CAPÍTULO 26
Llevo el pañuelo del cuello dos centímetros más alto de lo que un caballero del condado se permite a esta hora del año, lo cual es lo único que mi cabeza, esta noche, parece capaz de saber con seguridad antes de cruzar al portal del palacete Holbrook a las nueve menos diez.
La velada la tengo prevista en el cuaderno de Whitlock desde hace seis días.
Llego con la duquesa y el duque, mis padres.
Mi gemelo cruza por su cuenta, en el coche pequeño que le presta el primo segundo de los Lockridge porque el caballo de su tilbury está cojo desde el martes, lo cual le ha sentado mejor de lo que se atreve a comentar, dado que Cael, esta semana, ha decidido reservarse la lengua para asuntos que él considera más útiles.
Mi padre se baja primero. Le tiende la mano a la duquesa.
Mi madre baja con la pulcritud que reserva para las casas en las que ha decidido, esta noche, advertir y no comentar.
Yo bajo el último. La criada anfitriona, en el portal, anuncia al duque y a la duquesa con la voz exacta de quien ha aprendido, durante veinte años, que los Wyndham se anuncian primero como pareja y, después, por hijos.
Cruzo el zaguán al corredor, luego al salón principal.
La doble puerta está abierta. La cuñada anfitriona mayor, en el umbral, me recibe con el grado de cordialidad que reserva para los caballeros de los que sospecha que hay novedad.
La sospecha la fundó mi gemelo hace cuatro días en una cena de los Lockridge con un comentario menor que, según me contó anoche, calculó al milímetro.
Saludo a la condesa Holbrook, al primo del Almirantazgo, al barón de Granthorpe. La cuñada me ofrece limonada. La rechazo. Champán. Lo rechazo también. Esta noche voy a tener las dos manos libres.
Cruzo al lateral del hogar opuesto a las columnas. Es donde suelo sostener la conversación social. Llego. Saludo al primo segundo de la casa. Acepto una copa pequeña, pero la sostengo sin levantarla. La usaré de excusa para no extender la mano si no me apetece.
Sin urgencia, sin que nadie lo advierta como cruce dirigido, levanto los ojos hacia el grupo de las columnas, donde la baronesa sostendrá a su hija durante los primeros cuarenta minutos.
La encuentro. El vestido azul medianoche de esta noche es el segundo de la temporada. El primero fue el de la cena de Wyndham House. El corte del talle, el pliegue de la espalda, son distintos.
No es lo único distinto.
En el cuello de la mujer del vestido azul, dos hileras de perlas con un cierre de oro grabado. La gargantilla que mi tía abuela llevó el día que se prometió a un primo que no se casó con ella. La está llevando. Durante tres segundos, no puedo moverme.
No pestañeo. La respiración se me detiene. La copa se queda a medio camino del codo. El mundo se disuelve. Solo existe ella. Solo existe la gargantilla.
—Hermano, llevas tres segundos sin parpadear. La cuñada lo va a notar. Parpadea.
La voz de Cael me llega desde muy lejos. Parpadeo.
—¿La has visto?
—La he visto.
—La gargantilla, también.
—La gargantilla, también.
—Deja la copa, hermano. La estás apretando. Es de cristal pequeño. Bájala a la repisa.
La bajo. La mano me tiembla. La escondo en el bolsillo. Cael me sostiene la mirada. No dice nada. Sabe lo que significa. Sabe lo que ha costado.
—Voy a sostener la conversación con el primo del Almirantazgo los próximos doce minutos. No mires al grupo de las columnas más de lo que un caballero educado mira a una dama. Si me obedeces, llegarás al cotillón sin haberte delatado del todo.
—Lo intento.
—Te exijo «lo hago».
—Lo hago.
Cruza. Yo me quedo en el lateral sin la copa. Las manos libres son peor. Me meto la izquierda en el bolsillo. La derecha la dejo a la altura de la cintura.
Levanto los ojos otra vez. La encuentro. Esta vez, durante el segundo y medio que me permito, no es la gargantilla. Es el costado de su rostro, vuelto un grado hacia mí, sin devolverme la mirada. Sabe que la observo. Decide no devolverla antes de tiempo.
Está esperando que cruce. No me lo ha dicho. Me lo ha dicho con la gargantilla y con ese ángulo.
—Cael, vuelve.
Mi gemelo cruza. Toma una copa pequeña. La sostiene sin levantarla. Mi postura.
—¿Qué pasa?
—Voy a cruzar. Sin curva larga. En línea recta. Voy a ponerle la mano en la espalda. Voy a pedirle el primer baile. No voy a esconderla nunca más.
—Lo sé. Desde que la viste con la gargantilla.
Asiente.
—Cruza. Yo te cubro.
Doy tres pasos hacia el centro. Después un cuarto, un quinto. Quince metros. Los sostengo cuatro segundos. Van a ser la primera cosa irreversible que hago en veinticinco años delante de todos: mi madre, mi padre, mi gemelo, las cuñadas, las sobrinas, el primo del Almirantazgo, y ella.
Descubro en esos cuatro segundos que ya no quiero esconderla. Esconderla no era cuidarla. Era cuidarme. Cuidarme del miedo a lo que comentaran. Ya no me sirve.
Empiezo a cruzar.
La cuñada anfitriona levanta la copa. La sobrina Lockridge deja la conversación a media frase. Un primo de la casa gira el cuerpo. Mi madre deja la copa en una bandeja. Mi gemelo no se vuelve para mirarme. Me da la pista.
Sigo caminando. Quedan doce metros. La gargantilla sigue en su cuello.
Mi tía abuela la llevó el día que se prometió a un caballero que no se casó con ella.
Yo voy a permitir que esta mujer la lleve el día que un caballero, por primera vez, decide no esconderla.
Decido que toda Mayfair lo sepa. Que mi madre lo sepa.
Que su padre lo sepa. Ella es mía. No en secreto.
No en bibliotecas pequeñas. Aquí. Ahora.
El último paseo del hombre que escondía. El primero del que muestra.