Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

Mi gemelo, hasta hace once meses, era un hombre que se sostenía solo.

Apoyaba la mano en el mármol de la chimenea, en la madera del aparador, en el respaldo de los sillones vacíos.

Cruzaba un salón con los brazos sueltos a los lados y la disciplina exacta de quien lleva quince años sin permitirse tocar nada que no le pertenezca.

Entraba en el comedor de Wyndham House midiendo los marcos con la mirada porque, durante quince años, no le hizo falta medirlos con la mano.

Hoy mide los marcos con la mano. Sostiene los respaldos.

Ofrece sillones. Sube cinco veces al día a un cuarto del primer piso a tocar con el dorso del meñique la frente de una hija de dos meses.

Sonríe pequeño, sin advertirlo, cuando la mujer del chal verde le toca el dorso de la mano con dos dedos sin protocolo, porque la han enseñado, en once meses, que la disciplina del vizconde Ralston ya no es una pared.

Es una piel que se permite que la toquen.

Y yo, que llevo treinta y tres años siendo su gemelo, llevo once meses descubriendo cosas sobre los gemelos que ningún tratado del condado me habría enseñado.

Me sirvo un coñac. Pequeño. La copa pequeña, la que la duquesa reserva para los hijos que ha decidido que esta noche no van a beber demasiado.

Devuelvo a Marcus al regazo de su madre.

Cruzo a la chimenea. Apoyo el codo izquierdo en el mármol.

Bebo un sorbo. Lo guardo en la boca un instante antes de tragarlo, como me enseñó el duque a los diecisiete años, y miro el salón.

Mi padre está en el sillón grande, con la copa apoyada en la pernera.

Mi cuñado está de pie, junto al aparador, cogiendo una pasta sin permiso de la duquesa.

Mi madre, que ha visto la pasta, no comenta.

Mi hermana sostiene a Marcus, que ha decidido morder el cabo del chal verde botella con la concentración de un hombre que descubre, a los trece meses, que la lana sabe a lana.

Mi gemelo está detrás del respaldo del sillón orejero, con la mano en la madera, mirando a su mujer.

Y su mujer, sentada bajo la mano de él, sostiene la taza de té con las dos manos, no porque le pese, sino por costumbre nueva de los dos últimos meses, desde que su hija nació.

Bebo otro sorbo del coñac.

Y entonces mi hermana, sin avisar, sin gesto previo, sin la rigidez que precede a las cosas que una mujer prepara, deja a Marcus en la alfombra con la limpieza con la que se deja una taza en su platillo, se levanta a medias del sillón, se lleva la mano izquierda a los labios, y, antes de que ninguno de los seis adultos del salón verde tengamos tiempo de procesar el gesto, se vuelve hacia la chimenea con el cuerpo entero y se tapa la boca con las dos manos.

Mi cuñado se mueve antes que nadie.

Cruza desde el aparador en dos pasos. Llega a su mujer.

Le pone la mano izquierda en la espalda y la derecha en el codo.

La sostiene. La gira hacia la puerta del salón anejo, donde la doncella, que ha entrado a las cinco y diez con la jarra del té, ha tenido la sensatez profesional de no haberse marchado y sostiene un trapo limpio.

Mi hermana vomita una vez, pequeña, contra el trapo.

Mi cuñado le sostiene la frente. Le coge una servilleta.

Le pide a la doncella, sin alzar la voz, un vaso de agua.

La doncella ya se lo tendía. Garrett lo recibe.

Se lo ofrece a su mujer. Ella bebe. Devuelve el vaso. Vuelve a respirar.

Cuarenta segundos. Y, durante esos cuarenta segundos, mi madre la duquesa de Wyndham, con la taza de té en la mano izquierda, no ha movido un solo músculo de la cara.

La duquesa, esta tarde, lo ha sabido desde mucho antes que el resto de nosotros.

Probablemente desde la conversación que ha tenido con mi hermana en el zaguán a las cinco menos cinco, cuando me vio entregar el sombrero a Hartley. Probablemente desde antes.

Yo, junto a la chimenea, con la copa de coñac en la mano, miro la escena entera y descubro tres cosas a la vez.

La primera: que llevo once meses creyendo que el dolor que sentía cuando veía a mi gemelo cerca de Isadora era el dolor de quererla yo.

Y esta tarde, en el salón verde, viendo a mi gemelo mirar a su hermana vomitar en una servilleta sin saber todavía qué pasa, no siento ese dolor.

Siento, en cambio, exactamente lo que mi gemelo siente: confusión y alivio, en ese orden.

La confusión no es la mía. Es la suya. Y yo, que llevo treinta y tres años siendo su gemelo, la he sentido en mi cuerpo antes de que mi gemelo la sienta del todo en el suyo.

La segunda: que cuando mi gemelo, a los nueve años, perdió un diente en el patio de Eton, a mí me dolió toda la mandíbula durante una semana.

Que cuando mi gemelo, a los diecisiete, se cayó del caballo en Hampshire y se rompió dos costillas, a mí me costó respirar tres meses.

Que cuando mi gemelo, hace siete años, empezó a quererla en silencio, a mí también empezó a dolerme algo del lado izquierdo del pecho.

Que cuando mi gemelo, hace once meses, decidió por fin cruzar la calle a las nueve de la mañana, a mí se me aflojó el lado izquierdo del pecho durante los siguientes seis meses como no se me había aflojado en siete años.

Lo que llevo once meses creyendo que era amor mío por Isadora, descubro esta tarde en el salón verde, ha sido un eco.

Un reflejo. La herida del lado izquierdo del pecho de mi gemelo, transmitida por la cuna donde dormimos los dos hasta los nueve años, por los marcos que cruzamos los dos a la misma altura, por los sillones que apoyamos los dos en el mismo grado, por los treinta y tres años de no haber sabido nunca, exactamente, cuál de los dos cuerpos era el mío.

No es mi amor. Era el suyo. Y como ya no le duele a él, ya no me duele a mí.

La tercera, la más pequeña, la que esta tarde, junto a la chimenea, descubro la última: mi madre, después de Año Nuevo, va a empezar a buscarme una esposa.

Lo sé porque conozco a la duquesa de Wyndham. Lo sé porque la duquesa, en cuanto un primer nieto y una primera nieta y un tercero en camino han quedado asegurados en las dos casas grandes de la familia, dedica la atención sobrante a los hijos restantes. Y el hijo restante soy yo.

—Clara —dice mi cuñado, con la frente todavía apoyada en la frente de mi hermana, en voz suficientemente baja para que el salón entero la oiga—. Me lo ibas a decir esta noche.

—Te lo iba a decir esta noche, después del coñac.

Mi padre, desde el sillón grande, baja la copa a la pernera sin levantar los ojos. La duquesa, junto a la mesa de las pastas, sigue sin mover un músculo de la cara. Marcus, en la alfombra, ha vuelto a fijarse en las pinzas de la chimenea sin que nadie se lo haya recordado.

—Llevas tres semanas sabiéndolo.

—Llevo tres semanas sabiéndolo y diez días sin querer creerlo del todo. Y por eso he subido a Wyndham House sin avisarte esta mañana.

Mi cuñado le acomoda un mechón detrás de la oreja con el pulgar, despacio. No comenta el dato. Lleva dos años casado con mi hermana y ha aprendido, antes que ninguno de los Wyndham, que las hijas mayores de los duques cuentan los asuntos importantes en el orden en el que pueden contarlos.

—Y porque mamá lleva una semana mirándome como mira a las hijas que ha decidido que dejen de ocultarle cosas.

Mi madre, junto a la mesa de las pastas, finalmente, suelta la taza.

Cruza el salón. Le coge a mi hermana las dos manos.

La duquesa de Wyndham, esta tarde, no añade frases.

Le aprieta las manos a su hija una sola vez, fuerte, y se las suelta.

Ese apretón, en Cecily Wyndham, es la conversación entera que las marquesas de Croft han recibido de sus madres duquesas en doscientos años.

Mi hermana lo recibe con los ojos llenos.

Mi cuñado le rodea los hombros. Marcus, desde la alfombra, viendo a su madre llorar pequeño, decide imitarla y suelta dos lágrimas exactas que mi cuñado, sin soltar a la madre, recoge con la mano libre.

Yo levanto mi copa de coñac dos dedos. La devuelvo al mármol. No cruzo el salón.

No porque no quiera. Porque hay un momento, en el salón verde de Wyndham House, en Nochebuena, en el que el segundo hijo descubre que la cantidad de cuerpos que se abrazan en el centro de la alfombra es la cantidad exacta para la que esa alfombra fue tejida hace treinta años, y un cuerpo más le sobraría.

Bebo otro sorbo.

Llevo en el cajón de mi despacho, desde el lunes pasado, una carta del administrador de Ashvere Hall, en Cumberland.

La he leído cuatro veces. La primera, de pie, en mangas de camisa.

La segunda, sentado, con un café frío. La tercera, anteanoche, a las dos y media, con el coñac que no me apetecía.

La cuarta, esta mañana, antes de salir hacia Wyndham House.

La carta dice que los arrendamientos de las cinco fincas necesitan la presencia del conde antes del deshielo.

Que la mina de Penshaw lleva cuatro meses sin firma directa.

Que los libros mayores, según el viejo administrador, llevan nueve años creciendo sin una mirada sobre ellos que no sea la suya.

Y dice, en la última línea, que Ashvere Hall, la casa que mi tío me dejó hace nueve años y que llevo nueve años sin pisar más de tres días seguidos, lleva once meses sin recibir a nadie y empieza a cerrarse sobre sí misma como las casas que han decidido que sus dueños no vuelven.

Hace nueve años, cuando mi tío me la dejó, decidí que me quedaría en Londres.

Le dije a mi madre que era para ayudar a la familia.

Le dije a mi padre que era para apoyar al primogénito en el condado.

Le dije a mi gemelo que era porque Mayfair me divertía más.

Le dije a mi hermana que era porque la sociedad de Cumberland le sobraba a un caballero con sentido del humor.

A nadie le dije la verdad, porque no la sabía del todo: me quedé en Londres porque mi gemelo estaba enamorado de una mujer y no se atrevía, y yo, por costumbre antigua, no sabía cómo dejarlo solo en una habitación con esa herida.

Hace once meses mi gemelo cruzó la calle a las nueve. Hace dos nació mi sobrina. Hace tres semanas mi hermana descubrió que esperaba al segundo. Y, desde el lunes, en el cajón de mi despacho, hay una carta de Cumberland que no he contestado.

Mi gemelo, junto al sillón orejero, levanta la cara.

Cruza la mirada con la mía a través del salón.

Es la mirada que un gemelo le sostiene a su gemelo cuando ha advertido, desde el sillón orejero, que el gemelo del mármol está pensando algo que el gemelo del sillón orejero todavía no sabe, pero va a saber.

Le sostengo la mirada cuatro segundos. Después se la devuelvo.

Me sonríe pequeño. Le sonrío pequeño.

Levanto mi copa dos dedos. Él levanta la suya.

Mi cuñada Isadora, sin verme, le aprieta la mano a su marido.

Mi sobrino, en la alfombra, ha decidido por fin morder el chal con tres dientes seguidos.

Mi hermana, en los brazos del marido, se permite reírse pequeño a través de las lágrimas.

Mi madre, junto a la mesa de las pastas, vuelve a coger la taza de té.

Yo, junto a la chimenea de Wyndham House, en Nochebuena del año diecisiete, con la copa pequeña de coñac apoyada en el mármol y la decisión pequeña apoyada en algún sitio del lado izquierdo del pecho que esta tarde ya no me duele, decido que mañana, después del desayuno, voy a empezar a hacer la maleta.

Cumberland espera.

Y esta vez, por primera vez en nueve años, voy a llegar.