CAPÍTULO 32
A las once y diez de la mañana del viernes, después del primer té y de un desayuno corto con mi madre —que no ha comentado el primer vals de los Lockridge—, le entrego a Patty una nota corta para que la cruce a Wyndham House. La he escrito yo. Tres líneas:
«Vizconde. La cita de esta tarde, a las cuatro, en el banco de piedra de su jardín, le ruego que la cambiemos por una tarde de lectura en el salón pequeño de Woody Hall, sin discurso preparado, sin banco de piedra y sin reloj.
Si le conviene, le ruego que cruce la verja a las cuatro en lugar de esperarme a mí cruzar la suya.
Acepto que llegue, también, sin pretexto. »
La firmo con mi inicial. Patty cruza a las once y catorce. Vuelve a las once y veintidós con una nota de respuesta, con la letra inclinada, sin sello, sin saludo.
«Acepto. Cruzo la verja a las cuatro en punto, sin pretexto, sin discurso, con un libro pequeño que había escogido para leerle a mi madre y que esta tarde leeré a quien usted me consienta leer. Si la situación me lo permite, también lo dejo cerrado. D.»
Doblo la nota. La meto en el cajón del tocador, junto a la cajita de la gargantilla.
A las tres y cuarenta y dos, mi madre, que ha estado componiendo el chal en el sillón del salón pequeño, levanta los ojos y me dice algo que es lo más cercano a un consejo de mujer mayor a hija que me ha dado en veintidós años:
—Hija, la tarde sin discurso es más exigente que la del banco de piedra. ¿Estás preparada?
—No estoy preparada. Pero estoy dispuesta.
—Eso es lo correcto.
Asiente. Sale al corredor. Cruza al salón principal, donde mi padre va a sostener una conversación con el procurador. La cobertura sensata para las tardes en que una hija recibe a un caballero sin discurso.
A las cuatro en punto, Hartley anuncia:
—El vizconde Ralston.
Cruza el umbral. La doble puerta queda abierta. Patty se sienta en el corredor, suficientemente lejos para no oír, suficientemente cerca para ser testigo. Él ha cruzado con un libro pequeño en la mano izquierda y la levita gris claro sin guantes.
—Vizconde, pase. Siéntese.
—Le agradezco.
Cruza al sillón opuesto, el de aquella tarde de la cajita azul. Esta tarde no trae cajita. Trae un libro de cuero verde claro con un marcador.
—¿Cowper?
—Wordsworth.
—¿De los breves?
—De los breves. La duquesa quiso que mi padre le leyera Wordsworth los viernes después del té. Mi padre lo leyó cuatro tardes. La quinta no. Ella dejó de pedirlo.
—Lo lamento por su padre.
—Mi padre no lo lamenta. Le agradeció no haber insistido.
Le sostengo la mirada. Una pulgada de sonrisa. Él me la devuelve. Es la primera vez en cinco semanas que sonríe sin haberlo decidido.
—¿Lo lee usted o lo leo yo?
—Usted. Mi pronunciación de Wordsworth es la de un caballero que ha pasado demasiados veranos en Oxford.
—¿Le agradezco la franqueza?
—No.
Acepto el libro. Lo abro. Un poema corto sobre una tarde de noviembre en Cumbria. Leo en voz baja. Los primeros dos versos me salen desiguales. Al tercero encuentro el ritmo. Él no aparta los ojos de mí durante los doce versos. Cierro el libro. Lo dejo en la mesita. El té sigue sin tocar.
—¿Le ofrezco té?
—No.
—¿Una conversación?
—Tampoco.
—¿Qué le ofrezco esta tarde?
—Nada en particular. Lo que llevo cinco semanas sin atreverme a pedir.
Lo dice sin elaborar. Ha aprendido a pedir, en voz baja, exactamente nada.
—Le ofrezco nada.
—Le agradezco.
Bebemos. Patty no comenta. Mi madre no cruza. Ocurre poco. Bebemos té. Él mira por la ventana. Yo releo un poema. Al quinto minuto, se vuelve.
—El segundo poema, si me permite, prefiero que lo lea usted otra vez.
—Lo leo.
Leo. La voz me sale entera desde el primer verso.
Él no aparta los ojos. Al cerrar el último verso, levanto los míos.
Le sostengo la mirada. Él también. Y descubro que ha aprendido lo que llevaba siete años sin permitirse.
No es la frase entera. Es estar. Sostener una mirada sin destino, sin pretexto, sin haber cruzado quince metros.
Le pongo el dorso de la mano sobre el dorso de la suya en el reposabrazos. La presión es casi nada. La sostengo cuatro segundos.
—Esto, exactamente esto, durante los próximos cuarenta años.
—Lo acepto.
—No es discurso. Es la frase que me ha salido sin preparar. La única que le creería si me la dijera usted antes que yo.
—Eso es lo que llevo cuarenta minutos sin conseguir decirle.
A las cinco menos cuarto, la doncella cruza con la jarra del segundo té. Patty se levanta. Él retira su mano. No es separación. Es la pulcritud que exige la visita.
—Vizconde, la cita de esta tarde no era la que sostenemos.
—La que era no me apetece sostenerla.
—La aplazamos hasta mañana.
—Mañana.
Dice «mañana» sin envolverlo. La propuesta que había preparado para las cuatro ha cambiado de forma. No sé a qué. Pero él la pedirá. Y no serán cuatro frases preparadas por su hermano. Serán las palabras que le salgan. Torpes. Rotas. Suyas.
—Mañana, a la hora que decida, sin mi madre, sin mi padre, sin la duquesa, sin su gemelo, sin Patty.
—¿En el banco de piedra?
—En el banco de piedra. Pero no a las cuatro.
—A las once.
—Me convienen.
Se levanta. Cruza la puerta. Hartley le abre. Cruza la verja, la calle, sube los escalones de Wyndham House.
Yo me quedo en el sofá. El libro cerrado.
El té frío. El cojín del sillón conserva la marca de su cuerpo.
No la borro. No quiero ganar. Quiero quedarme.
Con el libro. Con el té. Con la marca. Con la certeza de que mañana cruzará la verja para pedirme algo que ya sé que voy a conceder.
Pero no se lo pondré fácil. Tendrá que pedírmelo.
Tendrá que decir las palabras. Las que le cuestan.
Las que le tiemblan. Las que lleva siete años sin atreverse a pronunciar.
Porque después de siete años, me merezco oírlas. Y él merece decirlas. Aunque le tiemblen. Aunque sean pocas. Aunque sean solo tres.