Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Cuarenta y seis sobres, cerrados, sin abrir, apilados en dos columnas sobre el escritorio del despacho a la una del miércoles.

Lo sé porque los he contado dos veces. La primera, anteanoche, a las dos y media, cuando volví del salón Lockridge mayores y mi gemelo me dejó subido al despacho con un vaso de agua y la frase que esa noche me dijo sin broma.

La segunda, esta mañana, a las seis y diez, cuando bajé del cuarto sin haber dormido y descubrí que durante esa noche habían entrado, por correo, otros catorce sobres que vienen a sumarse a los treinta y dos del lunes.

Cuarenta y seis sobres son, según las cuentas de esta mañana, lo que la temporada me debe en correspondencia atrasada.

Whitlock, en la antesala, ha decidido no entrar a recordarme lo del procurador y lo de los Selwyn.

Lleva dos días sentado con la postura de quien espera al señor sin atreverse a llamar a la puerta.

La cama de mi cuarto, además, esta mañana todavía está hecha como me la dejó la doncella el lunes a las siete, lo cual, según el ayuda de cámara que ha entrado dos veces a primera hora, es la primera vez en quince años que se permite no comentar.

Yo, en el despacho, no abro los sobres. No los abro porque cada vez que cojo el cortaplumas, descubro que la mano izquierda no me responde con la firmeza habitual.

Le tiembla un grado en el costado. Y la mano izquierda de un hombre que firma documentos del condado todos los miércoles a las once no puede temblar.

Dejo el cortaplumas y la dejo que tiemble libremente, que es la única decisión sensata que hemos convenido.

A las once y veinte, la doncella entra con la bandeja del segundo café. Bates, supongo, la ha mandado subir por iniciativa, lo cual, en él, es la primera iniciativa que toma sin consultarme en treinta años.

—Milord, la duquesa pregunta si bajará a almorzar, y, si me permite añadir lo que me ha pedido la cocinera Wyndham, lleva sin probar bocado desde el desayuno del lunes.

La cocinera mandó subir caldo a la una de ayer y bajó la bandeja sin tocar a las cinco.

Esta mañana me ha pedido decirle al señor que no acepta la situación.

—Dile a la cocinera que la situación, también, no me acepta a mí, y a la duquesa que esta tarde se lo cuento yo en persona.

—Sí, milord.

La doncella se retira. La taza queda en el escritorio. No la bebo. Se enfría con la calma de las tazas que suben por iniciativa de los mayordomos.

A las doce, descubro que llevo la camisa con la que me acosté el lunes.

La descubro porque el ayuda de cámara, al cruzar el despacho con un sobre menor, mira la camisa el tiempo justo para advertirla y suficientemente poco para que su mirada no quede grabada.

La camisa tiene el cuello sin almidón. Las manos se me cierran solas.

Aprieto la mandíbula. La aflojo. Vuelvo a apretar.

—Wallace, súbame el agua a las dos.

—Sí, milord.

Se va. Esta mañana, en el despacho, durante los próximos treinta minutos, voy a mirar por la ventana del ala este, que da a la calle por la que cruza el carruaje de Woody Hall a las ocho y cincuenta los miércoles cuando la baronesa cruza Mayfair a su asunto de la tarde.

Hoy el carruaje ha cruzado a las ocho y cincuenta.

Lo sé porque a las ocho y cincuenta y tres yo estaba aquí.

Ha cruzado solo con la baronesa. Su hija no ha cruzado.

Su hija, según mi madre me ha hecho saber ayer al mediodía mediante una nota corta, está empacando.

Empacando es la palabra exacta. La nota dice así: «Tu hermano me ha contado lo del rosal.

Le has pedido que no lo comentara. Lo entiendo.

Te informo, sin embargo, de que la baronesa de Woody, esta mañana, ha decidido adelantar el regreso a Hampshire.

Sale el viernes. Su hija sale con ella. Lo sabes a la una y veintisiete del martes a través de mí, de mi puño y letra, sin comentario adicional.

Lo que decidas hacer con la noticia, hijo mío, te corresponde a ti. Tu madre.»

Doblé la nota. La metí en el bolsillo izquierdo del chaleco, encima de la otra carta, la del lunes, la de cuatro líneas con la letra inclinada. Las dos cartas descansan juntas en el bolsillo izquierdo. Pesan poco. Pero pesan.

A la una y media, llaman a la puerta del despacho.

No es la doncella. No es Wallace. No es Whitlock.

Es un golpe pequeño, dos toques de nudillo seguidos del tercero un grado más espaciado, el llamado con el que mi gemelo, en veinticinco años, ha llamado a las puertas de mis decisiones cuando ha decidido que la decisión le tolera la entrada.

—Pasa, Cael.

Entra. Cierra la puerta. No cruza al sillón opuesto al mío, que es lo que cruzaría si esta tarde fuera la tarde de los chistes.

Cruza al lateral de la mesa. Coge un sobre del montón.

Lo deja en el mismo punto. Mira la taza fría.

Mira mi camisa. Mira mi mano izquierda. No comenta nada.

Se sienta. Esta vez, en el sillón opuesto.

—No te traigo broma. La táctica del lunes a las nueve era buena y no la usaste. La decisión la respeto. La consecuencia, no. Cruza la calle.

—Sé que tengo que cruzarla. Sabiéndolo, hace dos días, la crucé hasta el rosal y volví sin haberla cruzado entera.

—¿Por qué? Ella me dijo, por boca de Clara, que no podía seguir existiendo solo cuando nadie la miraba. Esa frase la conocemos los tres. La diferencia es que la has oído tú, a un palmo de su boca, y dos días después sigues aquí con cuarenta y seis sobres sin abrir.

Levanto los ojos. La mano izquierda se queda quieta medio segundo.

—No sé cómo hacer esto.

Mi gemelo no se mueve. No se inclina hacia delante con cara de hermano que va a corregirme.

No se reclina hacia atrás con cara de gemelo que va a permitirse un comentario.

Se queda en el ángulo en el que ha entrado y, durante el segundo siguiente a lo que acabo de decir, decide no decir nada.

Uno de los pocos silencios que he visto concederme en veinticinco años. Después, habla.

—Tú la has querido en silencio desde tu lado.

Ella también desde el suyo. La diferencia es que tú, durante siete años, has tenido una forma de control que te protegía del miedo.

Ella no ha tenido nada de eso. Solo paciencia.

Y la paciencia se acaba. Ella no se marcha porque haya dejado de quererte.

Se marcha porque lleva siete años queriéndote sola. Y eso es lo que ya no puede sostener.

Se levanta. Cruza al aparador. Me sirve un vaso de agua. Me lo trae. Lo deja en la mesa, junto a la taza de café fría. No se sienta otra vez. Se queda de pie a un metro.

—Bébetelo.

Lo bebo. La mano izquierda, durante el medio minuto que tardo, deja de temblar.

—¿Qué hago?

—Cruza la calle. Hoy mismo. No esta noche, no mañana a las nueve, no el viernes a las ocho cuando ella suba al carruaje.

Hoy. A las cuatro. Antes de que la baronesa vuelva del asunto de la tarde, antes de que la criada baje con el último encargo del traslado, antes de que tu propia madre te firme un calendario nuevo.

—¿Y madre?

—Esta tarde te dirá que te apoya. Te lo confirmaré yo antes de que se lo digas tú a ella. Pero no esperes a que te lo confirme ella. Esa parte te toca a ti.

Se va a la puerta. Antes de salir, se detiene con la mano en el pomo. No se vuelve.

—Te quiero. No comentes.

—Lo sé.

Sale. La puerta se cierra con la calma de las puertas que se cierran cuando un hermano segundo, de camino a un tocador, va a obligar a una duquesa a aprender, esta misma tarde, a no firmar un calendario.

Yo me quedo en el sillón. La mano izquierda se queda quieta del todo.

La taza fría sigue fría. Los cuarenta y seis sobres siguen sin abrir.

Pero dentro de mí algo ha cambiado. No es valor.

No es decisión. Es cansancio. El cansancio de un hombre que ha pasado quince años construyendo una coraza y descubre que no sirve para nada.

El único golpe que quería parar ya le ha atravesado.

Está desarmado, con cuarenta y seis sobres y una mujer que se va el viernes.

No sabe cómo pedírselo. No sabe cómo ser el hombre que ella necesita.

Pero va a intentarlo. Porque si no lo intenta, va a perderla.

Y perderla, después de siete años, es lo único que no puede soportar.

Aunque tenga que cruzar la calle sin saber qué va a decir.

Aunque tenga que hacer el ridículo delante de su padre.

Aunque tenga que aprender a hablar en voz alta a los treinta y dos años.

Va a intentarlo. Por ella. Por primera vez en su vida, por algo que sea solo suyo.