Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Decido bailar tres bailes seguidos con lord Coole, y lo decido a las once y dos minutos de la noche, en el salón de los Lockridge mayores, mientras el caballero del lateral del hogar sostiene una copa que lleva diez minutos sin acercarse a la boca.

Lo decido sin malicia. Lo decido sin coquetería barata.

Lo decido por una razón exacta que tres mujeres del salón, si me la preguntaran, reconocerían como suya: he bailado el primero porque me lo ha pedido y la baronesa lo aprobaba.

He bailado el segundo porque al terminar comprendí, mirando el lateral del hogar donde él sostenía una copa que no se bebía, que esa noche, igual que la del baile de los Wexley, igual que la velada de los Lockridge hace una semana, igual que la cena de Wyndham House del lunes, ese caballero iba a sostener la copa hasta el final sin acercarse a saludar más allá de la inclinación protocolaria que el protocolo exige.

Y a las once y un minuto descubro, mirando otra vez el hogar, que cinco semanas seguidas me han traído la misma respuesta.

La respuesta dice: te quiero, sí; te elijo, sí; te lo voy a decir en voz baja en habitaciones cerradas, en bandejas de mermelada, en cajitas de música, en pares de guantes que me ha encargado la duquesa, en susurros al oído entre dos compases del baile.

Lo que la respuesta no me dice nunca, en cinco semanas, es: te elijo en voz alta delante de toda esta gente, ahora mismo, sin esperar a que ella lo firme.

Y esta noche, después de cinco semanas, esa respuesta me ha dejado de bastar.

Por eso bailo el segundo con lord Coole.

—¿Le agota el cotillón, lady Isadora?

—Me agota la temporada, milord, lo cual no se cura bailando, pero sí se distrae, y esta noche prefiero la distracción a la cura.

—Si la distracción incluye una limonada al final del tercero, le aseguro que la habrá.

—Le agradezco. ¿Va a haber un tercero?

—Si me lo concede, lady Isadora.

—Se lo concedo, milord.

Lord Coole sonríe con la sonrisa pequeña de los caballeros recién llegados que ya no son tan recién llegados, porque llevan en Mayfair seis semanas, y porque seis semanas allí son suficientes para que un caballero del norte aprenda a leer una respuesta como la que acabo de darle.

Bailamos el tercero. Durante este tercero, su mano izquierda se queda exactamente donde el protocolo la pide: ni un dedo más cerca, ni uno más lejos.

Es un hombre correcto. Me da pena, esta noche, que lo sea, porque si fuera indecoroso me daría una excusa fácil para devolverlo a su silla, y una excusa fácil me ahorraría bailar tres bailes seguidos con un hombre que no me ha despertado nada en seis semanas.

Cuando termina el tercero, me devuelve a mi madre con la inclinación correcta. La baronesa lo recibe con un asentimiento complicado: aprobatorio en la superficie, preocupado debajo, que es la combinación exacta que esperaba y que, con cierta crueldad, me había prometido provocar.

—Tres bailes seguidos, querida. Eso, viniendo de ti, es una opinión, no un descuido.

—Lo es, mamá. Y la opinión, esta noche, te la voy a explicar después de la limonada que me trae lord Coole.

—Tomaré también una. Mientras tanto, no comento.

La baronesa asiente y vuelve la cabeza hacia el resto del grupo. Desde hace seis días tiene una opinión que decide no manifestarme directamente porque la duquesa, durante una conversación sobre rosas, le ha pedido paciencia conmigo. Hoy está agotando, en silencio, esa paciencia.

Coole vuelve con la limonada. La acepto.

Bebo. Mientras la bebo, levanto los ojos sobre su hombro derecho hacia el lateral del hogar.

El caballero, esta vez, no está mirando a otra parte.

Me mira a mí. Es la primera vez en seis semanas que se permite mirarme en un salón cuando la situación no es el arreglo convenido por su madre.

Su copa se ha quedado a media altura. Tiene la mandíbula cerrada.

La mano derecha la tiene detrás de la espalda, cerrada en un puño.

Le sostengo la mirada. Bebo otro sorbo. Cuando termino, levanto la mano libre y, con la pulcritud del protocolo, le agradezco a Coole en voz alta el tercer baile.

A las once y veinte, él cruza el salón. No directamente.

Toma la curva larga, la misma que tomó en el baile de los Wexley para interceptar a lord Brennan.

Saluda a una cuñada Lockridge. Intercambia dos frases con el primo del Almirantazgo.

Cruza junto al cuarteto. Llega al grupo donde estoy yo con la baronesa, Coole y una sobrina Lockridge de diecisiete años.

—Buenas noches, baronesa, lord Coole, lady Anne. Lady Isadora, espero que la velada esté siendo amable con usted.

La baronesa, con la pulcritud de quien percibe lo que va a venir, se vuelve hacia la sobrina con una pregunta sobre la temperatura.

Coole, que no es tonto, se vuelve hacia ella con una pregunta sobre el cuarteto.

La sobrina, enterada de que su papel social acaba de cobrar importancia, sostiene la conversación con aplicación.

Lo cual deja al vizconde conmigo, formalmente acompañados por el grupo, materialmente solos durante dos minutos.

—El cotillón ha sido aceptable, vizconde, pero le confieso que el caballero del norte baila correctamente, no bien. Y esa es una distinción que llevo media velada queriendo subrayarle.

—¿Distinto en qué?

Lo dice con la voz de quien pregunta algo que no quería preguntar y se le escapa.

—Bailar bien requiere que la mano izquierda ocupe el lugar exacto en la cintura y, además, diga en ese lugar algo que la dama recuerde. Lord Coole ocupa el lugar exacto. Lo que dice ahí, en seis semanas, no ha pasado de la cortesía del protocolo. Él baila correctamente. No bien.

—Comprendo lo que me dice. Y lo que no me dice: que lo que un caballero diría con la mano izquierda para bailar bien es lo que llevo cinco semanas sin decirle en un salón con ochenta personas mirándome.

—Eso.

Aprieta la copa de tal manera que oigo al cristal protestar contra su palma. La cuñada anfitriona no oye. La baronesa sí. No comenta.

—Le pido un cotillón. El cuarto.

—Le pido perdón. Tres han sido suficientes esta noche. La cuarta también lo sería si me la pidiera el caballero del norte. No es nada personal. Es que a esta hora ya no estoy bailando.

—Lady Isadora, le ruego que me conceda el siguiente.

—No se lo concedo, vizconde. Y se lo digo en voz audible, delante de la baronesa, de la sobrina y de lord Coole, que ya me ha traído la limonada y va a buscarme la segunda.

Aprieta la copa otra vez. La baronesa lo oye. La duquesa, en el otro extremo del salón, levanta la cabeza una pulgada. Tampoco comenta.

—Si me dispensa, vizconde, me retiro al lateral del hogar a respirar dos minutos.

—La acompaño.

—No. La temperatura se respira sola.

Doy media vuelta. Cruzo la curva corta, atravieso un grupo de cuñadas, llego al lateral del hogar donde él ha estado sosteniendo copas durante cinco semanas. Me apoyo en el mármol. Respiro.

Él se ha quedado donde lo dejé. La cuñada anfitriona mayor le habrá interceptado con una conversación sobre el primo segundo de los Granthorpe para bloquearlo.

Lo que ha ocurrido en los últimos cinco minutos cabe en una frase: por primera vez en cinco semanas, ha perdido un grado de compostura.

Por primera vez, le ha agrietado la voz una conversación social.

Por primera vez, ha apretado una copa con la fuerza suficiente para que el cristal proteste.

La satisfacción debería ser entera. No lo es.

Llega: me ha mirado, ha apretado la copa, me ha pedido un cotillón delante de mi madre.

En un caballero como él, eso equivale a un grito en mitad del salón.

Y se va, porque después ha aceptado mi negativa con la misma compostura.

No me ha seguido. No ha dejado el grupo.

Ha sostenido la conversación como su madre le enseñó.

Lo que descubro es pequeño y verdadero. Yo he provocado el grito.

Pero el grito ha durado tres segundos. Tres segundos no son una elección.

Son una pérdida momentánea de compostura que él, en cuanto la advierte, recompone.

Si voy a sostener esto, voy a sostenerlo sola.

Lo he intentado cinco semanas. Por encima de mis fuerzas.

Decido lo que hace una semana decidí pedirle a él y no me ha dado: la elección. Decido la mía.

No voy a seguir bailando esto sola. Si en los próximos siete días no me la ofrece —sin arreglo, sin calendario, sin firma de su madre, sin guantes encargados por la duquesa, sin cajitas de música del salón verde—, voy a aprender a soltarle la mano.

Aprendí a soltarme la mía. Voy a volver a Hampshire antes de que cierre la temporada.

Voy a aprender lo que aprenden las mujeres adultas cuando los caballeros como él no dan el último paso solos.

Voy a vivir sin él. Todavía no sé cómo. Pero el mármol del hogar está más frío que cualquier cosa que haya tocado esta noche, y empiezo a aprender, en este frío, a quedarme conmigo misma.

Si él no puede elegirme en voz alta, yo voy a elegirme a mí.

Aunque duela más que cualquier cosa que haya sentido en siete años.

Es lo único que puedo hacer para no perderme del todo.