Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

La duquesa, mi madre, da un baile al año en esta casa, y este es el que más me cuesta de los siete últimos.

Lo digo porque a las diez y media tengo la mandíbula cerrada con una decisión que ya no es contención, y porque, en el salón verde, lord Coole lleva once minutos hablándole a la hija del barón de Woody con la cara de un hombre al que mi propia madre, anfitriona de esta casa, ha colocado a doce pasos de la mesa de café por un motivo que esta noche todavía no he adivinado.

La duquesa lo invitó hace una semana. Lo invitó con la misma cordialidad con la que invita a ochenta personas cada año.

La diferencia, esta noche, es que ella está observando.

Lo sé porque he aprendido, en veinticinco años, a leer la postura de sus hombros cuando observa.

La he visto, durante el primer cotillón, ajustarse el pendiente derecho dos veces sin necesidad.

La he visto, durante el segundo, dejar la copa en una mesita y volverla a coger sin haberla bebido.

La anfitriona, esta noche, está componiendo una opinión.

Yo, por mi parte, llevo dos horas sosteniendo la mía y, en este momento exacto, junto a la columna del salón verde, con la mano izquierda en el bolsillo del chaleco y la derecha alrededor de una copa que no me sirve, descubro que el sostenimiento se acaba.

—Te tiembla la copa, hermano. La mano, en realidad, y la copa por inercia. Lo digo por si te ayuda diagnosticarlo en voz alta.

—Estoy describiendo, no estoy juzgando.

—¿Qué te ha hecho lord Coole esta noche, además de aceptar la invitación de la duquesa, llevar el chaleco mejor cortado del salón y haber pedido a la hija del barón el primer y el tercer baile?

—Tres bailes, no.

—Va a pedir el cuarto. Da por hecho.

—Madre va a observar.

—Madre lleva observando dos horas. Si supieras lo que está observando, hermano, dejarías de mirarle el codo a Coole.

—No le miro el codo.

—Le miras la mano izquierda, que casualmente esta noche descansa exactamente a la altura del codo de la dama que tú no te has atrevido a sacar a bailar.

Bajo la copa. La devuelvo a una bandeja. Cael me ofrece una de las dos suyas. La rechazo. Necesito la mano libre y necesito, también, no oler a champán esta noche, porque dentro de tres minutos voy a cruzar el salón verde con una decisión.

—Lord Coole no es el problema esta noche, hermano. Lord Coole era el problema de ayer. El problema esta noche se llama duquesa de Wyndham y está cinco metros a tu izquierda fingiendo que no te ve.

—Lo sé.

—Madre no ha invitado a Coole por casualidad. Madre nunca invita por casualidad. Lo ha invitado para observarte a ti, que es exactamente la única cosa que no habías previsto.

—La he previsto.

—La has previsto sin tomar medidas.

—Estoy a punto de tomarlas. Y voy a necesitar de ti una. Si madre cruza al invernadero entre las once menos diez y las once menos cinco, distráela.

—¿Cómo?

—Como tú sabes hacerlo.

—Contaba con que me preguntaras cómo. Bien. Lo resuelvo.

Cruzo el salón verde por el lateral. Saludo a una cuñada Lockridge con la inclinación correcta.

Atravieso el grupo del primo del Almirantazgo sin entrar en él.

Llego, sin haber pedido permiso a nadie, al ángulo exacto en el que, durante los próximos cuatro segundos, el cuerpo de un primo Holbrook y el cuerpo de una sobrina Lockridge tapan, desde el ángulo de mi madre y desde el ángulo de Coole, la línea visual con la mujer del vestido azul medianoche que está, esta noche, a tres pasos de mí. Paso al lado. No la miro.

—Te espero en el invernadero dentro de cinco minutos. Sal por la puerta del jardín del salón verde, no por el corredor.

No espero respuesta. Sigo caminando. A los seis pasos ya saludo a un primo segundo de los Buckton, que me retiene con un comentario sobre un caballo, y, por encima del hombro del primo, con la pericia de quien lleva dos horas calculando ángulos en su propio salón, veo a la hija del barón asentir muy poco a su grupo de damas, agradecer a una sobrina Lockridge con una inclinación, retirarse con la naturalidad de una mujer que se aleja a por una taza de café, y desviar el paso, en el último ángulo del salón, hacia la puerta del jardín.

A los doscientos cuarenta segundos contados desde mi susurro —yo cuento los segundos esta noche, lo reconozco— salgo del salón verde por la puerta de servicio.

Cruzo el pasillo de los criados. Cruzo tres puertas más.

La cuarta da al pasaje pequeño que conecta el salón verde con el invernadero por la parte de atrás, sin atravesar el corredor principal. Conozco esta casa al milímetro.

El invernadero, a las once menos diez, tiene la temperatura exacta que la anfitriona exige durante todo el otoño: dieciséis grados, ni uno más, porque a más temperatura los limoneros se confunden y a menos los geranios se quejan.

Hay tres lámparas pequeñas encendidas, una en cada esquina, escondidas entre las hojas, suficientes para no tropezar con un macetero y demasiado pocas para que un criado del servicio entrase a esta hora a podar nada.

Huele a tierra mojada, a clorofila, a la madera del banco que el carpintero del condado talló para ella hace doce años.

Está allí. La luz pequeña le toca el costado del peinado y le deja la cara en penumbra.

Lleva el chal sobre el codo, no sobre los hombros, lo cual es la cantidad exacta de descuido que se permite una mujer adulta cuando atraviesa un salón hacia un invernadero a las once menos diez.

Cierro la puerta del jardín a mis espaldas. Echo el pestillo. Echar el pestillo significa que, si ella cruza el corredor principal en los próximos cuatro minutos y prueba la puerta del corredor, encontrará el pestillo y entenderá. Asumir el riesgo. Lo echo igualmente.

Cruzo el invernadero hasta el banco de madera.

La cojo de la cintura con la mano izquierda.

La coloco contra el banco —no sentada, de pie, con el banco apoyado en la parte trasera de las rodillas para que no pueda perder el equilibrio— y la beso sin hablar primero.

Esta vez no es el beso del carruaje, que fue suyo.

No es el beso de la sala de música de los Wexley, que fue mío y contenido.

Este es el beso que llevo siete años sin permitirme y que esta noche, en mi propio invernadero, con un caballero del norte a doce metros y ella observando a quince, decido tomarme entero.

Su boca responde un latido después de la mía.

Su mano derecha sube a mi nuca. La izquierda se cierra sobre la solapa de mi chaqueta.

La mía, la izquierda, sostiene la nuca de ella; la derecha, la cintura.

El chal cae al suelo. No lo recoge ninguno de los dos.

«Bésame» es lo que ella no dice, lo que se nos cae a los dos por el cuerpo, lo que me autoriza a hacer un beso un grado más largo del que he calculado a las once menos doce.

Respiro contra su sien.

—Esto que te voy a pedir tiene que durar dos minutos exactos, Isadora, ni uno más. Después salgo yo por el corredor de servicio, y tú, dentro de cinco, por la puerta del jardín. Patty te espera junto al rosal.

—Bates lo ha acordado contigo esta tarde, supongo.

—Lo ha acordado conmigo, sí. La cocina entera, también. Si esta casa funciona esta noche, no es porque ella la dirija.

Vuelvo a besarla. El beso, esta vez, sí dura el tiempo entero que llevo siete años sin permitirme.

La mano derecha se me sube por su costado, sin toque indecente, sin franquear ninguna línea que esta noche, en mi propio invernadero, no me pueda permitir, pero apoyada con una firmeza que dice exactamente todo lo que la mano podría hacer si no fuera mi propio invernadero.

Su mano, en mi nuca, aprieta un poco. La voz, cuando se le escapa contra mi mejilla, es un sonido pequeño que en cualquier salón de Mayfair sería motivo de escándalo y aquí, entre limoneros y geranios, es la confidencia más entera que he tenido de ella en siete años.

Oigo pasos en el corredor principal. Pasos lentos, acostumbrados, conocidos de oído a oído porque los he oído desde los siete años: los pasos de la única mujer de esta casa que no necesita mover los talones para que se la oiga. Es ella.

—Métete detrás de mí ahora mismo.

La aparto del banco con un gesto que en una persona ajena pasaría por brusco.

La coloco detrás de mí, tapada por mi cuerpo, junto a un macetero alto de helechos que llega al hombro.

Yo me coloco frente al macetero. Aliso la solapa con la mano izquierda.

Compongo la cara de un caballero que se ha retirado del salón a respirar dos minutos por sus propios motivos.

El reloj, en algún punto del corredor principal, da las once menos cinco.

Los pasos llegan a la puerta del corredor del invernadero.

La puerta está cerrada con pestillo, echado por mí hace siete minutos.

Mi madre prueba el pomo. Lo prueba sin urgencia, una sola vez.

Lo deja. Espera tres segundos. La oigo respirar al otro lado de la madera, a un palmo de mi cara.

Después da media vuelta. Los pasos vuelven por el corredor, esta vez más lentos.

—Edmund —oigo decir a mi madre, en el corredor principal, a un criado—, dile al señor Bates que, si alguien pregunta por mí en los próximos diez minutos, estaré en mi tocador.

Y di al señor vizconde Ralston, si lo encuentras, que su madre solicita verlo en su tocador exactamente dentro de quince minutos.