EPÍLOGO
Llego a Wyndham House a las cinco y veinte de la tarde del veinticuatro de diciembre, en el carruaje pequeño, con un paquete de la confitería de Bond Street en el regazo y la levita gris claro que mi gemelo me regaló al despedirme de su soltería.
Mi gemelo lleva once meses casado y ya no le pone nombre a las levitas que regala.
La sigo poniendo igual. Es la única que mi madre, al verme entrar al recibidor, no comenta.
Hartley me abre la puerta antes de que llame, sostiene la mirada un grado más alta de lo habitual, y, con la pulcritud de los mayordomos que han aprendido en veintidós años a leer la frente de los Wyndham antes de oír el nombre, decide que esta tarde no va a anunciarme.
Coge el sombrero. Coge el bastón. Recibe el paquete de la confitería con la solemnidad con la que los mayordomos antiguos reciben los paquetes que saben que van directos al árbol pequeño del salón verde.
Y, sin pronunciar una sola palabra que no sea la felicitación de Nochebuena con la inclinación exacta, me indica con la mano izquierda el corredor del fondo.
Las damas, en el salón verde. Los caballeros, en la biblioteca.
El nieto, donde la duquesa decide. La nieta de dos meses, arriba con la nodriza.
Eso es lo que Hartley me ha dicho sin abrir la boca, y me lo he ahorrado yo el preguntárselo, porque a las cinco y veinte de un veinticuatro de diciembre Wyndham House huele a leña de tejo, a cera caliente del pasamanos y, debajo de las dos cosas, al asado de venado que la cocinera ha empezado a preparar a las tres y cuarto y que tardará dos horas más.
Es el olor de mi infancia. Lo guardo cuatro segundos en algún sitio del pecho, sin pensar, y cruzo el corredor.
La doble puerta del salón verde está entornada. La empujo despacio. Las habitaciones de Wyndham House, desde hace once meses, son un ejercicio que he aprendido a hacer en dos tiempos: primero la respiración, después el paso. Solo así me encuentro entero al otro lado del umbral.
Mi madre está de pie junto a la mesa de las pastas.
La barbilla en el ángulo Wyndham. La taza de té en la mano izquierda, sostenida como si la hubiera olvidado.
Mi hermana, la marquesa de Croft, está sentada en el sillón orejero del lado de la chimenea, con el chal verde botella sobre los hombros y la cara más serena que le he visto en toda mi vida adulta.
Y, en la alfombra grande del centro, sobre el dibujo de las hojas que mi madre eligió hace treinta años pensando que sus nietos algún día gatearían encima, está Marcus.
Marcus Wyndham Croft, primer hijo del marqués, primer nieto del duque, lleva en el mundo un año y un mes y, según los informes mensuales que mi hermana me hace llegar a mí en cuarto lugar después del marido, la madre y la duquesa, ha aprendido durante el otoño tres cosas notables.
La primera, andar. Lo hace inclinado hacia adelante, como si llevara prisa por algo cuya naturaleza nadie le ha explicado, y se cae cada cinco o seis pasos sin protestar.
La segunda, ocho palabras, de las cuales la única que un tío que viene poco se permite verificar es tío , que pronuncia tioco y que, según mi hermana, no aplica a ningún tío en particular.
La tercera es la que esta tarde me preocupa, porque desde que cruzo el umbral lo veo de pie junto a la rejilla de la chimenea con la mano derecha extendida hacia las pinzas, como un pequeño caballero del condado al que le sobran tres décadas para empezar a coger sus propias pinzas.
Mi madre, sin volverse de la mesa de las pastas, sin alzar la voz, sin soltar la taza, dice:
—Marcus, las pinzas no.
Marcus baja la mano. Se queda mirando las pinzas medio segundo.
Pierde el equilibrio. Se sienta en la alfombra de golpe, sin llorar, con la solemnidad de los nietos de duque que han descubierto que sentarse de golpe es una manera de descansar las piernas.
Mi madre, sin levantar los ojos del té, retira la mesa de las pastas dos pulgadas hacia el aparador.
Es la cantidad exacta de gestión doméstica que la duquesa de Wyndham le concede a un nieto andante en Nochebuena: le retira la tentación, no le retira la libertad de tropezar con ella mañana.
Cruzo la alfombra por el borde, sin pisar el dibujo de las hojas, y me siento en el taburete bajo del lado del sillón de mi hermana.
Marcus, desde el suelo, levanta la cabeza, me reconoce, se levanta otra vez con esa concentración de ingeniero que un caballero de un año aplica a la maniobra de erguirse sobre dos pies, da cuatro pasos hacia mí y se cae justo antes de llegar.
Yo lo recojo. Pesa más que en septiembre.
Huele a algo que no tengo nombre pero que reconozco.
Es el olor del ala este de Wyndham House, donde mi gemelo y yo dormimos hasta los nueve años en la misma cama.
La continuidad es un asunto al que un segundo hijo, en circunstancias normales, no le presta atención. Esta tarde se la presto.
—Tioco —dice Marcus, con la solemnidad de quien no aplica el término a nadie en particular y, en consecuencia, lo aplica esta tarde a mí.
Le acomodo en la rodilla. Le doy media galleta de azúcar, que mi hermana, con la cara que pone cuando va a perder una batalla, decide no impedir.
—Cael, te has peinado.
—Me peino siempre.
—Te has peinado con intención. Eso, en ti, lo conoce mi madre por la frente y yo por la nuca.
Mi madre, junto a la mesa de las pastas, no comenta.
Se permite el lujo de no comentar tres frases seguidas, lo cual es la cantidad exacta de buen humor que la duquesa de Wyndham, en Nochebuena, dedica a su segundo hijo en presencia del primer nieto.
Yo le acaricio la coronilla a Marcus y la dejo ahí, porque tener un año de sobrino apoyado contra el pecho es la única excusa que un caballero de treinta y tres años necesita esta tarde para no responder a una hermana que ha visto demasiado.
La doble puerta se abre.
Entra primero el duque, mi padre, con la levita del condado y un coñac de antes de cenar a medio dedo en una copa pequeña.
Detrás, el marqués de Croft, con el cuello del chaleco tres centímetros más alto de lo que el protocolo del salón verde considera necesario, lo cual es la única vanidad que mi cuñado se permite en presencia del duque y que el duque, llevando dos años siendo su suegro, ha aprendido a pasar por alto.
Y, detrás de los dos, despacio, con la mano izquierda apoyada un instante en la jamba como si midiera por costumbre antigua la altura del marco antes de cruzarlo, entra mi gemelo.
Lo miro.
Mi gemelo, hace once meses, cruzaba los marcos sin mirarlos.
Hoy los mide. Es la única manía nueva que ha desarrollado en su vida adulta y la única que, según he comprobado en las cinco cenas familiares de este otoño, sigue ejecutando aunque en ese marco lleve cruzando treinta y tres años.
Lo hace, además, con una sonrisa pequeña que tampoco era suya.
Mi gemelo, hace once meses, sonreía dos veces al mes en presencia del duque y ninguna en presencia mía.
Hoy sonríe sin advertirlo, porque viene del cuarto del primer piso, donde su hija de dos meses acaba de quedarse dormida en el regazo de la nodriza y donde él, antes de bajar al salón, le ha apoyado el dorso del meñique en la frente con la pulcritud lenta de los maridos que han aprendido tarde que las hijas de dos meses tienen una temperatura de frente que conviene comprobar dos veces al día.
Me cruza la mirada. Asiente. No dice mi nombre porque sabe que no hace falta.
Detrás suya, despacio, con el chal sobre los hombros y la mano izquierda apoyada en el pasamanos del corredor un grado más fuerte de lo que apoyaba la mano izquierda Isadora Fenn hace once meses, entra mi cuñada.
Cruza el salón hasta nosotros. A mi hermana le besa la mejilla.
A Marcus, en mi rodilla, le acaricia la coronilla con el dorso de los dedos.
Y a mí me sostiene la mirada un latido y me dice, en voz baja:
—Cael, has venido.
—Cuñada.
—Para esta familia, Isadora. Lo decidimos en mayo.
—Isadora.
Lo digo sin esfuerzo. Y descubro, en el instante en que la sílaba abandona los dientes y cruza el aire del salón verde de Wyndham House delante del duque, de la duquesa, de la marquesa, del marqués, del vizconde y de mi sobrino, que la digo sin dolor.
La he dicho otras veces en estos once meses.
En la cena de marzo. En el almuerzo de mayo.
En la merienda de septiembre. Cada vez la he dicho con un peso pequeño detrás, una fracción de segundo de retraso, una resistencia mínima de la mandíbula que solo yo notaba.
Esta tarde la digo y no se me queda nada detrás.
La sílaba sale entera. El nombre cruza el salón.
Y yo sigo siendo, dos segundos después, exactamente el mismo hombre.
Me siento más alto. Es una sensación que no había tenido en once meses.
Mi gemelo, junto a su mujer, se permite la mano en el codo de ella.
Le ofrece el sillón orejero del lado contrario al de mi hermana.
Isadora se sienta. Mi gemelo se queda de pie detrás del sillón, con la mano izquierda apoyada en el respaldo, justo donde el hombro de su mujer no llega.
Es el ángulo preciso de los maridos que han aprendido, en once meses, que sostener el respaldo es una manera elegante de sostener a la persona sin que la persona tenga que pedirlo.
Lo miro. Mi gemelo no era este hombre.