CAPÍTULO 19
Llevo dos horas esperando a mi gemelo en el salón verde, con una copa que no me apetece sobre la rodilla y un libro abierto del que llevo veinte minutos sin pasar de página.
Lo he hecho antes en la vida, esperar a un hermano que volvía tarde a una hora a la que un caballero soltero no debería ya estar levantado.
La diferencia, esta noche, es que el hermano que vuelve no vuelve tarde por haber jugado dos manos de más a las cartas.
Vuelve tarde porque, en un salón de los Lockridge mayores, una mujer del vestido azul medianoche le ha dicho que no a un cotillón delante de su madre.
A las dos de la madrugada, cruza la puerta del salón verde.
Lleva la levita arrugada en los hombros y la cara que se le pone cuando ha bebido un vaso entero de agua antes de cruzar el zaguán para que el duque, si lo cruza primero, no le huela el champán.
Esta noche, mi padre no cruza el zaguán: duerme arriba con el sueño tranquilo de los duques que han firmado, en la cabecera contraria de una mesa, el calendario que su mujer llevaba seis días firmando con la baronesa de Woody.
Mi gemelo me mira. Cruza al aparador. Se sirve agua. Se la bebe entera. Se sirve más. Se la bebe entera. Cruza al hogar. Apoya la mano izquierda en el mármol.
—No me des conversación, Cael. Concédeme cuatro minutos.
—Cuento con esos cuatro y no te robo ninguno.
Lo digo con la calma adquirida de quien ha esperado a un gemelo a las dos de la madrugada cinco veces en veinticinco años y ha aprendido que durante los primeros cuatro minutos lo que necesita es agua y mármol.
Le concedo los cuatro. Bebo de mi copa. Vuelvo al libro que no leo. Lo cierro. Lo dejo en la mesita.
A los cuatro minutos exactos, él gira la cabeza un grado.
Su mano izquierda sigue en el mármol. La derecha, en el bolsillo del chaleco, ha pasado tres veces por la carta que sé, sin necesidad de mirarla, que lleva sobre el pecho izquierdo desde hace doce días.
La carta, a estas alturas, debería estar amarillenta.
Sospecho que todavía huele a la mermelada de naranja amarga.
—Cuéntame, Dory.
—No tengo nada que contar, salvo lo que ya te ha contado madre, supongo.
—Lo justo. Que la dama del vestido azul bailó tres bailes seguidos con un caballero del norte.
Que a las once y veinte cruzaste el salón y le pediste un cotillón delante de la baronesa, una sobrina de diecisiete años y el caballero.
Que te dijo que no. Que apretaste una copa hasta que protestó.
Que después sostuviste el grupo cuarenta minutos.
—Eso es lo que ocurrió.
—Eso es lo que la dama te leyó como respuesta.
Baja los ojos a la copa. Sé lo que voy a decirle. También que decirlo, esta noche, en el salón verde, le va a costar más de lo que le ha costado nunca una conversación con su gemelo. Lo digo igualmente.
—La dama te leyó tres segundos de pérdida de compostura y cuarenta minutos de recompostura.
Ha decidido, en el lateral del hogar, que tres segundos no son una elección.
Y eso no me lo ha contado madre. Me lo ha contado Clara, que estaba en el salón, que volvió hace una hora a esta casa y nos contó lo que la dama había decidido sostener sola.
—¿Qué ha decidido?
—Volver a Hampshire si en siete días no le ofreces lo que llevas cinco semanas no ofreciéndole.
Aprieta la mano en el mármol. De tal forma que durante medio segundo me pregunto si va a partir un trozo.
No lo hace. No se permite, esta noche, aún, los gestos de los hombres que pierden los estribos: se permite los pequeños.
Suelta. Cruza al sillón opuesto al mío. Se sienta.
Se inclina hacia delante con los codos en las rodillas y la cabeza apoyada en las dos manos.
Lo veo así durante medio minuto entero. El medio minuto en el que mi gemelo, en veinticinco años, descubre delante de un solo testigo que la disciplina, esta noche, no le va a alcanzar.
—Te hablo en otro tono ahora, Dory, el que llevo cinco semanas sin usar contigo. Es el que uso cuando me toca decirte algo que no te he dicho nunca.
—Dímelo, Cael.
—Ve por ella, Dory.
Lo digo así, sin adornos. Sin pelearle el cariño con bromas, que es lo que llevo cinco semanas haciendo porque las bromas son mi forma de no rozarle el lado herido.
Esta noche no tiene lado sin herida. Le hablo sin broma.
En el tono con el que un hermano segundo le dice a un hermano primero, una vez en la vida, una frase que no necesita repetirse.
Levanta la cabeza de las manos. Me mira.
La mano izquierda, libre por primera vez en horas, le tiembla un grado en la rodilla.
Me mira con la cara que se le pone cuando alguien rompe, contra él, una regla que él mismo no se permitiría romper: con la pequeña sorpresa de los hombres que, durante veinticinco años, han contado con una broma de protección.
Esta noche, sin la broma, descubre que detrás de ella había siempre lo que acabo de decir.
—¿Y tú?
Lo pregunta despacio. Con la voz a media altura. Sin haber calculado preguntármelo.
Es la pregunta que llevo cinco años esperando que me hagan.
Si hubiera otra persona en esta habitación, si fuera otro hermano, si fuera otra hora, si fuera incluso otro yo, esta pregunta tendría una respuesta de las mías: una broma sobre la sobrina de diecisiete años, una broma sobre la viuda que el primo del Almirantazgo me presentó en abril, una broma sobre las cuñadas Holbrook que han dejado de invitarme porque dicen que no me toman en serio.
Cualquiera de las tres habría servido. Cualquiera la he usado, en cinco años, para dejar la pregunta donde estaba.
Esta noche, en el salón verde, a las dos y nueve minutos de la madrugada, no la uso.
—Yo, hermano, llevo dos años mirando hacia un lado de un comedor en el que, casualmente, se sienta siempre la misma persona. Llevo dos años no permitiéndome cruzar la mirada el tiempo suficiente para que nadie del comedor se entere. Tú lo has hecho durante siete. Yo llevo dos. Ese es el saldo.
—¿Quién, Cael?
—Eso, hermano, esta noche no te lo digo. No es la noche. Cuéntame, en cambio, lo que vas a hacer mañana a las nueve cuando madre baje al desayuno.
—Te lo voy a sacar.
—No me lo vas a sacar esta noche. Te lo digo otro día. Cuando tú estés casado, cuando la cuñada Wyndham nueva lleve tres meses comiendo en el comedor, cuando madre haya dejado de firmar calendarios. Esa noche, en algún rincón de Wyndham House, te lo cuento. Esta no.
—¿Por qué?
—Porque esta noche tú no estás a tiempo de oírlo.
Estás a tiempo de cruzar la calle a las nueve y cuarto, sin esperar a madre, y de tomar las dos curvas largas que te separan de Woody Hall sin tomar ninguna corta.
Yo me sé esas curvas. Las he cruzado en mi cabeza durante dos años.
Y he descubierto que es muy distinto cruzarlas en la cabeza que con los pies.
Tú las vas a cruzar con los pies. Yo te aviso de cuál es cuál. Esa es mi parte.
Mi gemelo no aparta los ojos. La mano izquierda, en la rodilla, ha dejado de temblarle. La derecha sigue sobre la carta del bolsillo. La copa, sobre la mesita lateral, se quedó hace cuatro minutos.
Yo bebo la mía. Un sorbo pequeño. La devuelvo.
Le sostengo la mirada con una sonrisa que no es la de las cinco semanas, que no es la del primo Holbrook, que no es la de la sobrina ni la de la cuñada Granthorpe.
Es otra. Es la que llevo cinco años aprendiendo a sostener sin que los gemelos a los que se la sostengo la entiendan.
Esta noche, mi gemelo, por primera vez, la entiende.
—Cael, ya basta. No comentes.
—No voy a comentar. Pero te he visto.
—Lo sé. Llevas veinticinco años viéndome. Esta noche, en cambio, tú estás a tiempo y yo no. No lo digo de mí: lo digo de la noche. La mía, si la tengo, será otra. No te corresponde a ti preguntármela.
Asiente. Corto. El asentimiento de un hombre que ha entendido y decide no insistir. Se lo agradezco.
Se levanta. Cruza al aparador. Se sirve un tercer vaso de agua. No se lo bebe. Lo coloca sobre la repisa. Cruza al hogar. Se queda junto al mármol, esta vez con las dos manos a los costados. La carta descansa en su bolsillo sin la mano apretándola.
—Concrétame la hora.
—Mañana a las nueve. Madre estará cinco minutos después en su tocador con la doncella. Te da los cinco que necesitas para cruzar la calle sin que ella te lo firme.
—¿Qué digo?
—Cuatro frases. Le pides perdón por anoche. Le dices, en presencia de su madre, que has decidido no seguir esperando el calendario que la duquesa te firma. Le dices que la quieres. Le pides la mano a la baronesa con ella presente. En ese orden. No te saltes la cuarta.
—Madre se enterará a las nueve y media.
—Y lo aprobará. Lleva seis días esperando que decidas tú.
—¿Y si ella dice que no?
—No te va a decir que no. Pero si lo hace, no insistas. Vuelve. Cruza la calle. Sube al despacho. Espérala una semana. Si no vuelve, vuelve tú a Hampshire por ella.
—Te quiero.
—Yo a ti. Vete a dormir. Mañana a las nueve, sin levitas oscuras. La gris claro, la del primo Holbrook. Esa inspira confianza a las nueve de la mañana.
Sonríe. Una pequeña sonrisa, no la entera que Clara me contó la semana pasada y que yo no he visto. Pero es sonrisa. Cruza al umbral. Se vuelve un instante.
—Cael, el día que me cuentes lo tuyo, voy a estar preparado.
—Lo doy por hecho.
Sale. Sus pasos, en el corredor, son los pasos firmes de un caballero que mañana a las nueve va a cruzar una calle sin esperar a su madre.
Yo me quedo en el salón verde, con la copa vacía, el libro cerrado, el sillón ocupado por mí solo, y sostengo la pequeña sonrisa, esta vez sin testigos, durante exactamente dos minutos más.
A los dos minutos, la dejo caer.
El día que mi gemelo me pregunte por mi parte va a llegar.
No es esta noche. La mía, si la tengo, será otra noche, en otro salón, con otra mujer del vestido de un color que no he decidido todavía.
Esa mujer existe. La he visto, durante dos años, en el lado contrario de un comedor, y durante dos años no me he permitido cruzar la mirada el tiempo suficiente.
Esta noche, mi gemelo está a tiempo. Yo voy a ocuparme de que mañana a las nueve cruce sin perderse en una curva corta.
Y de la mía, esta noche, en este salón verde, no se ocupa nadie. La copa vacía sobre la mesita, durante los próximos cuarenta minutos, lo sabe.