CAPÍTULO 15
Decido a las seis y veintinueve de la mañana que no voy a esperar a las once en punto, hora a la que un caballero puede presentarse a saludar a una dama enferma de la calle sin parecer indecoroso, y la decisión, que tomo de pie frente al escritorio con el café enfriándose, sostiene exactamente cuatro segundos antes de empezar a pesarme.
La sostengo igualmente. La sostengo, sobre todo, porque a las seis y treinta y dos descubro que no he sido capaz de leer dos veces seguidas el mismo renglón del documento que tengo delante.
La causa de la madrugada me la ha subido Bates con el café de las seis y veinte. Ha entrado al despacho con la postura exacta con la que entrega los avisos que considera que su señor debe recibir despierto y no ha dejado el azúcar.
—Lord Ralston, le subo lo que me ha contado Patty hace diez minutos en la verja del lateral.
La señorita de Woody lleva con fiebre desde anoche, después de la velada de los Lockridge.
La baronesa hizo llamar al médico de madrugada y, a juzgar por las idas y venidas de la verja, la casa entera no se ha acostado.
El médico le ha mandado reposo y caldos, le ha prohibido salir de la habitación durante los próximos tres días, y ha calificado el cuadro de catarro fuerte.
Patty no se ha extendido en más detalles, lo cual quiere decir, según mi experiencia con ella, que la situación es seria pero no urgente.
—Súbalo a mi madre cuando se levante, Bates. No la despierte.
—Sí, milord.
Bates se retira sin cerrar del todo la puerta.
Yo me quedo de pie frente al escritorio, con la sensación incómoda de que el mueble, esta mañana, no me sirve para nada.
Cojo la pluma y la dejo. Cojo el sobre que abrí ayer del procurador del condado y lo dejo otra vez en el mismo punto del cartapacio.
Cruzo al armario donde Whitlock guarda el sombrero, abro la puerta, miro un segundo dentro y cierro sin haber decidido coger nada. Y entonces, ya digo, decido.
A las siete menos cuarto bajo a las cocinas.
La cocinera Wyndham, que lleva veintiocho años en esta casa y ha visto pasar a los hijos de la duquesa por su puerta a horas raras, no me pregunta nada cuando le pido que prepare un cesto pequeño con dos tarros de la mermelada de naranja amarga que la señora le manda traer cada otoño desde Sevilla, un paquete del bizcocho seco que reserva para las visitas y, encima de todo, un paquete envuelto en seda verde que llevo bajo el brazo y que he subido del fondo del armario del salón pequeño esta misma mañana a las seis y diez.
—¿La mermelada también, milord?
—La doble dosis es deliberada, señora. Si la cesta llega con un solo tarro, mi madre, cuando lo descubra, va a entender que se lo he ocultado. Si llega con dos, va a entender que se lo he honrado.
La cocinera no comenta. En una casa como esta ha aprendido en veintiocho años a no comentar.
Cruzo la calle a las siete y dos minutos.
La fachada de Woody Hall, a esa hora, tiene tres ventanas con luz: una en el primer piso, dos en el sótano.
En una casa que se acuesta a las once, eso quiere decir que la casa lleva despierta toda la noche.
Hartley me abre la puerta antes de que termine de levantar la mano hacia la aldaba.
—Vizconde. La baronesa todavía no ha bajado del cuarto de su hija.
—No vengo a verla a ella, Hartley. Le traigo, sin molestar, una cesta que mi cocinera ha decidido enviar esta mañana porque mi madre, anoche, en una conversación con la baronesa, dejó caer un comentario sobre la mermelada que la cocinera ha convertido en encargo.
Si me lo permite, espero a la baronesa abajo.
Llevo conmigo, además, un paquete que la duquesa le había prometido a la suya hace dos semanas y que tampoco quería que esperara.
Saco el paquete envuelto en seda verde. Hartley lo mira un instante. La seda verde es la seda verde que se usa, en Wyndham House, para envolver los regalos pequeños que la señora manda a otras casas de Mayfair. Hartley lleva veinticinco años aprendiendo a leerla.
—Por aquí, vizconde.
Me conduce al salón pequeño. Es el mismo en el que estuve hace diez días, una tarde de lluvia, tomando té con la hija mayor del barón.
La chimenea, esta mañana, lleva encendida desde temprano.
El sillón que ocupé entonces —el mío, sospecho, desde que un caballero ocupa por primera vez un sillón en una casa— está exactamente donde lo dejé.
Lo ocupo. Apoyo la cesta en la mesita y dejo el paquete envuelto en seda verde encima.
Hartley regresa con un servicio de café que no he pedido y que demuestra dos cosas: que la baronesa no podrá bajar a recibirme antes de las nueve, y que la casa, en cualquier caso, ha decidido tratarme con la cortesía completa de la calle.
Bebo. El café es bueno, mejor de lo que esperaba a esta hora.
A las siete y veinte, baja la baronesa al salón con una bata gris sobria y el pelo recogido con la rapidez con la que lo hace una madre que ha pasado la noche junto a la cama de una hija. Me levanto.
—Lord Ralston, le pido tres cosas a la vez.
Primero, que me disculpe la bata. Segundo, que me cuente esa historia de la mermelada con todo el cuidado del mundo, porque mi marido, si baja en los próximos diez minutos, va a oírla, y no me conviene que oiga la versión que usted ha contado en el zaguán.
Tercero, que me diga, sin rodeos, qué le ha hecho cruzar la calle a las siete cuando un caballero prudente cruza a las once.
—Lo segundo y lo tercero son la misma cosa, baronesa.
Por eso he traído la mermelada doble. La cocinera Wyndham toma esa clase de decisiones por su cuenta cuando mi madre duerme; y mi madre, cuando se entere de que la cesta cruzó la calle a las siete, va a comprender que la decisión no era de la cocinera.
Necesito, en pocas palabras, que la cesta haya llegado antes de que ella se haga al despacho.
Me sostiene la mirada un instante, ese instante que se permiten las madres lúcidas después de una noche junto a la cama de una hija enferma.
Es el instante en el que se permiten no fingir que se creen el motivo que un hombre acaba de darles.
Se permiten no comentar la incoherencia.
Se permiten, sobre todo, agradecerla en silencio.
—Le agradezco la cesta y la hora, vizconde.
Mi marido, con suerte, todavía no se habrá levantado.
Mi hija está mejor que anoche, aunque peor de lo que estará mañana, sospecho.
La fiebre baja despacio. El médico considera que el cuadro es manejable y no requiere preocupación adicional, aunque la noche ha sido más larga de lo que ninguno habíamos previsto.
—Mi madre le manda recuerdos.
—Que la duquesa los reciba de vuelta cuando esté despierta.
Coge el paquete envuelto en seda verde de encima de la cesta sin abrirlo, lo sostiene en la mano un segundo y lo deposita en el sofá, junto a ella, sin hacer comentario sobre el contenido. Eso quiere decir que lo conoce o que sospecha lo suficiente para no abrirlo en mi presencia.
—Lord Ralston, ¿le importaría esperar diez minutos más?
Mi marido va a bajar enseguida. Hace tres semanas que quiere saludarlo a usted personalmente.
La situación, esta mañana, no es la que él imaginaba para esa primera conversación, pero es la que tenemos, y, en cualquier caso, es preferible que se vean los dos antes de que mi marido cruce a su despacho y aplace la conversación tres semanas más.
—Tengo el tiempo que necesite el barón.
Sube otra vez. Yo me quedo en el sillón, con la taza vacía y la sensación clara de que la conversación que va a propiciar abajo con su marido no la ha decidido esta mañana.
La decidió ella ayer, en presencia de un té y una conversación sobre rosas que duró cuarenta minutos, en compañía de una duquesa que llevaba siete días esperándola.
Lo de esta mañana es solo el aprovechamiento de la circunstancia.
La fiebre, sin saberlo, le ha adelantado el calendario a las dos madres dos días.
A las siete y treinta y dos, baja el barón con chaqueta de mañana, camisa con el cuello firme y la cara que le pone, supongo, un hombre al que su mujer le ha informado en el descansillo, tres minutos antes, de que va a recibir en su salón a un caballero al que no esperaba a esa hora. Me levanto.
—Vizconde, mi mujer me dice que la mermelada es una excusa, lo cual ya sospechaba yo cuando me la mencionó al pie de la cama hace cinco minutos.
Antes de que ofrezca usted otra disculpa, le ahorro el trabajo: he agradecido la coincidencia con que ha bajado, porque llevo tres semanas queriendo cruzar yo mismo a Wyndham House a una hora prudente y no encontrando el motivo que me lo permitiera.
Esta mañana usted me lo ha resuelto. Siéntese.
Nos sentamos. El barón pide café. Hartley lo trae.
La conversación entre los dos dura cuarenta y cinco minutos y la lleva el barón, que es un hombre prudente y, por tanto, prefiere conducirla por los lugares que considera transitables: el procurador del condado y un asunto de unos arrendamientos con un dictamen pesimista; el sastre que compartimos desde hace doce años; un primo segundo de los Holbrook sobre quien tiene una opinión que prefiere que conozca yo antes de que se lo cuente otro caballero.
No me pregunta por su hija, ni por la duquesa, ni por el calendario que las dos casas llevan una semana cerrando.
Me pregunta, en cambio, si estaría dispuesto a ocuparme yo en los próximos meses del asunto del condado del que su procurador le ha hecho el dictamen, y le contesto que sí sin pensarlo dos segundos. El barón asiente y bebe café.
A las ocho y un cuarto, deja la taza en la mesita y dice que tiene que subir un momento al cuarto de su hija, y que volverá enseguida.
La casa, a las ocho y un cuarto, queda en silencio.
La cocina trabaja al fondo. Un reloj, en algún corredor, da el cuarto.
Yo me quedo solo en el sillón, con la taza vacía.
Y, durante esos diez minutos en los que el barón está arriba, hago una cosa que un caballero prudente no haría.
Cojo el paquete envuelto en seda verde, que la baronesa ha dejado sobre el sofá hace una hora, y lo cambio de sitio.
Lo subo a la repisa de la chimenea, en el ángulo exacto en el que cualquier criada del salón, al pasar a lo largo del día, lo verá sin necesidad de buscarlo.
Es una cajita pequeña, de madera oscura barnizada, del tamaño de la palma de una mano.
Mi madre la guarda, en un cajón del salón verde de Wyndham House, desde antes de mi nacimiento.
Se la regaló su tía abuela materna hace cincuenta años con el encargo de no abrirla y, llegado el caso, regalarla a una hija.
Como ella solo tuvo a Clara, y a Clara ya le regaló otra cosa al casarse, la cajita ha esperado en el cajón a que apareciera una mujer joven a la que la duquesa quisiera pasársela.
Esta mañana ha decidido que ha aparecido.
La cajita encierra una melodía de cuarenta segundos.
La bajé a las seis y diez del salón verde, después de que mi madre, anoche, al final de su conversación con la baronesa, me hiciera saber sin decirlo que esta mañana, si la circunstancia lo permitía, podía dejarla yo en Woody Hall.
La coloco en la repisa con cuidado y vuelvo al sillón. No la acompaño con tarjeta ni con nota. La cajita sola, en una repisa que esta mañana no la tenía, dice exactamente todo lo que tiene que decir y no necesita firma.
A las ocho y veinticinco, baja el barón. Bebemos cinco minutos más. Cierra la conversación con un comentario sobre el tiempo que no me obliga a contestar, y, en el zaguán, me despide con la inclinación correcta y una frase pequeña mientras me ofrece el sombrero.
—Le esperamos otra vez, vizconde, en circunstancias menos accidentadas.
—Y yo se lo agradezco, barón. La próxima visita la tendré previsto un mejor pretexto que una mermelada.
Cruzo la calle. A las nueve menos diez, Whitlock me presenta tres documentos que firmo sin leer.
A las nueve, Bates me sube el segundo café del día y, esta vez, lo bebo entero.
A las nueve y cuarto, Patty cruza la verja del lateral con una carta dirigida a la duquesa.
Mi madre la lee a las nueve y veinte sin sonreír, dobla la carta y se la guarda en el bolsillo del chal.
Yo me quedo de pie junto a la ventana, sin trabajar, durante una hora y cuarenta minutos.
A las once y dos minutos, una segunda doncella de Woody Hall cruza la verja con otra carta. Esta no es para ella, sino para mí. Bates la sube. La abre, como hacemos con las cartas que llegan de las casas conocidas, y me la entrega. La leo de pie junto la ventana, sin moverme.
Son cuatro líneas, sin saludo, sin firma, con una letra inclinada hacia adelante y la tinta apresurada de quien acaba de despertar y ha buscado pluma antes de buscar peinado: «Me ha despertado una cajita de música en una repisa que esta mañana no estaba.
Le agradezco, vizconde, la mermelada de naranja amarga.
He sabido, en ese instante, que ha estado usted aquí, y que se ha quedado más de lo que debía, lo cual es lo único que necesito saber esta mañana. »
Doblo la carta y me la guardo en el bolsillo izquierdo del chaleco, sobre el pecho.
Sigo de pie junto a la ventana. La calle, fuera, sigue exactamente igual que cuando crucé esta mañana.
Yo, dentro de esta ventana, ya no soy el mismo caballero que la cruzó.
He cruzado demasiado pronto. Me he quedado demasiado tiempo.
He dejado una cajita en una repisa que no era mi territorio.
Y ahora tengo su carta en el bolsillo, cerca del corazón, donde ninguna carta de ningún procurador va a caber nunca.
La disciplina de quince años ha saltado por los aire.
No quiero recuperarla. Quiero seguir así, desordenado, impaciente, con el pecho caliente por cuatro líneas escritas a mano.
Quiero seguir siendo este hombre que cruza calles a las siete de la mañana sin pretexto y deja cajitas en repisas ajenas.
Porque este hombre, al menos, no está esperando.
Está haciendo. Y hacer, aunque sea mal, aunque sea demasiado pronto, es mejor que seguir parado otros siete años.