CAPÍTULO 29
A las once y veintidós de la mañana del miércoles, en la antesala del despacho de Wyndham House, abandono al procurador del condado en mitad de una frase sobre los aranceles del trigo, le indico con la mano izquierda que le devolveré la conversación esta tarde a las cinco si la situación lo permite, y, sin coger la levita gris claro del perchero del corredor, sin pedirle a Wallace el sombrero, sin avisar a Whitlock, salgo por la puerta del jardín al lateral de la verja.
El procurador, según me cuenta Cael durante la cena, va a comentar a las dos del mediodía con mi padre, en el salón verde, que el vizconde Ralston, esta mañana, ha abandonado la conversación con una pulcritud sensata que no es la suya habitual, lo cual, según mi padre, va a ser exactamente lo que el barón va a advertir y, en presencia del procurador, no va a comentar.
Pero, a las once y veintitrés del miércoles, yo ya no estoy en Wyndham House. Estoy cruzando la calle.
Cruzo la verja del lateral de Woody Hall a las once y veinticinco.
Tres minutos antes de la hora a la que las visitas mesuradas cruzan las verjas durante las cuarenta y ocho horas que separan la firma de un compromiso de su anuncio público.
En cualquier protocolo del condado, es demasiado pronto. No me importa.
Hartley me abre la puerta. Lleva un trapo de cocina en la mano izquierda, algo que jamás se permitiría en el zaguán en otra circunstancia.
—Vizconde, la señorita está en el salón pequeño con su madre, pero la señora Granthorpe ha cruzado hace diez minutos con una visita social.
La situación es la siguiente: la señorita y su madre están de pie con la dama, sirviendo el segundo té.
La doncella ha bajado a la cocina por una segunda jarra de leche, lo que me ha permitido contestar a la puerta yo. La situación no consiente una visita.
—Lo entiendo. La voy a forzar igualmente.
Hartley asiente la inclinación que reserva para los caballeros que fuerzan lo que el protocolo no consiente. Advierte que no llevo levita gris claro, ni sombrero, y que tengo la mano derecha cerrada en un puño.
—Si me permite, vizconde, la baronesa ha decidido que durante estas cuarenta y ocho horas los caballeros que cruzan al salón pequeño se anuncian primero por una doncella. ¿Le anuncio?
—No. Cruzo yo.
Cruzo el corredor. Llego a la doble puerta del salón pequeño. Está cerrada. Llamo con dos toques. Me sale más fuerte de lo que pensaba.
—Adelante.
La voz de la baronesa. Empujo. Cruzo el umbral.
La baronesa, sentada al lateral del hogar, levanta la barbilla un grado.
La visita, sentada en el sofá perpendicular, deja la taza en el platillo con la pulcritud de quien acaba de ver entrar a un caballero en circunstancias que van a dar cinco vueltas a Mayfair.
Y la hija de la baronesa, sentada en el sofá lateral, con el segundo té a media altura, me mira a mí en lugar de mirar la taza.
Hartley anuncia con la voz para visitas no anunciadas por doncella.
—El vizconde Ralston.
—Vizconde, ¿le esperábamos?
—No.
—¿Ha cruzado por algún asunto que la situación me consienta recibir?
—No estoy seguro.
La respuesta me sale sola. La baronesa no respira medio segundo. La visita tampoco.
—¿Le ofrezco un té?
—No.
—¿Un asiento?
—Tampoco.
—¿Qué le ofrezco esta mañana?
—Cinco minutos de su hija.
La baronesa no respira otro medio segundo. La visita levanta la copa una pulgada. Esta visita social le va a dar a Mayfair el comentario más sustancioso de la semana.
—¿De pie en el corredor?
—Donde la situación lo consienta.
—La situación, durante las cuarenta y ocho horas hasta el anuncio, no le da cinco minutos de mi hija en mi salón con la puerta cerrada. ¿Y los pide?
—Los pido.
—¿Se da cuenta de la situación que está creando?
—Me doy cuenta. Y los sigo pidiendo.
La baronesa mira a su hija, al fuego, a la doncella, a la visita.
—Señora Granthorpe, le agradezco la visita.
¿Me permite devolvérsela el viernes a primera hora?
Mi hija y yo vamos a tener una conversación menor con el vizconde Ralston en el jardín del lateral del rosal, junto al banco de piedra.
La doble puerta del salón al jardín se queda abierta.
Patty se queda en la puerta. Recibiremos al vizconde durante los cinco minutos que ha pedido. Si me permite el ajuste social.
—Se lo permito, baronesa.
La señora Granthorpe se levanta, hace una inclinación, cruza con la baronesa al corredor. La baronesa la conduce al zaguán. Hartley abre. La visita, antes de cruzar el portal, levanta los ojos al primer piso. Sospecha que la duquesa sabrá mañana que el vizconde no se ha sabido sostener. Cruza.
La baronesa vuelve al salón pequeño. Su hija se ha levantado. Deja el té en la mesita.
—Vizconde, al jardín. Patty se queda en la doble puerta. Cinco minutos. Empiezan en quince segundos.
—Sí, baronesa.
Cruzamos al jardín. La baronesa primero, con su hija del codo. Yo detrás. Durante los cuatro pasos hasta el banco de piedra, descubro que he cruzado sin levita, sin sombrero, sin discurso, sin haberme anunciado por doncella, sin guantes. Sin nada.
Llegamos al banco. La baronesa se sienta a la derecha. Su hija a la izquierda. Yo me quedo de pie.
—Vizconde, la frase que prepare ahora, dígala.
—No la he preparado. Eso es nuevo. Lo intento.
Trago. Patty, en la puerta, sostiene una bandeja vacía y no mueve la cabeza.
—Esta mañana, en la antesala de mi padre, el procurador me ha hablado cuarenta minutos de los aranceles del trigo.
A los cuarenta minutos descubrí que la conversación había avanzado dos frases.
Durante las treinta y ocho anteriores, mi cabeza había estado calculando si la luz de la ventana del salón pequeño de Woody Hall, a las once y veinte, le daba a una mujer del vestido de mañana en el ángulo correcto. He decidido cruzar.
—Esa frase es la primera que le ha salido sin haberla preparado. Por eso es la única que le creo.
—Lo sé.
Asiente un grado. No sonríe.
—Vizconde, me ha cruzado tres minutos demasiado pronto. La baronesa no va a comentar este cruce. La visita, esta tarde, le contará a la cuñada mayor de su casa lo que en seis horas el condado entero va a saber. ¿Le importa?
—No.
La hija del barón inclina el rostro medio segundo. Es una sonrisa. Una pulgada.
—Vizconde, quedan tres minutos. No me agradezca. Use los tres.
—Le obedezco.
Le sostengo la mirada. Ella me sostiene la suya.
Y durante esos tres minutos le digo, sin haberlo preparado, lo que la baronesa advierte sin comentar: que la temporada Wyndham ha terminado conmigo.
Que la disciplina de quince años ya no me sirve.
Que el caballero que cruzaba la calle con levita y sombrero va a aprender a cruzarla sin nada de eso.
Sin discurso. Sin medir los ángulos. Sin pedir permiso.
Voy a ir a por ella sin red, sin plan. Porque la única forma de no perderla es dejar de tener miedo a perder el control.
El control lo he perdido. No quiero recuperarlo.
—Vizconde, al cumplirse los tres minutos: cruce de vuelta a Wyndham House. La visita ya ha cruzado lo suficiente. Mi hija y yo pedimos descansar.
—Sí, baronesa.
Cruzo de vuelta al salón, al corredor, al zaguán.
Hartley me abre. Salgo al portal. Antes de cruzar la verja, levanto los ojos a la ventana del primer piso.
No está. Sigue en el banco de piedra, comentando con la baronesa la única cosa que la baronesa va a permitirse comentar antes del jueves: que el caballero de la disciplina ha cruzado sin levita y ha aprendido lo que llevaba quince años sin permitirse aprender.
Que se puede cruzar la calle sin protocolo.
Que a veces esa es la única manera de cruzarla entera.
Cruzo la verja. Vuelvo a Wyndham House por la puerta del jardín.
Subo al despacho. Cierro la puerta. Me quedo de pie junto a la ventana, sin levita, sin sombrero, con las manos vacías y la cabeza llena de ella.
El procurador se ha ido. Los hermanos Selwyn están en Cornualles.
El primo del marqués espera. No me importa.
Nada me importa excepto ella. No tengo ni idea de qué voy a hacer.
Pero voy a hacerlo. Sin plan. Sin red. Solo con ella.
Aunque me equivoque. Aunque lo haga mal.
Aunque no sepa cómo. Al menos lo estaré intentando.
Después de quince años de no intentar nada, eso es más de lo que he hecho nunca.