Capítulo 13
B illy Cresswell abrió los ojos e inmediatamente se arrepintió. La luz penetrante de la pequeña ventana le hirió la cabeza, que ya le latía con fuerza. Tan rápido como abrió los ojos, volvió a cerrarlos.
Intentó recordar qué le había ocurrido, pero le costaba. Sabía que el tren había sido atacado. Se había bajado para intentar cumplir con su deber cuando este se detuvo, pero eran demasiados y estaban muy bien organizados.
Pero no recordaba cómo había terminado todo. No tenía ni idea de dónde estaba.
Abrió los ojos con cautela una vez más y apartó la cabeza de la ventana. Las paredes estaban perfectamente encaladas y limpias, y un suave murmullo de voces emanaba de más allá de la habitación en la que yacía.
Lentamente intentó mover las extremidades. Los brazos se elevaron con facilidad y sin dolor, al igual que las piernas. Parecía que lo único que le dolía era la cabeza. Se llevó la mano hacia ella y notó vendajes. Presionó ligeramente y soltó un quejido.
Miró al lado de la cama. Nada. Desplazó su corpulencia para quedar frente a la ventana. Entornó los ojos mientras miraba al costado de la cama y de nuevo no vio nada. La cabeza le latió con más fuerza y el corazón empezó a acelerársele. ¿Dónde estaba Sam? ¿Dónde estaba su hijo?
¿Dónde estaba él? ¿En un hospital?
Se alejó de nuevo de la brillante luz de la ventana. Miró bajo las mantas y vio que estaba vestido con un pijama de color blanco roto. Estaba limpio, aunque algo raído en algunas partes. Sabía una cosa con certeza: no era suyo.
Oyó el suave chasquido de unos pasos y entonces se abrió la puerta y entró una mujer vestida de blanco y tan pálida que su piel casi se fundía con las paredes.
Debía de tener unos cuarenta años y llevaba el pelo cobrizo recogido en un moño.
No ofreció ni una sonrisa ni un saludo. —Sr. Cresswell, parece que está despierto. Ya era hora. ¿Cómo se siente?
A Billy le costó procesar la pregunta.
—¿Sr. Cresswell? —insistió la mujer un poco más suavemente esta vez—. ¿Me oye? ¿Me comprende?
Billy intentó hablar, pero descubrió que tenía la garganta en carne viva. En lugar de palabras, solo consiguió emitir ruidos animales. —Sed —logró escupir finalmente.
—Por supuesto. —La mujer se acercó a una mesa situada a un lado de la habitación y le sirvió a Billy un vaso de agua de una jarra de peltre. Se lo acercó a los labios y él bebió con avidez—. Despacio. Beba a sorbos, por favor, Sr. Cresswell. Debemos tomar las cosas con calma.
Él obedeció de inmediato. La mujer tenía ese tipo de actitud que exigía obediencia.
Después de unos sorbos más, ella retiró el vaso de su boca y volvió a interrogarlo. —¿Está mejor, Sr. Cresswell? ¿Cómo se siente?
—Gracias, señora. —Billy tragó saliva un par de veces, saboreando el alivio en su garganta—. Estoy un poco aturdido, a decir verdad. ¿Dónde estoy?
—En casa del doctor Lightbody, en Freshwater Creek. Tiene esta pequeña ala de hospital anexa a su consulta. Yo soy la enfermera Jones, su ayudante, a falta de una palabra mejor.
—¿Qué me ha pasado?
—Parece que el tren fue asaltado por bandidos, Sr. Cresswell. Recibió un golpe en la cabeza y quedó inconsciente.
—Ya veo. —Una repentina oleada de agotamiento golpeó a Billy como si hubiera estado trabajando durante horas en una tarea física exigente. Sabía que había algo más que debía preguntar, pero no lograba recordarlo.
Sintió que los ojos se le cerraban de nuevo y el sueño se apoderó de él una vez más.
Se despertó de nuevo tres horas después cuando la enfermera Jones lo zarandeaba. Fue delicada, pero no hubo ni rastro de sonrisa ni una palabra amable. —Hora de la cena, Sr. Cresswell. Debe comer y recuperar fuerzas.
Billy tardó unos instantes en recordar dónde estaba y por qué estaba allí. Pero se incorporó en la cama mientras la enfermera le presentaba un pequeño cuenco de caldo. Percibió su aroma, pero no le apetecía. —No, gracias, señorita.
—Coma —ordenó la enfermera Jones.
Billy dudó un momento y luego se llevó la cuchara a la boca. Una vez que hubo probado una cucharada descubrió que tenía bastante hambre y procedió a devorar el resto del cuenco con deleite.
—Bien —dijo la enfermera una vez hubo terminado—. Le sacaremos de aquí en un santiamén. —Cogió el cuenco y se marchó.
Billy se sintió mejor después de comer, pero todavía sentía un latido incesante en la parte posterior de la cabeza. Deseaba que aquello terminara.
La enfermera Jones entró apresuradamente en la habitación ni cinco minutos después de haberse marchado.
—Sr. Cresswell —declaró con voz llena de importancia—, hay dos caballeros aquí que desean conversar con usted.
Creo que son de la compañía del ferrocarril.
El doctor dice que se les pueden permitir diez minutos si se siente capaz.
Billy gruñó afirmativamente.
—Asegúrese de no agotarse, Sr. Cresswell. Eso obstaculizará su progreso.
—Sí, enfermera. —Billy fue casi como un loro en su respuesta. Ya había aprendido que a ella le gustaba que le dieran la razón.
La enfermera Jones lo miró fijamente durante unos segundos más para asegurarse de que había captado el mensaje antes de asentar con la cabeza y abandonar la habitación con la misma premura con la que había llegado.
Billy oyó cómo se les impartían las mismas instrucciones a los dos caballeros antes de que ella les permitiera la entrada.
Se oyeron frases como «Sí, buena mujer» y «por supuesto, señora».
Pocos instantes después, aparecieron en su habitación dos hombres con trajes oscuros de etiqueta, con amplias sonrisas en sus rostros y gruesos fajos de papeles bajo el brazo.
Uno era muy delgado y nervioso, y tenía una espesa barba castaña que casi parecía más grande que su cabeza.
El otro era un hombre bajo y gordo, de cara sonrosada, que se palmeaba la frente con un pañuelo de un blanco inmaculado como si fuera incapaz de soportar el calor.
Ambos llevaban corbatas de color rojo brillante y portaban bastones con puntas de acero y mangos de marfil.
—Sr. Cresswell —dijo el hombre gordo como si saludara a un viejo amigo—. Me alegra verle despierto, señor. Me alegra de veras.
—Lo mismo digo, por supuesto. Yo soy el Sr. Barnett y este es el Sr. Jefferies. Nos envían sus empleadores, señor —dijo el hombre delgado.
—Buenos días a ambos, caballeros —logró mascullar Billy, y entonces se dio cuenta de que no tenía ni idea de si era por la mañana o no—. Me disculparán si no me levanto para saludarles. Me temo que estoy algo… —Billy perdió el hilo de su pensamiento.
El hombre delgado, el Sr. Barnett, volvió a hablar: —En absoluto, buen hombre.
La enfermera nos lo ha explicado todo. Estamos aquí para discutir ciertas garantías con usted.
Me complace decirle que su plan funcionó, Sr. Cresswell.
Esos bandidos, esos granujas, bueno, no se llevaron lo mejor del botín. ¡No, señor!
Billy les devolvió una mirada de confusión. El tipo gordo, Jefferies, decidió que era necesario dar más detalles. —Ya sabe a qué se refiere mi amigo, señor. Su excelente recomendación para la instalación de una segunda caja fuerte oculta entre las mercancías triviales.
A pesar de que Billy tenía la cabeza embotada, todo empezaba a volver a él.
La compañía ferroviaria había implementado su idea por primera vez hacía cuatro viajes.
Había costado lo suyo; él llevaba sugiriendo el plan más de tres años.
Billy había sugerido que, en lugar de una sola caja fuerte con todo el efectivo, el oro, la plata y los objetos de valor, debería haber dos por tren.
Una caja estaría en la posición habitual y la otra, algo más pequeña, estaría camuflada tras cajas de mercancías aparentemente mundanas como alimentos en conserva, sopas, etc.
De ese modo, el cargamento precioso podría dividirse.
Si alguna vez un tren era atacado por bandidos, se esperaba que estos quedaran satisfechos con el botín de la caja fuerte normal y no consideraran la posibilidad de una segunda.
Nunca se hablaba de tal instalación fuera de la empresa.
Por lo que decían estos dos caballeros, eso era exactamente lo que había sucedido.
—Toda la nómina del trimestre para las tres empresas mineras de Deadwater Creek está intacta. Completamente a salvo de los ladrones. Casi 10 000 dólares en valor. Tanto la compañía como los propietarios de las minas le están sumamente agradecidos, señor.
—Me alegro —dijo Billy, aunque difícilmente lo parecía. Había algo en el fondo de su mente, algo que no lograba ubicar. Estaba empezando a enfadarse un poco. Aquella cabeza nublada le impedía recordar y había algo que tenía que decir.
—Probablemente no lo recordará debido a su estado actual, pero como parte de nuestra aceptación de su excelente plan, acordamos una suma en efectivo si nuestros trenes eran atacados alguna vez y el contenido de la segunda caja fuerte permanecía intacto. Este es el caso hoy —dijo Barnett.
—Estamos aquí para zanjar el asunto, mi buen hombre. Y no podríamos estar más encantados —dijo Jefferies en voz alta—. Solo necesitamos que firme aquí y aquí. —Sacó unos papeles con un gesto pomposo y los puso delante de Billy.
Barnett deslizó una carpeta de cuero debajo de ellos y puso una pluma grande en la mano de Billy.
Volvió a señalar los lugares donde debía firmar.
Le sonrió de forma alentadora. —Este pago es, por supuesto, adicional al hecho de que nos hemos hecho cargo de sus facturas médicas, ya que resultó herido en el transcurso de sus funciones.
Las palabras de Barnett le entraron por un oído y le salieron por el otro. ¿Qué era aquello que tenía que mencionar? Era importante. Lo sabía. Pero ¿qué era?
Con un poco más de insistencia por parte de Barnett, Billy firmó los papeles y Jefferies le entregó un sobre. —Doscientos cincuenta dólares, señor. Y nunca me he sentido más satisfecho de entregarlos.
Puso el dinero en la enorme mano de Billy.