Capítulo 2
T ras cierta confusión, se dio cuenta de que debía de haberse topado con Sam, el hijo de Billy. ¿Qué hacía él aquí?
Recordó de sus conversaciones anteriores que Billy nunca había dicho realmente que el niño estuviera al cuidado de alguien mientras él estaba fuera trabajando.
Simplemente había dicho que era difícil trabajar con un niño.
Entonces recordó cómo en cada parada él había regresado al tren con un cuarto de galón de leche comprado en la estación.
Después de la tercera parada, ella había comentado la cantidad de leche que parecía consumir.
Él bromeó diciendo que eso lo mantenía grande y fuerte.
Obviamente, era mentira. La leche era para el bebé.
Casi con toda seguridad, la gerencia sabría que tenía un bebé.
Cómo se las había apañado para meter al pequeño a bordo en Nueva York era un misterio.
¿Quizá lo hacía en cada viaje? Quizá en esta ocasión no encontraba a nadie que cuidara de Sam y esta era la primera vez.
Se lo preguntaría, pero no podía evitar sentirse impresionada por la devoción hacia su hijo.
Otro hombre podría haber abandonado al bebé en un orfanato.
El pequeño Sam volvió a llorar.
—Chis, pequeño. Por favor, calla —susurró ella. Amber se acuclilló instintivamente para coger al bebé y estrecharlo contra su pecho—. Chis. Solo un ratito. —Se meció suavemente de un lado a otro en un intento de calmar al bebé que lloraba.
El calor de su cuerpo y el latido de su corazón debieron de consolar al niño, porque el pequeño Sam cerró los ojos y volvió a dormirse.
Y entonces, la puerta del vagón se abrió de par en par.
—Aquí dentro está más negro que la noche —dijo una de las dos voces que había oído antes.
—Ten cuidado, Luke. Podría haber un guardia aquí dentro —respondió la voz más profunda con un poco de nerviosismo.
Los hombres avanzaron con sigilo. Amber se agachó más sobre sus talones, sujetando fuerte al bebé. Por el momento, el pequeño mantenía el silencio, tal vez presintiendo el peligro cercano.
—Parece que esos guardias han huido por la puerta —señaló la primera voz, apuntando con una pistola en dirección a la puerta abierta de la parte trasera.
—Con suerte, será uno de esos de los que nos hemos encargado —replicó su amigo con una carcajada—. Si es así, no tendremos que preocuparnos de que vuelvan.
El corazón de Amber casi se detuvo. ¿A qué se referían esos hombres? Una sensación de oscuro presagio la invadió.
—Bueno, mirad esto. Algo un poco más interesante para nosotros, muchachos —dijo el primer hombre, golpeando con su pistola las cajas de licor—. Este lote nos servirá para una buena temporada. Dudo que Cody nos deje acercarnos al oro.
El otro hombre miró más de cerca algunas de las otras cajas y gruñó decepcionado por el contenido. Se adentraron más y más en el vagón.
Amber intentó respirar con la mayor discreción posible. El primer hombre estaba tan cerca ahora que podía oler el hedor a caballo, tabaco y sudor rancio. Cerró los ojos y rezó para que pasaran de largo.
Sin embargo, ocurrió lo inevitable. El pequeño Sam se puso a llorar.
—Qué demonios... —gritó el primer hombre apuntando con su arma en dirección al llanto.
El otro hombre se puso de inmediato a su lado con la pistola levantada. En la oscuridad, apenas podían ver nada—. ¿Quién hay ahí? Sal.
Amber se quedó paralizada por el miedo. No tenía intención de revelarse. —Chis —susurró desesperada al bebé.
—No nos obligues a entrar ahí —amenazó la voz más profunda.
Amber se dio cuenta de que apenas tenía elección. Lo último que quería era que los hombres abrieran fuego. Tenía que considerar tanto al bebé como a ella misma. —Está bien —gritó con la voz más firme que pudo reunir—. Solo somos el bebé y yo. No soy un peligro para vosotros.
Se levantó y salió de detrás de las cajas, todavía estrechando al bebé que lloraba contra su regazo.
Los hombres se miraron entre sí, con las armas todavía fijas en ella. Pero, poco a poco, las expresiones de desconcierto dieron paso a sonrisas siniestras mientras la miraban con lascivia y bajaban sus armas.
El que apestaba a tabaco rancio y sudor dio un paso al frente. —¿Qué tenemos aquí? —Alargó la mano y acarició el largo cabello rubio de Amber, juguetando con él entre sus dedos sucios—. Pero si eres algo especial.
Amber se encogió contra las cajas.
—No hace falta ponerse así, linda jovencita. Aquí todos somos amigos —siseó él.
El otro hombre dio un paso adelante y miró a Amber de arriba abajo con intención. —A Cody le encantará esta.
El primer hombre miró a su amigo y sacudió la cabeza. —Cody no se quedará con esta primero.
El otro hombre hizo lo mismo. —Ya conoces las reglas, Luke. Cody elige primero. No querrás cabrearlo; acuérdate de lo que te digo. —Se acarició una cicatriz en la barbilla como si tuviera algo que ver con su afirmación.
El primer hombre, Luke, soltó un suspiro de decepción. Había presenciado la ira de Cody y no tenía intención de enfadarlo. Sería su fin.
Amber empezó a temblar de miedo. Estos hombres hablaban de ella como si ni siquiera estuviera allí, decidiendo su destino con naturalidad.
Si tan solo hubiera esperado a que Anthony le enviara el dinero. Si tan solo no se hubiera visto obligada a huir de su casa, no estaría en esta situación.
—Venga, pues —instó Luke—. Saquémosla de aquí.
El otro hombre asintió y dio un paso al frente: —Muy bien, encanto, síguenos.
—No —respondió Amber desafiante, fulminando al hombre con la mirada.
Los dos hombres se rieron.
—Oh, tiene carácter, hay que reconocérselo —soltó una carcajada Luke.
Dio un paso hacia delante hasta que respiró su fétido aliento directamente en la cara de Amber—.
Mire, señorita. Tenemos que llevarla ante nuestro jefe, Cody.
Confíe en mi amigo Max: no es un hombre al que quiera cabrear. ¿Ve esa cicatriz en su barbilla?.
Amber miró al hombre que ahora sabía que se llamaba Max y se fijó en la cicatriz de su cara. Era imposible no verla. Era un desastre horrible que había curado mal. Asintió, pero no dijo una palabra.
—Cody se la hizo a Max. Y eso que es uno de sus propios hombres. Imagine lo que le haría a usted. —Hizo una pausa un momento para dejar que esa idea calara en su mente—. No querrá arruinar esa cara tan bonita, ¿verdad?
Amber negó con la cabeza. Sam lloró más fuerte.
—¿Quieres callar a ese bebé de una vez? —espetó Luke, mirándola con dureza—. Ese ruido me atraviesa los oídos.
Instintivamente, ella abrazó a Sam con más fuerza. —Chis —lo consoló. Amber volvió a centrar su atención en Luke—: Es un bebé.
—A Cody no le gustan mucho los bebés —declaró Luke—. A mí tampoco. —La empujó en el estómago con su pistola—. Vamos, muévase.
Amber sabía que no podía hacer mucho más que obedecer. —Espere un momento —dijo—. Déjeme coger la cesta del bebé. Ayudará a calmarlo.
Luke miró a Max, quien asintió conforme. —Nada de juegos raros. ¿Entendido, señorita?
Amber regresó muy despacio al espacio tras las cajas y colocó al niño en la cesta.
La levantó con cuidado y se dirigió hacia la puerta.
Luke agitó la mano con sarcasmo, gesticulando como un caballero para que ella pasara primero.
Ella hizo lo que él le ordenó. Luke la siguió con la pistola apretada firmemente contra la base de su espalda.
Al detenerse en el umbral, la luz brillante hizo que Amber entornara los ojos. Max saltó primero al suelo y gruñó al aterrizar a una buena distancia de más de un metro hacia abajo.
—Deje que le pase al bebé —sugirió Amber a Max.
Él la miró, casi con asco, pero guardó su pistola en la funda y estiró los brazos para recoger la cesta.
Amber se sentó en el suelo y se dejó caer.
Ninguno de los dos hombres se molestó en ayudarla.
Le arrebató la cesta a Max en cuanto estuvo en tierra.
Luke saltó con facilidad y señaló hacia la parte delantera del tren. —Por ahí, señorita. Y ni piense en correr, no hay ningún sitio a donde ir.
Tenía razón. Miró a su izquierda y vio kilómetros y kilómetros de matorrales dominados por matas de hierba y algún cactus ocasional. Solo sabía lo que eran porque había ido a la biblioteca y había leído un libro sobre Texas después de mantener correspondencia con Anthony.
Recorrió toda la longitud del tren. Oía gritos de entusiasmo desde la parte delantera y veía a hombres merodeando a medida que se alejaban de la parte trasera. Debía de haber unos veinte hombres cargando sacos y cajas de los vagones para subirlos a los carros que esperaban.
Al llegar a la escena de la actividad, los hombres se percataron de su presencia y empezaron a silbar y a vitorear. Luke y Max rieron y levantaron los brazos en señal de triunfo.
Un hombre alto con un sombrero negro de ala ancha ladró una orden: —Volved al trabajo. No tenemos mucho tiempo. —Se volvió hacia Amber y sus captores.
Era un hombre apuesto con una espesa barba negra incipiente en la barbilla. Tenía rasgos agradables, a excepción del parche negro sobre el ojo derecho. El ojo izquierdo chispeaba con vida y estudió a Amber con evidente interés: —¿Bueno, qué tenemos aquí?
—La encontramos escondida en el vagón de atrás, Cody —dijo Luke con orgullo.
Cody se acercó y rodeó a Amber, mirándola de arriba abajo como si evaluara un caballo antes de comprarlo. —Dará buen resultado. ¿La ha tocado alguno de estos desgraciados?
Amber pensó en decir que sí, pero en su lugar murmuró: —No. —Algo llamó su atención cerca del tren, pero debido al resplandor, no podía enfocar bien. ¿Qué era aquello? ¿Un montón de trapos?
—Bien. —Hizo una pausa, mirando al bebé—. ¿Está su marido con usted?
Amber estuvo a punto de decir que el bebé no era suyo y que aún no estaba casada, pero decidió que aquello podría ser un comentario estúpido. Mantuvo la boca cerrada e intentó discernir qué era lo que había divisado más allá de los carros.
—¿Estaba sola? —les exigió Cody a sus hombres, apartando por fin los ojos de ella.