Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

Llego al palacete Lockridge mayores a las nueve menos cinco del jueves, en el carruaje Wyndham, con mis padres.

Mi gemelo cruza por su cuenta en el coche pequeño del primo segundo, cuyo caballo ya se ha recuperado.

Llega quince minutos después y entra al salón sin haberse anunciado con la pareja ducal.

Mi padre baja primero. Le tiende la mano a la duquesa.

Mi madre baja con la barbilla un grado más alta de lo habitual.

Bajo el último. La levita gris claro, la camisa con el cuello firme, el pañuelo en el ángulo del protocolo.

La cartera del condado no la traigo. La mano derecha la traigo cerrada en un puño.

Mi gemelo me ha enseñado a aflojarlo. No consigo aflojarlo.

Cruzo al salón principal. La cuñada anfitriona mayor me recibe con la cordialidad que reserva para los caballeros de los que la sociedad va a recibir un anuncio.

Saludo a la condesa, al primo del Almirantazgo, a la cuñada Granthorpe.

Me devuelve la inclinación un grado por debajo del protocolo.

La pulcritud silenciosa de la dama que cruzó a Woody Hall el miércoles y se fue sin el segundo té.

Cruzo al lateral del hogar. Pido una copa pequeña. La sostengo sin levantarla.

A las nueve y siete, descubro a la baronesa y a su hija cruzar al lateral de las columnas.

La hija lleva el segundo vestido azul medianoche. La gargantilla, esta noche, sí. El cierre de oro grabado lo advierto a quince metros.

Mi gemelo lo advierte.

—La copa la sostienes sin levantarla. Y tienes la mano izquierda en el bolsillo. El protocolo no lo consiente. Sácala.

La saco. Me sostiene la mirada. Me hace un favor sin presumir.

—Cruza al barón Granthorpe. Sostén con él una conversación de cobertura sobre los aranceles del trigo.

—¿Cuánto me pagas?

—Lo que te tase mañana.

Cruza. Yo me quedo en el lateral. No levanto la mirada más de tres veces.

A las nueve y diecisiete, lord Coole cruza el zaguán. Seis días en Westmorland. No ha recibido la pulcritud que Mayfair lleva cuarenta y ocho horas extendiendo. Sigue en el protocolo antiguo.

Lo veo cruzar. Saluda a la condesa, al primo del Almirantazgo, a mi padre. Mi padre le devuelve la inclinación sin explicarle nada.

A las nueve y veinticuatro, Coole cruza al lateral de las columnas.

La copa se me queda a media altura.

No oigo lo que dice. Lo deduzco por la postura de la baronesa, que no respira medio segundo. Por la sobrina Lockridge, que deja de respirar también. Por mi madre, que levanta la copa una pulgada y la deja en una bandeja.

Y por la postura de la hija del barón. Sostiene la respuesta durante dos segundos sin abrir la boca.

Esos dos segundos son míos.

Decido sin haberlo decidido. Dejo la copa en la repisa. La mano izquierda se queda al costado, abierta. La derecha deja de cerrarse.

Cruzo. Sin curva larga, sin diagonal, sin saludar a nadie. La sociedad advierte el cruce.

A los siete metros, una sobrina interrumpe su conversación. A los cinco, el cuarteto pierde la fe en el último compás. El primer violín sostiene la nota una corchea más. A los tres, la baronesa da un paso al lado.

A un metro, me detengo.

—Lord Coole, le ruego que me dispense.

—Le ruego que me dispense a mí también.

Coole lo dice con la pulcritud que será, en cuarenta y ocho horas, la que un caballero del norte extiende al heredero.

Y lo digo.

—Lord Coole, lady Isadora ya está comprometida para este.

En voz audible. No la bajo. No le ofrezco una salida.

Durante el segundo siguiente, descubro tres cosas. Que no había preparado la frase. Que ha salido por la única razón por la que un caballero se salta las dos horas previstas. Que esa razón ya no me apetece esperar a las once y veinte.

El salón entero, durante seis segundos, baja a un silencio casi completo. Esos seis segundos los conté yo, los contó la cuñada, los contó la baronesa y los contó la duquesa, que asintió una pulgada en mi dirección.

Coole hace la inclinación. Se retira.

Yo no me retiro.

—Vizconde, el vals empieza en cuatro minutos. ¿Me ofrece el brazo?

—Se lo ofrezco.

Lo acepta. Cruzamos. Mi madre asiente sin asentir. Mi padre levanta la mirada un grado. La cuñada cruza con la condesa. La firma pública se acaba de hacer durante el primer vals.

Llegamos a la pista. Nos colocamos. Mi mano izquierda, en su espalda, se queda dos centímetros más abajo. Lo advierte. Bailamos. No hablamos.

Ella lleva siete años a quince metros de mi codo.

Yo he aprendido a no medirla. Esta noche descubro que medirla no era cuidarla.

Era cuidarme. La espera no ha sido pérdida.

Ha sido el tiempo que ella necesitaba para aprender a esperarme.

Y el que yo necesitaba para aprender a cruzar quince metros en línea recta sin protocolo.

El vals se cierra a las nueve y treinta y cuatro. No me separo. Le sostengo la mano. No la suelto.

—Vizconde, no nos separamos. La cuñada lo notará. La duquesa también. Y mi madre.

—Lo saben las tres.

—Le agradezco los siete años.

Lo dice en voz baja. Los siete años ya no son cuenta de años. Son cuenta de espera.

—Lady Isadora, le agradezco yo a usted los siete míos.

Le sostengo la mano un latido más. La suelto dedo a dedo, como le solté la muñeca hace cinco semanas.

Cruzamos al lateral de la duquesa. Mi madre le besa la frente a ella. La baronesa no comenta. Mi madre no ha firmado nada. Decide sin protocolo.

Mi gemelo levanta la copa una pulgada. Asiente. Le devuelvo la pulgada.

A las once y veinte, la cuñada intercambia las tres frases previstas con la condesa. La sociedad recibe el anuncio que ya conocía.

A las doce y diez, la baronesa se retira con su hija. En el zaguán, le ofrezco la mano para subir al carruaje. La sostengo un segundo de más.

—Mañana, a las cuatro, en el banco de piedra, estaré.

—Y yo estaré.

Sube. La portezuela se cierra. El cochero levanta el sombrero.

Mi gemelo no comenta.

Yo descubro que llevo siete años sin permitirme lo que esta noche me he permitido. Mañana a las cuatro voy a permitirme la siguiente cosa. Esta vez sí va a tener nombre.