CAPÍTULO 11
La cena en casa de los Holbrook ha durado cuatro horas y treinta y dos minutos, y a las once y media de la noche, cuando el lacayo me ayuda a subir al carruaje Wyndham que la duquesa nos ha cedido para esta velada, mi madre, que se queda en el zaguán con lady Holbrook, anuncia con la voz pequeña de quien ya ha calculado un buen pretexto que ella se queda media hora más, que necesitan terminar una conversación sobre la prima del primo segundo de los Granthorpe, y que regresará después en el coche de la anfitriona.
—Que la doncella te acompañe a la puerta, querida.
—Sí, mamá.
La portezuela se cierra. Morrison azuza al caballo con el chasquido pequeño con el que azuzan los cocheros que llevan veinte años en una casa.
El carruaje arranca al paso. La calle de Hampton Crescent se queda atrás.
Bajamos por la cuesta. Cruzamos el lateral de Park Lane.
La luz de las farolas entra por la ventanilla en franjas oblicuas y le da a la tapicería burdeos del coche un brillo cansado.
Patty, en el banco lateral, se sienta tan callada que el carruaje, cuando pasa por un bache pequeño, parece olvidarse de que viaja en él una doncella.
En la curva que precede al cruce con la calle del barón de Woody, el carruaje se detiene.
No es una parada brusca. Es una parada suave, deliberada, la de un cochero al que su señor le ha hecho una indicación pequeña con la mano y que ejecuta sin preguntar.
La portezuela del lado contrario al mío se abre.
Y, durante el segundo entero que dura la apertura, el corazón, que llevaba cuatro horas y treinta y dos minutos disciplinado en una mesa ajena, se me desordena por completo.
Sube. Cierra detrás de sí. Se sienta frente a mí.
La doncella, en el banco lateral, no levanta los ojos de la labor que tiene en el regazo.
Eso quiere decir que también este detalle ha sido convenido en la cocina con la señora Hewitt.
Esta noche, en este carruaje, la conspiración doméstica de los Wyndham y los Woody ha alcanzado un grado al que voy a tener que acostumbrarme.
—Buenas noches, Patty. Le pido que haga el viaje con los ojos cerrados, si no le incomoda.
—En absoluto, milord.
La doncella recoge la labor. Se cubre con la capucha del manto.
Apoya la mejilla en el lateral acolchado del coche y, a los seis segundos, su respiración baja a la cadencia exacta de quien ha aprendido a dormirse bajo encargo.
Lleva tres semanas en Woody Hall y ha resuelto en ese plazo problemas que algunas doncellas no resuelven en veinte años.
El vizconde, frente a mí, da dos golpecitos al techo con el nudillo.
Morrison, en el pescante, no avanza al paso normal: hace avanzar el carruaje al paso pequeño con el que avanzan los que han decidido tomar el camino largo a casa.
Su rodilla, al sentarse, ha quedado a tres dedos de la mía. No las corrijo.
—He pedido la vuelta por Mount Street. Son seis minutos. Tres son los que dura lo que te quería contar; el resto es porque he descubierto, esta semana, que tres minutos bajo techo cerrado contigo se quedan cortos.
Bajo la mirada al guante derecho que sostengo en el regazo.
Lo retiro. Lo coloco junto al bolso, sobre el cojín del lado.
Lo retiro porque sé que voy a necesitar la mano derecha sin guante en algún momento de los próximos seis minutos, aunque todavía no sepa para qué.
También porque retirármelo es una decisión, y esta noche, en este coche, las decisiones pequeñas pesan.
—¿Qué me querías contar?
—Que mañana viene un procurador a Woody Hall, a las once.
Tu padre lo recibirá por un asunto de unos arrendamientos del condado que casualmente lleva mi familia.
El asunto es real, el procurador es real; lo único que he dispuesto yo es la hora.
Eso me da pretexto para presentarme media hora más tarde a saludar a tu padre, lo cual, después de veinte años de vecindad sin que me presente a saludarlo nunca, es exactamente la novedad social que conviene que ocurra esta semana.
—Estás moviendo piezas en mi tablero.
—Estoy moviendo piezas en el mío. El tuyo, mientras me dejes, lo dejo intacto.
—¿La duquesa lo aprueba?
—Lo decidió ella la noche del baile, en su tocador, después de hacerme tres preguntas que llevaba siete años queriendo hacerme y que yo, también siete, llevaba evitando.
—¿Las contestaste?
—Las tres. La última me preguntó si estaba dispuesto a dejar de ser un hombre mesurado durante una temporada. Le contesté que llevo siete años siéndolo en exceso, y que esta semana ya he empezado a no serlo, lo cual ella, sin que yo lo supiera, había advertido tres días antes que yo.
Sonrío. No me sale entera; me sale en una comisura.
—Tengo frío en las manos.
Lo digo sin volumen, sin queja. He cruzado del zaguán al carruaje en un trecho de calle de octubre que no he previsto bien, sin chal de paso, y me han quedado las manos un grado más frías de lo que las quiero esta noche.
Él no se quita la levita para ofrecérmela.
No me dice si quiero que pida agua caliente.
No comenta. Hace otra cosa. Se inclina hacia delante con el cuerpo entero, las dos manos sobre las rodillas, y sin pedir permiso, sin anunciarlo, sin calcular la cortesía, me coge la muñeca derecha con los cinco dedos.
Es un gesto pequeño. Es enorme.
La muñeca, sin guante, queda enteramente apresada por su mano izquierda.
El pulgar se acomoda en la cara interior, sobre la línea exacta donde el pulso, esta noche, lleva veinte minutos latiéndome más fuerte que en cualquier mesa social.
El dedo medio descansa en la cara exterior, sobre el huesecillo.
Los otros tres se cierran alrededor sin apretar.
Solo sostienen. No me suelta. No respiro durante medio segundo, lo cual él, con el pulgar en la cara interior de mi muñeca, advierte con la inmediatez con la que un caballero advierte la respiración de una mujer cuando le ha tomado el pulso sin preguntar.
El pulgar no se mueve. No me acaricia la línea, no la sigue, no la repasa.
Solo se queda apoyado en el sitio exacto en el que tiene que quedarse para que el dato que él quería tener sobre mí esta noche le llegue.
Y el dato le llega: el pulso se ha disparado en cuanto los cinco dedos se han cerrado alrededor del huesecillo.
Sigue disparado. No se va a calmar mientras él no se aparte.
Esta noche no parece que tenga intención.
Levanta la vista del guante caído sobre el cojín. Me mira a los ojos. Su voz ha bajado un grado entero respecto al inicio del trayecto.
—No te he tomado nunca el pulso. Llevo cuatro años imaginándolo. Esta noche he descubierto que es más alto del que había imaginado.
—Esta noche has hecho trampa. Lo has encontrado a las once y media después de cuatro horas de cena.
—Lo he encontrado a las once y media después de cuatro horas tuyas en el comedor, sentada a tres puestos del mío y no mirándome.
—Tampoco tú me mirabas.
—Yo te miraba el reflejo en el cristal del aparador del fondo. Lo que veías de mí, durante esas cuatro horas, era un caballero conversando con la cuñada anfitriona. Lo que yo veía de ti era todo lo demás.
Cierro los ojos un instante. Los abro. Su pulgar sigue donde está. El mío sigue donde estaba.
—Cuéntame algo de mañana en Woody Hall.
—La duquesa va a venir conmigo a las doce. Para saludar a tu madre. Llevará un esquejecito del invernadero, lo cual, viniendo de ella, es una declaración formal y, además, es la primera de tres que va a hacer esta semana en tres casas distintas, antes de que yo haga la mía.
—Mi padre va a procesarlo dos horas antes de que se lo digan.
—Tu madre lo sabrá mañana a las doce. El barón, por la tarde. Es un hombre prudente que necesita asimilar las cosas con tiempo, y mi madre y la tuya llevan veinte años tomándole esa medida con cariño.
—Es una conspiración entera.
—Lo es. La firmé hace tres días en el tocador de mi madre y la honro esta noche con un trozo de muñeca y un viaje un poco más largo.
El carruaje toma la última curva. La calle de Woody Hall aparece por la ventanilla con sus dos farolas conocidas, la del lateral del jardín de los Wyndham y la de la esquina de la nuestra.
Mi casa, a esta hora, tiene una luz encendida en el recibidor, el saludo de las doncellas que han dejado preparada una vela.
El cochero frena el caballo. La rueda izquierda se detiene primero, después la derecha.
El carruaje queda parado frente al portal.
Ninguno suelta la muñeca.
Patty sigue debajo de la capucha. Morrison no se baja a abrir la portezuela. Yo no me levanto del asiento. Él tampoco.
—Lady Holbrook está hablando ahora mismo de una prima del primo segundo de los Granthorpe que se ha comprado una casa en Brighton. Eso, en ella, son veintiocho minutos como mínimo, según el cálculo que me hizo mi madre antes de cruzar a su salón a buscar el manto.
Levanta el pulgar de la cara interior de mi muñeca. Lo mantiene a un dedo de distancia, sobre la piel, sin volver a apoyarlo. El aire entre su pulgar y mi pulso, durante esos segundos, es la sustancia más cargada que ha entrado en este carruaje esta noche. Vuelve a apoyarlo.
—Voy a hablar contigo a solas dentro de tres días.
Tu madre y la mía han concertado una sala de música, una hora, un té y el arreglo exacto.
Está previsto que, durante quince minutos, ellas se ausenten al jardín a discutir un asunto de unas rosas.
Esos quince minutos los voy a tener yo contigo, solo, por primera vez en una habitación de tu casa con la puerta abierta y una madre a doce metros, lo cual es la única clase de privacidad que esta semana podemos ofrecernos sin que nadie tenga que cerrar un pestillo en un invernadero.
La pequeña sonrisa que se me sale sin permiso, esta vez, sí me sale entera.
Es la primera entera que sostiene este carruaje en doce minutos.
Suelta la muñeca, finalmente. Lo hace despacio, dedo a dedo, empezando por el meñique.
Cuando llega al pulgar, lo deja apoyado un segundo más sobre la línea del pulso, como si le costara despegarlo del último latido del trayecto. Después, también lo retira.
—Buenas noches, Isadora. Mañana, a las doce y treinta, en tu salón pequeño, sin dirigirte la palabra más allá del saludo del protocolo.
—Mañana, a las doce y treinta, sin que me dirijas la palabra. Lo asumo.
Da el golpecito al techo. Morrison se baja del pescante.
La portezuela se abre. La calle de Woody Hall, fuera, sigue en silencio, salvo por el vapor de la respiración del caballo y por una farola que se mueve un grado por el viento.
Durante los cuatro segundos que el cochero tarda en colocar el escabel, ninguno hace ademán de moverse del asiento.
Patty, debajo de la capucha, abre los ojos, los vuelve a cerrar y los abre otra vez, en el orden correcto, para que conste esta noche que se ha despertado a tiempo.
Bajo del carruaje con la muñeca todavía caliente.
Subo los escalones del portal. Hartley me abre la puerta.
Patty me sigue en silencio. En mi habitación, me siento en el borde de la cama y me llevo la muñeca a la mejilla.
La piel está caliente. No es fiebre. Es él.
La presión de sus dedos. El pulgar apoyado en mi pulso como si quisiera contar cada latido.
Cierro los ojos. Sigo sintiéndolo. Y sé que mañana, cuando me despierte, lo primero que voy a hacer va a ser mirarme la muñeca.
Para comprobar si todavía está ahí. Para comprobar si alguna vez se va.