Amar al Vizconde (Los Wyndham 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Lord Coole me ofrece el brazo en el comedor con la cara de un hombre que esta noche, deduce la baronesa desde el otro extremo de la mesa con dos décimas de levantamiento de ceja, ha decidido portarse formalmente.

—Lady Isadora, si me permite.

—Milord.

Acepto el brazo. Me conduce al sitio asignado, separa la silla, me ayuda a sentarme.

Lo hace con la pulcritud exacta del manual: ni una décima de invasión, ni una décima de descuido.

Eso, en un caballero recién llegado a la temporada, no es casual.

Es un hombre que ha estudiado el manual y ha decidido que el manual será su camino.

Dos puestos a mi izquierda, mi madre asiente sin mover los labios.

La aprobación de las cuñadas Buckton no se hace esperar tampoco: lady Buckton, anfitriona, me dirige una sonrisa pequeña desde la cabecera y pasa a comentar con su marido un asunto del comité del Almirantazgo en el que, naturalmente, ninguno de los dos tiene la menor competencia.

La baronesa y yo, esta noche, esperábamos que el caballero del norte estuviera comprometido en otro sitio.

Las dos. Una sobrina pequeña de los Lockridge me lo confirmó esta mañana al cruzar Bond Street: lord Coole estaba invitado a una cena privada en casa de lady Lockridge, con seis comensales, una sobrina de diecisiete años recién presentada esta primavera y todas las condiciones reunidas para que un caballero del norte sin compromisos se entretuviera durante la velada.

Yo no lo dije en voz alta porque no se me ocurrían palabras para decirlo, pero supe en mitad de Bond Street qué hermano de qué casa había movido la cena.

Y la persona a la que esta mañana me he atrevido a agradecer interiormente la jugada se llama Cael Wyndham y no se va a enterar.

Solo que la jugada, esta noche, ha fracasado.

Lord Coole, de algún modo, ha declinado a lady Lockridge, ha cruzado Mayfair sin que nadie lo distrajera y se ha presentado en casa de los Buckton antes que mi propia madre.

Dos puestos a mi izquierda, hace un comentario amable sobre la sopa.

Tres puestos a mi derecha, se interesa por la salud de mi abuela materna con una precisión que ha estudiado de antemano.

Cuatro puestos a mi derecha, durante el segundo plato, recuerda el nombre del caballo que monto los miércoles, lo cual no se lo he dicho yo sino una sobrina Lockridge de la que, hasta esta noche, no creía que tuviera memoria suficiente para retener el nombre de una yegua.

Hace todo bien. Hace todo demasiado bien.

—Westmorland en noviembre debe de ser ya un país distinto.

—La luz acaba a las tres y media —responde, con la voz medida que reserva para los temas que considera dignos—.

Cada año, los lugareños lo viven como un drama y, cada año, descubren a las cuatro de la tarde que el drama era esperable.

Estoy convencido, lady Isadora, de que a usted le gustaría. La luz que queda es muy clara.

—No conozco Westmorland.

—Es una pena fácil de remediar.

Lo dice sin levantar la voz, sin mirarme demasiado, con la economía de un caballero que prefiere no exponerse a un rechazo en mitad de una mesa de doce.

Pero la frase, dicha así, en un comedor Buckton, en presencia de la baronesa, en presencia de las cuñadas, equivale a una invitación que puede crecer en cuanto la mañana siguiente la madre de Coole reciba carta del hijo.

Mi madre, dos puestos a mi izquierda, se ha tomado la sopa y ha dejado la cuchara en el ángulo exacto en el que la deja cuando ha oído algo que la interesa.

—Es muy amable.

—Soy razonable, milady.

Sonríe con la sonrisa que ha aprendido para esta clase de mesa.

Es buena. Es la sonrisa de un caballero que sabe que las sonrisas grandes asustan y que las sonrisas pequeñas perduran.

Yo se la devuelvo en la medida que la cortesía exige, ni una décima más.

Y, durante medio segundo entre el segundo plato y el tercero, mientras una doncella retira mi vajilla, levanto los ojos hacia la doble puerta del comedor.

La doble puerta del comedor se acaba de abrir.

Lord Buckton lo anuncia con una pequeña inclinación: el vizconde Ralston, que se incorpora a la cena en el segundo tiempo por un retraso del que no es responsable —caballo cojo en la cuesta de Park Lane, según traduce la baronesa Buckton, lo cual es la mentira más amable que voy a oír esta noche.

El vizconde entra al comedor con la levita oscura y el cuello impecable, y ni un grado de la mandíbula descolocado de su sitio.

Cruza el comedor con la inclinación correcta hacia la cabecera, le besa la mano a lady Buckton, saluda al señor Buckton con la cabeza, intercambia dos frases con un primo de la casa y se sienta en el sitio que le asignan, en diagonal a mí, al otro extremo.

Antes de sentarse, sus ojos cruzan la mesa y me encuentran.

Encuentran, justo después, a lord Coole a mi derecha.

Lo encuentran a él, exactamente, durante un segundo.

Ningún hombre del comedor lo nota, salvo Coole, que lo nota porque ha aprendido a notar mesas.

La pequeña inclinación del vizconde a su llegada incluye al caballero del norte con la cortesía exacta de un caballero a otro.

Ni una décima de menos. Tampoco una de más.

El intercambio dura medio segundo y se cierra con una decisión, de un lado y del otro, de no comentarlo más.

Empieza la guerra. No la guerra fuera. La guerra dentro de mí.

Porque hace tres horas, en mi habitación de Woody Hall, mientras me ponía los pendientes que llevo esta noche, había decidido que esta cena iba a ser la cena en la que aprendería a comportarme como una mujer adulta a la que un caballero del norte le interesa razonablemente y a la que, en paralelo, otro caballero le pide tiempo.

Había decidido equilibrar. Había decidido sostener.

Había decidido, sobre todo, no perder el hilo. Acabo de perder el hilo.

—Lady Isadora.

—Disculpe, milord. La sopa.

—La sopa terminó hace dos platos.

—El recuerdo de la sopa.

Lord Coole sonríe con la pequeña indulgencia con la que sonríe a las jóvenes que se distraen porque el comedor está caliente, y vuelve al tercer plato.

Yo recompongo la postura. Aplico la pequeña sonrisa social de los manuales.

Asiento cuando toca. Comento el clima sin originalidad, lo cual, según la baronesa, es la única manera correcta de comentar el clima en una mesa Buckton.

Y, al otro extremo del comedor, en diagonal, sin mirarme una sola vez durante toda la duración del tercer plato, el vizconde sostiene una conversación con la cuñada Buckton de la izquierda con la cara de un hombre que ha decidido que las cuñadas Buckton merecen, esta noche, su atención plena.

Su mano izquierda, sobre el mantel, está demasiado quieta.

La mano de un caballero en una cena social pasa la cuchara, gira la copa, ajusta el cubierto de pescado, mueve los dedos sin decidirlo.

La mano izquierda del vizconde lleva tres minutos quieta junto a la copa, los dedos extendidos sobre el mantel, sin tocar el cristal, sin moverse, sin parpadear.

Yo, que llevo cuatro años aprendiendo a leer las manos de este hombre, sé exactamente lo que ese reposo quiere decir: cólera contenida.

Cólera contenida en él no es ruido. Es una mano izquierda quieta sobre un mantel.

A las once menos veinte, los Buckton invitan a las damas a pasar al salón.

Los caballeros se quedan en el comedor con el oporto.

Cruzo al salón con la baronesa, con tres cuñadas Buckton, con dos sobrinas Lockridge —una de las cuales, intuyo, ha sido también desviada del plan de esta mañana— y con una prima segunda de los Holbrook de Hampshire.

Las damas se dispersan en grupos pequeños.

Yo me sitúo en el lateral, junto a la ventana del jardín, con una taza de café que no me apetece.

Veinte minutos. Veintidós. Veinticinco. Cuando los caballeros entran al salón, lord Coole me localiza desde el umbral con la pericia de quien ha calculado el ángulo desde antes de cruzarlo.

La baronesa lo recibe con una sonrisa aprobatoria.

Coole me pide, en voz audible para tres cuñadas Buckton y dos sobrinas Lockridge, el primer baile que toque la orquesta de salón cuando los Buckton la pongan. Es una solicitud impecable.

—Será un placer, milord.

Mi madre, dos pasos a mi derecha, se permite un asentimiento minúsculo de aprobación que me dura medio segundo.

El vizconde entra dos hombres después. Cruza el salón sin urgencia, saluda a la anfitriona, intercambia dos frases con el primo del Almirantazgo, saluda a la baronesa con la inclinación correcta y, sin saludarme a mí directamente —cosa que sería extraña, y que no es—, deja caer una mirada en mi dirección del modo en que se deja caer una mirada en una conocida de la familia: medio segundo, ni más, ni menos.

Después se mueve por el salón con la naturalidad con la que se mueve un hombre que ha decidido que el salón, esta noche, es suyo.

Lord Coole se ofrece a llevarme una segunda taza de café que no he pedido.

Acepto. Lo veo cruzar hacia la mesa lateral.

La baronesa, satisfecha de la diligencia del caballero del norte, se concede una conversación con la cuñada Buckton mayor que la entretiene durante exactamente los dos minutos que la cuñada tarda en respirar.

Yo me quedo, durante esos dos minutos, sola en el lateral de la ventana.

Y exactamente en ese punto del salón, en ese hueco preciso, el vizconde pasa a un metro de mí —no más cerca, no más lejos— en dirección hacia un grupo del lado contrario.

Pasa sin mirarme.

Inclina la cabeza apenas, lo justo para que el aire en el costado de mi peinado se desplace, y la voz, cuando la deja caer, es tan baja que durante el segundo que dura la frase me obligo a no parpadear para no perderla.

—Esta noche, no. Mañana, biblioteca pequeña. A las diez.

Tres frases en once palabras. La mandíbula no se le mueve.

La inclinación del cuello es la inclinación de un caballero que pasa al lado de una conocida y cumple con el saludo mudo del protocolo.

Sigue caminando. A los cuatro pasos ya saluda a un primo Lockridge y se incorpora a una conversación sobre un caballo.

Lord Coole regresa con el café.

—Su café, lady Isadora.

—Le agradezco.

Cojo la taza. La porcelana es fina y noto, debajo de la yema del meñique, un temblor pequeño que no sé si es de la mano o del platillo.

Bebo. El café quema. No me importa. Lord Coole, a mi derecha, retoma la conversación sobre Westmorland y la luz que acaba a las tres y media, y yo asiento, sonrío en los lugares apropiados, y oigo cada una de sus frases con la mitad exacta del cerebro.

La otra mitad está, todavía, en el costado del peinado donde el aire se ha movido durante un segundo.

«Mañana. Biblioteca pequeña. A las diez».

—¿Lady Isadora?

—Decía, milord.

—La luz. En noviembre. A las tres y media.

—La luz —repito, y la voz me sale firme, lo cual, esta noche, es un pequeño milagro del que ningún caballero del salón de los Buckton va a enterarse, salvo, posiblemente, uno: el que ha decidido pasar a un metro y dejar caer once palabras—. Sí. La luz.

A las once y media, cuando la orquesta empieza a templar los instrumentos, lord Coole me ofrece el brazo para el primer baile que ya tiene comprometido conmigo.

Acepto. Mientras cruzamos el salón hacia la pista, durante medio segundo, levanto los ojos sobre el hombro derecho de mi acompañante y encuentro, al otro extremo del salón, junto al hogar, la silueta de un hombre alto y oscuro con una copa que no se ha bebido, una mano izquierda quieta sobre el mármol de la chimenea, y la mirada fija exactamente en el sitio donde lord Coole me lleva del brazo.

La cólera contenida del vizconde lleva tres horas sostenida, esta noche, a temperatura constante.

Y mañana, a las diez, en una biblioteca pequeña, voy a tener que aprender a respirar dentro de ella.

Pero mientras tanto, mientras giro en brazos de Coole y siento la mano del vizconde en la distancia como una presión invisible en la nuca, descubro algo que no había querido admitir hasta ahora: que no quiero que este baile termine.

No porque Coole baile bien. Sino porque cuando el baile termine, tendré que esperar hasta mañana para volver a sentir esa mirada sobre mí.

Y la espera, esta noche, se me va a hacer más larga que los siete años anteriores.