CAPÍTULO 17
He decidido el vestido a las seis de la tarde —el azul medianoche, finalmente, el de la primera velada Lockridge, el del vals interrumpido por un caballero del norte— y he decidido también el tono con el que voy a sentarme.
He decidido, sobre todo, que esta noche, en el comedor grande de Wyndham House, voy a obligar a que algo ocurra fuera del protocolo. Una pulgada bastará. No necesito más.
La cena la sirven a las ocho y media, con los manteles bordados con el escudo y la cubertería que la duquesa, mi madre futura quizá pero todavía no, reserva para las cenas que cuentan.
Esta cuenta de verdad. Lo cuenta para mi padre, que cruza el umbral del comedor a las ocho y veinte y al que el duque saluda como a un caballero que ha sido convocado, no recibido.
Lo cuenta para la baronesa, que hace tres semanas no había pisado este comedor todavía y que esta noche entra por el brazo del duque con una sonrisa pequeña que advierte, advierte y vuelve a advertir.
Lo cuenta para Clara, que entra del brazo de su marido y que, al verme cruzar al lado de mi padre, me aprieta la mano libre con la fuerza con la que las cuñadas Wyndham se aprietan cuando una de ellas está cerrando una circunstancia. Y lo cuenta, sobre todo, para mí.
La anfitriona coloca a mi padre a su derecha.
Coloca a la baronesa a la derecha del duque, en la cabecera contraria.
Coloca a Clara, a su marido y a Cael en el lado largo de la mesa.
Y, en el lado largo opuesto, dos puestos a la derecha del de su hijo mayor, me coloca a mí.
Lo entiendo al sentarme. Dos puestos significa, en el reparto Wyndham, que la conversación cruzada entre el vizconde Ralston y yo no será continua, que mediará un primo del Almirantazgo o una cuñada del condado, y que, por tanto, esta noche no vamos a sostener ni un solo intercambio formal sin un testigo en el medio.
Lo aceptaría, en otra cena. En esta, no.
Levanto los ojos. Lo encuentro al otro lado de la mesa, tres asientos por delante del mío, una cuñada Wyndham en el medio.
No me mira. Está ajustando el pañuelo del cuello con la pulcritud de un caballero que cumple su parte exacta del protocolo.
Bates sirve el primer vino. Bebo un sorbo. Apoyo la copa.
Y es entonces, mientras el primer plato cruza la doble puerta de la cocina, cuando reorganizo los cubiertos.
Lo hago despacio. No con descuido: la pulcritud, esta noche, es deliberada.
Cojo el cuchillo de pescado, que está colocado a la derecha del plato en el ángulo recto del protocolo, y lo desplazo dos pulgadas hacia el centro.
Cojo el tenedor de pescado, que está a la izquierda en el mismo ángulo, y lo paralelizo con el cuchillo, juntos, en un eje que no apunta al plato sino al centro de la mesa, al ángulo en el que un caballero sentado tres asientos por delante en el lado opuesto vería la composición si levantara los ojos. Lo hago en cuatro segundos.
Levanta los ojos. No de inmediato: con la calma de quien ha decidido no permitirse mirar la mesa de una dama hasta que la situación se lo pida.
Pero los levanta. Recorre con la mirada el lado largo opuesto.
Pasa por la cuñada Wyndham. Llega a mi puesto.
Llega a mis cubiertos. Se queda muy quieto.
Una pequeña quietud que solo le he visto antes en una tarde de lluvia, en el salón pequeño de Woody Hall, mientras hablábamos de Cowper y la doncella del pasillo desempolvaba una mesa.
Esa tarde descubrimos los dos —al borde del té, mientras él colocaba la cucharilla en sentido horizontal y yo la giraba ligeramente con dos dedos— que el lenguaje de los cubiertos podía funcionar entre nosotros.
Esa tarde no lo dijimos en voz alta. Nos reímos del Wordsworth digestivo y guardamos el descubrimiento para mejor ocasión. Esta noche es la mejor ocasión.
Levanta el tenedor de su propio plato. Lo desplaza dos pulgadas a la izquierda, en sentido contrario al mío, en un gesto que cualquier caballero leería como un ajuste personal de comodidad.
La cuñada Wyndham, entre los dos, no lo ve.
La baronesa, en la cabecera, no lo ve. La duquesa, en la otra cabecera, sí lo ve.
Lo ve con la misma serenidad con la que ve todo en su comedor, y no comenta. Comemos.
A los seis minutos, vuelvo a la carga. Esta vez con el pequeño cuchillo de fruta colocado a la izquierda del plato, contra el borde, en el ángulo preciso en el que a mí, en una cena de los Halford el mes pasado, una conversación menor sobre Dorian me hizo dejarlo sin tocar.
Lo desplazo. Lo coloco en el ángulo de las dos del reloj, con el filo apuntando al centro de la mesa.
Levanta los ojos otra vez, esta vez un grado más despacio.
Cuando advierte el cuchillo, comprende lo que estoy haciendo y recuerda cuándo dejé yo uno en ese mismo ángulo por última vez.
Hace cinco semanas, en casa de los Halford.
La conversación menor sobre el vizconde Ralston que la señora Halford dejó caer sobre los postres.
La pregunta tiene cinco palabras: ¿usted sigue oyéndome cuando hablo?
Aprieta la copa. La suelta. Vuelve al primer plato.
A los nueve minutos, él levanta su cuchillo de fruta y lo coloca, sobre la servilleta, en el ángulo opuesto al mío: las diez del reloj.
Es la respuesta. La respuesta dice: la oigo, lady Isadora, y le respondo en el ángulo opuesto.
Sonrío. No la sonrisa social. La sonrisa pequeña, mía, que la baronesa advierte.
A los doce minutos, el segundo plato cruza la puerta. La cuñada Wyndham, entre los dos, decide que ha agotado al primo del Almirantazgo y se vuelve hacia Cael. El asiento queda libre. Hablamos.
—Tengo entendido, lady Isadora, que ha estado usted enferma estos días.
—Lo he estado, vizconde. Cinco días con fiebre. La cajita de música ha sonado nueve veces sobre mi mesilla, todas las cuales la he hecho girar yo.
—Es buena cajita. Cada giro entrega cuarenta segundos. La mano que la hace girar aprende a decidir cuánto cuarenta y cuánto sesenta.
—Estoy aprendiendo. Aunque la tarde del cinco —bajo la voz—, en el salón pequeño de mi madre, no me dirigió la palabra a mí. Se la dirigió a una dama enferma que recibe a las cuñadas Lockridge. La diferencia me dolió.
—Lo sé. Mi madre me lo hizo saber. Me dijo que había cumplido el protocolo de una manera tan correcta que ya no se distinguía de servirme de él. Lo dijo después de leer la carta que usted me escribió al día siguiente. La llevo sobre el pecho izquierdo desde entonces.
—No le he escrito ninguna carta.
—La cajita en la repisa fue la mía. La carta de la mañana siguiente fue la suya. Las dos viajaron juntas en una bandeja de Bates.
—No lo sabía. Le ruego que queme la suya.
—No la voy a quemar. Créame: si esa tarde no le hablé como debía, no fue por cobardía. Fue por cálculo. Le ruego que lo advierta y me lo perdone hasta el lunes.
—¿Por qué hasta el lunes?
—Porque el lunes mi padre recibirá al suyo a solas en su despacho.
Asiento. Bebo. La cuñada se vuelve hacia mí con una pregunta sobre la temperatura. Le respondo. La conversación vuelve a su rumor.
A los veinte minutos, llega el frío. Un golpe de aire al abrirse la puerta por una doncella que sale con una bandeja. Me sube un escalofrío por los brazos. Las manos se me quedan frías. Se da cuenta antes que yo. Levanta la mano, llama a Bates, le dice algo al oído. Bates sale.
Vuelve a los dos minutos con un par de guantes pequeños de cabritilla, color crema, doblados en bandeja. No los lleva al puesto del vizconde. Los lleva al mío. Hace una inclinación. Coloca la bandeja a mi izquierda, junto al cuchillo de fruta que está a las dos.
—Cortesía de Wyndham House, milady —dice Bates—. Dice el vizconde que entra corriente del jardín, y que la baronesa Woody podría agradecer un par.
—Le agradezco, Bates.
—Y yo al vizconde.
Y entonces, sin levantarse, sin volverse, sin alzar la voz, el vizconde dice, mirando a su copa:
—Hace frío.
Dos palabras. Bastan.
Cojo los guantes. Me los pongo despacio, dedo a dedo, empezando por el meñique izquierdo. La cabritilla huele a la guantería de Bond Street que la baronesa va a investigar. Son los que la duquesa encargó esta misma semana, y que su hijo ha decidido entregarme antes de tiempo.
Cuando termino, levanto los ojos. Él no ha probado el segundo plato durante los noventa segundos que he tardado.
Sostiene el tenedor. Mira la copa de agua, no a mí.
Pero tiene la mandíbula cerrada. Ha aprendido que las manos enguantadas de una mujer son lo único que un comedor entero no le va a permitir comentar.
Esta noche descubro algo. La elección, cuando un caballero como él la ofrece, no se ofrece en voz alta.
Se ofrece en dos palabras y un par de guantes.
No es la elección que imaginaba. No es la declaración pública que esperaba.
Pero es suya. Es él diciendo «hace frío» cuando quería decir otra cosa.
Es él entregándome unos guantes cuando quería entregarme su mano.
Decido aceptar los guantes. Decido aceptar el gesto pequeño. Decido creer que detrás hay algo más que no sabe decir. Pero que está ahí. Como los cubiertos desplazados. Como la cajita. Como las cartas en su bolsillo.
Decido seguir esperando. Un poco más. No para siempre. Pero un poco más.