Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

A las cuatro y siete de la tarde del sábado, en el zaguán de Wyndham House, le devuelvo a Wallace la levita gris claro.

La cajita de terciopelo azul oscuro la dejo en el cajón segundo del tocador de la duquesa, donde estuvo guardada setenta años.

La hoja blanca con el discurso la quemé esta mañana.

Cruzo el zaguán, la verja, la calle. Subo los tres escalones de Woody Hall. Hartley me abre antes de que llame.

Me anuncia que la señorita está en el salón pequeño con su madre. La doncella no bajará a la cocina durante los próximos cuarenta minutos. La baronesa me ha consentido cruzar al sillón sin anunciarme. Cruzo el corredor. Llamo a la puerta. La voz de la baronesa me concede la entrada. Empujo.

Ella está en el sofá perpendicular, en la misma postura de aquella tarde de la cajita y de la tarde de Wordsworth, pero sin libro, sin cajita y sin segundo té.

La baronesa se levanta y me dice que la puerta se queda abierta, que Patty está en el corredor, que su marido ha cruzado al despacho del duque y que ella va a hablar con la cocinera Wyndham.

Añade que esta tarde no me trate de usted a su hija.

También me advierte que no espera ni discurso ni pregunta. Le digo que lo entiendo. Sale.

Me quedo solo con ella. Cruzo al sillón opuesto al sofá. La distancia es la del protocolo.

—No traigo levita. Tampoco cajita. Ni discurso.

—Lo sospechaba.

—Traigo una conversación pequeña que esta mañana no me salió.

—La escucho.

Me paso la mano por la nuca. La bajo al reposabrazos.

—Llevo siete años intentando contener algo que nunca quiso quedarse quieto.

La frase me sale entera. Le sostengo la mirada. Ella no contesta de inmediato.

—Esa frase, hace seis semanas, me la habría dicho en una biblioteca pequeña —dice—. Esta tarde me la dices con la puerta abierta.

—Ya.

—Continúa.

—No volveré a vivir como si tú no fueras lo primero que busco al entrar en una habitación.

La segunda frase sale del mismo sitio que la primera. Ella se tensa. Su mano se acerca a la mía.

—Dorian.

—Isadora.

—Sigue.

—No sé continuar con dos frases. La tercera no la tengo preparada. Lo único que sé es que esas dos son lo que llevaba siete años sin decirte.

—Lo he sabido siempre —dice—. Desde la velada de los Tilden, cuando me presentaste un segundo tenedor sobre el costado de tu mano. Esa noche aprendí lo primero. Lo demás lo aprendí los siete años siguientes, en silencio.

—Entonces...

—No me pidas que cierre con una respuesta. Pídeme lo que esta mañana descubriste que era la pregunta nueva.

—La tengo.

—Pídela.

Trago. Cruzo el dorso de mi mano hasta apoyarlo entero sobre el dorso de la suya. La presión es firme. Ella no aparta la mano.

—¿Te casas conmigo?

La pregunta tiene tres palabras. Las que ella me pidió esta mañana, cuando yo todavía no sabía decirlas.

Ella no contesta de inmediato. Sostiene mi mirada. Le brillan los ojos.

—Sí, Dorian.

El sí se queda flotando entre los dos. Pero él no se mueve. No sonríe. Algo le falta.

—Dorian —digo—. ¿Por qué tardaste tanto?

Traga. El dorso de su mano se tensa medio grado. Su mandíbula se afloja.

—Tenía miedo.

—¿De qué?

—De que la duquesa me firmara el calendario antes de que yo lo decidiera. De que tu padre te casara con un caballero del norte. De que tú decidieras no quererme más. Las tres juntas, durante siete años, me bastaron para no atreverte a cruzar la calle.

—La primera la has ganado tú. La segunda no iba a ocurrir. Y la tercera... la tercera no iba a ocurrir nunca. Estuvieras donde estuvieras, hicieras lo que hicieras, tardaras lo que tardaras. Ibas a ser tú. Siempre ibas a ser tú.

Se queda muy quieto. Su mandíbula se afloja del todo.

—Hay otra cosa que tengo que decirte.

—Dila.

—No sé hacerlo.

La frase me la conozco. Me la dijo en un despacho hace semanas.

—Pero lo intentas.

—¿Es suficiente?

—Es exactamente suficiente.

Asiente. Por primera vez en cinco semanas, le sale una sonrisa entera. No es una pulgada. Son dos. Las sostiene sin haberlas decidido.

Su mano sube hasta cogerme la mía con los cinco dedos cerrados, sin apretar, como me cogió la mano en la calle vacía aquella noche. Pero esta vez no me la suelta al cabo de cuarenta segundos. Me la sostiene medio minuto entero.

Se levanta del sillón. Cruza la distancia que lo separa del sofá. Se sienta a mi lado izquierdo, sin soltarme la mano. La distancia entre nosotros ya no es la del protocolo.

Patty no mueve la cabeza en el corredor. La baronesa sigue con la cocinera. Él no me besa. Me sostiene la mano. Me mira. Le sostengo la mirada.

Y al cabo de diez segundos, me besa.

No es el beso del invernadero. No es el del rosal a un dedo. No es el casi beso de la cajita. Es el beso entero que me habían estado debiendo siete años. Lento. Entero. Sabe a té frío y a paciencia. Sabe a siete años.

A los siete segundos se separa. Apoya la frente en la mía. Su mano izquierda sigue en mi nuca.

—Isadora.

—Dorian.

—No puedo soltarte todavía.

—No te he pedido que me sueltes.

—Cinco minutos más. Después llamamos a tu madre.

—Cinco minutos.

Asiente. La frente no se mueve. A los cinco minutos exactos separa la frente. Se levanta. Cruza al sillón opuesto. Se sienta. Compone la levita. Compone el pañuelo.

—Patty —dice—. Avisa a la baronesa.

Patty cruza al salón principal. Yo me quedo en el sofá. La temperatura de su cuello todavía en mi mano.

—Isadora.

—Dorian.

—Llevo siete años...

—Ya lo sé.

—Esta tarde se acaban.

Una sola lágrima se me escapa. Él la advierte y decide no comentar. Solo me mira. En su mirada hay todo lo que no sabe decir con palabras. Los siete años. El miedo. El valor que le ha costado llegar hasta aquí. Y una promesa.

La duquesa se enterará mañana. Esta tarde no me importa. Nada me importa excepto esto. Excepto el sí que he dicho y el sí que he recibido. Excepto el futuro que empieza ahora.