Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La cinta azul oscura con el camafeo de mi abuela materna, que no significa nada en Mayfair, descansa esta noche sobre la línea exacta de mi cuello donde anteayer descansó la gargantilla familiar de los Wyndham, lo cual es exactamente lo que la baronesa y la duquesa, esta tarde, han pedido.

La velada de los Granthorpe empieza a las nueve menos cinco con el cuarteto templando el cuarto bajo de un cotillón que esta noche, descubro al cruzar al lateral de las columnas, va a sostenerse con la pulcritud sensata de los músicos que han comprendido durante el ensayo de la tarde que esta no es una velada como las cuatro anteriores.

La baronesa me lleva del codo del salón al lateral de las columnas.

Yo llevo el segundo vestido azul medianoche de la temporada, no el primero, no el del salón Holbrook de hace dos noches.

La gargantilla no la llevo: la dejé en su cajita azul oscura a las cinco de la tarde, después de que mi padre subiera a comunicarme cuatro frases en presencia de mi madre.

La primera, que el duque y él habían firmado a las cuatro en el banco de piedra lo que llevaban dos meses sosteniendo.

La segunda, que la firma no se anunciaría hasta la velada Lockridge del jueves.

La tercera, que las dos madres habían decidido que esta noche yo no llevara la gargantilla para no precipitar el comentario.

La cuarta, que mi padre contaba conmigo para una pulcritud sensata.

Le contesté que sí.

Pero esta noche, en el lateral de las columnas, descubro a las nueve y catorce que la firma del banco de piedra ya ha cruzado Mayfair sin permiso. Lo descubro por etapas.

A las nueve y dieciséis, la cuñada anfitriona mayor deja caer una limonada.

La doncella la recoge. Pero antes, dos cuñadas Lockridge y dos sobrinas Holbrook han girado la cabeza y advierten que la baronesa tiene la barbilla un grado más alta de lo habitual, y que yo no llevo la gargantilla.

Vuelven a la copa. La baronesa, dos pasos a mi izquierda, no comenta.

A las nueve y veintidós, una sobrina Lockridge de diecisiete años cruza hacia nosotras. Me ofrece una limonada que no le he pedido. La acepto. Bebe la suya demasiado rápido. Habla de la temperatura, del cuarteto, de los aranceles del condado, que las sobrinas pequeñas no tocan en una velada.

—Lady Isadora, ¿la velada de los Holbrook fue agradable?

—Fue mesurada. Dígame qué le contó su tía, porque sospecho que es lo que viene a entregarme.

—Mi tía salió de la velada con la sensación de que el condado había aprendido a cruzar adoquinados sin sombrero.

La frase lleva el aviso de que su tía sabe que el vizconde cruzó la calle el miércoles a las cuatro y nueve, sin sombrero, hacia Woody Hall. Y que ha decidido entregármelo a través de su sobrina pequeña.

—Lo entiendo. ¿Le agradezco la observación?

—No. Mi tía me pidió traérsela para que yo aprenda cómo se entrega una observación de esta clase entre dos sobrinas que un día estarán en el lugar de sus tías.

Le sostengo la mirada. La tía ha decidido que su sobrina se entrene esta noche conmigo. Me reconoce ya como mujer adulta de la calle conocida.

—Le agradezco la lección.

—Sí, lady Isadora.

Cruza al lateral del hogar. Mi madre levanta una pulgada la copa y no comenta.

A las nueve y treinta, descubro al vizconde en el lateral del hogar conversando con el barón Granthorpe. No le presta atención a la conversación. El otro tercio de su atención lo dirige hacia aquí, sin disimulo. Le sostengo la mirada un latido. Luego la bajo a mi limonada.

A las nueve y treinta y siete, un primo segundo de los Lockridge cruza hacia nosotras y, ante la baronesa, me solicita el primer cotillón. Le contesto que está reservado.

—Le ruego que me dispense.

—Le ruego que me dispense yo a usted.

Se retira. La duquesa, en su grupo, levanta los ojos hacia mí. Asiente una pulgada. Vuelve a la condesa. Catorce personas lo han visto.

A las nueve y cuarenta, Clara cruza hacia mí del brazo de su marido.

—Querida, hablar no. Mirar, sí.

—De acuerdo.

Clara me mira. Su mirada es generosa y cómplice. Pero lleva un dato: ella sabe lo que es vivir las primeras semanas de un compromiso público en una casa que no es del todo tuya.

—Te ofrezco un consejo. No bajes los ojos esta noche, ni mañana, ni la semana que viene.

La sociedad anfitriona ya sabe. La que falta aprende mañana.

Lo único que vas a tener que sostener es la cabeza dos centímetros más alta.

Y el caballero del lateral del hogar lleva treinta y siete minutos sin beberse la copa.

No ha aprendido a sostener una velada con una copa que no se bebe. Cruza y rescátalo.

—Gracias. Me lo había pensado.

—Lo sospeché.

Cruza hacia la condesa. Yo me quedo en el lateral.

A las nueve y cuarenta y siete, cruzo al lateral del hogar por la curva larga. No en línea recta como él. No toca. Saludo a una sobrina, intercambio dos frases con el primo del Almirantazgo, agradezco a la cuñada. Llego.

—Vizconde, lleva la copa a la altura del codo desde hace cuarenta minutos sin haberle dado un sorbo. Bébasela.

—Me la bebo.

Da un sorbo. La copa vuelve al codo, vacía un dedo. El sorbo prudente de un caballero al que una mujer le ha dicho «bébasela» en voz baja.

—Lady Isadora, lleva una cinta azul y un camafeo. No la otra cosa.

—Lo supone bien. La gargantilla, esta noche, no.

—La cajita está en su mesilla a la espera del jueves. Lo sé porque su madre pidió a la mía no llevarla esta noche.

—Bien.

Asiento un grado. La sociedad lo advierte. Clara levanta la copa en mi dirección sin que la condesa lo note. Y descubro que la sociedad ya ha visto lo que todavía no hemos dicho en voz alta.

Me gusta que nos miren. Me gusta que sepan.

Me gusta que él haya dejado de esconderme.

Pero también me da miedo. Un miedo pequeño, frío, que se instala en mi nuca.

Porque ahora que todos lo saben, no hay vuelta atrás.

Si algo sale mal, si él se arrepiente, si su madre decide que no, yo me quedaré sola, expuesta, señalada.

Eso es lo que me da miedo. No el qué dirán. Sino el qué haré yo cuando se vaya. Porque después de siete años, no sé vivir sin él. Y ahora que todos lo saben, tampoco sé vivir con él a la vista. Es una contradicción. Pero es mía.

Esta noche, mientras él bebe su copa y yo ajusto mi cinta y catorce personas nos observan, decido que está bien. Puedo tener miedo y gusto al mismo tiempo. No son excluyentes. El miedo no anula el gusto. El gusto no elimina el miedo. Los dos conviven. Los dos me habitan.

Por primera vez, no tengo que elegir. Puedo quedarme con los dos. Puedo quedarme con él. Y que el mundo opine. Ya no me importa. O sí. Pero menos. Mucho menos que antes.