Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

La gargantilla de perlas con el cierre de oro grabado, esta noche, me la he abrochado yo a las siete y media en el tocador de Woody Hall, sola, sin Patty, sin doncella, sin haberla compartido con nadie, exactamente igual que hace dos noches en el salón Holbrook, con la única diferencia de que esta noche, descubro al cruzar al espejo del aseo del primer piso del palacete a las nueve y dos minutos, ya nadie me la va a discutir.

Bajo al salón principal a las nueve y cuatro minutos del brazo de la baronesa.

Mi padre nos ha precedido por cinco. Lo localizo, en el lateral del primo del Almirantazgo, con la cara que se le pone a un caballero al que esta noche, durante el cuarto cotillón, le tocará atravesar el salón hacia el lateral del hogar y, junto al duque, intercambiar tres frases con la cuñada anfitriona mayor.

Esa es la firma pública. Prevista para las once y veinte.

A las nueve y siete, descubro que este salón no es el de hace seis semanas.

La cuñada anfitriona mayor me recibe a mí y a mi madre con la cordialidad que reserva para las visitas que cuentan, no para las que comenta.

La sobrina pequeña asiente con la inclinación que las sobrinas reservan para las mujeres jóvenes que han aprendido, en una velada Granthorpe, a sostener una conversación con tías.

La señora Granthorpe —la cuñada chismosa que ayer cruzó a Woody Hall a las once y veintidós y se fue sin el segundo té— me dirige una sonrisa pequeña que es una disculpa silenciosa. La agradezco con un asentimiento.

La baronesa me lleva al lateral de las columnas. Saludamos. Aceptamos limonada. Bebo.

A las nueve y diecisiete, advierto que lord Coole cruza el zaguán. Seis días en Westmorland, según Cael. No ha recibido la pulcritud que Mayfair lleva cuarenta y ocho horas extendiendo. Sigue en el protocolo antiguo, el que la baronesa aprobaba hace seis semanas.

Lo veo cruzar. Saluda a la condesa, al primo del Almirantazgo, a mi padre. Mi padre le devuelve la inclinación sin explicarle nada. A las nueve y veinticuatro, Coole cruza hacia nosotras.

—Lady Isadora, le agradezco que me reciba.

—Le agradezco la cortesía.

—¿Le importa que le solicite el vals de las once?

Lo dice sin ironía. Sin la pulcritud condicional de los que han recibido aviso. En su cabeza, la temporada sigue siendo la del protocolo antiguo.

A mi alrededor, durante los siguientes cuatro segundos, ocurre lo que las cuñadas comentarán mañana. La sobrina pequeña deja de respirar. La cuñada Holbrook gira la cabeza. La duquesa levanta la copa una pulgada y la deja en una bandeja. Mi madre no respira.

Y en el lateral del hogar, a quince metros, un caballero con la levita gris claro deja la copa en la repisa.

Empieza a cruzar. No por la curva larga. En línea recta, como hace dos noches en el salón Holbrook. Atravesando el centro del salón. La sociedad lo advierte.

A los siete metros, una sobrina interrumpe su conversación. A los cinco, el cuarteto pierde la fe en el último compás. El primer violín sostiene la nota una corchea más. A los tres, la baronesa da un paso al lado.

A un metro, se detiene.

—Lord Coole, le ruego que me dispense.

—Le ruego que me dispense a mí también.

Coole lo dice con la pulcritud que va a ser, en cuarenta y ocho horas, la que un caballero del norte extiende al heredero del ducado.

—Lord Coole, lady Isadora ya está comprometida para este.

Lo dice en voz audible. No baja al susurro. El salón entero, durante seis segundos, baja a un silencio casi completo. Esos seis segundos los conté yo, los contó la cuñada, los contó la baronesa y los contó la duquesa, que asintió una pulgada en mi dirección.

Coole hace la inclinación.

—Vizconde, lady Isadora, les ruego que me dispensen.

Cruza al lateral opuesto. Yo no me retiro.

—Vizconde, el vals empieza en cuatro minutos. ¿Me ofrece el brazo?

—Se lo ofrezco.

Lo acepta. Cruzamos. Mi madre asiente sin asentir. Mi padre levanta la mirada un grado. La cuñada cruza con la condesa. La firma pública se acaba de hacer durante el primer vals.

Llegamos a la pista. Nos colocamos. Su mano izquierda, en mi espalda, se queda dos centímetros más abajo de lo que consiente el protocolo. Lo advierte. El protocolo no me lo va a corregir. Bailamos. No hablamos.

El vals se cierra a las nueve y treinta y cuatro. No me separo. Le sostengo la mano. No la suelto. Mi inclinación es un grado por debajo de lo debido.

—Vizconde, no nos separamos. La cuñada lo va a notar. La duquesa también. Y mi madre.

—Lo saben las tres.

—Le agradezco los siete años.

Lo dice en voz baja. Con la misma pulcritud con la que él le dijo «está comprometida para este» hace ocho minutos. Porque los siete años ya no son cuenta de años. Son cuenta de espera.

—Lady Isadora, le agradezco yo a usted los siete míos.

Las palabras le salen solas. No «los suyos». Los míos. Como si el tiempo hubiera sido mío también. Como si no hubiera sido una espera unilateral, sino compartida. Al decirlas, algo se rompe dentro de él. Una cuerda tensa durante siete años.

Me aprieta un poco más. Su mano derecha, la que sostiene la mía, se cierra un grado. La izquierda, la que tiene en mi espalda, se queda donde está. No me aparto. Le miro a los ojos. No dice nada. No hace falta. Sé lo que le ha costado.

—Dorian —susurro.

Solo su nombre. Como si fuera un secreto. Un lugar al que volver. Una promesa.

—Isadora.

Me sostiene. No me besa. No aquí. Pero lo siento. Siente mis manos, mi respiración, mi corazón. Todo lo que no puedo decir con palabras. Y le basta.

Porque después de siete años, lo único que importa es esto: ella aquí, yo aquí, y el salón mirando.

Ya no nos escondemos. No hay secretos. No hay bibliotecas ni carruajes detenidos.

Hay esto. Hay nosotros. Hay los siete años que han sido míos y suyos.

Y hay el futuro. Juntos. Sin escondernos. Sin miedo.