CAPÍTULO 10 #2
Edmund —el primer ayuda de cámara del duque, no mi padre— responde un «sí, milady».
Los pasos del criado se alejan. Los suyos no del todo.
Se quedan tres segundos más al otro lado de la puerta.
Después, también se alejan. Ha sabido. No con quién, todavía, pero ha sabido que había alguien y, sobre todo, ha sabido que era yo.
La frase «al señor vizconde Ralston» dirigida a un criado al lado mismo de una puerta cerrada es la prueba de que ella, esta noche, tiene una opinión completa.
Espero veinte segundos. La hija del barón, a mi espalda, no respira. La oigo no respirar, lo cual, en una mujer adulta, es la prueba más exacta de que ha entendido también.
—Ya puedes salir.
Sale de detrás del macetero. Se compone el chal.
Se compone el peinado. Pero la cinta del vestido —una cinta azul medianoche que cierra el pequeño escote por la espalda— se ha aflojado durante el beso, no del todo, lo justo para colgar dos centímetros de más.
Sin mirarla a la cara, doy media vuelta a su cuerpo con un gesto pequeño de la mano.
La pongo de espaldas a mí. Cojo los dos extremos de la cinta.
Con los dos pulgares y los dos índices, ajusto el lazo en su sitio exacto.
El gesto dura cuatro segundos. No le toco la piel.
No me lo permito esta noche en mi propio invernadero.
Pero los nudillos rozan, durante medio latido, la línea del cuello bajo el peinado, y su respiración, que se había quedado en suspenso, vuelve a salir con una pequeña aspereza.
—Listo. Sal por la puerta del jardín en cinco minutos. Mañana no te busques, ni pasado tampoco; te va a observar dos días enteros. El jueves nos vemos en la sala de música de tu casa.
—Bates me lo dirá.
—Bates ya lo sabe.
Cruzo el invernadero hacia la puerta del corredor de servicio.
Descorro el pestillo de la puerta principal antes de salir, para que, si vuelve a probarla, encuentre el pomo abierto y el invernadero vacío.
Salgo al pasillo de los criados. Cruzo. Subo dos pisos por la escalera del servicio.
Me presento en su tocador con cuatro minutos de margen.
Mi madre está sentada frente al espejo. Le brilla un pendiente. El otro lo está dejando en la bandeja de plata. No se vuelve cuando entro. Habla al espejo.
—Pasa, hijo. Y cierra la puerta detrás de ti, porque lo que vamos a hablar esta noche no le concierne ni a Bates ni a Edmund ni a ninguna de las setenta personas que ahora mismo están bebiendo champán en mi salón verde.
Cierro. Cruzo dos pasos. Me detengo a la distancia que ella concede a sus hijos cuando los recibe en el tocador, que es exactamente la distancia desde la cual no puede tocarlos pero sí leerlos.
—No has bebido —dice—. Mejor. Hubiera sido mala señal beber esta noche, dado el resto de las cosas que has hecho.
—No las he hecho todavía, madre.
—Las has hecho hace once minutos en mi invernadero, hijo. Lo cual no comento porque comentarlo no me corresponde a mí esta noche, sino a la baronesa de Woody, a quien voy a recibir mañana al té con un asunto distinto al que nos habíamos convenido las dos esta semana.
Aprieto la mandíbula. La aflojo. Se vuelve por fin del espejo. Me sostiene la mirada con la pulcritud de las madres que han esperado siete años para sostenerla.
—Tres preguntas, hijo. Llevo siete años sin hacértelas porque tú llevas siete años sin haberme dado margen para hacerlas. Esta noche el margen me lo has dado tú a mí en mi invernadero, así que las hago yo. La primera. ¿Cuánto tiempo hace que la quieres?
—Siete años, madre.
—Eso ya lo sabía. Pregunto por la fecha. ¿Desde la primera tarde que cruzó el portillo del jardín, desde el círculo de lectura de lady Tilden, o desde una tarde precisa que tú recuerdes con un reloj de bronce y dos figuras de mármol?
—La tarde del reloj de bronce.
—Eso me imaginaba. La segunda. ¿Por qué, en siete años, no me has dicho una sola palabra de esto a mí, que soy tu madre, antes que a tu hermano, que es tu gemelo, antes que a Whitlock, que es tu secretario, y antes que al barón de Woody, que esta noche todavía no sabe nada?
—Porque tenía miedo de que firmara usted el calendario antes de que lo decidiera yo, madre.
Asiente. No comenta. Vuelve al espejo. Recoge el segundo pendiente. Lo deja en la bandeja, junto al primero.
—Esa es una respuesta honesta, hijo. La acepto. La tercera. ¿Estás dispuesto a dejar de ser un hombre mesurado durante una temporada?
—Llevo siéndolo en exceso siete años, madre. Y esta semana, descubro, ya he empezado a no serlo.
—Lo había advertido tres días antes que tú. Bien.
Se levanta. Cruza al sillón pequeño junto a la ventana del tocador y se sienta. Me indica con la mano la butaca opuesta. No la ocupo. Me quedo de pie.
—No vas a volver al salón verde esta noche.
Vas a quedarte en este tocador conmigo hasta que el último carruaje cruce la verja, y vas a aprender, durante esa hora y veinte minutos, lo que llevo siete años sin haber podido enseñarte por respeto a tu disciplina.
Y lo vas a aprender, hijo, sin protestar.
—¿Qué voy a aprender, madre?
—A no ser un hombre mesurado. Siéntate.
Me siento. Mi madre, esta noche, ha decidido tener una conversación.
Y la tensión contenida con la que entré al baile a las nueve y media, esta noche, no me ha servido para nada.
Porque dentro de mí, en el lugar donde debería estar la frialdad, solo hay calor.
Solo hay ella. Solo hay la imagen de sus dedos recogiendo una cinta azul medianoche y mi respiración detenida mientras lo hacía.
Mi madre habla. Yo asiento. Pero no escucho.
Sigo en el invernadero. Sigo ajustando el lazo.
Sigo sintiendo cómo el mundo se reducía a cuatro segundos y a un roce de nudillos.
Eso es lo que ella me ha hecho. Me ha roto por dentro sin usar la fuerza.
Y lo peor es que quiero que me siga rompiendo.