Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

—Hermano, ¿has visto al irlandés?

Cael me lo pregunta con la voz baja con la que se hacen las preguntas que no se piensan responder en el zaguán de los Granthorpe, donde acabo de entregarle el sombrero a una doncella y todavía no me he quitado los guantes.

La velada de octubre de los condes la tiene clasificada toda Mayfair como la velada en la que se mide quién está cortejando a quién y, sobre todo, quién no admite que está cortejando a alguien.

Esta noche, en este salón, soy el segundo.

—Todavía no, Cael. Acabo de cruzar el portal.

—Pues entra ya, porque mientras tú estabas inclinándote ante la condesa, lord Brennan le ha pedido a la baronesa de Woody el primer baile de su hija, y la baronesa, que esta noche no estaba avisada, se lo ha concedido.

—¿Brennan?

—Pretendiente nuevo de la semana. Irlandés, treinta años, hermano segundo de un conde con expectativas decentes por la salud frágil del primero.

Se aloja con los Granthorpe. Lo presentaron hace cinco días en una merienda y, según lady Lockridge, lleva cuatro días maniobrando para que esta noche le pidan, en su nombre, el primer baile.

—Granthorpe le va a presentar formalmente.

—El conde está cruzando el salón ahora mismo con esa intención. Tienes ocho minutos.

Le devuelvo a la doncella los guantes con un gesto que en cualquier otra noche sería discreto y que esta noche no me sale del todo discreto. Cruzo el zaguán. Entro al salón.

Localizo el vestido verde oscuro a la primera. Le sienta bastante bien. La hace mayor. Y eso, esta noche, en esta velada precisa, le añade un grado de gravedad que ya tiene de por sí y que un par de jóvenes caballeros del lateral izquierdo del salón están notando con una atención que no me gusta.

—Hermano. Veo que ya has medido el salón.

—Lo he medido.

—Y ya sabes dónde están.

—También. Y dónde están los dos jóvenes Granthorpe, el primo de los Lockridge, y, en la fila de las columnas, el caballero recién llegado.

—Lord Brennan se aloja en esta misma casa. Lo presentó la condesa en la merienda del jueves. Está convencida de que es el partido más sensato que ha entrado en su salón en dos años.

Bebo champán que esta noche he decidido beber porque no beberlo sería más visible y, sin levantar la copa más de lo que la levanta cualquier caballero, sigo el cruce del conde con la mirada.

Atraviesa el grupo de la cuñada Lockridge mayor.

Se detiene junto al vestido verde. Le hace a la dama una inclinación de cabeza.

Lleva detrás, a un paso prudente, a un caballero alto, de cabello rojizo oscuro y mandíbula correcta.

La presentación dura quince segundos. Brennan se inclina sobre la mano enguantada.

Se incorpora. Pide algo en voz que no me llega.

La cabeza inclinada de la dama, durante medio segundo, mira hacia la zona del salón en la que estoy yo.

Aparta los ojos antes de que nadie los lea.

Acepta lo que le ha respondido. Da un paso atrás.

Granthorpe, satisfecho, vuelve a su grupo.

—Le ha pedido el primer baile.

—Lo he visto, Cael. Y ella le ha dicho que sí, también lo he visto.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que un caballero no debería hacer en una velada de los Granthorpe.

—¿Bien o mal?

—Mal. Y cuento contigo para que lo mal salga limpio.

Cruzo el salón. No directamente: tomo la curva larga, paso por el grupo de la cuñada Lockridge mayor, intercambio dos frases con la condesa sobre el champán, atravieso el lateral del cuarteto.

La orquesta termina de templar la primera pieza.

El caballero recién llegado, junto a la mesa de los licores, se ha quedado esperando, con la cortesía exacta de un visitante que no pretende ser invasivo.

La dama del vestido verde, junto a él, sostiene una taza de café con las dos manos, lo cual, en ella, esta noche, no es comodidad: es disciplina.

Llego al ángulo en el que el otro no me ve hasta el último paso.

La dama, sí. Levanta los ojos. Se le abre, durante medio segundo, la pequeña preocupación de las mujeres que advierten que un caballero no ha tomado la curva larga del salón por casualidad.

Yo le sostengo la mirada un latido. Después miro al hombre.

—Lord Brennan, supongo. Soy el vizconde Ralston. Es un placer conocerlo en Londres.

—Vizconde. La condesa me ha hablado de usted hace un rato. Es un placer.

—Espero que la temporada esté siendo amable con su llegada.

—Lo está siendo, vizconde, mucho más de lo que esperaba.

—Me alegra. Permítame, en cualquier caso, recuperar a esta dama un instante. Le había pedido yo el primer baile esta tarde, en presencia de su madre, y temo, por la cara que pone, que mi nombre se le haya escapado de la memoria entre dos visitas.

Lo digo con la cortesía exacta del protocolo y con la sonrisa pequeña que un caballero dedica a otro cuando está mintiendo enteramente y los dos lo saben.

El visitante abre la boca medio segundo.

La cierra. Mira a la dama. Ella, con una serenidad que esta noche me sirve más de lo que se imagina, baja un grado el plato del platillo y dice:

—Le pido disculpas, lord Brennan. La memoria es frágil cuando el salón está caliente. El vizconde tiene razón. Tendrá que esperar usted al segundo cotillón, si me hace el honor.

—Será un placer entonces, lady Isadora.

Inclina la cabeza. Se aparta. Cruza el salón en sentido contrario al mío con la pequeña dignidad de los caballeros recién llegados que han comprendido, antes de quitarse el guante, que la temporada en Mayfair tiene reglas que no figuraban en la guía que les dio su primo.

Le ofrezco el brazo. Lo acepta.

—Esa mentira, milord, ha sido pública.

—La he calculado pública. Una mentira privada habría servido para esta noche y mañana se habría disuelto. Esta no se disuelve. Es lo que necesitamos los dos para la conversación que mi madre y la suya van a tener mañana por la mañana.

—Mi madre la va a notar antes de que lleguemos al centro de la pista.

—La duquesa entró al salón hace cuarenta segundos. La está notando ya.

Cruzamos el salón hacia la pista. La música arranca.

La pongo en posición. Mi mano izquierda en su cintura, la derecha sosteniendo la suya, la distancia exacta del baile, ni un dedo más cerca, ni uno más lejos.

Esta noche, en este salón, un dedo de más sería ruina.

Ya he tomado, por hoy, todas las libertades que me iba a tomar.

—Lord Brennan no se merecía esa mentira, vizconde.

—Se ha alojado siete días en casa de los Granthorpe y lleva cuatro maniobrando para pedirle el primer baile a una mujer a la que apenas ha sido presentada. La merece o no la merece. La ha cobrado.

—¿Por qué la ha cobrado?

—Porque no quería verlo con la mano en su cintura.

Lo digo bajo, sin mover la cara, con la voz exacta con la que se pasa una crítica al cocinero entre dos platos. La dama, debajo de mi mano izquierda, se queda media respiración suspendida.

—Vizconde.

—Sé que es delicado, Isadora.

—Es una declaración.

—Lo es. Y sé que aquí no toca; pero no he declarado nada que no se haya declarado entre mi madre y la suya durante un té el martes. Lo nuevo, esta noche, es que se lo he dicho a usted en voz alta.

Giramos. La luz del candelabro central pasa por encima de nosotros y le toca un instante el costado del peinado. Una hebra de pelo, suelta junto a la sien izquierda, aprovecha el giro para moverse un dedo. No la corrijo.

—Lord Brennan está mirando, vizconde.

—Que mire. La condesa también, y mi madre también. La duquesa lleva una semana esperando este baile.

Suelto mi mano de su cintura un instante para abrir el siguiente compás del cotillón.

La vuelvo a posar. La música baja un grado.

Lo aprovecho. Inclino la cabeza dos centímetros sobre su oreja derecha, durante el medio compás que el baile concede a una pareja para que se cruce con otra y vuelva a ponerse en posición.

La voz, cuando la dejo caer, es tan baja que no la oye más nadie en este salón:

—No me gusta cuando la tocan.

Ocho palabras. Levanto la cabeza. Recompongo los dos centímetros de inclinación. Sigo el compás. La dama, debajo de mi mano izquierda, se ha quedado sin aire durante medio segundo y, debajo de mi mano derecha, ha apretado los dedos contra el dorso de su guante.

—Eso no me lo había dicho ningún hombre nunca, vizconde.

—Era hora.

—Es peligroso.

—Lo asumo.

La pieza termina. La devuelvo a su madre con la inclinación correcta.

La mía, desde el lateral de la chimenea, me mira durante un segundo con esa expresión con la que advierte exactamente todo lo que necesita advertir y se permite no comentarlo ahora.

Brennan, junto a las columnas, espera el segundo baile con la disciplina de los recién llegados. Yo cruzo al lateral derecho del salón.

Cael me espera con dos copas, una en cada mano. No me ofrece ninguna.

—Hermano, has metido a un irlandés en una situación incómoda, has bailado con la dama del vestido verde con la mano izquierda dos centímetros más abajo de lo que recomienda el protocolo, y, durante el cuarto compás, le has dicho algo al oído que la ha hecho apretar los dedos sobre tu mano.

Las dos primeras cosas las he visto yo. La tercera la ha visto madre.

—¿Te lo ha dicho?

—Madre no dice cosas. Las advierte. Te lo cuento porque quiero que entiendas, antes de que termine la velada, que esta noche te has delatado por primera vez en público. El resto del salón lo ha leído como gallardía. Lo que ha leído como otra cosa ha sido nuestra madre.

Aprieto la mandíbula. La aflojo.

—¿Y?

—Va a hablar con la baronesa mañana. Dado que las dos llevan una semana hablando, no es nuevo. Lo nuevo es que la conversación no va a ir sobre rosas. Va a ir sobre fechas.

—¿Tú lo apruebas?

—Lo encuentro sensato. Lo encuentro, sobre todo, inevitable. Lo que no encuentro sensato es la mano dos centímetros más abajo.

—La he tenido donde el baile permite.

—La has tenido donde la tendrías si no estuvieras en una pieza. Ese sitio, en un baile, queda dos centímetros más abajo. Lo he visto desde el lateral del cuarteto. Si yo lo he visto, lo ha visto media velada.

Bajo la copa. La devuelvo a una bandeja. Cael se queda con la suya y, esta vez, bebe de las dos.

—He decidido que se acabe la disciplina.

—Lo decidiste en la curva larga, hace once minutos.

—Lo decidí esta tarde, en el almuerzo, cuando madre me dijo, sin levantar la voz, que mañana cierra con su madre el calendario.

—Y yo te lo confirmo: el calendario se cierra mañana. Y se cierra rápido, porque madre ha decidido que un invitado en casa de los Granthorpe es exactamente la presión social que necesitabas para soltarte.

Brennan, junto a las columnas, hace una inclinación a la dama para la siguiente pieza. Ella acepta el brazo. Cruzan el salón. Mi madre no me mira, lo cual quiere decir que esta noche ha decidido conmigo que la disciplina se acaba y que lo que viene después no requiere otra mirada suya.

Bebo el champán que no quería. Lo bebo entero.

Si esta noche me he delatado, la delación ha sido útil. Mañana se cierra el calendario. Pasado se anuncia. La temporada que viene no se entiende sin una conversación que en algún momento de los próximos cinco días tendré que sostener en presencia del barón. Siete años ensayando.

El segundo baile empieza. Brennan sostiene a la dama con la distancia exacta.

Yo sostengo la copa con la mano izquierda dos centímetros más arriba de lo que la tendría si nadie me estuviera mirando.

Me doy cuenta de que ya no sé sostenerla igual.

Antes era un accesorio. Ahora es un pretexto.

Un lugar donde esconder la mano que quiere estar en otro sitio.

En su cintura. Dos centímetros más abajo.

Como hace un rato. Como quiero desde hace siete años.

La bajo. La dejo en una bandeja. Me quedo con las manos vacías.

Es mejor así. Al menos no tengo que fingir que no tiemblan.

Esta noche, además de la disciplina, se acaba también el disimulo.

No sé si voy a ser capaz de sostener lo que viene.

Pero voy a intentarlo. Por ella. Por primera vez en mi vida, por algo que no sea deber.