Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La tarjeta blanca, sin sello familiar, con la inicial dorada del título en el ángulo superior derecho, descansa desde ayer al filo de las seis sobre la pequeña bandeja de plata del recibidor que solo se usa para las visitas que no se han convertido en encuentros.

Hartley me la entregó al volver del té con las cuñadas Holbrook.

La cogí con la mano sin guante. La leí. Decía cuatro palabras debajo del nombre impreso, escritas con la letra inclinada hacia adelante que ya conozco: «He cruzado a saludarla.

» No la firmaba. No anotaba la hora. No incluía pretexto.

—Hartley, ¿a qué hora exactamente?

—A las cuatro y nueve, milady. Le anuncié al vizconde que la baronesa y la señorita estaban en casa de la marquesa Holbrook por una visita protocolaria, según habíamos acordado al mediodía.

El vizconde dejó la tarjeta sin pedir entrada, agradeció el aviso y cruzó de vuelta a Wyndham House caminando, sin sombrero, lo cual, milady, me permitió advertir la levita gris claro que se ha puesto esta tarde por primera vez en lo que a mi memoria llega.

La que reservan los Wyndham para las visitas que cuentan.

—Le agradezco la observación, Hartley.

Hartley se inclinó. Volvió a la antesala. Yo subí a mi cuarto con la tarjeta en la mano izquierda y, durante los tres minutos que tardé en cruzar el corredor del primer piso, no conseguí abrir la mano para soltarla. Anoche, en el cuarto, no le hablé a la baronesa de la tarjeta.

A las nueve menos cuarto de esta mañana, después de un sueño irregular del que no quiero hacer inventario, he abierto el cajón pequeño del tocador donde guardo las cuatro cosas que me he prometido no llevar a Hampshire si es que el viernes subo finalmente al carruaje.

He sacado la tarjeta. La he leído otra vez.

He vuelto a meterla. He cerrado el cajón.

Y, durante los siguientes treinta minutos, he hecho una cosa que llevo dos años no permitiéndome hacer entera. He cosido.

Con dos hilos de seda gris, los más finos que tiene la baronesa en el costurero del salón pequeño, sobre un pañuelo de mi padre que rescaté hace dos años del cesto de los descartes porque me gustó la pieza de algodón egipcio con el bordado ya gastado del señorío de Woody, y que llevo dos años guardando en el mismo cajón pequeño del tocador donde duerme la tarjeta.

El pañuelo perdió un hilo del bordado de la esquina inferior izquierda.

Lo he cogido esta mañana. Lo he repasado entero, hilo a hilo.

He reforzado el bordado del señorío de Woody.

He vuelto a coser la pequeña corona del barón en el ángulo superior derecho.

Y, en el ángulo opuesto al señorío, en una zona que el pañuelo llevaba dos años sin tener bordado, he añadido una sola inicial. Una D pequeña, con el mismo hilo gris.

He guardado el pañuelo en una cajita lisa de madera clara, sin sello, sin lazo, sin tarjeta.

He bajado a la cocina con la cajita debajo del chal, le he pedido a Patty que cruce a Wyndham House con un encargo de la baronesa para la cocinera —encargo que ella no ha encargado y que la cocinera, sospecho, va a aceptar sin comentar— y, dentro del cesto, he metido la cajita con el pañuelo.

Patty cruza la verja del lateral a las once en punto.

A las once y siete vuelve sin la cajita.

La ha entregado en mano, por la cocina, a Bates.

Él decidirá si la sube al despacho inmediatamente o si espera a que el vizconde baje a por algo. Apuesto por lo primero.

A las once y veintidós, una doncella de Wyndham House cruza la verja en sentido contrario con un sobre pequeño para mí.

Hartley lo abre en la antesala, como hacemos con los sobres que llegan de las casas conocidas.

Lo sube a mi cuarto, donde estoy sentada al borde de la cama con la cajita de música sobre la mesilla y, esta mañana, sin ganas de girarla.

Dentro hay una hoja pequeña, doblada en cuatro, con dos líneas y media de letra inclinada.

No tiene sello, ni saludo, ni despedida, ni firma: «Le agradezco.

La inicial me la he reconocido sin necesidad de imprenta.

Esta tarde, a las cuatro, voy a estar en el invernadero de mi madre.

Si usted, en cambio, no está, lo voy a saber, y lo voy a saber sin reproche.

Lo dejo a su elección.» Doblo el sobre. Lo dejo sobre la mesilla, junto a la cajita.

A las dos y media, la baronesa, sin haber sido informada por mí de la tarjeta de ayer, ni del pañuelo de la mañana, ni del sobre de las once y veintidós, sube a mi cuarto con el chal de tarde en el brazo y se sienta al borde de mi cama, como cuando yo tenía nueve años.

—Querida, te traigo tres noticias y una decisión.

La primera, Hartley me ha contado lo de la tarjeta.

La segunda, Patty me ha contado lo del pañuelo.

La tercera, la cocinera Wyndham ha mandado a una sobrina de su sobrina con el aviso de que esta mañana, a las once y diez, Bates entregó la cajita en mano al vizconde, en el despacho, y que no la abrió delante de Bates pero la dejó, sin comentario, en la mesa, sobre los cuarenta y seis sobres sin abrir que llevan tres días esperando a su señor.

Tu pañuelo hizo el sobre cuarenta y siete.

Y fue el primero del montón que abrió esta mañana.

—¿Y la decisión, mamá?

—La decisión la tomas tú esta tarde a las cuatro, lo sabes tú y lo sabe el caballero que te ha escrito dos líneas y media.

Esta vez no la firma ni mi cuñada ni yo.

La firmas tú. Y, sea cual sea, te apoyo.

La duquesa sabe que su hijo cruzó ayer a las cuatro y que esta mañana ha abierto un solo sobre.

Ella también ha decidido no firmar nada esta semana.

Me besa la frente. Se levanta. Se va.

A las tres y media, me cambio. Elijo el vestido de tarde sencillo, el gris perla con el talle alto, el que me he puesto las dos veces que he cruzado la verja en cinco semanas.

Patty me peina sin hablar. Cuando termina, levanto los ojos al espejo.

La mujer del espejo tiene la cara que tenía hace dos años, antes de que la temporada Wyndham la encontrara.

Va a cruzar al invernadero de la casa de enfrente porque ha decidido cruzar, no porque le hayan firmado un calendario.

A las cuatro menos diez salgo por el portal con el chal del recibidor y un libro pequeño en la mano izquierda. El libro es la excusa. Cruzo la calle. Cruzo la verja. Cruzo el jardín lateral. Cruzo la doble puerta del invernadero, que está, esta tarde, entreabierta.

Está allí. De pie junto al banco de madera. Con la levita gris claro que Hartley advirtió ayer. Con la mandíbula cerrada de los caballeros que han elegido no hablar primero. Entro. Cierro la puerta detrás de mí. No echo el pestillo. La puerta, esta tarde, no se cierra como aquella noche de baile.

—Vizconde, la tarjeta de ayer era escueta.

—Su pañuelo de esta mañana, también, lady Isadora. Hemos cruzado, los dos, dos comunicaciones que un caballero leería como notas de cortesía y que aquí sabemos que son otra cosa.

—¿Le agradezco la tarjeta?

—No. Le agradezco yo a usted el pañuelo. La D pequeña no se la voy a comentar. La inicial entra sin comentario en mi bolsillo izquierdo, el de las dos cartas, donde lleva veinte minutos.

Da un paso hacia mí. La distancia que se permite cuando ha decidido que este invernadero no es el de aquella noche.

—No he venido a pedirle perdón, Isadora, vine ayer a su salón a hacer cuatro frases que mi hermano me había enseñado el lunes.

La cuarta era pedirle a su padre la mano.

Hartley me dijo que la dama no estaba. Le dejé tarjeta.

Volví a casa. He pasado veintidós horas sin dormir descubriendo que las cuatro frases del lunes ya no me sirven para esta tarde, porque las preparó mi hermano, y la mujer que ha bordado una D pequeña en un pañuelo de su padre me ha enseñado que las frases que valen no las prepara un hermano.

—¿Las espera, sin embargo, esta tarde, vizconde?

—Esta tarde, no, Isadora. Las recibo.

Aprieto el chal sobre el codo. La distancia sigue siendo la del paso que él dio. No la cruza. Tampoco yo. Quedamos a un metro, de pie, con las dos lámparas pequeñas encendidas.

—Le he traído otra cosa, Isadora. No es regalo.

Es una noticia. Mi padre, esta tarde, a las cinco, va a recibir al barón de Woody en su despacho para una conversación que el barón no ha solicitado y que el duque, anoche, ha decidido convocar.

Yo no estoy presente. Tu madre estará en el salón anejo con la duquesa.

La conversación dura lo que decida el duque.

—¿Sobre qué?

—Sobre lo que llevamos cinco semanas no resolviendo.

Mi padre le pidió a mi madre permiso para conducirla él.

Mi madre se lo concedió. Es la primera vez que un asunto que las dos madres llevaban firmando lo conduce un duque.

Lo digo porque quiero que sepas que esta tarde las cosas se cierran sin nosotros.

Y que mañana, sea cual sea el resultado, te pediré la mano yo, en voz audible, en presencia de mi madre.

Asiento una pulgada. Es un asentimiento de noticia recibida, no de decisión tomada.

—Le he bordado el pañuelo, vizconde, porque descubrí que cuidarle a usted, incluso dolida, es una cosa que sé hacer y que no me apetece dejar de hacer. La D no es perdón. Dice eso y no más. No le facilito el camino. Las curvas largas las cruza usted con sus pies.

—Las cruzo, Isadora. Y le agradezco que me las nombre.

Asiente. La mandíbula se le afloja. La levita le sienta bien.

Doy media vuelta. Cruzo hacia la puerta. Me detengo con la mano en el cristal.

—Vizconde, si esta tarde a las cinco las cosas se cierran sin nosotros, mañana recibiré al caballero que me lo pida en voz audible. No al hijo de la duquesa. No al heredero del título. Al caballero. Asegúrese de que es ese el que me cruza la verja.

Salgo. Cruzo el jardín. No miro atrás. Él no sale detrás de mí.

Ese silencio lo cuento de otra manera. Como prueba.

Si es capaz de quedarse ahí, solo, procesando lo que le he dicho, quizá sea capaz también de cruzar mañana como el hombre que necesito.

Si no lo es, al menos lo habré intentado.

Al menos habré puesto mis condiciones. Después de siete años, ya no estoy para esperar migajas. Quiero el banquete entero o nada.