CAPÍTULO 35
Las llaves del invernadero, esta mañana de domingo, descansan sobre el cuero del escritorio de mi despacho.
Las ha subido Bates a las once en punto, sin anuncio, sin nota, sin envoltorio.
Son tres llaves de hierro pequeño con un cordón de seda azul oscuro, exactamente del azul de la cajita que ayer dejé en el tocador de mi madre.
Mi madre, durante quince años, no ha cedido estas llaves a ningún hijo. Esta mañana, sin haberlo discutido conmigo, sin haberlo firmado en su tocador, las ha dejado en el escritorio mientras yo, en el cuarto de aseo, me componía la levita gris claro con dos botones sin abotonar.
Bates, antes de bajar, me ha dejado una nota corta de la duquesa. Siete palabras: «Durante la próxima hora, decide tú.» Doblo la nota y la meto en el bolsillo izquierdo del chaleco, donde hace siete días llevaba la cajita.
A las once y siete, la baronesa y lady Isadora cruzan la verja del lateral. La baronesa cruza al salón pequeño con la duquesa, donde han acordado el primer té conjunto. Lady Isadora cruza al despacho. Bates le abre la puerta y cierra detrás de ella sin comentar.
Le sostengo la mirada un instante.
—Tenemos las llaves del invernadero.
—Lo sospechaba.
—La hora la decidimos los dos.
—Bien.
Cruzo al armario. Saco la levita gris claro y la abotono solo dos botones de cuatro, dejando los superiores sueltos como mi gemelo me enseñó. Cojo las llaves y le ofrezco el codo izquierdo a mi prometida desde ayer.
—¿Me concede el brazo?
—Se lo concedo.
Cruzamos al corredor, al jardín lateral, hasta la doble puerta del invernadero. Está cerrada con la cerradura que mi madre no ha cedido a ningún hijo en quince años. Abro. Empujo. Cierro detrás de nosotros.
Echo el pestillo.
No la dejo a una rendija como aquella noche en la biblioteca. La cierro entera. La dueña de las llaves me ha cedido la hora con la cerradura.
Me vuelvo. Ella está a un palmo del banco de madera donde, hace cinco semanas y un día, me apartó del beso la noche del baile. La distancia es la misma. La pulcritud, no.
—Has echado el pestillo. ¿Me lo explicas?
—Mi madre entregó estas llaves a la tuya hace quince años para una velada. Tu madre las devolvió al día siguiente. La duquesa no ha vuelto a entregarlas a nadie. Esta mañana las he recibido yo. Ella me ha permitido cerrar la puerta como yo decida.
—Lo entiendo. Lo apruebo.
Cruzo el palmo hasta que la distancia entre nosotros desaparece.
Mi mano izquierda sube a su rostro sin detenerse a media altura como la noche del rosal.
La derecha la apoyo en su cintura, en el lateral exacto, sin haberlo pensado.
La pulcritud nueva no es la del protocolo.
Es la del hombre que ha aprendido que esta mano no se retira.
—Voy a besarte.
—Lo sospechaba.
—Sin pedirte permiso.
—Lo apruebo.
La beso. No tardo diez segundos en cruzar la distancia. La cruzo a la primera. Y descubro que la pulcritud nueva no se prepara. Se sostiene.
Su mano derecha sube a mi rostro. La izquierda también. Las dos manos en mi cara, con la pulcritud de la mujer que ha aprendido a sostener sin haberlo convenido.
No retrocedo. No la aparto. No me retiro al banco. Me quedo.
La beso un segundo más. Después dos. Descubro que he aprendido a no contar los segundos. La cuenta ya no me hace falta.
Al cabo de tres minutos, separo la frente. La apoyo en la suya.
—¿La cuenta no te ha hecho falta?
—No.
—¿Por primera vez?
—Por primera vez en veinticinco años.
—Bien.
—Tengo una conversación que esta mañana sí me sale.
—Te escucho.
Mi mano izquierda baja hasta su cuello.
—Esta mañana no nos hace falta una puerta a tres dedos. Nos hace falta la hora que nuestras madres nos han concedido sin firmar. Han aprendido lo que tú me enseñaste ayer.
—¿Qué les enseñé?
—Que querer y esconder no son lo mismo. Y que, si ellas lo permiten, el querer va a sostenerse sin esconder.
—Lo permiten.
—Ya.
Le recoloco un mechón detrás de la oreja. Por segunda vez desde que la conozco.
—La conversación no se cierra ahí.
—No. Durante los próximos cuarenta años, en cada habitación a la que entre, voy a buscarte primero a ti. Ya te estoy buscando. Esa búsqueda no se va a detener.
—¿Te incomoda?
—Me sostiene.
—Bien.
Sus manos siguen en mi cara. Una de ellas baja hasta mi solapa, sobre el bolsillo donde hace siete días llevaba la cajita. Donde hoy tiene apoyado el dorso de su mano.
—La cajita.
—Esta mañana no. Está en el tocador de mi madre. Si ella lo permite esta tarde, la sacaré a las cinco. Mañana al mediodía, en presencia de tu padre y del mío, te la abrocharé.
—¿Tú?
—Yo. Si me lo permites.
—Te lo permito.
La beso por segunda vez. Más corta. Su mano sigue en mi hombro. Y descubro que esta mañana, con el pestillo echado, ya no necesito esconder lo que siento.
Por primera vez en veinticinco años, no se me ha quedado nada guardado. La frase que me enseñaron de niño —si se las dices, las pierdes— ya no me sirve. No las pierdo. Las gano.
—Te quiero, Isadora.
—Y yo aprendí a quererte a ti hace nueve años, en una velada Tilden. Lo que me das no es el querer. Eso ya lo tenía. Lo que me das es la voz alta.
—La voz alta llevo veinticinco años sin atreverme a usarla.
—Ya lo veo. Durante los próximos cuarenta años aprenderé a oírtela.
—Todas las mañanas la usaré.
—Te espero.
Asiento. La frente, contra la suya, no se mueve.
A las doce menos diez, abro el pestillo. Cruzamos al jardín, al corredor, al salón pequeño donde mi madre y la baronesa han sostenido la primera conversación conjunta de las dos casas.
La duquesa, al entrar yo del brazo de lady Isadora, levanta los ojos. No comenta. Pero descubre en mi rostro lo que no había visto en veinticinco años.
Que su hijo, esta mañana, ya no esconde.