Capítulo 8
J ohnny estaba desplomado en el suelo, entre las sombras que proyectaba el exterior de la cabaña de Cody. Se trataba del mismo hombre que le había llevado el beicon y los frijoles. Sus cejas eran inconfundibles.
Una sola mirada le bastó a Amber para saber que no se encontraba bien. Estaba empapado en sudor y su piel tenía un tono grisáceo. Al acercarse, pudo ver que su respiración era irregular.
Cody estaba en cuclillas a su lado con una cantimplora de agua, intentando con delicadeza que el hombre mayor bebiera.
Amber se volvió hacia Tate: —Ponedlo a la sombra, por favor —asintió con la cabeza en dirección a la zona sombreada por la cabaña.
Tate se había ofrecido a llevar la cesta de Sam por ellos.
Ella no estaba dispuesta a perder de vista al bebé.
La primera reacción de Amber fue negarse, pero hacía calor y seguía cansada tras las peripecias de la noche, así que aceptó.
Tate no dejó de parlotearle al pequeño Sam mientras vigilaba la cesta tras haberla dejado en el suelo.
Cody miró a Amber: —Se ha desplomado de repente. Sin previo aviso ni nada. Estaba preparando la cena, uno de los hombres ha mirado y estaba allí tumbado de lado, llevándose las manos al pecho.
Amber vio que un costado de Johnny estaba cubierto de tierra, obviamente de haber estado tirado en el suelo. Se inclinó sobre él.
—¿Johnny? ¿Le duele el pecho? —preguntó con su voz más reconfortante.
—Sí. Como si me lo estuvieran aplastando.
—¿En algún otro sitio?
—El brazo —intentó levantar el brazo izquierdo, pero solo logró moverlo unos centímetros antes de que una mueca de dolor le cruzara el rostro.
—No se mueva. Quédese quieto —ordenó Amber dándole una palmadita en el hombro. —Este hombre necesita un médico —dijo volviéndose hacia Cody.
Cody negó con la cabeza. —Me temo que no es posible, señorita. Ningún médico va a venir hasta aquí, ¿verdad?
Amber cogió suavemente la mano de Johnny y colocó dos dedos sobre su muñeca. Cerró los ojos mientras contaba el ritmo de sus latidos. Al terminar, le dedicó a Johnny una sonrisa tranquilizadora. —Que alguien vaya a empapar un trapo con agua fría para la frente, por favor.
Max estaba allí cerca. Miró a Cody, quien asintió con la cabeza, y Max desapareció para cumplir con el ruego de Amber.
Amber se puso en pie y miró a Cody ladeando la cabeza lejos de Johnny, indicando que quería hablar con él en privado. Los dos se alejaron unos pasos para que Johnny no pudiera oírlos.
—Si ese hombre no ve a un médico, morirá —susurró Amber con autoridad.
—Ya se lo he dicho, señorita. El médico no vendrá aquí. Limítese a hacer lo que pueda por él.
—¿Hacer lo que pueda? Solo soy una mujer. No se trata de un pariente con fiebre o mal de estómago. No puedo prepararle un tónico y curarlo. Todos sabemos que es el corazón. Esto no se le va a pasar. Necesita un médico. Si no viene ninguno, tendrá que llevarlo usted.
Cody reflexionó un momento, aceptando finalmente la gravedad de la enfermedad de Johnny. —Hay un médico en Deadwater Creek. Le hemos pagado generosamente en alguna ocasión. Atiende algún que otro disparo y cosas así. No dice ni una palabra a las autoridades.
—Parece que él es el hombre indicado, entonces.
De nuevo, Cody vaciló. Miró la figura desplomada de Johnny y pareció sopesar sus opciones.
—Cada minuto que pierde, sus posibilidades de sobrevivir disminuyen —insistió Amber.
Max regresó con un trapo que chorreaba agua fría. Amber se lo quitó y lo colocó con mucha delicadeza sobre la frente de Johnny. —Aquí tiene. Para que se refresque.
Él sonrió suavemente, como si ella fuera un ángel.
Ella miró a Cody. —Decida rápido.
Él asintió y ladró instrucciones a Max, que salió disparado a enganchar un carromato. Cody se acercó a Amber.
Se puso de nuevo en cuclillas. —Tenemos que llevarte al médico, Johnny. Es tu única oportunidad.
—No quiero ningún médico, muchacho —respondió Johnny, con los ojos muy abiertos y centelleantes de miedo. Era el único hombre en el campamento que se atrevía a llamar a Cody «muchacho». En sus tiempos había sido herrero, pero él también había sido víctima de Toby Whitney.
—Escúcheme —dijo Amber tomándole la mano de nuevo—. El médico va a curarlo. Aquí no podemos hacerlo.
—Cuídeme usted, señorita. Uno no puede ir por mal camino con una chica tan guapa como usted.
Ella sonrió ante el cumplido. —Si pudiera, lo haría. Pero no tengo los conocimientos necesarios. Por lo que he oído, usted es indispensable aquí. Los hombres no podrían pasar sin usted, así que tiene el deber de recuperarse.
Johnny pareció henchirse de orgullo. —¿Qué comerán hasta que yo vuelva?
Amber miró a Cody, que la observaba atentamente. —Haré un trato con usted, asumiendo que a Cody le parezca bien. Usted va al médico y yo me encargaré de la cocina y de alimentar a los hombres hasta que esté lo bastante bien para regresar.
Cody asintió lentamente con la cabeza: —Vamos, Johnny. Es un buen trato. Puede que incluso comamos algo decente durante unos días.
—Cállate, muchacho —replicó Johnny con una sonrisa a medias. Parecía que este tipo de intercambio era habitual y puramente humorístico.
—Johnny, por favor —casi suplicó Cody. Para Amber era evidente que Cody sentía afecto por el hombre.
Max apareció con un carromato y tres hombres. Johnny lo miró y asintió.
—Gracias —dijo Cody, se volvió hacia los hombres e indicó a Johnny con la cabeza. Los hombres saltaron y se acercaron al herido.
—Sed delicados con él —instruyó Amber—. Mantenedlo a la sombra e intentad que esté fresco. Mucha agua. —Intentó soltar la mano de Johnny, pero él la apretó con más fuerza y miró a Amber con evidente temor. Ella se inclinó más—. Todo saldrá bien, Johnny. Se lo prometo. Se pondrá mejor.
Por razones que solo ella conocía, inclinó la cabeza y le dio al hombre un suave beso en la frente, justo debajo del trapo mojado.
Se sorprendió a sí misma al hacerlo. No le había visto la cara hasta hacía unos minutos.
Formaba parte de una banda que la había secuestrado y pedido un rescate por ella.
Pero en aquel instante, simplemente le pareció lo correcto.
Una sensación de serena calma invadió a Johnny: —Me ha besado un ángel. ¿Qué más podría pedir? —Le dio un último apretón a la mano de Amber y la soltó.
Mientras lo subían al carromato, Johnny se rió. —Apuesto a que desearías que ese beso fuera para ti, Cody, muchacho.
Amber no pudo evitar sonrojarse. Lanzó una mirada furtiva a Cody y le pareció que él también se había puesto rojo de vergüenza, pero también notó que Tate miraba a su hermano como si intentara analizar sus pensamientos.
—Espera —instruyó Cody a Max. Desapareció dentro de la cabaña unos instantes antes de salir y ponerle algo en la mano. Le susurró unas palabras que nadie más pudo oír.
Amber supuso que era dinero para pagar los servicios del médico.
Mientras observaban cómo el carromato empezaba a alejarse, Cody se volvió hacia Amber: —¿Cree que sobrevivirá? —Su voz se quebró por la emoción.
—Sinceramente, no lo sé. Pero espero que sí. —De nuevo, no sabía por qué le importaba, pero el caso es que sí le importaba. El anciano estaba claramente asustado.
Todos vigilaron cómo el carromato se perdía en la distancia antes de que Amber, desesperada por romper el sombrío silencio, hablara: —¿Quieres que me encargue de la cocina?
Dos horas más tarde, Amber tenía ollas de estofado de ternera burbujeando sobre las hogueras.
Nunca había cocinado al fuego ni para tanta gente.
Sin embargo, Cody acudió en su ayuda en más de una ocasión.
Tate había construido una estructura rudimentaria a modo de tienda para proporcionar sombra a ella y al niño.
Parecía que una ráfaga de viento podría mandarla a paseo, pero cumplía su función lo suficiente.
Desde entonces, Cody había enviado a Tate a algún recado desconocido.
Mientras vigilaba el hervor de la olla, Cody se reunió con ella y se sentó en un tronco frente al fuego. Ella dio unos pasos para sentarse a su lado.
—Hoy he hablado con tu hermano. Me ha contado cómo acabasteis aquí.
Cody se limitó a gruñir como respuesta.
—Pero esta vida no es el camino. ¿Robos? ¿Asesinatos?
Él cambió su peso sobre el tronco y suspiró. —No me produce ningún placer, señorita. Tenemos que vivir.
Había una sinceridad en su voz que la hizo creerle, al igual que cuando hablaba de Anthony.
—¿Tú le hiciste esa cicatriz a Max?
Él la miró a los ojos, buscando la razón de sus preguntas. —¿De verdad le interesa todo esto, señorita?
—Solo intento comprender, eso es todo.
—Sí, yo le hice esa cicatriz. Toda mi vida he tenido a gente intentando rebajarme. Nos han pisoteado a mí y a mi familia solo porque eran más fuertes o más ricos. Eso, a su vez, me hizo fuerte. No aguanto tonterías hoy en día. Max se pasó de la raya y se le dio su merecido. No pido perdón por ello.
—¿Y qué hay de mi secuestro?
—¿Qué pasa con eso?
Amber percibió un ligero nerviosismo en él, como si estuviera hurgando en algo que le causaba dolor. —Puedo entender lo de los robos, ya que dices que tenéis que vivir, pero te has portado como un caballero conmigo desde que estoy aquí.
—Sí. Y así seguiré siendo. Y también todos los hombres de este campamento. O si no...
No hizo falta que explicara a qué se refería. Se quedaron sentados en silencio unos minutos.
—Lo que quiero decir es que no pareces el tipo de hombre que va por ahí secuestrando a mujeres y niños.
Él echó la cabeza hacia atrás y se rió. —Señorita Amber, no sabe usted qué clase de hombre soy.