Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

A las once y diez, en el descanso entre el cuarto cotillón y el quinto, le devuelvo a la baronesa de Woody a su hija con la inclinación correcta y cruzo al lateral del hogar a recoger la copa pequeña que dejé en la repisa hace dos horas y veintiocho minutos sin haber bebido un sorbo.

La copa sigue allí. Doy un sorbo. Lo trago.

A los seis minutos, la baronesa deja a su hija con la cuñada anfitriona mayor y cruza al salón anejo a sostener una conversación con la duquesa, que ha solicitado el cruce.

La cuñada se distrae con una sobrina Lockridge que necesita orientación urgente sobre un cotillón.

La hija del barón queda libre. Levanta los ojos.

Cruza los míos. Inclina la cabeza un grado en dirección al corredor que da a la biblioteca de los Holbrook mayores. Lo advierto yo solo.

Salgo del lateral. Cruzo el salón sin tomar la curva larga. Tomo la diagonal del lado opuesto, paso por el grupo del primo segundo, atravieso el ángulo del cuarteto. Al cruzar el umbral del corredor que da a la biblioteca, no vuelvo la cabeza.

El corredor lateral está mal iluminado. Una sola lámpara de aceite en el ángulo opuesto a la biblioteca.

La doble puerta, entreabierta. La sala interior casi vacía: una mesa baja con una jarra y dos vasos sin uso, un sillón orejero, un reloj de pared que da las once y dieciséis.

La criada que vigilaba el corredor ha bajado a la cocina hace cinco minutos a por agua caliente para la condesa. Cinco minutos son lo que tengo.

Cruzo a la biblioteca. Empujo la puerta hasta dejar una rendija de tres dedos. No la cierro del todo. Una puerta cerrada en un corredor lateral es un dato que la criada leerá al volver. Una rendija es la cortesía de un caballero que ha salido a respirar sin encerrarse.

Espero. Cuento quince segundos. A los dieciséis, oigo pasos. Pequeños, de zapato bajo de seda. No es una sobrina Lockridge de diecisiete años con tacón nuevo. Cruza la puerta. La cierra detrás de sí.

—Vizconde.

—Isadora.

Me llama por el título. Lo advierto al medio segundo. Es deliberado. Lo agradezco sin comentarlo.

—Cinco minutos —digo.

—Cuatro. La criada vuelve con el agua a las once y veinte. Está al pie de la escalera de la cocina. Las criadas suben las jarras de la condesa a las once y veinte de cada velada de octubre. La baronesa lleva seis años verificándolo.

Estamos en junio, no en octubre. Pero la frase le sale con esa pulcritud rápida con la que hablamos cuando el aire se carga. No la corrijo. La entendemos los dos.

Cruzo. La distancia baja a un palmo. La pongo contra la pared del lateral, junto al estante bajo, dejando el espacio que la cortesía aún me impone. Mi mano izquierda sube a su rostro. La derecha la apoyo en el estante, a la altura de su hombro, sin tocarla.

Le sostengo la mirada.

—Vizconde.

—No.

—¿No, qué?

—No me llames vizconde aquí. Esta noche no.

—Dorian.

—Eso.

La beso. No es el beso del invernadero. No es el del rosal a un dedo.

Es el beso que llevo cinco semanas sin permitirme.

El beso entero del caballero que cruzó quince metros en línea recta hace dos horas y veintiocho minutos.

El beso que la baronesa no consentiría si lo viera.

El beso que la duquesa sostendría con el silencio de las madres que han decidido no comentar.

Su boca responde. Su mano derecha sube a mi nuca.

La izquierda se cierra sobre mi solapa. La mía, la izquierda, baja a la línea de su cuello, encuentra el cierre de oro grabado de la gargantilla. Mi dedo medio lo recorre.

Aprieto el beso. Ella también. La rendija no se mueve.

Oigo pasos. No son los de la criada. Son dos caballeros que conversan a media voz. Vienen de la biblioteca pequeña, cruzan este corredor en lugar del del cuarteto. Llegarán en cinco segundos.

—Detrás. Ahora.

La aparto de la pared. La coloco detrás de mí, junto al ángulo del estante, tapada por mi cuerpo. Yo me sitúo frente al estante, apoyado en la balda con la mano derecha, como un caballero que consulta un volumen menor. Aliso mi solapa con la izquierda.

Los pasos llegan al umbral. La rendija sigue abierta. Cualquiera de los dos, si empuja con un dedo, va a encontrarme a mí. Y detrás del estante, a un palmo de mi hombro, el costado de su peinado.

El primer caballero se detiene.

—Disculpe usted, primo.

—Le ruego que me dispense.

Es el primo del Almirantazgo y un primo menor de los Lockridge. Hablan de un caballo. Han parado en el umbral. El del Almirantazgo mira el cuadro del fondo. El Lockridge le da la espalda a la puerta. La rendija no se cruza con sus ojos.

A los cuatro segundos, los pasos se reanudan. Atraviesan el corredor hacia el salón.

No respiro.

A los doce segundos, los pasos llegan al salón y se incorporan a la conversación general.

A los quince, suelto el aire.

—Detrás —digo.

—No me he movido.

—No te muevas tres segundos más. Por si vuelven.

—Esos dos no vuelven. Lo sé como sé el resto.

—Por costumbre se lo pido.

No vuelven. Espero quince segundos más. Luego la dejo salir. Cruza al lateral del estante. Se compone el chal. El peinado está intacto. El cierre de la gargantilla no necesita componerse. Compone la voz.

—Vizconde, la criada no ha cruzado a las once y veinte. Han cruzado dos primos. Eso va a llegar al salón antes que nosotros.

—¿El primo Lockridge lo va a comentar?

—No ha visto nada. Pero va a comentar que había un vizconde Ralston consultando un volumen menor a las once y diecinueve. La cuñada lo leerá entero. A las once y treinta y cinco sostendrá una conversación con su madre y la mía sobre la pulcritud de ese volumen.

—Y la duquesa entenderá lo que ya entendió a las nueve y catorce. Mañana me citará en su tocador.

—Anticípeselo. Esto ha sido la primera vez en cinco semanas que dos primos pasan a tres dedos de descubrirnos. La segunda no la tendremos. Mañana su madre le pedirá que cierre el calendario del barón. Usted le dirá que lo cierra a las cuatro de la tarde, sin esperar al té.

—A las cuatro. Lo asumo.

Asiento. Tengo el aire en una zona del pecho nueva. La que tendría un caballero al que pillaron a tres dedos de un beso contra el estante de los volúmenes con el escudo de la casa anfitriona.

—Salga primero usted, vizconde. Yo cruzaré dentro de dos minutos. Y la gargantilla, esta noche, no se la quite hasta que su madre la mande a su cuarto.

—No me la voy a quitar. Cuento con eso.

Cruza la puerta. La cierra con la misma rendija. Cuento sus pasos. Llega al salón. Se incorpora. Yo me quedo en la biblioteca dos minutos enteros frente al estante.

A los dos minutos, cruzo al corredor de servicio. Bajo a la cocina. Salgo por la puerta lateral. Vuelvo al corredor principal por el jardín. Llego al salón por el lateral del cuarteto. Me incorporo al grupo del primo segundo.

La cuñada anfitriona mayor me localiza con los ojos.

No dice nada. Pero su mirada ha cambiado.

Ya no soy el vizconde correcto y distante.

Soy el que cruzó quince metros en línea recta.

El que puso la mano en la espalda de una mujer en mitad del salón.

El que se encerró con ella en una biblioteca y fue visto.

Ya no me importa. Lo único que me importa es ella. Por ella estoy dispuesto a enfrentarme a todo Mayfair si hace falta. Porque ya no soy invisible. Ya no somos invisibles. Y eso, después de siete años, es la única libertad que necesito.