CAPÍTULO 14
Estar querida en secreto, descubro esta tarde, tiene fecha de caducidad, y la mía cae exactamente entre el tercer y el cuarto compás del primer cotillón de la velada de los Lockridge.
Lo digo porque, hasta hace tres horas, todavía me servía.
Me servía en Bond Street la pasada primavera.
Me servía en el cuarto de costura de Woody Hall cualquier tarde de mayo.
Me servía cada vez que un primo del Almirantazgo le pedía a un caballero alto de Mayfair su opinión sobre un asunto de aduanas y yo, desde el otro extremo del salón, podía escuchar la voz de ese caballero sin que nadie en esa habitación supiera que la estaba escuchando.
Me ha servido siete años. Y, esta noche a las nueve menos cuarto de un jueves de octubre, la utilidad se acaba.
Quien lo nota antes que yo es Clara. Mi cuñada Wyndham —Clara Wyndham, marquesa de Croft desde diciembre, casada hace cinco meses, pero todavía Clara para mí— ha vuelto del campo de los tíos hace dos días, con la piel de quien ha pasado quince días al aire y la conversación de quien ha pasado quince días sin nadie con quien hablar.
Me ha localizado esta tarde, antes incluso de que yo le viera el peinado.
Y desde hace una hora, mientras me cuenta la lista exhaustiva de los acontecimientos de Hampshire por los que ya no debería tener interés ninguno, no me suelta el codo y, sobre todo, no me suelta los ojos.
Su marido, el marqués de Croft, ha cruzado al salón anejo con el primo del Almirantazgo a sostener una conversación sobre arrendamientos del condado del que el marqués no es responsable, por respeto a su suegro el duque, con la cortesía de los caballeros que llevan cinco meses casados con la única hija de la duquesa de Wyndham y no han aprendido todavía a librarse de las conversaciones que el suegro les pone delante.
—Estás distinta, Isadora.
—Llevas dos minutos con el codo en el mío, Clara, así que distinta seguro que estoy.
—No lo digo por el codo. Lo digo porque mi madre me escribió la semana pasada una carta en la que decía exactamente otra cosa, y esa carta dice que la duquesa, sin que mi padre lo sospeche todavía, ha decidido por su cuenta abrir un calendario a propósito de mi hermano mayor, y que ese calendario, según se desprende del primer renglón, te concierne a ti.
—No estoy preguntándote nada, Clara.
—Y yo no estoy esperando que preguntes. Te informo del nivel de información que traigo de Hampshire.
Es una cortesía que les debo a las amigas que han pasado quince días con sus tíos pensando, en algún momento del trayecto, que iban a regresar a Mayfair y a encontrar la temporada exactamente en el punto en el que la habían dejado, lo cual, como es notorio, no ha ocurrido.
Sonrío. La aprieto un poco contra el costado.
Toda mi vida adulta cabe en este apretón.
Me ha sostenido tres meses en su biblioteca, hace siete años, mientras yo me acostumbraba a un nombre que no podía pronunciar.
Me ha sostenido cuatro veranos en Hampshire, hace seis, mientras yo aprendía a no preguntar por él.
Y me sostiene esta tarde, en este salón, sin haberse enterado todavía de los detalles, con una lealtad que solo puede tener una hermana que no es tu hermana de sangre.
—Cuéntame todo después, Clara. Esta tarde no, porque la temperatura del salón no lo permite.
—Comprendo perfectamente.
Y no añade más. Eso, en Clara, es la cantidad exacta de tacto que llevaba dos meses sin recibir.
A las nueve menos cuarto, la condesa hace servir el segundo refrigerio.
Se abre la doble puerta del comedor pequeño.
Una doncella anuncia que las damas que prefieran sentarse pueden hacerlo.
La mitad del salón cruza al comedor pequeño.
La otra mitad se queda en el principal con las copas.
Yo me quedo, naturalmente: el comedor pequeño está demasiado cerca de la mesa de los licores, y allí está lord Coole sosteniendo una copa con las dos manos.
Lleva el chaleco gris claro de la última vez.
Las botas con el lustre que las cuñadas anfitrionas consideran serio.
Y lleva la cara de un hombre que ha decidido reactivar la temporada después de tres días en los que ha hecho como que no me veía.
La sobrina pequeña de los condes, esta semana, no le ha funcionado.
La sobrina, anuncia la baronesa con una serenidad de Mayfair, se ha enfadado con su tía y ha decidido pasar quince días con la otra. Coole, por tanto, vuelve.
Cruza el salón hacia mí.
—Lady Isadora. La he buscado el martes y no la encontré.
—No estaba en Bond Street ese día, milord.
—Lo sospeché tarde. Le agradezco la inferencia.
—Lo cual prueba, milord, que el martes a la una usted estaba comprobando si yo estaba en Bond Street, información que no necesito.
Sonríe con esa sonrisa pequeña que ha aprendido para esta clase de salón. Hoy le sirve menos que otras tardes. Mi madre lo advierte con la cabeza lo justo para que no se le note. Clara, a mi izquierda, no se ha movido.
—Le pido el primer cotillón, lady Isadora. Si está libre.
—Está libre, milord.
Acepto el brazo. Cruzamos. Mi madre asiente sin asentir.
Clara, junto al hogar, no me sigue con los ojos: mira la zona del salón donde no estoy yo.
Allí, junto a una columna, en una conversación con un primo del Almirantazgo que le sirve de pretexto, hay un hombre alto y oscuro con una copa que no se ha bebido y la mano izquierda apoyada en el mármol de la chimenea.
No me ha mirado en toda la velada. Esta tarde, antes de salir de Woody Hall, me ha llegado, a través de Patty —que viene de la cocina de Wyndham House con una receta que la duquesa le ha mandado a la mía—, una indicación corta de la cocinera Wyndham a la mía: el vizconde llegará hacia las nueve.
Estará en el lateral del hogar. Si no me dirige la palabra durante las dos primeras horas, no debo extrañarme.
Es el arreglo convenido entre las dos madres.
Lo he aceptado. En el carruaje, mientras la baronesa repasaba la lista.
En el zaguán, al entrar. Lo acepto ahora mientras Coole me sostiene el codo y yo distingo, por encima de su hombro derecho, el reflejo del Wyndham mayor en el espejo de la pared lateral, devolviéndome una mirada que ha durado lo que tarda un caballero en girar la cabeza un grado para no ser visto mirando.
Bailamos. Coole me habla. Le respondo. La música me suena lejana. Dura veintidós minutos. Coole me devuelve a mi madre. Yo cruzo al lateral del hogar a coger una taza de café que no he pedido.
Y en ese cruce, durante los seis pasos que separan el grupo de la baronesa del lateral del hogar, la fila de invitados que vuelven del comedor pequeño me obliga a hacerme a un lado.
Hacia la izquierda. Allí hay un cuerpo más alto que el mío que también se ha hecho a un lado.
No me mira. Pero la voz, cuando la deja caer, es tan baja que durante el segundo que dura no oigo otra cosa.
—No la he visto en toda la noche.
Cinco palabras en susurro. En cualquier otro hombre serían un saludo. En él, con la duquesa observando, con la baronesa a cuatro pasos, con Coole acabando de devolverme y con Clara advirtiendo todo lo que advierte una hermana que no es de sangre, son una declaración. Y son demasiado poco.
Lo descubro mientras él sigue caminando y yo tomo la taza.
Me tiembla. La cojo con las dos manos. Clara me da una indicación con la barbilla: respira .
Comprendo que cinco palabras en susurro no son lo que llevo siete años esperando.
Lo que espero es que pase a mi lado en una habitación llena de gente y no me hable en susurros.
Que el comentario sea trivial. Que cualquiera, cuando le sonría, piense lo que tendría que pensar. Eso no me lo da.
No me lo da porque el arreglo de las madres no lo permite. El arreglo me da una receta de cocina. Cinco palabras en voz baja. Secreto. Yo ya no quiero secreto.
Clara cruza a mi lado. Coge mi taza. Bebe. Me la devuelve medio vacía.
—Llevas la mano temblándote media hora. Te tiembla por motivos respetables. Pero te informa. Si te has cansado, eso también te informa.
—Esta noche no me consuela.
—No pretendo consolarte. Pretendo que lo que te enseña el temblor lo conserves para mañana. Para saber qué piensas tú, no qué ha decidido mi madre.
La miro. Levanta la barbilla. La cara que se permite dos veces en su vida la marquesa de cinco meses cuando le habla a la mujer que su hermano mayor ha decidido amar en silencio.
—Le he hablado esta noche con cinco palabras. Mañana sabré qué pienso de ellas.
—Tu madre lleva una semana cerrando un calendario.
—Sí.
—Si todavía no estás recibiendo palabras audibles, es porque el calendario no las firma. Pero las firmará.
—¿Cuándo?
—Eso te lo dirá ella.
Asiento. Bebo el resto del café. Clara se queda conmigo durante la cuarta pieza.
La mando a bailar con un primo de los condes.
Yo me quedo en el lateral. El Wyndham mayor sostiene una conversación con el primo del Almirantazgo.
Cumple lo acordado al minuto. Y eso me duele en un sitio que no había localizado.
Debajo de la garganta y encima del corsé.
Un sitio que no sabía que existía. Esta noche lo encuentra él, sin mirarme.
Y porque no me mira, descubro que estar querida en secreto ya no me sirve.
Me sirvió a los dieciocho. A los veinte todavía, cuando lo trataba como un consuelo privado.
Esta noche ya no es consuelo. Es un peso que llevo yo sola.
Mañana me sentaré en mi cuarto de costura con la primera luz.
Voy a escribirle, por primera vez en siete años, lo que no le he escrito.
No se la mandaré. Pero la escribiré. Para ordenar dentro de mí lo que ya no quiero ordenar fuera.
Para decirme a mí misma que estar querida en secreto tiene fecha de caducidad. La mía acaba de expirar.