CAPÍTULO 20
El frío en los hombros, sin chal, me llega a los tres pasos del rosal grande, antes de oír siquiera la doble puerta del corredor cerrarse detrás de mí.
Cruzo el lateral del hogar al corredor pequeño que da al jardín de los Lockridge mayores en algún momento entre las once y veinticinco y las once y media, sin saber a qué hora exacta, porque la cabeza ha dejado de medir las horas.
Lo cruzo con la pequeña excusa de quien va a tomar el aire un instante por la temperatura del salón, la excusa que la baronesa anfitriona me ha permitido con un asentimiento corto y la discreción social que las baronesas mayores conceden a las jóvenes que han bailado tres bailes seguidos con un caballero del norte.
El corredor da al jardín por una doble puerta de cristal que la criada de la casa ha entornado para la corriente.
Salgo por la puerta entornada. La cierro detrás de mí con cuidado.
Bajo los tres escalones de piedra. Cruzo a la zona del rosal grande, la única que no se ve desde la ventana del salón.
Es octubre y tengo frío en los hombros. La luna, en cuarto creciente, ilumina lo justo para que un caballero, si me siguiera, supiera dónde encontrarme y, a la vez, no supiera qué cara tengo cuando me encuentre.
No me sigue todavía. Cuento los segundos. Llego a tres sin que la doble puerta se mueva. Las farolas del jardín no están encendidas. La criada no se ha permitido encenderlas. La oscuridad es decisión doméstica.
A los cuarenta segundos contados, la doble puerta se abre.
Cruza los tres escalones. Camina hacia el rosal sin urgencia, con la calma de un caballero que pretende mostrar a cualquier ventana que lo vea cruzar que está saliendo a buscar a una dama porque el aire del jardín es lo más prudente.
Llega. No se detiene a un metro como esperaba.
Se detiene a un palmo, sin tocarme. La voz, cuando la deja caer, es tan baja que tres pasos a la izquierda no se oiría.
—Isadora, te he seguido al jardín porque, a las once y treinta y dos, he descubierto que la frase que me has dicho hace media hora delante de un grupo —tres han sido suficientes— no era la frase que me decías al cotillón. Era la que me decías a mí entera.
—Le agradezco la observación, vizconde.
—No me llames vizconde, Isadora. Aquí, no. Aquí está el rosal, los tres escalones y un caballero al que llevas seis semanas llamando por el nombre cuando nadie nos ve.
—Esa es exactamente la denuncia, milord.
Levanta la mano. La sube. La detiene a media altura. La baja. La cierra en un puño contra el costado.
—Te pido disculpas. Por la mano y por la temporada. Por la mano, porque después de un cotillón rechazado en público, la levanté dos centímetros antes de que mi cabeza me lo permitiera. Por la temporada, porque llevo cinco semanas sin haberme atrevido a cruzar a tu puerta sin un encargo de mi madre.
—No era impaciencia.
Se acerca medio paso. La distancia que se permite cuando ha decidido dejar de medir centímetros. La luna le toca el costado del rostro. Tiene la mandíbula cerrada.
—Isadora.
—Dorian.
—Bésame.
Lo dice así. Sin protocolo. Sin medir si hay una baronesa que preguntará por mí. Lo dice porque verme bailar con Coole y luego rechazarle un cotillón le ha enseñado que la disciplina no le da más oportunidades.
Le falta el aire. Se le ve. A mí también. Me arde la zona que descubrí hace cinco semanas.
Levanto la barbilla un grado. Me acerco dos centímetros.
Mi mano derecha sube hacia su solapa. La izquierda se queda al costado, cerrada en el chal que no llevo.
A un dedo de su boca, paro. Si lo cruzo, voy a tener seis semanas más de lo mismo.
Un beso bueno. Y mañana, otra visita protocolaria.
No lo cruzo. Me echo atrás. Mi mano cae.
—No.
—Isadora.
—No, Dorian. No.
—¿Por qué no?
—Porque no puedo seguir existiendo solo cuando nadie nos mira.
Lo digo sin levantar la voz. Y al decirlo, me rompo por dentro de una manera que no se ve.
Se le va el aire del todo. Deja de respirar un segundo, dos, tres. Le ha dolido la frase. Más de lo que calculé.
—Isadora, no tengo respuesta para eso.
La voz le sale rota. No es la del vizconde que mide cada palabra. Es la de un hombre al que acaban de quitar algo que ni siquiera sabía que tenía.
—Llevo cinco semanas —intenta decir, y se para—. Llevo cinco semanas queriendo... No sé. No sé decirlo.
Se calla. Su mano derecha, la que tenía cerrada, se abre. Se cierra. Se abre otra vez. No sabe qué hacer.
—No soy bueno en esto. Nunca he sido bueno. Con nadie. Solo contigo, y ni siquiera contigo sé hacerlo bien.
Aprieta la mandíbula. La afloja.
—Mi madre me enseñó a controlarlo todo. A medirlo todo. A no soltar nada que no pudiera sostener. Y ahora no sé sostener esto. No sé sostenerte a ti. No sé sostener lo que siento sin romper algo.
—Dorian.
—Déjame terminar. No sé si voy a poder decirlo otra vez.
—No quiero que te vayas a Hampshire. No quiero que te vayas a ningún sitio sin mí.
Pero no sé pedirte que te quedes sin que suene a lo que no soy.
No sé hablar en voz alta. No sé decir las cosas bonitas.
No sé hacer lo que otros hombres hacen. Solo sé estar callado y mirarte y quererte desde lejos porque acercarme me da miedo.
Y ahora que me he acercado, ahora que has cruzado la puerta y me has dicho que no, no sé qué hacer con este vacío.
—No te pido que sepas hacer las cosas bonitas.
—¿Qué me pides entonces?
—Que me elijas. En voz alta. Delante de ellos. Sin que tenga que adivinarlo en una cajita o en unos guantes o en un susurro. Que me mires y digas «ésta es la mujer que quiero» y que todo el salón lo oiga. Eso es lo que te pido. Eso es lo que llevo siete años esperando.
Se queda muy quieto. La luna le toca la cara y veo que tiene los ojos brillantes. No llora. No creo que sepa llorar. Pero algo se le ha roto dentro, algo que llevaba veinticinco años construyendo, y ahora está ahí, a la intemperie.
—No sé si puedo —susurra.
—Lo sé.
—Pero lo intento.
—Lo sé también.
—¿Y si no es suficiente?
—Entonces no lo es.
El silencio es el más largo de la noche. Los dos respiramos. Los dos estamos quietos. Algo ha cambiado. Nada volverá a ser como antes.
—Voy a intentarlo. No sé cómo. No sé cuándo. Pero voy a intentarlo.
—Eso es lo único que necesito oír.
No le beso. No le toco. Doy media vuelta y cruzo el jardín hacia la doble puerta.
Subo los tres escalones. Entro al corredor.
No miro atrás. Porque si miro, voy a verlo todavía allí, con la mandíbula apretada y las manos abiertas a los costados, y voy a volver.
Y si vuelvo, él va a creer que puede seguir escondiéndome.
Y yo no quiero que me esconda más. Quiero que me elija. Si no puede, prefiero saberlo ahora.
En el carruaje de vuelta a Woody Hall, me siento en el asiento y no lloro.
No sé por qué. He dicho lo que tenía que decir.
Ahora solo queda esperar. Después de siete años, se me ha vuelto a hacer eterno.
Pero esta vez es distinto. No espero sola.
Él sabe que espero. Eso, al menos, es un poco menos de soledad. Aunque duela. Aunque duela mucho.