Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

A las diez y cuarenta y siete del sábado, en el despacho de Wyndham House, repaso por novena vez en doce horas el discurso que voy a recitarle a la hija del barón en el banco de piedra.

Lo escribí a las dos de la madrugada, en hoja blanca sin sello.

Cuatro párrafos: los siete años, la firma, la cajita, la pregunta.

Lo aprendí de memoria a las cuatro. Lo repasé a las siete, durante el té. A las ocho, durante el café. La novena repetición me sale entera, sin titubeos. Una pulcritud que el primo del Almirantazgo definiría como de discurso aprendido.

A las once menos siete, mi gemelo cruza el umbral sin llamar. Me dice que llevo la levita y el pañuelo dos centímetros más alto de lo que el protocolo consiente. Lo bajo un centímetro. Él se sienta, coge la hoja blanca sin permiso, la lee durante quince segundos y la devuelve a la mesa.

—Es un buen discurso —dice—. El que un vizconde de hace cinco semanas le habría recitado. El de esta semana ya no es ese.

Le digo que el discurso me ha costado seis horas. Me responde que lo siente, pero que la hoja se quede en el cajón. Que cruce la verja sin papel.

La meto en el cajón. Mi gemelo asiente, se levanta y, antes de salir, se vuelve un instante.

—No la abotones del todo.

—¿La levita o la cajita?

—La levita. La cajita la dejarás donde la dejes. Eso ya no es de mi cobertura.

Sale. Yo me quedo tres minutos, con la hoja en el cajón, la levita sin abotonar del todo, la cajita pesando un grado más en el bolsillo.

A las once menos un minuto cruzo el corredor al jardín lateral. A las once en punto llego al banco de piedra del lateral del rosal.

Ella ya está allí. Lleva un vestido de mañana sencillo, de muselina clara, no el azul medianoche. La gargantilla, en el cuello, sí. El cierre de oro grabado lo advierto a tres metros.

Me siento en el lateral derecho del banco, dejándole a ella el izquierdo.

La distancia es la del protocolo: un palmo y medio, sin contacto.

Empiezo a hablar, pero ella me interrumpe antes de que termine la primera frase.

Me dice que tengo la levita sin abotonar del todo.

Se lo confirmo: por consejo de mi gemelo.

Pero la observación no era esa, añade. La cajita en mi bolsillo le está abultando más de lo que el chaleco consiente, y eso le supone un problema, porque el protocolo de Mayfair no consiente que las hijas de los barones adviertan abultamientos en los chalecos de los caballeros antes del desayuno.

Me pregunta si la estoy provocando. Le contesto que un poco. Responde que bien.

Vuelvo al primer verso, pero ella me interrumpe otra vez.

Señala que me ha titubeado el «siete años», cuando anoche en el salón Lockridge no me titubeó.

Eso, dice, es un dato. El dato es que el discurso que intento recitarle me lo aprendí durante la noche en una hoja blanca que probablemente sigue en mi despacho.

Le confieso que la guardé en el cajón. Pero después de habérmela aprendido, replica ella.

Asiento. Me pregunta si tengo los cuatro párrafos.

Se los enumero: los siete años, la firma, la cajita, la pregunta.

Quiere oír la pregunta antes que los otros tres.

Le digo que no es el orden previsto. Me responde que por eso lo pide.

Le sostengo la mirada y le devuelvo la sonrisa. Vuelvo al cuarto párrafo, pero no me sale. La pregunta que tenía aprendida ya no es la correcta. Ha aparecido otra, y esa otra no consigo decirla.

—No me sale —admite—. Sin los tres primeros, no me sale.

—Lo veo —dice ella.

Le pido un segundo intento. Me pregunta cuándo. Le contesto que no lo sé. Que tengo que volver al despacho a calcular. La pregunta de las cuatro de la madrugada no era la correcta. La correcta todavía no me ha llegado.

Ella me pide que se la recite igualmente.

No para que la responda, sino para que la descarte.

Así que lo hago. Suelto la pregunta que escribí a las dos de la madrugada: «Lady Isadora Fenn, hija mayor del barón de Woody, ¿me concede usted el honor de aceptar mi mano y mi título y la mitad de un condado que mi padre, dentro de unos años, dejará en mis manos, y, con todos ellos, la pulcritud sensata que un vizconde Ralston puede ofrecerle a la mujer que llevaba siete años queriendo en silencio? »

Ella escucha en silencio. Luego dice que es un discurso con tres coordinadas y dos subordinadas, no una pregunta. Y que no se la va a responder.

—Lo entiendo —digo.

—Vuelva al despacho —ordena—. Vuelva sin la levita abotonada del todo. Saque la hoja del cajón. Léala. Quémela.

—¿La quemo?

—La quema. Y cuando la haya quemado, cruce la calle a la hora que decida, sin la cajita, sin discurso. En el sillón de mi salón pequeño, dígame, en una sola frase pequeña, lo que esta mañana no le ha salido.

—¿Una sola frase?

—Una sola. La que no le ha salido.

—¿De cuántas palabras?

—Las que necesite. Pocas.

Asiento. Le devuelvo la sonrisa que ella no ha bajado del rostro en los últimos minutos. Le doy las gracias. Me dice que no me lo agradezca, que vuelva al despacho, que calcule, que cruce la calle cuando lo haya descubierto.

—¿Hoy? —pregunto.

—Hoy o mañana —responde—. Yo voy a esperar.

Me levanto del banco de piedra. Cruzo el jardín lateral, la verja, el corredor de mi propia casa. Subo al despacho. Saco la hoja blanca del cajón. La leo durante diez segundos. La acerco a la llama del hogar. A las once y veintiocho, la hoja se desvanece entre las brasas.

Y allí, junto al hogar, con las manos vacías, descubro que la pregunta exacta todavía no me ha llegado.

Pero la frase pequeña que ella me ha pedido, sí.

Tiene tres palabras. Se las diré esta tarde, en el sillón opuesto al sofá de su salón pequeño, sin levita, sin cajita, sin discurso.

A las cuatro y diez, calculo, las sabrá.

Y descubro, también, que no me da miedo decirlas. Por primera vez en veinticinco años.