Capítulo 5
E speró hasta que el campamento quedó en silencio. Finalmente, los hombres habían dejado de beber y de celebrar. Uno a uno se habían quedado dormidos.
Rex roncaba plácidamente junto a la entrada del establo y no se había movido en tres horas.
Alimentó a Sam, vertiendo en la leche por primera vez unas gotas del frasco de cloral.
El bebé se quedó plácidamente dormido nada más terminar la leche. Ella esperó otros diez minutos y luego, con mucho cuidado, deslizó un cuchillo de la manga de su vestido.
Echó un último vistazo a su alrededor y empezó a serrar frenéticamente la cuerda que le sujetaba el tobillo. El esfuerzo le dolía en la muñeca, pero no se rindió hasta que, una a una, las fibras se deshilacharon y se rompieron.
Estaba libre.
Se levantó y sacó a Sam de su cesta. Se dirigió hacia la puerta del establo, caminando con cuidado y en silencio, sin dudar de que Rex seguiría profundamente dormido.
Le había administrado lo último del cloral en la leche de Sam, tras haber vertido casi medio frasco en la leche de Rex sin que este la viera mientras charlaban.
El cuchillo lo había escondido cuando el chico le entregó el plato de comida unas horas antes.
El padre de Amber se había interesado por la magia y el ilusionismo antes de morir y siempre la había asombrado con su enorme repertorio de trucos. También enseñó a su hija el dominio de los juegos de manos. Ella nunca pensó que aquello le resultaría útil de esta manera.
Cuando vio el cuchillo en el plato, supo que tenía que esconderlo.
Lo cogió rápido y sin ser vista. El pobre Rex no se lo había olvidado en absoluto.
En aquel momento, no sabía qué iba a hacer con él.
Podría haber sido simplemente para defenderse, pero poco a poco, a medida que avanzaba la tarde, tramó su plan.
El frasco de cloral fue una bendición del cielo, tanto como la naturaleza confiada y abierta de Rex.
Se sentía culpable. Rezó para que, cuando Cody descubriera que ella no estaba, no se ensañara demasiado con el chico.
Tiró el frasco en el establo para que pudiera encontrarse fácilmente, por si acaso Cody sospechaba que el muchacho se había emborrachado y había fallado en su deber.
Mientras comía y hablaba con Rex, observó el trasiego de fuera, en el campamento. Un último carromato entró cuando ya había anochecido, obviamente de vuelta de algún pueblo cercano con suministros, porque no procedía del tren asaltado.
A diferencia de los otros carromatos, el conductor de este en particular desmontó y dio de beber a su caballo, pero lo dejó enganchado al vehículo.
Eso fue lo que dio forma al plan en su mente.
Se quedó en silencio un minuto ante la puerta del establo, mirando hacia fuera. No oyó voces ni risas, solo los sonidos del desierto, un coyote lejano quizá, y los suaves gruñidos de los ronquidos.
El corazón de Amber palpitaba con fuerza en su pecho, pero no se sentía nerviosa. Su rostro estaba impasible y tenía una expresión de sombría determinación.
Agachó la cabeza y caminó directamente hacia el carromato enganchado.
Subió con cuidado la cesta de Sam al asiento de madera y se encaramó junto a él.
Aunque detestaba usar el somnífero con el bebé, era lo mejor.
Lo último que necesitaba era que se despertara de repente y gritara. Si eso ocurría, todo estaría perdido.
Ese mismo día, mientras cabalgaban desde el tren hacia el campamento, ella había mirado por la parte trasera de su carromato y observado al hombre que conducía el de inmediatamente detrás.
Lo miró con interés. No parecía difícil conducir un carromato.
Se fijó en cada cosa que hacía el hombre.
Se sintió satisfecha de sí misma cuando supo lo que el conductor iba a hacer un instante antes de que lo hiciera realmente.
Agarró las riendas, les dio un pequeño tirón y no pasó nada.
Repitió la acción, pero con un golpe de muñeca más seco.
Muy lentamente, el caballo empezó a caminar hacia delante.
Rezó para que no hubiera ruido, pero los hombres debían de haber bebido hasta perder el sentido, porque ni uno solo se movió.
Minuto tras agonizante minuto, se fue alejando del campamento.
Agradeció que la luna estuviera casi llena.
Proporcionaba luz suficiente para asegurar que el carromato se mantuviera en el camino.
A lo lejos pudo ver luces titilando y dedujo que eran las luces de Freshwater Springs.
Seguiría el camino hacia el cruce y luego giraría a la derecha para ir hacia el pueblo.
Cuanto más se alejaba del campamento de Cody, más disminuía su ritmo cardíaco.
Había escapado.
Las luces del pueblo se hacían cada vez más brillantes a medida que se acercaba.
Se había sorprendido a sí misma al dominar la conducción del carromato.
Los caballos parecían tener sentido para ella de forma natural.
Eso solo podía venirle bien para el futuro aquí en Texas.
La única forma de desplazarse era con el uso de caballos.
Eso solo trajo de nuevo a Anthony a su mente.
—¿Y si Cody tenía razón? ¿Y si era un abogado de tres al cuarto interesado solo en la riqueza y el poder?
¿Y si no era el hombre del que se había enamorado mientras se escribían por carta?
¿Qué haría entonces? ¿Subirse al tren y volver a Nueva York?
No tenía dinero para eso. ¿Y si Anthony era un hombre decente y bueno pero no se creía su historia sobre el bebé?
¿Y si se limitaba a echarle un vistazo y la despedía?
¿Podía culparle realmente? Si sus posiciones se invirtieran, ¿se habría creído ella su historia?
Después de todo, no es como si Sam pudiera corroborarla.
Su mente estaba hecha un lío tratando de responder a estas estúpidas preguntas y no se dio cuenta del jinete que se aproximaba desde la dirección del pueblo. Él bloqueó el camino más adelante, obligándola a tirar con fuerza de las riendas. Blandía una pistola mientras se acercaba a su lado.
—Vaya, hola, señorita, ¿a dónde cree que va? —dijo él con calma.
El hombre se parecía a Cody, pero era claramente mucho más joven. Debía de ser su hermanastro, Tate; aquel del que había hablado cuando charlaban en el establo.
—Al pueblo —dijo ella con toda la autoridad que pudo reunir.
—¿Ah, sí? —la miró con atención. Incluso a la luz de la luna, podía ver que era hermosa. Los hombres tenían razón sobre ella, era un regalo para la vista—. ¿Sabe mi hermano algo de eso, señorita?
Ella vaciló durante una fracción de segundo.
—Sí. El bebé no está bien. Dijo que no quería un niño muerto en sus manos y me dejó marchar.
Tate miró la figura dormida de Sam.
—A mí me parece que está bien.
—¿Es usted médico? —preguntó Amber con brusquedad. Él pareció un poco avergonzado y ella se aprovechó de eso—. ¿Puedo irme? Mi bebé... —Casi gritó las últimas palabras con desesperación y las lágrimas asomaron a sus ojos.
Tate se sintió confundido por un momento, pero pronto vio una columna de polvo en la distancia, tras la estela de su carromato. Solo podían ser jinetes del campamento.
Echó otro vistazo al bebé que dormía plácidamente e ignoró los crecientes lamentos de Amber.
—Espere.
Cabalgó para reunirse con ellos. Eran su hermano, Cody, Luke y otros dos. Habían descubierto que faltaba su carromato de suministros y su prisionera con él.
Tate explicó rápidamente la historia que Amber le había contado, y Cody se rió.
—¿Has entregado la demanda de rescate?
—Desde luego.
—Bueno, llevemos a la señorita Amber de vuelta al campamento y esperemos nuestro dinero, ¿os parece?
Se dirigió con soltura hacia el carromato.
Se tocó el sombrero a modo de saludo.
—¿Señorita Amber? He intentado ser amable y todo eso. ¿Pero esto es lo que hace usted? —Sacó el frasco vacío de cloral.
Esta vez, Amber lloró de verdad.