CAPÍTULO 24
La cajita pequeña de terciopelo azul oscuro, del joyero familiar de Wyndham House, descansa contra mi costado izquierdo dentro del bolsillo del chaleco gris claro a las ocho y veintidós de la mañana, mientras cruzo la verja del lateral de Woody Hall sin Whitlock, sin sombrero adicional y sin haber pasado por el despacho a recoger la cartera del condado, que es la cartera con la que cualquier caballero del condado cruzaría una verja conocida a primera hora si pretendiera dar al cruce un pretexto profesional.
No traigo pretexto. La cajita la he traído porque la duquesa, esta mañana a las siete menos diez, me ha permitido abrir un joyero del que no me había dado nunca llave.
Mi madre, durante los doce minutos en los que ha permanecido en su tocador conmigo, no ha comentado el contenido de la cajita ni el motivo del préstamo.
Se ha limitado a entregarme la llave del cajón segundo del armario de la izquierda, a esperar a que yo la abriera, a esperar a que yo eligiera, y, cuando yo elegí, a esperar a que yo le devolviera la llave.
La cajita la he cogido yo. La elección la he firmado yo.
Ella, esta mañana, ha aprendido a no firmar.
Hartley me abre la puerta antes de que llame.
—Vizconde.
—Hartley, vengo a hablar con la baronesa, con el barón y con su hija. En ese orden, si la casa lo permite. Si no lo permite, en el orden que la casa decida.
—Pase, vizconde. La baronesa está en el salón pequeño con la señorita. El barón ha bajado al jardín hace diez minutos a comprobar el estado de los rosales. La criada acaba de subir a anunciarles que ha cruzado usted la verja.
Por tanto, las tres personas saben que estoy aquí antes de que cruce el umbral del salón pequeño. Hartley me conduce. Cruzo el corredor del primer piso. La doble puerta del salón pequeño está abierta. Entro.
La baronesa se levanta. Su hija, sentada en el sofá perpendicular al hogar, no se levanta. La baronesa cruza la habitación, me ofrece la mano. Me inclino sobre ella con la pulcritud del protocolo.
—Lord Ralston, le pido disculpas por la hora.
—No se disculpe, baronesa.
—Lo apruebo, vizconde, y, si me permite, voy a buscar al barón al jardín y le voy a anunciar a usted.
Mi marido prefiere las conversaciones de esta clase en el jardín, y, si a usted no le importa, va a recibirlo en el banco de piedra del lateral del rosal.
Entretanto, le pido que le tenga compañía a mi hija durante diez minutos.
La doncella se va a quedar en el corredor, con la doble puerta abierta.
Confío en que sea, vizconde, la conversación de antes que mi marido va a oír después.
—Lo será, baronesa, y le agradezco que me lo pida así.
Sale. Cruza el corredor en dirección al jardín.
La doble puerta del salón pequeño queda abierta como ha pedido la madre.
Patty, en el corredor, se queda sentada en una silla pequeña con las manos en el regazo, suficientemente lejos para no oír y suficientemente cerca para que la convención social la convoque como testigo.
Cruzo el salón pequeño hasta el sofá donde ella está sentada. Me siento en la butaca opuesta, no en el sofá. La distancia entre los dos, esta mañana, es la del salón pequeño de la tarde de la lluvia, hace tres semanas. La hija del barón me mira. No sonríe. No se mueve. Espera.
—Lady Isadora.
—Vizconde.
Le sostengo la mirada. La sostengo durante el segundo que necesito para descubrir que esta mañana, después de un invernadero ayer y una calle vacía anoche, no tengo discurso.
Mi hermano no me lo ha dictado. Mi padre no me lo ha dictado.
La duquesa me ha entregado la llave y se ha retirado sin firmármelo.
Las cuatro frases de mi hermano no me sirven.
Trago.
—Llevo un objeto en el bolsillo del chaleco, lady Isadora. Lo traigo desde Wyndham House. Lo voy a entregar antes de la conversación con su padre, porque, si lo entrego después, va a parecer que se lo entrego porque su padre acaba de aceptar mi petición, y yo no se lo entrego por eso.
—Lo está diciendo mal, vizconde. Inténtelo otra vez.
Aprieto los dientes. Bajo los ojos a la cajita. La saco. La sostengo en la palma. La mano no me tiembla.
—Esta mañana, cuando ella me dio la llave, le pregunté si mi padre había firmado algo con el suyo.
Me dijo que no. Que mi padre había escuchado al suyo durante cuarenta minutos y se había despedido con un asentimiento que él había decidido tomar como conclusión.
Lo cual prueba dos cosas. La primera, que el barón es prudente.
La segunda, que el caballero al que le toca cerrar el asunto, esta mañana, sin esperar a que un padre cierre por él, soy yo.
—¿Me la entrega antes o después de hablar con mi padre?
—Antes.
—¿Por qué?
—Porque después le entrego a su padre la palabra audible que usted me pidió. La palabra es para él, no para usted. Si no le entregara esto antes, parecería que se lo doy porque aceptó. Yo quiero darle algo que no dependa de su padre.
—Eso ha sonado mejor. No siga. Ábrala.
Abro la cajita. Dentro, sobre el terciopelo negro del fondo, está la gargantilla de perlas que mi tía abuela materna llevó el día en que se prometió a un primo lejano que no se casó con ella. Dos hileras paralelas. Cierre de oro grabado.
—Es una gargantilla.
—Lo veo.
—No la he comprado esta mañana en Bond Street. La he sacado del tocador de mi madre. Mi tía abuela la llevó hace setenta años. Mi madre la guardó. Hoy me ha dado la llave. No la he traído como petición. La he traído como un dato que le debo a usted antes que a su padre.
—¿Qué dato?
—Que llevo siete años queriendo esconder esto. Y esta mañana le he traído la única joya del joyero que se puede llevar a la calle sin que se vea desde lejos. Esa elección prueba que sigo queriendo esconderla.
Me callo. La frase me ha salido sin permiso. No continúo.
—Esa última frase es la primera que le ha salido sin preparar. Por eso es la única que le he creído.
—Lo sé.
—Acepto la cajita. Pero no le acepto nada más. La cojo porque me la ha traído sin tarjeta y porque esa frase le ha salido sin permiso. Las cosas que le salen a usted sin permiso las cojo. La gargantilla la guardo. Cuando la lleve puesta, lo verá usted antes que nadie. Esa será otra conversación.
—Lo entiendo.
Extiende la mano. Le entrego la cajita. La cierra. La deja sobre la mesita baja.
—Su padre le espera en el banco de piedra. Vaya.
—Voy.
Me levanto. Camino hasta la doble puerta. Me detengo con la mano en el marco.
—Esta mañana me ha enseñado que querer y esconder no son la misma cosa. Llevaba siete años haciéndolo sin darme cuenta. Lo he descubierto aquí. Lo sostendré en el banco de piedra dentro de tres minutos.
—Vaya.
Cruzo. La doncella me precede al jardín.
En el banco de piedra del lateral del rosal, el barón me espera con la mano apoyada en el bastón.
No lleva chaqueta. Solo la camisa de mañana y el chaleco gris, los zapatos manchados de tierra.
Parece cansado. No es el hombre imponente que recibe visitas en su despacho.
Es un padre que ha pasado la noche en vela y que ahora, en el banco, espera a que el caballero que quiere a su hija le diga algo que merezca la pena.
Me quedo de pie frente a él.
—Barón.
—Vizconde.
—No sé hacer esto.
El barón no se mueve. Me mira con los ojos entrecerrados por la luz de la mañana.
—Llevo siete años queriendo a su hija. Siete años sin decir nada.
Siete años escondiéndome detrás del protocolo, de mi madre, de la prudencia.
Y ahora ella se va el viernes si no hago algo.
No sé qué hacer. No sé cómo pedirle que se quede.
No sé cómo decirle que la quiero. No sé cómo ser el hombre que ella necesita.
El barón no contesta. Saca un pañuelo, se limpia las manos de tierra, se lo guarda. Después habla.
—Mi hija no necesita un hombre que sepa cómo pedir las cosas. Necesita un hombre que las pida aunque no sepa cómo. ¿Sabe la diferencia?
—Creo que sí.
—Entonces pídalo. Pídalo mal si hace falta. Pero pídalo.
—Quiero casarme con su hija.
El barón me mira. No sonríe. No asiente. Piensa.
—¿Por qué?
—Porque no puedo vivir sin verla. Porque cuando no está, todo lo demás sobra. He intentado no quererla siete años y no he podido. Si no me caso con ella, me pasaré la vida mirando a la casa de enfrente y preguntándome qué habría pasado.
El barón se levanta. Da unos pasos por el jardín. Vuelve. Se sienta.
—¿Sabe lo que me dijo mi hija anoche, cuando volvió del baile?
—No.
—Me dijo que estaba cansada de ser querida en secreto. Que si usted no era capaz de quererla en voz alta, prefería irse a Hampshire y olvidarlo. Que después de siete años ya no le bastaban migajas. Y me preguntó si yo la apoyaba.
—¿Qué le contestó?
—Que sí. Que si usted no se decidía, la llevaría yo mismo el viernes. Y que no volveríamos hasta que el corazón se le enfriara. ¿Sabe qué me contestó ella?
—No.
—Me dijo que no creía que pudiera enfriarse. Que usted se le había metido demasiado dentro. Luego se fue a su cuarto y no volvió a bajar.
El barón se levanta otra vez. Esta vez no se sienta. Se queda de pie frente a mí.
—No soy un hombre que sepa de estas cosas.
Nunca he sido bueno con las palabras. Mi mujer lleva la casa, las visitas, los calendarios.
Yo solo sé trabajar la tierra y querer a mi familia.
Pero sé reconocer a un hombre que sufre.
Usted lleva siete años sufriendo. Ya es hora de que deje de sufrir solo.
Vuelva a casa. Piénselo. Y cuando sepa lo que quiere, vuelva a pedírmelo.
Pero esta vez pídalo bien. No por mi hija. Por usted.
Se da la vuelta y se va hacia la casa, subiendo los escalones de piedra del jardín.
Yo me quedo en el banco de piedra, solo, con las manos vacías.
No es miedo. No es vergüenza. Es como si todas las paredes que había construido se hubieran derrumbado.
No quiero volver a construirlas. Quiero quedarme así, a la intemperie.
Por primera vez en mi vida, esperar no me da miedo.
Me da esperanza. Después de siete años, es lo único que necesito para seguir adelante.