Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La biblioteca pequeña, a las diez de la noche, huele a tinta vieja, a humo de chimenea apagado el día antes y al jabón concreto que la duquesa ha encargado al servicio para los volúmenes encuadernados en cuero.

Patty se ha quedado en la cocina con la señora Hewitt, fingiendo una conversación sobre tarta de manzana de la que ninguna de las dos es responsable.

Bates ha cumplido su parte del pacto sin pacto: me ha dejado en el descansillo del primer piso, ha inclinado la cabeza, ha desaparecido por el otro extremo del corredor.

La puerta de roble oscuro con el tirador de hierro forjado estaba entornada cuando llegué, exactamente igual que lo estuvo la primera vez.

La empujo. Las bisagras siguen sin engrasar.

Está sentado.

No de pie, como esperaba —de pie, junto a la ventana, con la mano cruzada a la espalda, en la postura con la que monta guardia de costumbre—, sino sentado en el sillón orejero del lado de la chimenea, con un volumen abierto en el muslo.

La levita está sobre el respaldo de la otra butaca.

La camisa, blanca, abierta en el cuello, sin pañuelo, lo cual es un grado más de informalidad que el que ha permitido en toda esta casa desde que tengo memoria.

Dos velas encendidas. La chimenea, encendida también, baja, cuidada para que dure dos horas y no se note el humo en el corredor.

Levanta la vista del libro y no se levanta del sillón.

Llevo cuatro años aprendiendo en qué orden se levanta de un sillón un caballero cuando entra una mujer en la habitación, y esta noche, en esta biblioteca, el orden ha cambiado.

El caballero no se levanta porque levantarse sería protocolo y aquí, en esta habitación, la inserción del protocolo deshace el sentido de la cita.

—Llega tarde.

—Tres minutos.

—Cuatro.

—Cuatro, entonces.

Cierra el libro con el índice metido entre las páginas.

Por fin se levanta, pero solo lo justo para acercar la otra butaca, la que tiene la levita encima, hacia el sillón orejero, y dejar entre las dos un espacio de medio metro, una mesa baja con una jarra y dos copas de cristal mediano y una bandeja con galletas de la cocina que no se han comido.

Vuelve a sentarse. Me indica la butaca con la cabeza.

Cierro la puerta de roble a mis espaldas. El pestillo, esta vez, lo echo yo.

—La he hecho esperar.

—Cuatro minutos no son nada.

—Yo le he hecho esperar siete años.

Se le sale en voz baja, sin apartar los ojos del libro que mantiene cerrado sobre la rodilla, y, durante el segundo siguiente, ninguno de los dos comenta lo que acaba de decir.

Yo cruzo la habitación. Me siento en la butaca.

Las rodillas, esta vez, ni cuento ni dejo de contar.

Las dejo donde caen. La distancia entre las butacas, medio metro, no es una distancia cómoda.

Es la distancia de dos butacas que, hace una hora, estaban separadas por dos metros y que han decidido, para esta noche, otra cosa.

—¿Qué lee?

—Un volumen mío.

—Eso no es respuesta.

—Es la respuesta exacta.

—¿De qué autor?

—De un escocés que solo le interesa a tres hombres en Inglaterra y a usted, presumiblemente, hasta la página doce. Después se aburrirá.

—Querré leerlo.

—Por eso lo he traído.

Lo deja en la mesita baja con la sobriedad de un caballero que entrega un objeto con la pretensión de que el objeto se entienda solo.

La encuadernación es marrón oscura, los cantos, gastados de uso.

Lo abro por la primera página. Las anotaciones están en el margen exterior, en lápiz, con una letra inclinada hacia adelante que reconozco sin haberla visto nunca.

La primera nota dice «no estoy de acuerdo».

La segunda, dos páginas más adelante, dice «empieza a tener razón».

La tercera, en el capítulo cuarto, simplemente: «Isadora».

Solo eso: el nombre, sin frase, sin explicación, sin fecha.

En lápiz, en el margen, junto a un párrafo que no he leído todavía.

Cierro el libro. No le pregunto cuándo escribió esa anotación.

No le pregunto qué párrafo. No le pregunto nada.

Lo dejo en la mesita baja, encima de la jarra que separa las dos butacas, exactamente en el punto medio.

—Le agradezco el libro, milord.

—No me llame milord aquí.

—¿Cómo, entonces?

—Como me llamó hace dos noches en una sala de música.

—Dorian.

—Eso.

Sirve agua de la jarra en una de las copas. Me la pasa. La cojo con las dos manos. Sirve la otra para sí. Bebe. La copa, en su mano, parece más pequeña de lo que es. La voz, cuando vuelve a hablar, ha bajado un grado.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Me levanta de la butaca con un gesto pequeño de la cabeza, no una orden, una indicación, y se sienta él en el sillón orejero más cercano a la chimenea, dejando libre la butaca pequeña al lado del fuego.

Yo me cambio de sitio. Quedamos uno frente a otro, ahora sin la mesita en el medio, separados por la distancia exacta del brazo extendido.

—Así está mejor.

—Así está mejor, sí.

—Hablemos —dice—. Llevo siete años queriendo hablar.

—¿De qué?

—De cosas pequeñas. No tengo ganas de cosas grandes esta noche. Las cosas grandes ya las hemos cruzado en una sala de música.

—Cuente.

—Cuando tenía siete años, me caí del primer manzano del jardín y me rompí la muñeca izquierda.

La duquesa me sostuvo dos horas con una venda mientras se llamaba al médico.

No grité. Lo cuento porque nadie en la casa lo sabe excepto la duquesa, y la duquesa no lo cuenta.

Lo cuento porque, al cumplir los ocho, decidí no gritar nunca, y eso es una cosa que llevo diecisiete años sosteniendo y que, esta semana, se me está terminando.

—Yo, a los nueve, me escondí dos noches en el desván de Woody Hall porque mi padre había decidido enviarme a un colegio en Bath del que la nieta de su prima segunda había vuelto callada. Mi madre me encontró por el ruido del estómago. Convenció a mi padre. No fui a Bath.

—Mujer prudente, su madre.

—Mujer estratega.

—Su madre y la mía pactan media temporada por carta.

—Lo sospechaba.

—Lo confirmo.

Sonríe un grado más de lo que sonríe en sociedad. Es media sonrisa. Pero, entre dos butacas y un fuego bajo, una media sonrisa pesa una sonrisa entera.

—El miedo —dice—. ¿Le tiene miedo a algo concreto?

—A ser invisible.

—¿Lo ha sido?

—Casi. A los catorce, una primavera entera. Dejé de hablar en las cenas. Mi madre me lo dijo a la quinta cena. Volví a hablar.

—¿Y ahora?

—Ahora no soy invisible.

—Ahora se la mira mucho.

—Demasiado, esta semana.

—¿Eso le da miedo?

—Eso me da paciencia.

Suelta una respiración corta. La risa que en él no llega a ser risa.

La guardo. Bebo agua. La copa, en mi mano, ha dejado un círculo pequeño en la madera de la mesita lateral.

No lo limpio. Es un gesto que solo se nos puede permitir en una habitación cerrada con un fuego bajo y un libro con un nombre escrito a lápiz.

—¿Y a usted? —pregunto.

—¿A mí, qué?

—¿Qué le da miedo?

Levanta los ojos. La luz del fuego le toca la mejilla derecha y le deja la izquierda en penumbra. Tarda en contestar más de lo que tarda en cualquier otra cosa esta noche.

—Llegar tarde.

—¿A qué?

—A la respuesta correcta.

—¿Le ha pasado?

—Llevo siete años pasándome.

Se inclina hacia delante. El movimiento es pequeño.

La distancia entre las dos butacas se reduce dos dedos, no más.

La mano izquierda se le levanta del brazo de la silla.

Se queda a media altura un instante, como si dudara, y, finalmente, se acerca hacia mi sien derecha.

Hay un mechón pequeño que se me ha soltado del peinado al cruzar la calle bajo la lluvia menuda de hace media hora.

Lo coloca detrás de la oreja con dos dedos sin guante, lo cual es nuevo en él esta noche.

La piel, al contacto, está más fría que la mía.

La mía, al contacto, está más caliente que cuando ha entrado.

Su mano se queda un latido más en el costado del peinado.

No me toca la mejilla. No se permite la mejilla.

Solo el mechón. Pero el mechón, la mano y los dos dedos equivalen, esta noche, a una declaración.

—Lo siento.

—No lo sienta.

—Me he tomado una libertad.

—Se ha tomado una libertad pequeña. Tómesela.

Me mira. La risa que no llega a ser risa, esta vez, sí llega.

Es breve. Es seca. Es la única risa entera que le he oído en la vida adulta y que voy a recordar exactamente como me la oye él de vuelta cuando, sin querer, río también: una risa pequeña que se me escapa de la garganta a destiempo, antes de que yo la autorice, y que en cualquier salón de Mayfair sería motivo de regaño materno y aquí, frente a un fuego bajo, es motivo de fiesta.

Reímos los dos, los dos en voz baja, como dos jóvenes que han descubierto, a los veinticinco y a los veintidós, que la risa se puede compartir en habitaciones cerradas, lo cual, según la educación con la que nos han criado, no estaba previsto.

Cuando la risa se acaba, los dos respiramos un grado más rápido de lo que respirábamos antes. Él aparta la mano. La devuelve al brazo de la silla. Yo aliso una arruga inexistente de la falda.

—¿Más agua?

—No, gracias.

—¿Frío?

—No, gracias.

—¿Miedo?

—Esta noche, no.

—Me alegro.

Mira el reloj de pared. La aguja marca las once menos veinte. Falta media hora para la hora prudente, hora a partir de la cual una doncella suya y una mía tendrían que justificar dos pasillos a dos amas de llaves.

—Tenemos veinte minutos.

—Veinticinco.

—Veinte. Las cinco últimas son para que usted llegue al carruaje sin parecer una mujer que se ha reído.

—Ya parezco una mujer que se ha reído, milord.

—Dorian.

—Ya parezco una mujer que se ha reído, Dorian.

—Y, sin embargo, lo va a disimular. Es lo único que le pido esta noche.

—Lo voy a disimular. Bien.

Bebe el último sorbo de agua. Deja la copa. Sostiene el silencio un instante. El fuego bajo crepita en alguna brasa. Una de las velas pequeñas se apaga sola en el cristal del candelabro y suelta un hilito gris hacia el techo.

—¿Puedo decirle una cosa?

—Diga.

—Pensaba que esta noche le pediría tiempo otra vez. Me he sentado en este sillón a las nueve y media con la firme intención de pedirle tiempo. Tres semanas más. Quizá cuatro. Hasta que yo encajara, dentro de mi orden propio, todo lo que esta semana ha sucedido fuera de él.

—¿Y?

—Y he renunciado a pedirlo a las nueve y treinta y siete, cuando me ha dado por abrir el libro del escocés y he encontrado mi propia letra en el margen.

La letra estaba ahí desde 1813. Es decir, llevo dos años escribiendo su nombre en los márgenes de mis libros sin haberlo notado, lo cual ha sido lo más cercano a una rendición que un hombre como yo se ha permitido nunca.

—Dorian.

—No le pido tiempo, lady Isadora. Le pido paciencia, que no es lo mismo.

—Ya tiene la mía.

—Lo sé. Y por eso esta noche, en esta biblioteca, puedo permitirme no pedírsela en voz alta.

Aprieto las manos un instante sobre la falda. No se me caen porque las tengo enlazadas. Si las tuviera sueltas, esta noche, se me caerían a cualquier parte.

—Es tarde.

—No, todavía no.

—Casi.

—Cinco minutos más, Isadora.

Me llama por el nombre por primera vez en toda la velada.

La piel del cuello me responde antes que yo.

Se levanta. Coge la levita del respaldo de la otra butaca.

Se la pone con la pulcritud con la que un caballero se pone una levita cuando vuelve a entrar en sociedad después de una hora de haberla dejado caer.

Se ajusta el chaleco. Se ajusta el cuello. Mira mi peinado.

—El mechón está bien.

—El mechón se ha movido, milord.

—Lo he movido yo.

—Lo sé.

Me ofrece la mano sin guante. Me ayuda a levantarme. La mano está fría. La mía está caliente todavía. No se me suelta del todo en los dos pasos que tardamos en cruzar la biblioteca pequeña hasta la puerta de roble.

—Mañana, no.

—¿No?

—Mañana hay que dejar respirar a Mayfair. Pasado, sí. Por la mañana, en su sala de música, a la una. Mi madre tiene cita con la suya.

—¿Lo ha vuelto a pactar?

—Lo va pactando ella sola. Yo aprendo a no preguntar.

—Decisión sabia.

—Decisión necesaria.

Me suelta la mano. Descorro el pestillo. Salgo al corredor con la cabeza alta. Bates, al fondo, me devuelve la inclinación que ha dejado pendiente hace una hora y media, y baja conmigo a la cocina sin mirar la biblioteca pequeña ni una sola vez.

En el carruaje de Woody Hall, durante el trayecto corto que separa una casa de la otra, me llevo el dorso de la mano, sin guante, contra la frente.

La mano sigue caliente. La frente, también.

Esto, a estas alturas, ya no es curiosidad.

Y los dos lo sabemos. Dentro de mí, en algún lugar que no sabía que existía hasta que él lo encontró, hay una necesidad nueva.

Una necesidad que no tiene nombre todavía pero que ya respira.

Que ya ocupa espacio. Que ya desplaza todo lo demás.

Cuando llegue a mi habitación y me siente en el borde de la cama, no voy a poder dormir.

No voy a poder pensar en otra cosa que no sea la biblioteca pequeña, el sillón orejero, la voz baja diciendo mi nombre.

Y mañana, cuando me despierte, lo primero que voy a hacer va a ser contar las horas que faltan para la una.

Eso es lo que él me ha hecho. Eso es lo que ya no puedo deshacer.