Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

La cajita de música, sobre la mesilla, ha sonado nueve veces en cinco días, y las nueve veces la he hecho sonar yo.

La primera, la mañana en que la encontré sobre la repisa del salón pequeño, cuando me obligué a bajar con la bata gris de la baronesa a comprobar que existía.

La segunda, esa misma tarde, cuando volví a subir con ella en la mano.

La tercera, la cuarta, la quinta, durante los días en los que la fiebre subía por la noche y bajaba al mediodía.

Y las cuatro últimas, ya en estas dos jornadas en las que el médico ha dicho a mi madre que la cosa está bajo cuidado y que la temperatura, esta noche, debería ser ya la de un cuerpo recuperado.

Cinco días sin salir de la habitación me han enseñado más sobre el carácter de un hombre que los siete años anteriores.

Esta tarde, miércoles, mi madre me ha permitido por fin cruzar al salón.

Me ha vestido ella misma con un mimo que no le conocía, ha decidido que recibamos a las cuñadas Lockridge mayores para el té de las cuatro, una visita corta, sin presión, sin caballeros.

Solo damas. Y, entre las damas, viene Clara.

Clara entra al salón a las cuatro menos diez, sin las cuñadas, con el pelo todavía mojado por la llovizna que ha cruzado entre Wyndham House y nosotras, y con una decisión en los ojos que llevo cinco días sin recibir.

Me abraza con cuidado, como si la fiebre todavía estuviera dentro de mí, y me suelta enseguida. Me coge la mano. Me la sostiene.

—Tienes la mano fría, Isadora, lo cual es un dato que conviene a una madre, no a una enferma. Las enfermas se quejan de la mano fría; no se conforman con ella. Apunta esa diferencia para mañana, porque la vas a necesitar.

—La apunto.

Sonrío. Una pequeña parte de las cosas que, durante cinco días, no me he podido permitir sonreír, sale ahora con esa pequeña parte de risa que solo Clara consigue arrancarme cuando llevo cinco días sin verla.

—¿Cómo está él, Clara?

Lo pregunto antes de pensarlo. Lo pregunto, sobre todo, antes de prepararme para no preguntarlo, lo cual era el plan de esta mañana. Clara, frente a mí, no aparta los ojos.

—Te espera, querida. Se contiene. Lleva cinco días en su despacho, mirando la calle por la ventana del ala este como un hombre que ha decidido que esta semana, hasta que su madre le firme el calendario, no va a permitirse cruzar la verja del lateral.

La cruzó una vez, ya lo sabes, y le costó dos días sin salir del despacho: madre lo cazó ese mismo mediodía, le ordenó que no repitiera el cruce sin avisar y le hizo comprender, sin levantar la voz, que un caballero no se presenta dos veces seguidas en una calle conocida antes de que la calle lo haya formalmente invitado.

—Y la cajita la firmó tu madre.

—La cajita la firmó ella, sí. Por eso fue. Una mermelada y una cajita son una cesta de Wyndham House que un hijo entrega en nombre de la duquesa. Una segunda visita sería otra cosa.

—Lo entiendo, Clara. Y, sin embargo, no lo acepto. Eso es lo que te ha traído esta tarde con el pelo mojado, supongo.

—Eso, exactamente.

Clara se sienta a mi lado, en el borde del sofá, sin soltarme la mano.

Hartley pasa por el corredor. Dos doncellas del salón cruzan en sentido contrario con la bandeja del té.

Mi madre, en el corredor, recibe a las cuñadas Lockridge con la voz exacta con la que las recibe siempre, el grado correcto de cordialidad que no compromete a nada.

Tenemos cuatro minutos antes de que las cuñadas crucen el umbral.

—Tres días sin venir, Clara, sin escribir, sin susurrarme nada en una doncella de la cocina, sin pedir noticias a mi madre, sin asomarse a la verja del lateral.

Sé que la cajita la firmó tu madre. Sé que la mermelada fue cobertura.

Sé también que él, durante esos diez minutos en los que el barón subió al cuarto de mi padre, podría haber subido a verme y no lo hizo, lo cual fue prudente y le agradezco, y, a la vez, no me consuela esta tarde.

—Lo que sí me consuela, descubro al decírtelo en voz alta, es saber qué necesitaría yo para que esto se pareciera a otra cosa.

Necesitaría algo que no sea cobertura. Algo que no diga, en su firma, que es de la duquesa.

Una visita al salón pequeño con una cesta de fruta de su propia cocinera, no de la suya.

Cinco palabras audibles a la baronesa, en presencia de Hartley, que no se puedan leer como las cinco palabras que un caballero le diría a una dama de la calle a la que respeta.

Algo que distinga, en una mesa social, lo que él me dice a mí de lo que le diría a cualquier otra.

—Llevo cinco días debajo de un edredón pensándolo. Y lo digo porque lo he ordenado.

Clara me sostiene la mano un instante más. La suelta. Se levanta del borde del sofá. Cruza al hogar. No me mira directamente cuando habla. Habla mirando a las brasas, lo cual, en ella, quiere decir que va a decir una cosa que ha calibrado.

—Mi hermano lleva siete años queriéndote en silencio.

Cinco días sin verte le están costando, según me ha contado madre con un cuidado que no le conozco a menudo, más que dos años de cuentas mal llevadas.

Esto, no me lo digas a mí: te lo digo yo.

Lo que no sé, querida, es si lo que le cuesta a él es lo mismo que lo que tú necesitas.

Lo que le cuesta a él es esperar. Lo que tú necesitas es ser elegida. Esas dos cosas no son la misma.

—¿Por qué tu madre lo retiene, Clara?

—Porque, durante siete años, ha visto a mi hermano no atreverse, y desde la noche del baile lo ha visto soltarse a destiempos.

Se ha ofrecido a cerrarle el calendario para que no lo cierre él, en voz alta, una noche, en mitad de un salón cualquiera, sin haberlo medido antes.

Es un favor que ella le hace porque conoce a mi hermano. No es un favor que te hace a ti.

—Eso lo dices tú, Clara, no ella.

—Lo digo yo, sí, porque ella, esta tarde, te diría exactamente lo mismo: que lo retiene por amor de él. Y tú y yo, querida, no estamos discutiendo ya el amor de él. Estamos discutiendo si ese amor te basta como te lo está ofreciendo.

Las cuñadas Lockridge mayores cruzan el umbral en ese instante. Mi madre, dos pasos por delante, anuncia la visita. Clara me suelta la mano del todo, se compone una sonrisa pequeña y se vuelve hacia ellas con la cortesía exacta del protocolo.

La conversación con las cuñadas dura cuarenta minutos.

Saludo, agradezco las visitas que me han mandado, escucho un comentario de la mayor sobre el primo segundo de los Granthorpe que ha vuelto a escapársele del condado, asiento a un comentario menor de la pequeña sobre el bordado de mi cojín, sostengo la taza con la pulcritud que la baronesa me ha enseñado desde los seis años.

Hago todo lo que se espera. Y, en algún punto del cuarto cuarto de la conversación, descubro que también se espera que yo, esta tarde, no diga otra cosa que las que se esperan.

A las cuatro y veinte, suena la campana del portal otra vez. Hartley, en el corredor, anuncia con la inclinación correcta:

—El vizconde Ralston, milady. Trae un encargo de la duquesa para la baronesa.

Mi madre se levanta. Las cuñadas se yerguen un grado en sus sillones. Clara me mira. Yo no me muevo del sofá.

Entra. Es la primera vez que lo veo en cinco días.

Lleva la levita gris oscura, la camisa con el cuello firme, el sombrero en la mano que se entrega a Hartley en el umbral.

Saluda a la baronesa. Saluda a las dos cuñadas.

Saluda a Clara. Y, finalmente, me saluda a mí con la inclinación correcta del protocolo, sin extenderse, sin sonrisa, con la voz exacta con la que un caballero saluda a una dama de la calle que ha estado enferma y empieza a recibir visitas.

—Lady Isadora. Me alegra encontrarla recuperada.

—Y a mí encontrarme ya en condiciones de recibir, vizconde. Le agradezco la visita y le agradezco a su madre la cesta de la mañana de la fiebre, que no he podido agradecerle todavía con todas las palabras que merecía.

—La duquesa la recibirá conforme.

Eso es todo. Saca de la mano izquierda un sobre pequeño con el sello ducal, lo entrega a mi madre, intercambia con ella dos frases sobre un asunto del comité del Almirantazgo en el que su padre, según parece, ha sido obligado a opinar esta semana, y se queda de pie junto al hogar sin cruzar la habitación hacia donde estoy yo.

Las cuñadas, que no son tontas, advierten el ángulo.

La mayor advierte que no ha cruzado a mi sofá, lo cual quiere decir que está cumpliendo el protocolo al pie de la letra.

Las dos, mañana, lo van a comentar. Y mañana ese comentario le llegará a la duquesa en una conversación sobre rosas a las tres de la tarde. Ella lo aprobará.

Lo que no se va a aprobar esta tarde se está aprobando dentro de mí en una zona nueva, debajo de la garganta y por encima del corsé, que la velada de hace seis días encontró por primera vez. La zona se ensancha. Empieza a doler de otra manera. El nombre no es desear. Es endurecerse.

Bebo un sorbo de té que no me sabe a nada.

A las cinco menos veinte, él inclina la cabeza a la baronesa, a las cuñadas, a Clara y, finalmente, a mí, y se despide. Hartley le devuelve el sombrero. Cruza la calle. La verja del lateral no se cruzará en los próximos cuarenta minutos.

Las cuñadas se quedan otros veinte minutos. Mi madre las despide. Clara se queda conmigo en el sofá y me coge la mano otra vez.

—No estás bien. Lo voy a decir yo por ti.

Hoy no te han dado lo que llevas cinco días esperando.

La semana que viene, sí. La cena en Wyndham House del jueves es la cena en la que tu padre y el mío van a empezar a transitar lo que las dos madres llevan firmando seis días. Esa cena se llama calendario.

—Yo no quería un calendario. Quería un hombre.

Clara se queda quieta.

—Vas a tener al hombre. Pero te lo van a entregar pasado el calendario. No me hace gracia decírtelo.

Aprieta mi mano. Suelta. Se levanta. Sale.

Yo me quedo en el sofá con el té frío y la conciencia de que he aprendido algo que tendría que haber aprendido a los dieciocho.

Es posible ser amada por un hombre y no ser elegida por él en voz alta.

Es posible que ese hombre ame con intensidad y, a la vez, no salga del protocolo.

Amar y elegir no se separan por tiempo. Se separan por carácter.

Decido que el carácter de él tiene que ofrecerme, antes de esa cena, una prueba. No de amor. De elección. Si no me la ofrece, aprenderé a no haberla pedido.

La cajita sigue sobre la mesilla. Cada vez que sonaba, durante cuarenta segundos, yo imaginaba que él estaba conmigo.

Que su silencio era compañía. Que su ausencia era espera.

Esta tarde, después de verlo entrar y salir sin cruzar el sofá, descubro que cuarenta segundos no son suficientes.

Necesito más. Necesito todo. Si no puede dármelo todo, necesito que al menos lo intente de otra manera.

No con regalos que firma su madre. No con visitas que no se atreven a cruzar la habitación.

Necesito que me elija a mí, no al calendario.

Si no puede, empiezo a aceptar que quizá nunca podrá. Y que eso, aunque duela, también es una respuesta.