CAPÍTULO 23
A las diez y media de la noche, mirándome al espejo del aseo del primer piso, descubro que el vestido azul medianoche es la única decisión que esta tarde he tomado sin equivocarme.
La velada de los Granthorpe es la última de la temporada que la baronesa ha decidido aceptar antes del viaje del viernes a Hampshire.
A estas horas he tomado dos malas decisiones.
La primera, aceptar la velada, lo cual mi madre me ha permitido pero no me ha aconsejado.
La segunda, sentarme junto a la ventana del salón principal en lugar de la zona de las columnas, lo cual me ha permitido durante una hora y veinte minutos tener al alcance del ojo izquierdo el grupo en el que el vizconde Ralston se ha sostenido desde las nueve menos cuarto.
Esta noche no es la noche del rosal. Tampoco la del invernadero.
Es otra cosa. Al final del segundo cotillón, mi padre, en el salón anejo, ha terminado una conversación sobre arrendamientos con un primo del Almirantazgo y, al pasar junto a mí cinco minutos después, me ha dicho en voz baja, con la calma que reserva para las cosas que sospecha que la baronesa no ha querido darme:
—Hija, la conversación de las cinco no la cierro esta noche.
La cierro mañana. He pedido a tu madre que te lo diga.
Supongo que ha decidido no decírtelo, así que te lo digo yo.
Sigue, esta noche, siendo libre. Y, antes de que vuelvas al grupo, bésame en la mejilla con la pulcritud del protocolo y vuelve a tu madre.
—Le obedezco, padre.
Le besé en la mejilla. Volví. La baronesa no comentó.
La duquesa levantó la mirada un grado, lo justo para advertir que mi padre ha decidido informarme él sin esperar a su mujer.
Lo que significa que el caballero del salón principal y yo estamos los dos en el aire.
Nuestros padres han hablado a las cinco.
El barón va a pensarlo con la baronesa y conmigo.
Mañana, no esta noche, le contestará al duque.
Mientras tanto, un caballero y una hija de barón sentada junto la ventana llevan ochenta minutos sin dirigirse la palabra.
Es lo que pedí ayer en el invernadero. Es lo que he recibido. Y no me consuela.
—Mamá, me retiro a esta hora. Si me quedo veinte minutos más, voy a cruzar el salón y darle a ese caballero las dos preguntas que mañana podrían no tener ya respuesta.
—Comprendo, querida. ¿Voy contigo?
—No. Si nos vamos las dos, lo comentarán como una salida conjunta. Me retiro sola. La criada de la duquesa me acompañará al carruaje. Hartley estará en el portal a las once.
—De acuerdo.
La baronesa asiente. No es un asentimiento de aprobación. Es de comprensión. Mi madre ha aprendido esta semana una cosa que yo no entendía hace cinco semanas. Por eso no me discute la retirada.
Cruzo del lateral de la ventana al salón anejo, de allí al corredor de salida, luego a la antesala.
Pido mi capa. Me la pone. El portero abre la puerta a las once menos cuarto.
Y en ese punto, antes de cruzar al zaguán, sé sin volverme que en el salón principal un caballero alto acaba de quedarse inmóvil tres segundos al ver, por la cuarta puerta, el costado del vestido azul cruzar el corredor.
Lo sé porque se nos para el aire a los dos.
Cruzo al zaguán, al portal. Bajo los seis escalones de piedra. La criada anfitriona me anuncia que el cochero ha bajado a buscar el coche, que se quedó dos esquinas más abajo. Cuatrocientos metros, en una calle de octubre con niebla baja.
—¿Le acompaño hasta el carruaje, milady?
—No. Espéreme aquí.
Bajo los escalones. Cruzo el adoquinado. Llego al primer farol. Espero. La niebla sale por mi aliento. Lo veo. Es la primera vez en cinco semanas que lo tengo visible. Tiene la cadencia más rápida de lo que le he querido conceder. Cuento hasta cuatro. Al quinto oigo pasos detrás de mí.
No son del cochero. Vienen del palacete. Rápidos. Sin levita encima, deduzco por el chasquido. Ha salido sin pasar por el guardarropía. La doncella lo comentará mañana.
Me vuelvo.
Cruza los seis escalones de tres en tres. La criada del portal lo advierte con la mandíbula floja. Lleva la camisa sin pañuelo, el cuello abierto. La levita gris claro sin abotonar, las solapas mal colocadas. Cruza el adoquinado. Llega al farol. Se detiene a un metro de mí. No tiene aliento.
—Isadora.
Lo dice así, solo el nombre. Por primera vez en siete años, un caballero baja seis escalones y cruza un adoquinado a las once menos diez para decirle a una mujer únicamente su nombre.
—Vizconde, lo he oído. Está usted en una calle vacía sin pañuelo del cuello.
—Lo sé, lady Isadora. Pasé al salón anejo a buscar a su madre. La baronesa me dijo que su hija había salido sola al carruaje hace tres minutos. Me he saltado el guardarropía. La criada lo comentará mañana. No me importa.
Lo dice sin levantar la voz, mirándome directamente. Con la voz que usa con su hermano y que no ha usado nunca conmigo. La voz que le sale cuando ha decidido dejar de medir.
Me coge la mano sin guante. No me la besa. No se la lleva al pecho. Solo la coge, con los cinco dedos cerrados, como me cogió la muñeca aquella noche. Con una diferencia: esta vez no lo decidió antes.
—No tengo discurso. No te he seguido al corredor de salida con un plan. Mi hermano me lo dictaría si estuviera aquí. Mi padre también. La duquesa también si supiera que estoy en la calle sin pañuelo. Yo no he dictado nada.
—Lo veo.
Su mano está más caliente que la mía. Es la primera vez. Algo le ha cambiado la temperatura.
—Me has seguido. Es la primera vez.
—La primera de mi vida adulta. Nunca he seguido a una mujer. Mi madre lo sabrá mañana al mediodía. No me lo perdonará antes del miércoles. Lo asumo.
—Eso sería discurso si lo dijera otro hombre. En usted es la cuenta de lo que ha decidido pagar.
—Eso.
Asiento un grado. No aprieto su mano. La sostengo.
—Vizconde, esta noche no me reconcilio. Mañana mi padre cierra la conversación con el duque. Si la cierra con un sí, mañana le voy a pedir a usted que cruce la verja y me lo pida en voz audible delante de mi padre.
—Mañana cruzaré la verja y se lo pediré. Esta noche no me reconcilias.
—No.
El carruaje asoma en la curva de la otra esquina. El cochero no esperaba a la dama hasta las doce. Faltan cuarenta segundos.
—Suélteme la mano antes del carruaje. Si me la suelta dentro, la criada lo advierte. Si me la suelta ahora, solo lo ve el cochero. Lleva veinte años con el barón. No cuenta lo que ve.
—La suelto.
Suelta la mano dedo a dedo, empezando por el meñique, como me la soltó en el carruaje aquella noche. Cuando llega al pulgar, lo deja apoyado un segundo más. Luego lo retira.
—A primera hora cruzo la verja.
—Le voy a estar esperando.
El cochero frena. No se baja a abrir. Levanta el sombrero un grado hacia el caballero sin pañuelo. Subo sola. Él se queda donde está. No se acerca a ayudarme. La criada del portal advierte la no oferta. No sabrá comentarla.
La portezuela se cierra. Por la ventanilla lo veo todavía bajo el farol, con la mano en el costado, sin temblor, sin levita abotonada, mirándome hasta que la curva me lo retira.
Esta noche no me he reconciliado. No ha venido a pedirme perdón.
No ha traído un discurso. No ha hecho nada de lo que la sociedad espera.
Ha hecho algo más difícil. Ha cruzado un adoquinado sin pensar, sin plan, sin permiso de nadie.
Eso es más de lo que había hecho en siete años.
No es suficiente para reconciliarme. Pero es suficiente para que espere una noche más.
Sola, en mi cuarto, con la cajita en la mesilla y la mano todavía caliente donde él la sostuvo.
Mañana, cuando cruce la verja, ya veremos. Pero esta noche, por primera vez en mucho tiempo, no tengo miedo de esperar.