Amber Capítulo 20
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Capítulo 20

A mber estaba segura de que los agentes del ferrocarril sabrían algo de Billy, puesto que trabajaba para ellos.

Incluso si hubiese regresado a la ciudad de Nueva York, tendrían alguna forma de ponerse en contacto con él.

Se sintió estúpida por no haber caído en la cuenta antes. Les habría ahorrado mucho tiempo.

Al pasar por delante del salón de Mitch, Tate se detuvo un segundo para observar las enormes puertas batientes.

—Desde luego, este sería otro sitio donde preguntar.

Si ese hombre ha estado en la barra, el viejo Mitch lo sabría.

Si no tenemos suerte en la oficina del ferrocarril, entraré aquí rápido a preguntar.

Amber se estremeció ante la sola idea del salón. Si su tren hubiera llegado a su destino, lo más probable es que estuviera trabajando allí mismo en estos momentos. Le horrorizaba pensarlo.

Siguieron hacia la plaza. La gente bullía de un lado a otro, absorta en sus propios asuntos. De vez en cuando, alguna señora que pasaba les dedicaba una sonrisa a Amber y al bebé.

Entonces, de repente, los vio.

Aproximándose desde la dirección opuesta venía el sheriff con el alcalde a su lado y, unos pasos por detrás, Anthony Fox. Iban acompañados por tres hombres corpulentos.

—Crucemos la plaza hacia el otro lado —dijo Amber rápidamente.

Los tres hombres parecían avanzar con determinación y Amber tuvo la extraña sensación de que se dirigían directamente hacia ellos.

En circunstancias normales, Tate se habría negado a apartarse del camino de nadie, pero decidió que la sugerencia de Amber era sensata en esta ocasión. No quería otro altercado. Empezaron a caminar por mitad de la plaza en dirección a la oficina de correos.

El grupo del sheriff cambió de rumbo para seguirlos. Amber se dio cuenta enseguida y recordó las escalofriantes últimas palabras de Anthony Fox...

—No, señorita, es usted quien recibirá su merecido.

Casi en un instante, se echaron sobre ellos y el sheriff acarició la pistola en su funda. —No quiero una escena aquí en mitad de la plaza, Tate Mitchell, queda usted arrestado.

—¿Qué? —chilló Amber—. ¿Por qué?

—Por robo y secuestro —dijo el sheriff con un tono algo plano, mirando al alcalde, que asentía con la cabeza.

—¿El secuestro de quién? —exigió saber Amber.

—De usted, señorita Johnson.

—Este hombre no me ha secuestrado.

—Creo que ambos sabemos que eso no es cierto, señora —dijo el alcalde lanzando una mirada a Fox, quien se limitó a sonreír como respuesta.

Tate no dijo ni una palabra. Sabía que era inútil. Los hombres del sheriff estaban armados y él se encontraba en inferioridad numérica y de potencia de fuego. La miró con expresión resignada. —Amber, no hay nada que podamos hacer de momento. Tengo que irme con estos hombres.

Amber reconoció a regañadientes que era verdad, pero ella no era de las que se rendían sin luchar. —Les digo ahora mismo que este hombre no me ha secuestrado. Esto es una parodia de la justicia.

El sheriff se limitó a sostenerle la mirada mientras ataba las manos de Tate con una cuerda como si fuera un delincuente común.

—Todo saldrá bien, Amber. Esto se aclarará. Recuerda que te quiero —dijo Tate, ignorando a todos los presentes excepto a la mujer que tenía delante.

«Te quiero». Esas no eran las palabras que ella esperaba en ese momento. Una parte de su ser quiso responder de la misma forma para consolarlo. Pero no pudo. Sabía que no era verdad.

—¿No es tierno? —se mofó Anthony Fox desde detrás de los otros hombres.

—Usted. Es usted un ser despreciable y asqueroso. Todo esto es obra suya —escupió Amber.

Anthony Fox se limitó a mirarla, sonriendo con suficiencia. No dijo nada.

—Vamos, Mitchell. A la trena —dijo el sheriff, poniendo una mano pesada sobre el hombro de él—. Ya tendrá su día ante el juez.

—Espere —exigió Tate. Dio dos pasos hacia delante y besó suavemente a Amber en la mejilla. Al hacerlo, le susurró al oído—: Tengo dinero en mi fardo. Úsalo para mantenerte a salvo.

Dicho esto, se dio la vuelta y permitió que el sheriff se lo llevara.

—¡No! —gritó Amber y siguió al grupo, intentando llegar hasta el sheriff y Tate. Uno de los hombres corpulentos se plantó ante ella, bloqueándole el paso y, de improviso, un brazo enorme la rodeó por detrás para sujetarla.

—No puede hacer nada, señorita Amber. Deje que se vaya por ahora —gruñó una voz profunda y extrañamente familiar.