen en la casa como si, unos segundos antes, no hubiésemos estado plantadas esperando como unas niñas pequeñas que esperan por Papá Noel el día de Navidad.