Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Llueve desde las once de la mañana, con esa lluvia inglesa que no es tormenta y no es llovizna y, por tanto, según mi madre, no es nada que merezca cancelar la salida; con esa misma lluvia, la baronesa cancela la salida a la una y cuarto, cuando descubre que el corredor del primer piso de Woody Hall tiene una gotera nueva justo encima del retrato de mi bisabuela, lo cual es, según anuncia con una serenidad que nunca le he envidiado más que esta tarde, una emergencia menor pero entera.

—La modista esperará, querida. Avisa a Patty de que descosa lo descosido.

—Sí, mamá.

—Y manda recado a Wyndham House. Si la duquesa todavía cree que esta tarde tomamos el té con ella en el invernadero, dile que mañana, mejor.

—Lo mando.

A las dos menos cuarto, cuando Patty cruza el jardín con la criada de la casa por la verja del lateral hacia la cocina de Wyndham House, llevando en la mano una nota corta —no para él, naturalmente; para la duquesa—, la baronesa se encierra en el corredor del primer piso con dos doncellas, una vela y la firme determinación de hablar gravemente con la gotera. No se la espera abajo en una hora.

A las dos en punto, suena la campana del portal.

A las dos y dos minutos, Bates —no, Bates está en Wyndham House; aquí el mayordomo es Hartley, que lleva veinticinco años en Woody Hall y que considera que un Wyndham mayor que cruza una calle bajo una lluvia leve es un asunto que merece anunciarse en voz baja y con las cejas exactamente neutras—, Hartley, decía, abre la puerta del salón pequeño donde estoy y, con el tono con el que anuncia las visitas previstas, dice:

—El vizconde Ralston, milady.

—Que pase.

Entra. Lleva el sombrero todavía en la mano, los hombros de la levita un grado más oscuros por la lluvia, y, debajo del brazo derecho, un volumen pequeño envuelto en un paño que ha protegido del agua mejor de lo que se ha protegido a sí mismo.

La puerta del salón se queda abierta —esto es Woody Hall, no Wyndham House, y Hartley, aquí, sigue otras reglas.

Detrás del umbral, en el pasillo, una doncella desempolva con dedicación inverosímil una mesa que no necesita desempolvado.

—Lady Isadora.

—Vizconde.

—Mi madre ha recibido el recado y le devuelve la invitación: si su madre quiere, mañana, en su invernadero, a las cuatro. Yo, mientras tanto, traigo el libro que prometí ayer y que se me olvidó traer en el carruaje.

—¿Es el que discutimos sobre la marcha o el otro?

—Los dos. Uno en la mano; el otro lo recito de memoria.

Sonrío. Le pido a Hartley que traiga té al salón pequeño, lo bastante alto para que la doncella del pasillo lo oiga, lo bastante bajo para que se entienda que el té lo pide la dueña de la casa para una visita anunciada por su propia madre.

Hartley se inclina y desaparece. La doncella del pasillo, sin que nadie le haya pedido nada, se va con él.

—Pase, vizconde, siéntese. Mi madre está combatiendo en el primer piso un asunto de filtraciones que anuncia ocuparla durante una hora. Dependerá del estado de mi bisabuela.

—¿Su bisabuela?

—Está en el corredor. Hay una gotera nueva sobre su retrato y la baronesa considera la situación incompatible con su honor familiar.

—Si su madre baja antes de tiempo, lo más probable es que el responsable sea el albañil del condado y no la bisabuela.

—Eso ya lo asume ella. Entretanto, sigue increpándola a la otra.

Se sienta en la butaca enfrente del fuego. Yo me siento en el sofá, perpendicular. El paquete pequeño lo deja en la mesita baja entre los dos, sin darme prisa por abrirlo. Hartley vuelve con la bandeja del té, la coloca, se va. Sirvo dos tazas. Le paso la suya. Bebe.

—No esperaba un té decente a las dos en punto en Woody Hall.

—Mi madre lleva quince años pidiéndolo a un proveedor de Devon. Se lo gana con dos pedidos al año y una carta navideña.

—Eso, el proveedor, debería traerlo a Wyndham House.

—El proveedor no acepta segundas casas.

La lluvia, en la ventana, ha bajado un grado de intensidad.

Los cristales tienen ese velo gris azulado que tienen las tardes de octubre cuando el agua decide acompañar el resto del día sin pedir protagonismo.

La chimenea, baja, hace el ruido menor de las brasas que se asientan.

Patty, supongo, está ahora con la cocinera de Wyndham House preparando un encargo de su madre para la mía que va a justificarle veinte minutos más de cocina.

Tenemos cincuenta minutos. Quizá cincuenta y cinco, si la gotera del corredor decide colaborar.

—El libro.

—Ábralo.

Lo abro. Es un volumen de poesía, encuadernación verde oscura, lomo gastado de uso.

Lo abro por la dedicatoria: «a Dorian Wyndham, de su tutor, al final del segundo curso».

Está fechado en 1808, un dato que prefiero archivar discretamente, dado que ese fue el año en que él tenía dieciocho y yo, ocho años menos, lo conocí por la puerta principal por primera vez.

Lo hojeo. En la página cuarenta y dos hay un poema de Cowper marcado con una raya vertical, y, al margen, la palabra «no».

—¿No le gusta Cowper?

—Cowper escribe poemas largos sobre cosas pequeñas y poemas pequeños sobre cosas largas, y nunca acierta el tamaño que toca a cada cosa. La raya vertical es una protesta.

—A mí Cowper me parece un poeta excelente.

—A mí, competente. Y eso, en mi escala, es un cumplido, porque considero a la mitad de los autores que pasan por mi mesa de despacho directamente prescindibles.

—Lo voy a defender.

—Hágalo.

Apoyo la taza. Cojo el volumen. Leo, en voz alta, el poema marcado entero. Cuando termino, levanto los ojos. Él me sostiene la mirada con la cara completamente seria de un hombre que se ha tomado mi recital como un comentario crítico al margen.

—Sigue siendo competente. Ha leído usted muy bien un poema mediocre. Eso no convierte el poema en bueno.

—Le he ofrecido la versión mejorada de Cowper. Concédame al menos que sube medio grado leído por mí.

—Le concedo el medio grado. No le concedo el grado entero.

—Acepto el medio.

Reímos los dos a la vez. Él ríe bajo, en la garganta, una risa pequeña que en él, hace un mes, no existía.

Yo río más alto, lo cual no me sale a menudo en Woody Hall a las dos y diez de la tarde con una visita en el salón pequeño, pero me sale ahora, y, por primera vez desde que tengo memoria, no me preocupa que la criada del pasillo me oiga.

Ya no está. Hartley se ha ocupado de eso.

Le quito el libro de la mano. Vuelvo a hojearlo. En la página sesenta y siete hay otra raya vertical, esta vez doble, y, al margen, la palabra «sí».

—Esto es Wordsworth.

—Lo es.

—¿Wordsworth sí?

—Wordsworth ha pasado dos veces en su vida la mañana mirando una nube y, en lugar de fingir que era una nube cualquiera, ha escrito sobre ella como si la nube fuera un asunto serio. Es la única poesía honrada de su generación.

—Cowper también escribió sobre nubes.

—Cowper escribió sobre nubes después de almorzar; Wordsworth lo hizo antes. Eso lo cambia todo.

Levanto una ceja.

—Lo está usted defendiendo con argumentos meteorológicos.

—Lo defiendo con argumentos digestivos, que son más graves.

Suelto una respiración corta y, entonces, de pronto, sin que ninguno de los dos lo haya buscado, el vizconde sonríe.

Sonríe de verdad. No la pequeña inclinación de comisura izquierda que se permite en sociedad, no la respiración corta que en él pasa por risa, sino una sonrisa entera, completa, que le sube a los ojos al mismo tiempo que a la boca, que le hace asomar un diente de los caninos un grado más de la cuenta, y que dura, sin titubear, cuatro segundos enteros.

Me quedo sin palabras.

Tengo veintidós años. He visto a este hombre desde los quince, primero en el salón de los duques, después por la ventana del cuarto de costura, después en cada velada de Mayfair a la que la baronesa me ha llevado.

He memorizado, sin pedírmelo, cada una de las medias sonrisas que se ha permitido en todo este tiempo.

Las he contado. Sé exactamente en qué circunstancias se permite cuál.

Pero esta sonrisa entera, esta de las dos y once de la tarde de un miércoles de octubre con la lluvia bajando un grado al otro lado del cristal, no la había visto nunca.

Intuyo que no se la ha permitido nunca delante de nadie.

Es involuntaria. Le ha aflojado la cara entera durante cuatro segundos en los que no se ha defendido, y, durante esos cuatro segundos, descubro que su cara desarmada es la cara de un hombre que tendría que reír más a menudo.

La sonrisa se va. Vuelve la cara de antes. Me mira con una pequeña preocupación.

—Le agradezco ese poema.

—Yo le agradezco que sonría, vizconde. No habrá pasado nada parecido en esta semana en otro salón de Mayfair.

—Probablemente no.

—Le digo lo que he pensado mientras sonreía: que ese gesto, en un comedor familiar, en su comedor, podría ocurrir tres veces por semana sin escándalo de nadie, y que esa frecuencia sería sensata, y que los hijos de la casa, llegado el día, lo memorizarían.

Cierro el libro despacio.

No le he dicho la palabra «hogar». No la voy a decir.

Las palabras grandes, cuando se dicen demasiado pronto, asustan a los caballeros prudentes.

Las he ido aplazando yo misma desde los quince años, porque las decía dentro y, dentro, no le hacían daño a nadie, ni siquiera a mí.

Pero esta tarde, en este salón pequeño, con un volumen de poesía abierto sobre la rodilla, la palabra hogar me ha bajado al pecho desde algún sitio sin avisar, y me ha encontrado tan natural que no la voy a expulsar.

Él tampoco la dice.

Levanta la mano con la que sostenía la taza, la apoya en el brazo del sofá —que está, ahora me doy cuenta, a un dedo del mío— y me mira con una calma que en él, esta semana, todavía no había visto.

La calma del hombre que ha ido a una casa con un libro mediocre, con una raya vertical en una página, con un té por delante y una hora medida, y que, durante los primeros veinte minutos de esa hora, ha conseguido —sin pedírselo a sí mismo— pensar exactamente nada de Mayfair, nada de la temporada, nada de un caballero del norte y nada del calendario que su madre lleva una semana firmando.

Esto, en él, es una novedad entera.

Yo recibo la novedad entera con la misma calma con la que la recibe el dedo de su mano izquierda, que no me toca pero que está, ahora, a la distancia exacta a la que un hombre prudente no va a dejarla mucho rato, porque dejarla allí mucho rato sería rendición, y la rendición, esta tarde, todavía no toca.

—La lluvia ha bajado.

—Lo veo. Y le quedan a usted veinte minutos antes de que su madre baje, vizconde.

—Quince. La gotera es pequeña. Suficientes para terminar el té.

Bebemos. Hablamos de tres cosas que no recordaré exactamente cuando esta noche, en mi habitación, intente hacer inventario: del bibliotecario de los Lockridge, que le ha vendido a Cael un volumen falsificado que ha tardado dos meses en descubrir; del modo en que los azores del jardín de Wyndham House cazan menos cada otoño desde hace cinco años; de un comentario que su madre hizo ayer en el desayuno sobre el sastre de mi padre, comentario que la duquesa no le hizo a mi padre directamente, lo cual quiere decir, según él me explica con la seriedad de un hombre que ha aprendido a leer a su madre, que ella ha decidido formalmente confiar en el sastre de mi padre, una decisión social entera.

Reímos otra vez. Yo más alto, él bajo. Pero ríe. Tres veces en quince minutos. Ninguna entera como la de las dos y once.

A las dos y veinticinco, los pasos de la baronesa suenan en la escalera. Se levanta. Coge el sombrero. Recoge el libro y me lo deja en la mesita.

—Quédese el volumen. La raya vertical era una invitación.

—Lo sospechaba.

—Buenas tardes, lady Isadora.

—Buenas tardes, vizconde.

Cuando sale al recibidor a saludar a mi madre con la inclinación correcta, yo me quedo en el sofá del salón pequeño, con el volumen de poesía sobre la rodilla y el té todavía caliente en la taza.

La lluvia, fuera, sigue.

Esta tarde, descubro, no es solo deseo. Esta tarde se parece, con una claridad que no me esperaba a las dos en punto, a una vida.